
El reloj parece detenerse cuando uno se interna en los senderos del Teatro de la Selva, en Porongo (Santa Cruz, Bolivia). Quizá sea el efecto del bosque tropical o el aroma a tierra húmeda que acompaña la caminata de quince minutos hacia el anfiteatro lo que primero se mete en la piel, para dar paso después a la fuerza de una obra teatral que cuestiona, precisamente, nuestra obsesión con la prisa. Aquí, en un escenario donde los árboles centenarios reemplazan a las paredes de concreto, la compañía Brújula Teatro ha logrado transformar la fábula de Momo en una experiencia sensorial que se fusiona con la naturaleza y la noche que cae como un presagio.
A la cabeza de este proyecto están Leandro Javier Silva, en la dirección, y Nathalya Santana, quien asume el doble rol de actriz y productora. Juntos han articulado un elenco multidisciplinario que entiende el desafío de actuar en un escenario que nunca antes se había visto en Santa Cruz (Bolivia). Aquí no hay una caja negra que aísle el sonido ni luces robóticas que lo controlen todo; el elenco debe competir y, a la vez, armonizar con el murmullo vivo de la selva y la luz declinante del atardecer sobre el Parque Nacional Amboró que mira desde lejos. La maestría de Brújula Teatro radica en esa capacidad de integración. Los actores habitan el escenario con una pasión tal que parecen brotar de la misma maleza.

La puesta en escena de Momo es una coreografía de resistencia. Mientras los “Hombres Grises” —interpretados con una frialdad técnica que eriza la piel— intentan convencer a los habitantes de la ciudad de que el tiempo debe ahorrarse como si fuera dinero, los personajes de la compañía defienden la pausa y la escucha atenta. El trabajo corporal eleva la obra a un nivel superior. Es un despliegue de movimiento y energía donde cada gesto está diseñado para alcanzar hasta al espectador sentado en la última fila de pasto, bajo la sombra misteriosa de la noche.
Nathalya Santana logra, desde la producción, que la logística del Teatro de la Selva se sienta como parte de la narrativa. Desde que el público se acomoda con sus mantas en el anfiteatro para 450 personas, se percibe una mística colectiva. Javier Silva, por su parte, dirige con una precisión que evita que la inmensidad del entorno se trague la intimidad de la historia. El clímax de la obra llega cuando la oscuridad total se adueña de Porongo; en ese momento, las luces del teatro y la actuación del elenco crean una atmósfera de ensueño donde la advertencia de Momo sobre la deshumanización del tiempo cobra una vigencia brutal.
A la cabeza de este proyecto, Javier Silva demuestra por qué es uno de los directores más versátiles de la escena actual. Su visión para adaptar el clásico de Michael Ende a un espacio no convencional es quirúrgica. No se limita a colocar actores frente a un público; utiliza la profundidad del bosque, la penumbra natural y la acústica del entorno para que la dirección sea orgánica. Es dueño de una dirección que es una coreografía de resistencia para evitar que la inmensidad del paisaje se trague la intimidad de la historia.

En el centro de este engranaje está Nathalya Santana. Como productora, es la responsable de que la logística funcione con la precisión y con arte, pero es sobre las tablas donde termina de conquistar al espectador. Santana no se queda en la gestión detrás de bambalinas; se entrega a la interpretación con una fuerza que equilibra la vulnerabilidad y la determinación que exige el relato. Su capacidad para transitar entre la frialdad de los “Hombres grises” y la calidez de la resistencia humana es testimonio de una madurez artística que los espectadores le agradecen.
Cada uno de los trece actores en escena entiende que en el Teatro de la selva el cuerpo es el principal instrumento de comunicación. Los movimientos son amplios, las voces proyectan una claridad absoluta y la energía colectiva es tan vibrante que logra mantener a 450 personas en metidas en la historia incluso hasta después de que termine la obra.

El Teatro de la selva no nació de un plano arquitectónico convencional, sino de un deseo que Brian Reale y Cecilia Barja (su esposa) lanzaron al viento hace casi tres décadas. Lo que comenzó como un sueño improbable en 1997, hoy es una realidad materializada en cinco hectáreas de bosque tropical de Porongo. Este anfiteatro natural, diseñado por el arquitecto Álvaro Urioste para respetar la topografía y la vegetación nativa, tiene capacidad para 450 personas y prescinde de butacas de terciopelo o cortinas rojas. Aquí, la escenografía es el propio bosque y los bastidores son árboles que abrazan un escenario donde el arte y la conservación ambiental se encuentran.
Llegar a este santuario cultural es, en sí mismo, un ritual sensorial que prepara al espectador para la desconexión total. Los visitantes deben recorrer un sendero de entre diez y quince minutos que atraviesa un recurso de agua, puente y un cafetal, dejando atrás el ruido de la ciudad para sumergirse en el rumor del agua y el canto de las aves. El trayecto culmina en un espacio abierto que ofrece una postal única. El sol ocultándose detrás de la inmensidad del Parque Nacional Amboró. Es en este entorno vivo, bajo un cielo que se pinta de fuego antes de dar paso a las estrellas, donde la naturaleza se convierte en la cómplice perfecta para la narrativa de Brújula Teatro.

Cena con “delito”
Como si se tratara de un segundo acto que traslada la intriga de la espesura del bosque a la intimidad de la mesa, Brújula Teatro demuestra que su versatilidad no tiene fronteras. Si en Porongo nos devolvieron el tiempo, en el restaurante MED, de Santa Cruz de la Sierra, nos proponen un juego de espejos donde el espectador ya no solo observa, sino que se convierte en pieza clave de un rompecabezas policial. Bajo la propuesta de “¿Quién mató a Sara Connor?”, la compañía liderada por Javier Silva y Nathalya Santana transforma una cena convencional en una puesta en escena de tensión y sospechas compartidas.
La dirección de Javier Silva en esta “Cena con delito” rompe la cuarta pared con una precisión técnica sin mezquindades. Aquí, el escenario es el pasillo entre las mesas y el guion se complementa en tiempo real con las reacciones de los comensales. Silva logra que el misterio no se diluya entre los platos, manteniendo un ritmo narrativo donde cada diálogo es una pista y cada silencio de los actores una provocación. Es un ejercicio de dirección de actores minucioso, el elenco debe sostener la verdad de sus personajes a escasos centímetros del público, respondiendo a interrogatorios improvisados sin que la máscara de la ficción se agriete.
En este montaje, Nathalya Santana vuelve a exhibir su capacidad para desdoblarse. Más allá de su labor en la producción para que esta experiencia inmersiva fluya sin fisuras, su interpretación alimenta el eje de la sospecha. Junto a un elenco sólido que maneja los tiempos de la comedia y el suspenso con maestría, Santana y los otros actores y actrices invita al público a dudar de todo lo que ve.

Los actores de Brújula Teatro se mueven entre las mesas con una naturalidad inquietante, logrando que el comensal deje de ser un cliente para transformarse en un detective que intenta descifrar quién, entre copas de vino y platos gourmet, es el autor del crimen.
El éxito de esta experiencia radica en la generosidad de los actores, quienes despliegan un talento distinto a la de la selva, pero igual de vibrante. El aplauso aquí no llega solo al final, sino que se construye en cada interacción, en cada mirada cómplice y en la resolución de un enigma que solo se aclara cuando el postre llega a la mesa.
Con “¿Quién mató a Sara Connor?”, Brújula Teatro confirma que su verdadera especialidad es la de habitar espacios vivos, demostrando que, ya sea bajo las estrellas de Porongo o en la sofisticación de un restaurante, el teatro boliviano de alta factura siempre encuentra la forma de atraparnos.
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Sobre el autor
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Roberto Navia
Desde hace más de dos décadas transita por el mundo para intentar elevar a los anónimos del planeta al foco de lo visible. Sus crónicas emblemáticas: Tribus de la inquisición y Los Colmillos de la Mafia le han permitido ganar dos veces el Premio Rey de España (2014 y 2017); Esclavos Made in Bolivia, el premio Ortega y Gasset (2007); el documental Tribus de la Inquisición, la nominación a los Premios Goya (2018), Flechas contra el Asfalto y Los Piratas de la Madera desangran el Amboró, dos veces ganadores del Premio de Conservación Internacional, entre otros galardones nacionales e internacionales. Es docente universitario de postgrado, la cabeza de la Secretaría de Libertad de Expresión de la Asociación de Periodistas de Santa Cruz, miembro del Tribunal de Ética de la Asociación Nacional de la Prensa de Bolivia y de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).



