
El jueves 27 de agosto, en Villamontes, nos instalamos con un grupo de amigos bajo un cielo despejado. No necesitábamos más que mirar hacia arriba.
A las 22:33 comenzó a notarse el eclipse parcial. La sombra de la Tierra empezó a avanzar sobre la Luna y, mientras pasaban los minutos, nosotros la mirábamos casi sin hablar. A las 00:12 llegó el momento máximo: cerca del 96% de la superficie lunar estaba cubierta por la sombra y la Luna adquirió esas tonalidades rojizas, anaranjadas y cobrizas que hicieron que todos volviéramos a levantar la mirada, como si fuera la primera vez que veíamos el cielo.
La observé así, suspendida sobre nosotros, y pensé en la paciencia de la naturaleza. En cómo todo ocurre a su propio ritmo. La sombra llega, transforma la Luna y después se retira lentamente.
Mientras el satélite recuperaba poco a poco su aspecto habitual, pensé que quizá nuestras grandes metas ambientales deberían parecerse a eso. Cambios visibles, paso a paso, sin retroceder.
Menos contaminación. Más bosques. Ríos más limpios. Un planeta que pueda recuperar, también, sus colores.
Aquella noche, desde Villamontes (Tarija, Bolivia), la Luna nos enseñó que incluso una transformación enorme puede comenzar casi imperceptiblemente. Y que vale la pena quedarse mirando hacia arriba.
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