
En Bolivia y sus Orientes, un libro de la colección del bicentenario Tejiendo Historias recién publicado por la Editorial Plural, José Octavio Orsag Molina arma un libro que no solo amplía el mapa de la historiografía boliviana, sino que discute desde dónde miramos el país cuando contamos su historia. En vez de tratar Amazonía, Chaco y Chiquitanía como anexos regionales, episodios tardíos o reservas de futuro, este volumen los coloca como territorios decisivos para pensar la formación del Estado, la colonización interna, las narrativas civilizatorias, la ocupación de tierras indígenas y la producción desigual del espacio nacional. El resultado no es simplemente una compilación sobre “regiones olvidadas”, sino una intervención más ambiciosa: mostrar que varias de las certezas con las que solemos narrar Bolivia se desordenan cuando el punto de observación se desplaza hacia los Orientes.
Su texto de apertura hace justamente eso. No se limita a presentar capítulos: propone una clave de lectura. Insiste en hablar de ‘’Orientes ‘’y no de ‘’Oriente’’, cuestiona el andinocentrismo de buena parte de la historiografía nacional y sugiere que estas historias no deberían sumarse a la narrativa boliviana como piezas faltantes, sino obligarnos a revisar el modo en que esa narrativa fue construida. Y eso vuelve al libro especialmente sugerente hoy, cuando los Orientes vuelven a ser imaginados como horizonte de desarrollo, expansión y futuro, muchas veces sobre capas largas de ocupación, racialización y despojo. Con tal motivo, nos sentimos muy afortunados de poder contar con aclaraciones adicionales de José Octavio Orsag que se encuentran a continuación.

—José, este libro no parece responder solo a un vacío historiográfico, sino también a una incomodidad con la manera en que se ha narrado Bolivia. ¿En qué momento sentiste que ya no bastaba con “incorporar” los Orientes a la historia nacional y que había que empezar, más bien, a releer la historia nacional desde ellos?
—Bueno, creo que ha sido un largo proceso de reflexión. Evidentemente, cuando comencé a investigar sobre la Amazonía o a hacer historia de la Amazonía, me llamaba mucho la atención que existían vacíos. No digo que no hubiera gente investigando, pero sí había vacíos en la forma en que leíamos, en general, como historiadores: la Amazonía.
Me llamaba mucho la atención que, por ejemplo, no había historia de los pueblos indígenas que habían vivido en las zonas de explotación de la goma, y había muy poca referencia a ello en la bibliografía. Entonces, esa fue un poco mi motivación para entrar a ese campo.
Pero yo creo que realmente la idea de que no bastaba con incorporar empezó a dibujarse a partir de expandir la lectura por fuera de Bolivia, hacia regiones de la Amazonía continental, y de empezar a ver fuentes, hacer preguntas y encontrar reacciones que, a partir de una lectura detallada de la historia, me devolvían la pregunta a mi propia experiencia de haber estudiado historia en los Andes.
Por ejemplo, me acuerdo de una parte muy bonita del diario de expedición de Herndon Lewis, parte de una doble expedición: Herndon baja por Perú y Lardner Gibbon baja por Bolivia. Yo estaba leyendo la parte del Perú. Hay un momento en el que relata cómo van atravesando pueblos todavía en los Andes y se quejan de las personas porque no pueden comprar nada y se están muriendo de hambre. Entonces construyen una narrativa sobre esa gente supuestamente ignorante que no conoce el valor del dinero, pero en el fondo era su desesperación por no poder conseguir provisiones y la negativa de la gente. Y yo decía: qué interesante, esto es algo que siempre se dice de la Amazonía, pero está sucediendo en los Andes.
Ese fue también un momento en el que, pensando junto con otros colegas historiadores que trabajan temas de tierras altas, empezamos a darnos cuenta de que hay procesos históricos de las tierras bajas que incluso pueden hacernos repensar cómo se ha hablado de otras cuestiones. Principalmente, temas de territorialidad indígena, de manejo del territorio, de relaciones entre las personas y los espacios donde viven, de agencia.
Entonces ahí dije: , no se trata solo de rellenar un vacío, de decir “ah, no hay historia sobre esta cuestión”, sino de preguntarnos cómo esos procesos se articulan con procesos mucho más amplios. La historia de las tierras bajas no termina en la cordillera. Hay procesos que las unen por mil y un motivos. Y también hay que empezar a cuestionarnos cómo esas historias pueden hacernos repensar esa historia que todos creemos conocer.

—Una de las cosas más interesantes del volumen es que no arma una historia lineal ni unificada de los Orientes, sino una constelación de entradas: reglamentos republicanos en Chiquitos, remadores mojeños en el Madeira, guerra chiriguana, expediciones de conquista, mujeres en la historia del caucho, colonización post-52, música, frontera, ciudadanía. ¿Qué buscaste con esa selección? ¿Qué conversación querías producir entre esos textos y autores, más allá de sus objetos específicos?
—Bueno, yo creo que, primero, sí hay que señalar algo que digo en la introducción y que también he repetido bastante, un solo volumen no es suficiente. Y creo que eso debería llamarnos a la reflexión sobre la necesidad de dar más espacio a historias de regiones tan amplias. Lamentablemente, habría sido ideal escoger muchos más trabajos, y me parece importante mencionarlo.
Ahora bien, en el espacio que abrió Tejiendo Historias para poder hablar de esto —y esto fue algo que conversamos con la gente que armó el proyecto, principalmente con Rossana (Barragán)— vimos la necesidad de incorporar un volumen específico sobre la historia de los Orientes.
En ese volumen, para mí lo más importante fue escoger textos que nos sacaran de los espacios cómodos desde los cuales generalmente se habla de esta historia. Entonces, por ejemplo, puedo ir nombrando algunos. El trabajo de Cecilia Martínez es fenomenal para pensar una discontinuidad en los procesos de las misiones chiquitanas. Ella muestra perfectamente cómo, ya desde la independencia de Bolivia, empiezan a existir presiones liberales para cambiar el uso del territorio. Me parece que ese trabajo dialoga muy bien con ciertos presentes que pretenden construir identidades estáticas de la región chiquitana.
El trabajo de Paula Rosa también es fenomenal, porque nos habla de un territorio incluso por fuera de lo que hoy es Bolivia, pero que no se habría construido sin los mojeños que provenían del Beni.
Los trabajos de Ben y el Chuck, por ejemplo, para mí son fundamentales porque creo que otra debilidad, cuando hablamos de historia de los Orientes, es que no entramos mucho al siglo XX. Hay poca historia de estos territorios —de la Amazonía, del Chaco y de la Chiquitanía— ya en el siglo XX. Y esos textos trabajan muy bien un tema delicado que no se aborda ni desde la historia andina ni, en muchos casos, desde la historia de los Orientes: los procesos de colonización en tierras bajas, producto del MNR..
Inclusive el texto sobre la música nos obliga a pensar que estas identidades, principalmente la identidad cruceña y beniana, se han construido desde múltiples lugares: desde el carimbó en Brasil hasta los músicos y las casas productoras en La Paz y Cochabamba.
Entonces, para mí lo más importante era reunir textos de gente que ya viene escribiendo desde hace mucho tiempo, junto con autores quizá menos conocidos, pero que nos permitieran cuestionar esos marcos geográficos, temáticos y regionales que hemos construido para contener, de alguna manera, la historia de los Orientes dentro de los propios Orientes, y tratar más bien de tender puentes entre la historia de los Andes, la historia de los Orientes e incluso la historia regional.

—En la introducción marcás con claridad los límites de cierta historiografía regional, demasiado centrada en mercados, élites o disputas entre regiones, y al mismo tiempo destacás el peso que ha tenido la historia indígena en la renovación del campo. ¿Cómo pensáste esa tensión? ¿Qué te permite ver la historia indígena de los Orientes que no se ve desde una historia más centrada en élites regionales, comercio o Estado?
—Bueno, lo primero, creo, es ampliar las historias. Y pensar, por ejemplo, muchos de estos procesos históricos que están enmarcados en disputas dentro de Bolivia —como tú bien mencionabas, el tema de lo regional— se desarman completamente cuando vemos historiografías sobre Amazonía o tierras bajas de otros países. Y son los mismos procesos históricos: disputas por territorios indígenas, creación de mercados de tierras, búsqueda de mercados de exportación. Entonces, ahí uno realmente se cuestiona cuánto aportan esas divisiones previas.
Yo separaría lo regional de esas otras dos entradas, mercado y élites. Porque creo que las aproximaciones centradas en mercados y élites sí han permitido ver procesos más orgánicos: élites que no son ni de un lado ni del otro, sino que se están moviendo, que están construyendo en conjunto, que a veces tienen disputas; mercados que articulan grandes territorios.
En cambio, lo regional sí me parece que fue, en su momento, una herramienta muy útil para visibilizar historias de lugares de los cuales no se hablaba, pero que ahora se ha convertido un poco en una camisa de fuerza que nos impide dialogar no solo con otras historiografías, sino incluso extender la mirada y ver que esos procesos continúan por fuera de las fronteras de Bolivia o por fuera de esas delimitaciones regionales.
Y ahí yo creo que un rol fundamental lo cumple justamente lo que mencionabas: la historia indígena de las tierras bajas en Bolivia. Me parece fundamental porque, si hablamos de 200 años de historia de Bolivia gran parte de ese tiempo está marcado por los intentos de ocupación de esos territorios. Estamos hablando de la mayor parte del período histórico, y quizá incluso de procesos que todavía continúan.
Yo creo que lo que nos permite ver esa historia indígena —incluso para pensar una historia de Bolivia— es que la construcción de un espacio territorial boliviano solo pudo darse a partir de la ocupación de esos territorios. Y ahí entran muchísimas cosas: cómo se niega históricamente la territorialidad de estos pueblos, cómo se niega la violencia de la ocupación de esos territorios y cómo todo eso no aparece en la historia nacional.
Y yo creo que eso, más allá de hablarnos de la historia de estas regiones, está hablando directamente de lo que es la historia de Bolivia.
—Leyendo el libro, aparece una y otra vez una misma operación de fondo: territorios indígenas que son imaginados como vacíos, improductivos, salvajes o subutilizados, y que luego son reordenados por misiones, comercio, colonización, guerra, propiedad agraria o ciudadanía. ¿Dirías que uno de los hilos menos visibles del libro es justamente la historia larga de esa conversión de territorios indígenas en espacio nacional, espacio productivo o espacio colonizable?
—Sí, completamente. Yo creo que tranquilamente se puede trazar una línea desde el inicio, con los trabajos de Cecilia Martínez y las independencias, hasta los trabajos de Ben Nobbs-Thiessen y Chuck, que son los más contemporáneos. Hay una línea directa.
Y ahí también se abren muchas más preguntas, que creo que era parte del objetivo del libro. Como tú decías, sí conocemos bastante sobre cómo muchos de estos espacios han sido reorganizados, o cómo se ha buscado reorganizar los territorios indígenas para volverlos más útiles tanto para las élites locales como para los intereses del Estado.
Pero yo creo que la pregunta —y ahí sí me gustaría pensar el rol que el libro podría tener— es abrirnos a formular otras preguntas. El tema de las misiones, por ejemplo, no se agota en las misiones católicas. Las misiones protestantes son quizá uno de los fenómenos más cercanos a la historia actual y uno de los que más impacto pueden haber tenido en la forma actual de los territorios. Y, sin embargo, no tenemos ningún texto sobre eso en la compilación. Ampliar ese tema es central.
En cuanto a la expansión de la frontera agraria, por ejemplo, es algo que en el texto aparece de una forma más periférica, en zonas alejadas del área central de producción agrícola —si pensamos, por ejemplo, en Santa Cruz—, como el Alto Beni y Yapacaní. Pero ahí la pregunta vuelve a ser la misma: cómo involucrar estas discusiones históricas más conocidas, pero hacerlas dialogar con este hilo de fondo.
Y, de nuevo, pensar qué peso tiene todo este proceso largo, esta historia de larga duración —como nos gusta decir a los historiadores— de transformación de territorios indígenas en la historia de Bolivia. ¿Y qué dice eso sobre Bolivia? Yo creo que esa es la pregunta: qué nos dice, más allá del ejercicio netamente histórico. Cómo nos hace repensar lo que es Bolivia.
—Leído desde el presente, el libro inevitablemente dialoga con cuestiones muy contemporáneas: expansión agropecuaria, deforestación, colonización interna, tierras “disponibles”, promesas de desarrollo hacia el este. Sin forzar anacronismos, ¿qué continuidades históricas te parece importante subrayar entre esas viejas formas de ocupación de los Orientes y el modo en que hoy vuelven a ser imaginados como reserva de futuro para Bolivia?
—Yo creo que muchas veces, cuando hablamos de historia o con gente que se dedica a hacer historia, resulta un poco incómodo hacerse una pregunta como la que me acabas de plantear, porque nos obliga a dibujar una continuidad con el presente. Pero, al final, creo que eso es algo muy útil y muy necesario.
Y ahí yo diría que, aunque quizá no tenga los conceptos historiográficos más precisos para formularlo, sí hay algunas cuestiones claras. Por ejemplo, hay una línea en la forma en que se ha justificado el avance sobre territorios indígenas. Hay una serie de conceptos que uno puede seguir —los voy a nombrar aquí de forma un poco ligera, aunque tienen mucha profundidad— como civilización, progreso, desarrollo, modernidad.
En el siglo XIX, por ejemplo, la gran justificación era la civilización. Y civilización podía significar muchas cosas: parecerse culturalmente a Europa, responder a una idea religiosa, o incluso una determinada forma de relacionarse con el espacio natural. Pero, de una u otra forma, servía para justificar los avances coloniales, y no solo en Bolivia: es un fenómeno mucho más amplio.
Esa misma palabra puede rastrearse luego, con sus continuidades y diferencias, en las ideas de progreso, desarrollo y modernidad. Es una línea muy tenue, creo, a la que no hemos prestado suficiente atención en la historia, pero que sigue hasta hoy: la forma en que se justifican grandes transformaciones de espacios, ecosistemas y formas de vida.
Ahí hay una línea clara que da para mucho. Como te decía, quizá no sabría todavía cómo ponerla en palabras más precisas respecto del presente, pero sí está el tema de cómo y por qué se transforman esos espacios, cuál es el diálogo entre las necesidades de las élites locales y los discursos globales. Es una línea muy fértil.
Yo creo que otra continuidad importante es visibilizar las formas en que las poblaciones —principalmente indígenas de tierras bajas, aunque no solo ellas—, y también, en el siglo XX, otros actores subalternos como los colonos de distintas regiones, construyen espacios sociales de resistencia y de agencia para sostener, en la medida de lo posible, sus formas de vida.
Por ejemplo, cada vez hay una historiografía más amplia que nos dice que siempre hemos buscado grandes rebeliones en tierras bajas, como un equivalente de Tupac Katari, pero que no necesariamente las encontramos porque no eran necesarias. Es un tema que a mí me gusta mucho trabajar. En el bosque, uno se interna, se escapa, y el administrador nacional o misionero no puede seguirte. Sin un guía indígena, se muere.
Eso lo hablábamos con un colega antropólogo, Vincent Hirtzel que trabaja con los yuracarés y decíaque la historia de los pueblos indígenas de tierras bajas es, en buena medida, una historia de búsqueda de espacios donde no los molesten. No diría solo de escaparse, porque eso los pone en una situación demasiado precaria; más bien, de buscar espacios propios. Y esa búsqueda continúa, continúa, continúa, hasta que llega un momento en que ya no hay más espacios donde ser independientes.
Y ahí, yo diría, comienza otra fase: la negociación con la legalidad del Estado, con las herramientas que brinda el Estado para protegerse. Y aunque hay múltiples temporalidades en estos procesos, una muy importante es cuando los pueblos indígenas de tierras bajas impulsan la Marcha por el Territorio y la Dignidad en los años noventa, y cambian su estrategia.
Ahí se articulan también otros actores y otros sectores subalternos, como el campesinado y los colonos. Esa es otra gran continuidad que llega hasta el presente: seguimos viendo movilizaciones, marchas y formas de enfrentar estos avances sobre los territorios.
Entonces, quizá yo me quedaría por ahora con esas dos líneas, que son las que puedo pensar más claramente. Pero seguramente hay muchas otras continuidades que, incluso, quienes lean el libro desde sus propios temas podrán encontrar y desarrollar.
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Sobre el autor
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Stasiek Czaplicki
Economista ambiental especializado en cadenas de valor agropecuarias y forestales, con más de 10 años de experiencia. Investigador y activista boliviano enfocado en deforestación y en investigación corporativa y financiera. Cuenta con una amplia trayectoria en ONG nacionales e internacionales, organismos multilaterales y think tanks globales (WWF, FAO, Climate Focus, Oxfam, CIPCA). Actualmente forma parte del equipo de Revista Nómadas donde además de realizar investigaciones periodísticas, ejerce como gerente de proyectos y asesor técnico. Stasiek Czaplicki, junto a Iván Paredes, ha sido galardonado con el Premio al Periodismo de Investigación Franz Tamayo 2024 por el reportaje Bolivia no se baja del podio de países que más monte pierden en el mundo, en el que abordó la alarmante pérdida de bosques en Bolivia durante el 2023.



