
Al llegar a Puerto Varador (Trinida, Beni), el primer impacto es sensorial: el aroma a tierra húmeda de la última lluvia se mezcla con el aroma del polvo que va naciendo a medida que el sol sube por el cielo amplio y el sonido del río es interrumpido por el rugido de los motores. Aquí, el tiempo e mide por el vaivén de los pontones. Es fascinante observar cómo camiones de alto tonelaje y vehículos ligeros se alinean con paciencia amazónica para abordar estas embarcaciones artesanales. Es un baile coreografiado de hierro y agua, un movimiento que no para, impulsado por la necesidad de conectar caminos donde la carretera termina y la selva comienza.
Mientras el ajetreo comercial continúa, la naturaleza ofrece su propia obra de arte. Al caer la tarde, el sol se posa en el cielo como una poesía espléndida, pijntando el horizonte de tonos cobrizos que se reflejan en el espejo inmenso del Mamoré. El paisaje se transforma; los contornos de la vegetación se vuelven siluetas y la superficie del agua parece arder suavemente. En este momento, la prisa de los motores parece armonizarse con la inmensidad del paisaje, creando un equilibrio perfecto entre la vida cotidiana y la majestuosidad natural de Bolivia.
Cruzar el río en estas embarcaciones es una travesía, es sumergirse en la vida misma de la región. Pequeñas canoas y botes rápidos cruzan entre los pontones más grandes, creando estelas en el agua que narran historias de pescadores y viajeros locales. Puerto Varador es un punto de paso, pero también un testimonio de la tenacidad humana y la belleza indomable de la Amazonía.



