
El Museo Nacional de los Pueblos Indígenas parece hoy un museo desamparado, abandonado, pidiendo auxilio. Tras 73 años de historia, el antiguo Museo del Indio (rebautizado para subrayar su compromiso con una visión decolonial de la historia y la cultura indígenas), actor clave en la lucha contra los prejuicios y los abusos que históricamente han afligido a los pueblos indígenas de Brasil, se encuentra a la deriva.
Tras el cambio de nombre, el museo estuvo dirigido entre 2023 y 2024 por Fernanda Kaingang, la primera directora indígena, un nombramiento histórico presentado como un punto de inflexión decolonial. No obstante, el período estuvo marcado por disputas internas y turbulencias administrativas. En 2025 Juliana Tupinambá asumió la dirección en un contexto de fragilidad institucional y tensiones no resueltas.
Una de las primeras medidas que adoptó el gobierno de Lula da Silva tras su reelección, en 2023, fue la creación del Ministerio de los Pueblos Indígenas. Representó un paso adelante en la renovación del compromiso del gobierno brasileño con los derechos indígenas, tras ocho años de desmantelamiento progresivo de sus instituciones, especialmente durante los gobiernos de Michel Temer (2016-2018) y Jair Bolsonaro (2019-2022), que veían a los pueblos indígenas y sus tierras protegidas como obstáculos al progreso nacional.
El anuncio estuvo acompañado de palabras esperanzadoras, en particular la promesa de un “ministerio de los pueblos indígenas, para los pueblos indígenas”. Sin embargo, en los tres años transcurridos desde entonces, con un gobierno enfrentado a un Congreso recalcitrante dominado por los intereses de la agroindustria, la realidad política ha frenado las expectativas. Y el Museo Nacional de los Pueblos Indígenas se ha convertido en otra víctima del estancamiento político que rodea las políticas indígenas en Brasilia.
Según personas cercanas a la institución, la falta de un compromiso claro con el futuro del museo, sumada a la financiación inestable e insuficiente de su organismo matriz —la Fundación Nacional de los Pueblos Indígenas (FUNAI)—, ha puesto al museo en riesgo.
Las disputas de poder, la lucha de egos, la fragilidad técnico-administrativa y los intereses paralelos parecen prosperar en el museo, generando una crisis institucional que socava su capacidad de funcionamiento, especialmente como institución pública de educación.
Si esta situación continúa, el museo podría desaparecer en silencio, lo que supondría un golpe inaceptable para la memoria nacional y para el futuro de los derechos indígenas en Brasil.

Un tesoro en peligro
Innumerables antropólogos brasileños y extranjeros, como Antônio Carlos de Souza Lima, Bruna Franchetto, Marcos Maia y Milton Guran, han utilizado el museo como recurso para sus investigaciones y su formación académica. Las colecciones incomparables de documentos y artefactos han sustentado tesis de doctorado y maestría en todo el mundo.
Y lo que es más importante: los fondos del museo los han utilizado investigadores que documentan el control territorial indígena y los procesos —a menudo sangrientos e ilegales— usados para arrebatarles las tierras. Hoy, miembros de esa comunidad observan con perplejidad el estado de la institución, atrapada entre la preservación archivística de la memoria y la falta de compromiso político para definir un papel significativo para esa tarea.
La Biblioteca Marechal Rondon, una de las bibliotecas etnológicas más importantes del mundo, corre el riesgo real de quedar vacía. No solo alberga una colección invaluable de obras etnológicas, sino que también conserva documentos pertenecientes al antiguo Servicio de Protección a los Indios (SPI), el primer organismo de administración indígena en Brasil, fundado por el mariscal Cândido Rondon. Considerado héroe nacional, su memoria es objeto de controversia. El lema de los funcionarios del SPI era “morir si es preciso, nunca matar”, aunque el objetivo general era “civilizar” a las poblaciones indígenas hasta su desaparición, para liberar tierras destinadas a la especulación: un “gran cerco pacífico”, en palabras del propio Rondon.
Decisiones administrativas recientes han alimentado el temor a la fragmentación del fondo, separando las colecciones etnológicas de sus archivos y bibliotecas. Aunque se presenta como una solución temporal ante problemas estructurales del edificio, muchos temen que pueda volverse permanente.
Eso supondría un duro golpe para el patrimonio del indigenismo brasileño y pondría de manifiesto una de las principales dificultades del museo: aunque está deseoso de reinventarse como guardián de la memoria indígena, también es el guardián de facto de la memoria del SPI y la burocracia brasileños. El hecho de que la biblioteca lleve el nombre de un hombre que algunos describen como humanitario y otros como un colonialista cínico pone de relieve esta contradicción. La falta de una visión clara de lo que se supone que debe ser el museo parece impedir una resolución integral de este problema.
A puerta cerrada
En los pasillos circulan rumores sobre un ambiente marcado por silencios estratégicos y disputas internas. Se habla de decisiones tomadas a discreción, contrataciones irregulares y prácticas museísticas que muchos consideran frágiles ante la magnitud del fondo acumulado a lo largo de un siglo. Aunque las reservas técnicas parecen estar bien conservadas, el museo lleva más de una década cerrado al público por “obras necesarias” y no está claro cuándo —o si— volverán a estar accesibles al público o para investigación.
Algunos trabajadores consideran que la política actual del museo adopta un minimalismo que roza el nihilismo institucional. Las colecciones se mantienen almacenadas adecuadamente, pero no existe un plan claro para cumplir la segunda función esencial de un museo: ser un recurso educativo accesible al público.
En este contexto, crece el temor de que se borren simbólicamente figuras centrales de la historia del museo, como Darcy Ribeiro, Berta Ribeiro, el Mariscal Rondon, además de los funcionarios que dedicaron su vida a la institución. La memoria institucional se debilita.
En los últimos diez años, los administradores han evitado mantener un diálogo amplio con los funcionarios de carrera que aún trabajan en la institución, que los acusan de escuchar de forma selectiva y prestar atención solo a sus favoritos. Consideran que las voces con una larga trayectoria institucional rara vez se escuchan en los espacios de toma de decisiones y que las directrices operativas las elaboran personas con poca experiencia práctica en el museo.
En esta confusa situación, las narrativas que cualquier museo público debe crear como parte de su función educativa quedan fragmentadas y se pierde el sentido colectivo.

Un recurso extraordinario infrautilizado
El caso de la colección repatriada de Lille, Bélgica, es emblemático. Unas 600 piezas de los pueblos kayapó y enawenê-nawê regresaron a Brasil en 2024 tras haber estado más de dos décadas en condiciones inadecuadas en el Museo de Historia Natural de Lille. Son adornos hechos con plumas, objetos rituales, como la Máscara Cara Grande de los tapirapés, y artículos lúdicos producidos a principios de la década de 2000. A pesar de las largas negociaciones que se llevaron a cabo con el apoyo del Ministerio Público Federal desde 2015, la colección hoy está acumulando polvo en el almacén, fuera del acceso del público o de los investigadores. Un importante patrimonio vivo relegado al abandono funcional.
Mientras tanto, el caserón que alberga el museo y la biblioteca Marechal Rondon muestra signos evidentes de deterioro: tiene goteras y problemas con el control de la temperatura y los sistemas eléctricos, que claman reformas urgentes. Sin embargo, las administraciones recientes han dedicado recursos a viajes y gastos institucionales sin que haya mejoras visibles en la infraestructura.
El personal del museo afirma estar sometido a presiones que afectan a la toma de decisiones y a la continuidad administrativa, con pocos canales de diálogo abiertos para rectificar la situación. El trabajo se resiente, en un entorno marcado por el agotamiento emocional, la desmotivación y las enfermedades laborales, los conflictos prolongados y el debilitamiento de los procesos internos.
Más que una crisis puntual, lo que se observa es un proceso continuo de erosión institucional, en el que la pérdida de recursos técnicos y humanos compromete directamente la capacidad de funcionamiento del museo.
El papel de la FUNAI
El museo forma parte oficialmente de la Fundación Nacional de los Pueblos Indígenas (FUNAI) y no cuenta con un presupuesto independiente. La fundación ha sido objeto de intensos ataques durante las últimas dos décadas en Brasil, ya que la agroindustria busca apropiarse de vastas extensiones de tierras indígenas para la producción destinada a la exportación. En 2015, cuando el museo cerró sus puertas, la FUNAI contaba con un presupuesto de unos 650 millones de reales, unos 40 millones más que en 2022, al final del gobierno de Bolsonaro. Desde entonces, el presupuesto de la FUNAI ha aumentado hasta alcanzar los 1.100 millones de reales brasileños para el próximo año. No obstante, la inflación acumulada en Brasil durante la última década ha sido del 80%, lo que significa que en los últimos dos años el presupuesto de la FUNAI ha vuelto a los niveles de 2015. Mientras tanto, las presiones sobre las comunidades y tierras indígenas de Brasil han aumentado radicalmente.
En los últimos años, los recursos de la FUNAI se han destinado prioritariamente a proteger a los pueblos indígenas frente a invasiones ilegales y a mitigar las consecuencias de la pandemia de covid-19.
A pesar de la importancia del museo para la memoria indígena, este se ha visto obligado a sobrevivir con las sobras de la misión principal de la FUNAI. El resultado ha sido una institución con una financiación drásticamente insuficiente que depende de la caridad y las promesas de terceros para recuperar los niveles de funcionalidad que tenía antes de 2015 como institución de educación pública.
Mientras tanto, lo único que puede hacer el museo es mantener las luces encendidas y conservar su misión principal de cuidar sus colecciones, aunque ya está previsto dispersarlas por varios lugares, sin un compromiso claro de cuándo —o si— podrán volverlas a reunir bajo un mismo techo y abrirlas al público.
Recuperar el papel público del museo exige algo más que retórica. Exige reconstruir vínculos, restablecer procedimientos y reconocer que la memoria, el trabajo y la dignidad institucional van de la mano.
¿Dónde están, al fin y al cabo, los que apoyan de verdad el Museo Nacional de los Pueblos Indígenas? ¿Los que apoyan tantos museos públicos brasileños igual de debilitados? ¿Quién protege a estas instituciones de acabar dominadas por disputas internas, oportunismos y negligencia administrativa?
Como se diría popularmente: ¿vienen a sumar o a restar?
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Este reportaje fue producido por Amazonía Latitude.
Traducción de Meritxell Almarza



