
El video que circuló en los últimos días sobre lo ocurrido en Guayaramerín es impactante, doloroso y difícil de digerir. Ante episodios de esta naturaleza, la reacción inmediata de muchos es pedir la censura, exigir que se borren las imágenes y evitar que el horror se difunda. Sin embargo, no creo que esconder el registro vaya a mejorar la situación ni a evitar que se repita. Al contrario: la evidencia visual cumple una función reveladora. En la inmensa mayoría de los casos de jaguares muertos que han llegado a los titulares nacionales durante las últimas décadas, el argumento justificatorio es casi siempre un libreto repetido: “lo tuve que matar porque me quería comer” o “le disparé porque me atacó”. Las imágenes, analizadas con objetividad, suelen desmentir esa narrativa construida desde el miedo o la culpa.
La ciencia y el trabajo de campo acumulado durante años nos permiten afirmar con total claridad ciertos hechos fundamentales sobre la conducta del jaguar (Panthera onca), a quien en nuestras tierras llamamos popularmente “el tigre”.
En primer lugar, el jaguar no anda buscando seres humanos para comer. Los humanos no formamos parte de su dieta natural. Sus presas por excelencia son los animales silvestres del monte: troperos, tatús, capiguaras (o capibaras), pavas, petas o lagartos. Cuando la fauna silvestre desaparece porque el ser humano la ha diezmado con la cacería, el felino busca alternativas en los animales domésticos: vacas, chanchos, potrillos, chivos o perros. Hay, sin embargo, una salvedad lógica que exige precaución: niños pequeños o personas agachadas en el monte pueden ser confundidos visualmente con presas en situaciones excepcionales.
En segundo lugar, el jaguar tampoco busca atacar a las personas por norma. Bajo condiciones normales, cuando nos ve en el monte, nos evita. En la mayoría de las ocasiones, el felino nos observa y se aleja sin que siquiera nos percatemos de su presencia. Ahora bien, si un individuo aprende a frecuentar un sitio cercano a asentamientos humanos porque encuentra comida o algún atractivo constante (cuando se ‘ceba’ con pescado o restos de ganado), la reducción de la distancia de seguridad puede derivar en un riesgo.
En tercer lugar, existen situaciones muy específicas donde un jaguar sí puede atacar: cuando defiende su presa recién cazada, cuando protege a sus cachorros o cuando se siente acorralado y amenazado por un cazador o sus perros. Es muy revelador que en casi todos los casos reportados en noticias donde alguien alega haber sido “atacado”, la persona estaba armada. En mis propios encuentros con el felino en el monte, cuando ninguno de los dos buscaba la agresión, cada uno siguió su camino sin mayor altercado.

Por último, es vital comprender que un jaguar en cautiverio —criado como mascota desde cachorro o alojado en un zoológico— altera su comportamiento de manera profunda e impredecible. Ese animal pierde el respeto o temor natural al ser humano. Puede mostrarse dócil con alguien en un momento y, más adelante, atacar y matar a esa misma persona o a un desconocido.
El suceso de Guayaramerín contiene elementos de profunda tristeza e incertidumbre. ¿Por qué un jaguar silvestre, presuntamente temeroso, entraría a una vivienda urbana y se quedaría allí? Esa conducta sugiere dos hipótesis principales: o se trataba de un individuo que había sido mantenido en cautiverio como mascota y perdió el instinto de evasión, o padecía una alteración neurológica severa. Se han documentado casos de jaguares silvestres caminando en círculos y desorientados como consecuencia del contagio de distemper (moquillo) transmitido por perros domésticos. Las imágenes muestran que no era un adulto desarrollado, sino un juvenil grande que no ingresó a la vivienda para cazar personas ni mostró agresividad, hasta que recibió un escopetazo y quedó agonizando.
Las reacciones colectivas en situaciones de alta tensión rara vez son lógicas o ponderadas. Es probable que, al mirar las imágenes “en frío”, los involucrados reconozcan que la respuesta en grupo no fue la adecuada. Sin embargo, lo que ocurrió después —el cercenamiento de la cabeza, el desollado y la mutilación del cuerpo— trasciende la simple reacción de pánico momentáneo y entra en una lógica muy distinta, ligada a la degradación de la fauna o al posible tráfico de sus partes.
Censurar la evidencia no protege al jaguar. Lo que realmente protegerá a la especie es erradicar los mitos sobre su agresividad, entender su biología, aplicar protocolos profesionales de contención ante emergencias y exigir que la justicia distinga entre la legítima defensa real y la violencia injustificada contra la fauna silvestre.
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Sobre el autor
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Damián I. Rumiz*
Investigador Asociado del Museo de Historia Natural Noel Kempff Mercado. Correo: confauna880@gmail.com



