
La Chiquitania no arde solo cuando el fuego devora el bosque. Arde cuando las familias se ven obligadas a abandonar su territorio, cuando la escuela se vacía por el humo o la migración, cuando los saberes ya no encuentran a quién ser transmitidos. En ese escenario de pérdida —ambiental, económica, social y educativa— son las mujeres, la infancia y el profesorado local quienes sostienen la vida cotidiana y la continuidad cultural, muchas veces en condiciones de extrema precariedad.
Este texto nace de una investigación realizada en la ecorregión chiquitana de Bolivia, pero no pretende presentar resultados cerrados ni conclusiones técnicas. Propone, más bien, una lectura situada sobre cómo educación, cultura digital y patrimonio cultural inmaterial se entrelazan hoy en un territorio marcado por la migración forzada de sus habitantes, consecuencia directa de los incendios forestales, el deterioro del ecosistema, la crisis económica y el abandono institucional.
La escuela en contextos de desplazamiento
En muchas comunidades chiquitanas, la escuela ya no es un espacio estable. Los incendios, la pérdida de medios de subsistencia, la expansión de la frontera extractiva y la falta de oportunidades obligan a familias enteras a migrar, de forma temporal o definitiva, hacia otras regiones o hacia centros urbanos. Este desplazamiento interrumpe trayectorias educativas, fragmenta comunidades y pone en riesgo la transmisión intergeneracional del patrimonio cultural.
En este contexto, la escuela no puede limitarse a reproducir contenidos formales. Funciona como un espacio de traducción didáctico-cultural, donde la oralidad, la música, los rituales, la memoria del territorio y las experiencias de migración dialogan con plataformas digitales, redes sociales y archivos audiovisuales. Enseñar no significa solo transmitir información, sino reconstruir vínculos en medio de la dispersión y el desarraigo.
Mujeres que sostienen la vida en contextos de crisis
Si hoy la cultura chiquitana sigue respirando, no es gracias a la estabilidad económica ni a políticas públicas sostenidas. Es, sobre todo, porque las mujeres sostienen la vida cuando el territorio se vuelve inhabitable y la migración se impone como única salida. En Roboré de Chiquitos, las integrantes de la Asociación de Mujeres Artesanas Unidas para Crecer representan una forma de resistencia cotidiana que mantiene activo el tejido social incluso cuando la comunidad se fragmenta.
Estas mujeres resisten cocinando, tejiendo, tallando madera, trabajando semillas, cantando y enseñando oficios que permiten sobrevivir en contextos de escasez. Sus actividades culinarias no son solo estrategias económicas: son memoria comestible, transmisión de saberes y anclaje identitario para quienes migran y regresan. Sus manualidades no son objetos decorativos: son archivo vivo de un territorio que muchas veces ya no puede habitarse de la misma manera. Su música acompaña duelos, despedidas y retornos.
En escenarios de migración forzada, estas prácticas se transforman en ecodidácticas de la supervivencia. Aprender a cocinar, a tejer o a cantar es también aprender a llevar el territorio consigo, incluso cuando el cuerpo ya no puede permanecer en él. Las tecnologías digitales permiten documentar estas prácticas y mantener la conexión entre quienes se quedan y quienes se van.
TIC y desplazamiento: aprender sin territorio fijo
Las tecnologías de la información y la comunicación no aparecen aquí como una solución técnica, sino como una estrategia de continuidad cultural en contextos de movilidad forzada. Radios comunitarias, redes sociales, videos y grabaciones caseras permiten enseñar, narrar y sostener vínculos cuando la escuela presencial se interrumpe por incendios, crisis económicas o migración.
Durante la pandemia, pero también durante los grandes incendios de 2019 y 2024, estas tecnologías posibilitaron formas de educación a distancia profundamente situadas: clases desde casas prestadas, ensayos musicales en galpones improvisados, transmisión de rituales y celebraciones para quienes ya no podían estar físicamente presentes.
Aquí emerge con fuerza la ecodidáctica, entendida como una pedagogía que articula territorio, memoria y ética, incluso cuando el territorio se vuelve inaccesible o se pierde temporalmente.

Música, infancia y futuro en movimiento
La Orquesta Sinfónica de Niños y Jóvenes Virgen Milagrosa, dirigida por el profesor Joaquín Tapeosí y la profesora y gestora cultural Mirian Ruíz, es un ejemplo claro de educación en contextos de movilidad e incertidumbre. En Roboré o en Santa Ana, San José y toda la ecorregión chiquitana de Bolivia, la música no es un complemento educativo, sino una estrategia de arraigo simbólico para niños y jóvenes cuyas vidas están atravesadas por la amenaza constante del desplazamiento.
Ensayar, tocar y compartir música permite sostener rutinas, vínculos y sentido de pertenencia cuando la escuela se cierra o cuando las familias migran. Las grabaciones y transmisiones digitales no buscan espectacularizar la cultura local, sino mantener viva la comunidad más allá del espacio físico, conectando a quienes se han ido con quienes permanecen.
Cognosensibilidad: aprender desde la experiencia del desarraigo
Las prácticas educativas chiquitanas revelan una forma de aprendizaje profundamente ligada a la experiencia vivida. Esta cognosensibilidad integra cuerpo, emoción, memoria y conocimiento, y se expresa tanto en las actividades de las mujeres artesanas como en la música, la narración oral y los registros digitales.
Un video compartido no es solo información: es testimonio de una ausencia, de un paisaje perdido, de una comunidad en movimiento. Las TIC se convierten así en dispositivos de memoria y autorrepresentación, especialmente relevantes en contextos de migración forzada.
Educar en la urgencia
Los incendios forestales, la crisis económica y la falta de condiciones para una vida digna han convertido la educación en una práctica de urgencia. Enseñar es también acompañar el duelo, sostener la memoria colectiva y ofrecer herramientas simbólicas para enfrentar la incertidumbre.
En este escenario, mujeres organizadas, docentes, músicos y activistas utilizan la cultura digital no como refugio, sino como espacio de denuncia, cuidado y reconstrucción comunitaria.
Pensar desde el desplazamiento
La experiencia chiquitana muestra que la cultura digital no es un lujo ni una amenaza, sino una condición contemporánea de la supervivencia cultural en contextos de migración forzada. Las prácticas ecodidácticas impulsadas por mujeres, docentes y jóvenes no buscan idealizar el territorio perdido, sino mantener viva la relación con él, incluso desde la distancia.
Tal vez la lección más potente de la Chiquitanía sea esta: cuando el territorio ya no puede sostener la vida, la cultura —transmitida, cantada, cocinada y compartida— se convierte en hogar. Y educar, en ese contexto, es una forma radical de resistencia.
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Autores
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Claudia Vaca
Filóloga, Dra. en Educación, Investigadora en la Universidad de Salamanca.
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Ana Iglesias-Rodríguez
Departamento de Didáctica, Organización y Métodos de Investigación (Facultad de Educación). Contacto: anaiglesias@usal.es Sus investigaciones se centran en la inclusión y la atención a la diversidad desde una perspectiva interseccional, con especial énfasis en la formación docente y en prácticas educativas innovadoras. Asimismo, trabaja en ciencia abierta y en alfabetización digital y en datos, orientadas a una educación más equitativa y participativa.
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Yolanda Martín-González
Directora del Departamento de Documentación y Biblioteconomía (Facultad de Traducción y Documentación). Contacto: ymargon@usal.es Sus investigaciones se centran en la investigación educativa, la gestión de datos confiables, la ciencia abierta y la innovación docente.



