
Ahí están, dos carpas rojas como dos corazones que palpitan en la intemperie del monte, amparadas por la casita que resiste a los calores puntuales y a las tormentas sin tiempo en Puerto Tujuré, el refugio de los últimos pacahuaras. El sol cae con esa desidia dorada de quien ha visto pasar demasiadas tragedias, pero la Amazonía no sabe de rendiciones: a las espaldas del campamento, el verde se derrama, una marea de vegetación espesa y brutal que parece querer tragarse el horizonte, haciéndonos recordar que aquí la vida es un estallido que no pide permiso. Como documentalistas de Revista Nómadas, sabemos que la luz de ese atardecer es una trampa, una belleza que encandila mientras el bosque respira, exhala su humedad de milenios y se impone con esa exuberancia salvaje que ninguna orden ni ningún silencio podrán jamás domesticar.
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