
El agua es un recurso finito en nuestro planeta, no se crea ni se destruye, sólo se transforma y se mueve a través de su ciclo. Esto quiere decir que cada lágrima que derramaste, cada gota de sudor que tu cuerpo produjo en algún momento fue nube, fue río, fue mar.
Hay un monje budista llamado Thich Nhat Hanh quien escribió: “Cuando bebes un vaso de agua, bebe de tal manera que sepas que el agua es un regalo de la Tierra, del sol, de las nubes, de los árboles. Sin ellos, no habría agua.” ¿Alguna vez nos detenemos a pensar en todo lo que tuvo que suceder en este planeta por millones de años para que exista agua que nuestros organismos puedan deber? ¿Alguna vez pensamos que el agua de nuestro vaso es la misma agua que tomaron los dinosaurios? Hay tantas preguntas que nos podemos hacer que no sólo nos invitan a la conciencia, presencia y gratitud, sino que también nos conectan con la magia de estar vivos, aquí y ahora.
Y si, a pesar de lo que digan las noticias, es un milagro estar vivos en un planeta que ha pasado por tantos cambios y en el cual, por un breve momento de su historia, nos encontramos con las condiciones necesarias para nuestra existencia. Hoy en día hablamos del cambio climático como si fuese algo normal, irreversible, nuestro karma colectivo. Quizás hay algo de cierto en eso, pero esa complacencia no es el disparador necesario para transformar la apatía en organización colectiva y los cambios estructurales que necesitamos generar lo antes posible. No escribo esta columna con los ojos cerrados, ya hemos visto las manos de los billonarios, empresas extractivistas y políticos ineptos arrebatar la vida por ganancia financiera, por votos, o poder. Los hemos visto empujar su agenda en la cual aprendemos a pelear entre nosotros por migajas, y por sobrevivir cuando en realidad la lucha necesita ser más vertical, más estructural. Los hemos visto distraernos con boberías mundanas y hasta con guerras, para que no veamos cómo nos roban las tierras, el agua, y la vida. Y ya estoy cansada, porque mientras nos destruyen, ellos siguen acumulando riqueza, y pasando de millonarios a billonarios, a trillonarios mientras nosotros a lo único que nos aceramos es a ser refugiados climáticos.
Hace ya décadas, ambientalistas y científicos han advertido que la próxima guerra mundial será por el agua. Hoy veo este panorama desolador, mucho más posible teniendo en cuenta la Diosificación de la tecnología y la impunidad absoluta que los billonarios y los “tech-bros” del mundo parecen gozar. Nuestra agua no sólo se ve amenazada por el desarrollo de mega industrias internacionales como la inteligencia artificial, localmente, tenemos años viendo más basura que agua correr en varios ríos del país, y más recientemente, vemos la coloración de nuestros ríos producto de la minería legal o no, que se lleva a cabo en el país. ¿Y qué pasa cuando alteramos el ciclo del agua o la contaminamos año tras año? Rompemos con el equilibrio natural que tomó tantos millones de años obtener, y del cual depende nuestra existencia y la de tantas otras criaturas. Estamos transformando el regalo que recibimos, en algo que en pocos años dejará de sostener la vida en este planeta como la conocemos. Pero el agua eres tú, y soy yo, y si alternamos el ciclo del agua, nos rompemos todos. Es por esto que debemos luchar por nuestros derechos, por nuestra naturaleza, y por nuestro deseo de vivir. Recordemos que la lucha no es entre nosotros, es con las estructuras de poder que perpetúan el extractivismo en nuestras tierras y aguas y con quienes acumulan ganancias al generar sufrimiento a otros seres. Varias de estas luchas serán internas, porque también hemos internalizado creencias erróneas que nos siguen separando de la naturaleza, cuando en realidad somos ella. Luchar por tener acceso a agua limpia y por la continuidad de los ciclos de la naturaleza, no es sólo una lucha para honrar la gran abundancia que hemos recibido como herencia, es también nuestra responsabilidad hacia las próximas generaciones y todas las especies que se ven afectadas por nuestras acciones.
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Sobre el autor
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Ana Carola Terrazas
El amor por la naturaleza, desarrollado desde la adolescencia, ha sido la estrella que ha guiado su recorrido de vida y profesional. Esta claridad y compromiso la llevaron a Canadá donde estudió Geografía, Desarrollo Internacional, y Gestión de Desastres y Emergencias. Luego de trabajar para las agencias de las Naciones Unidas, y la Cruz Roja en contexto post-desastre y en esfuerzos de reducción de riesgos, Ana Carola quedó sorprendida por la manera sistemática en la cual los animales no humanos estaban excluidos de los programas humanitarios y de desarrollo. A raíz de estas experiencias, conjunto a su profunda empatía, y a su creencia en que todas las personas tenemos la capacidad de ser agentes de cambio positivo para el planeta; Ana Carola decidió crear conciencia, inspirar acción y educar en pro del bienestar animal a través de su iniciativa Inclusión Animal en Desastres LatAm donde trabaja para reducir el sufrimiento de los animales.



