
El abuelo decía que los sueños no venían de la noche, sino de los espíritus del bosque.
Por eso, cuando el viejo Yuku despertó temblando frente al fuego, mandó llamar a la comunidad antes de que cantaran los primeros pájaros, nadie se atrevió a interrumpirlo.
Incluso los niños dejaron de jugar con las brasas del fuego y las mujeres suspendieron el golpe rítmico del mortero sobre la yuca en el tacú.
Los perros callaron, y hasta el viento pareció detenerse.
El aire olía a lluvia y el bosque entero escuchaba.

—He soñado que en el corazón del bosque existe un lugar destinado para nosotros —dijo finalmente, con la voz gastada por los años—. Pero solo lo encontraremos cuando volvamos a caminar ligeros, como caminaban nuestros antepasados. Debemos despojarnos de la codicia, de la envidia y del deseo de poseerlo todo. Allá nada nos faltará. Los animales cuidarán nuestros caminos y las fieras defenderán a nuestros hijos. No debemos temer.
Nadie habló después de aquellas palabras.
Porque todos sabían que los sueños de Yuku no eran sueños comunes.
Desde joven había aprendido a escuchar el murmullo secreto de los ríos y el lenguaje antiguo de los árboles donde reposaba el Eyeye (espíritu dueño del bosque). Decían que podía conversar con el ichini (jaguar) y que, cuando cerraba los ojos, veía el futuro escondido bajo las raíces de la tierra.
Algunos aseguraban haberlo visto caminar de madrugada junto a sombras enormes que no dejaban huellas. Los ancianos decían que el bosque lo había elegido.
Mucho tiempo atrás, los pueblos habían aceptado convivir con hombres extraños que llegaron mostrando una cruz y palabras nuevas. Enseñaron otros modos de sembrar, otras canciones y otros nombres para Dios. Y aunque eran distintos, durante un tiempo fueron considerados aliados, porque protegían a las comunidades de la brutalidad de los colonos que descendían por los ríos como aves de rapiña.

Pero un día aquellos aliados desaparecieron.
E inmediatamente, hombres extraños llegaron desde la colonia, con rifles, papeles sellados y promesas de progreso. Decían que el bosque debía abrirse para el ganado, para la madera y para las riquezas que dormían bajo el suelo.
Decían que los indígenas debían aprender a obedecer, a trabajar para otros y a olvidar esas costumbres comunitarias para convertirse en ciudadanos útiles para el nuevo Estado.
Yuku comprendió entonces que algo oscuro estaba naciendo.
Que el Estado avanzaba como una enfermedad silenciosa.
Primero llegaron las autoridades exigiendo obediencia absoluta.
Después los varones del caucho, que arrancaban la sangre de los árboles igual que arrancaban la vida de los hombres.
Más tarde aparecieron los hacendados, cercando territorios que jamás les habían pertenecido.
Finalmente llegaron los políticos, expertos en hablar con palabras luminosas mientras ocultaban las manos vacías detrás de la espalda.
Todos pronunciaban la misma palabra:
Desarrollo.
Pero Yuku descubrió que el desarrollo tenía hambre.
Un hambre interminable.
Se alimentaba de árboles derribados, de animales perseguidos hasta desaparecer, de ríos enfermos y de indígenas obligados a trabajar hasta que la muerte les doblaba la espalda.
Aquellos hombres justificaban estos actos, como el precio para alcanzar la civilización.
Fue entonces cuando los espíritus del bosque comenzaron a visitar en sueños a los sabios de las comunidades, para describirles aquel lugar sagrado destinado solo para ellos.
Así nació la búsqueda de la Loma Santa.
Muchos se burlaron.
Dijeron que aquella búsqueda era una locura. Que aquellos indígenas habían perdido el juicio caminando por el bosque bajo la lluvia y bajo el sol. Que estaban escapando de la modernidad y del desarrollo porque eran salvajes.
Pero no entendieron nada.
Los sabios que guiaron las movilizaciones no escapaban del mundo: estaban tratando de salvarlo.

Ellos comprendieron antes que nadie que la codicia de los poderosos no tenía fin. Vieron que el camino que ofrecía el Estado llevaba a la destrucción del bosque y también del alma humana. Comprendieron que un pueblo que olvida la reciprocidad y la vida comunitaria, termina adorando el dinero como a un dios hambriento.
Por eso comenzaron a internarse en el bosque, con la convicción que se alejaban de una sociedad portadora de una contagiosa enfermedad: la codicia, la violencia y la ambición desmedida.
Caminaron durante semanas enteras. A veces el bosque cambiaba frente a ellos. Los árboles se abrían como puertas y volvían a cerrarse detrás de ellos. Había noches en que las estrellas descendían hasta tocar el río y los peces brillaban bajo el agua como pequeñas lámparas vivas.
Los ancianos decían que la selva probaba el corazón de quienes la atravesaban. A los ambiciosos les hacía perder el camino. A los envidiosos los confundía con voces y sonidos falsos. Pero a quienes caminaban con el alma pura, el bosque les mostraba senderos invisibles.
Una madrugada, mientras avanzaban entre la neblina, los niños vieron un jaguar negro caminando delante de la columna. No parecía una bestia sino un guardián. Se detenía cada cierto tiempo y miraba hacia atrás, asegurándose de que lo siguieran.
Nadie sintió miedo. Porque en la Loma Santa las fieras no atacaban a quienes respetaban la vida.
Con el tiempo, los buscadores de “Loma Santa” fundaron comunidades en un espacio que consideraban sagrado y vivo al mismo tiempo, donde moran los amos del bosque, de los animales, de los seres del agua y de los aires, espíritus que guían la relación respetuosa entre las comunidades indígenas con el entorno que los sostiene
La vida transcurría bajo sus propias normas, cazaban y pescaban lo necesario, la siembra era abundante y se redistribuían los excedentes, nadie sufría de hambre y los niños aprendían que el bosque no era una mercancía, sino un ser vivo del cual todos formaban parte.
Así, lejos del poder colonial y republicano, construyeron otra forma de existencia que desafiaba a la modernidad. En este momento, la Loma Santa no era únicamente un lugar escondido entre árboles gigantes. Era la posibilidad de un mundo distinto.
Un mundo donde la riqueza se media en capital social y el poder o la autoridad no devenían de la violencia sino del servicio, donde la libertad y el uso del tiempo dependía de ellos y no de patrones.
Con los años, el Estado siguió avanzando y nuevamente hasta sus comunidades llegaron hacendados, empresas madereras y nuevas formas de conquista con viejas narrativas disfrazadas de modernidad.
Pero las historias sobre la Loma Santa siguieron viajando de comunidad en comunidad como brasas encendidas que nadie podía apagar.
Porque mientras exista un pueblo dispuesto a defender el bosque, la Loma Santa continuará respirando bajo las hojas húmedas de la selva.
Y dicen los lideres actuales, quienes vienes emprendiendo movilizaciones y marchas desde 1990 y que recientemente se encuentran en las carreteras nuevamente, que, algunas noches, cuando el viento sopla desde lo profundo del monte, todavía puede escucharse la voz de Yuku, que les convoca a no abandonar el sueño de construir una nueva situación para los pueblos defensores de la vida.
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Sobre el autor
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Hernán Avila Montaño
Es sociólogo con 25 años de acompañamiento a los pueblos indígenas de tierras bajas. Trabaja como Especialista Social en ORE Organización de apoyo legal y social.



