
Caminar por la Amazonía beniana suele ser una lección de humildad, incluso para quien ha dedicado su vida a descifrarla. El biólogo Vincent Vos se internó en la reserva Aquicuana tomando la senda que bordea Lago Verde, confiado en la memoria de sus pasos. Sin embargo, este año el bosque tenía otros planes. Los meses de lluvias habían acentuada había cubierto la trocha con un tupido colchón de hojas secas, desdibujando las huellas habituales que conducen hacia el Lago San José. Al rodear un enorme árbol caído, la senda simplemente desapareció, dejando tras de sí un laberinto indomable de vegetación.
Lo que siguió fue más de una hora de dar vueltas a ciegas. Intento tras intento, el monte respondía con murallas impenetrables de bejucos y cortaderas. Sin señal en el teléfono para ubicarse y con la desorientación ganando terreno, la selva comenzó a imponer su densidad. Fue en ese momento de desconcierto cuando el follaje crujió y apareció una bulliciosa tropa de monitos ardillas (Saimiri boliviensis), esos pequeños y curiosos monos que habitan el dosel.
A Vincent le vino a la memoria la historia reciente de un joven zafrero en Pando que, tras perderse durante la cosecha de castaña, juró que una tropa de monitos lo había acompañado de vuelta al camino. Con una mezcla de pragmatismo, cansancio y complicidad con la naturaleza, el biólogo decidió romper el silencio del monte y les pidió en voz alta a los monitos que le hicieran el mismo favor.

Los monitos, encaminando a Vincet para que llegue a su destino.
Uno de los monitos, lejos de huir, se detuvo sobre una rama, clavó su mirada en él y se dejó fotografiar con una paciencia insólita. Mientras el pequeño animal comía una fruta y se acicalaba tranquilamente, Vincent aprovechó para recuperar el aliento y tomar una decisión: seguiría el rumbo de la tropa. Pensó que, en el peor de los casos, los monitos lo llevarían hacia algún cuerpo de agua.
Para su sorpresa, no transcurrieron ni diez minutos de caminata bajo las copas cuando la vegetación se abrió y la senda olvidada reapareció mágicamente ante sus pies. ¿Simple coincidencia de la rutina arbórea o un guiño solidario de la fauna amazónica? En el corazón del Beni, la frontera entre la suerte y la empatía del monte a veces es tan invisible como la misma senda perdida.
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