
Tras siete años de recorrer el Parque Nacional Kaa-Iya en distintas etapas de mi vida, sentí una certeza profunda: debía rendirme ante la posibilidad de encontrar al jaguar en su propio hogar, el bosque seco tropical. Comprendí que no se puede presionar al “Amo del Monte”. En mi interior, sabía que, cuando mi espíritu estuviera listo y la señal fuera la correcta, el territorio me revelaría su mayor tesoro en la silueta de un jaguar.
Y el monte no falló.
Una noche de patrullaje entre el Campamento Tucabaca y el Isoso, junto a un grupo de jóvenes afortunados de sentir la energía de esta tierra, emprendimos el camino. Al volante nos guiaba Mario Gil, experimentado guardaparque chiquitano y verdadero conocedor de la ruta. Avanzamos cerca de cuarenta kilómetros atravesando la diversidad del bosque, entre serpientes y aves nocturnas como el cuyabo y la lechuza, guardianes del misterio cultural de esta tierra.
Sin embargo, el instante eterno aguardaba al regreso.
En la carrocería trasera del vehículo solo quedábamos el guardaparque Renal Paredes y yo. Conversábamos en la penumbra sobre la vida, sobre la devoción por el Kaa-Iya y sobre la urgencia de perdonar a quienes dañan —o pretenden dañar— a sus habitantes más sagrados. Inspirados por la luna llena que, bañado el horizonte, el monte respondió.

De pronto, un felino cruzó el camino. Un murmullo de asombro resonó desde la cabina. Sentí un vuelco en el pecho: lo había visto con mis propios ojos, pero mi teléfono estaba apagado. Aun así, permanecí en absoluto silencio, escuchando el galope de mi corazón.
Respiré profundo. Y entonces, ocurrió.
Dos destellos rojizos perforaron la noche. Con una generosidad indescriptible, el dueño del monte nos concedió el encuentro más extraordinario de nuestras vidas. Se adentró en el camino y caminó pausadamente hacia nosotros, permitiéndonos admirar la majestuosidad de su porte e incluso una marca distintiva y diferente en su cuello, la firma única de su identidad.
Mientras Renal intentaba calmar mi asombro, sentí que el tiempo se detenía. Sentí una felicidad plena y serena.
El príncipe del monte nos regaló tiempo: Tiempo para observarlo. Tiempo para admirarlo. Tiempo para guardar su imagen, no solo en un lente, sino en la memoria.
Al evocar aquella noche, con las pulsaciones serenas tras haber estado a pocos metros del felino más imponente de nuestra naturaleza, comparto esta vivencia nacida de la gratitud. Una historia escrita entre sonrisas y lágrimas, pero, sobre todo, una apelación a la conciencia:
¿Por qué destruir su hogar? ¿Acaso tiene sentido romper este equilibrio? Aquella noche recibí la señal. El Kaa-Iya es su santuario natural, una tierra que aún se resiste a desaparecer para quienes tuvimos el privilegio de cruzarnos con su mirada y sentir la fuerza inextinguible de su esencia.
El jaguar no sobrevivirá si una carretera fractura su territorio y corta sus rutas de vida. Su presencia en la penumbra es un pedido claro y categórico:
Protejamos su refugio.
Cuidemos su monte.
Defendamos el Kaa-Iya.
Porque salvar el Kaa-Iya es garantizar la vida del jaguar. Y proteger al jaguar es resguardar el alma misma del territorio y nuestro propio futuro.
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Sobre el autor
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Maria Katia Garrido Suarez
Maria Katia Garrido Suarez, es Relacionista Público para los Objetivos de Desarrollo (ODS), con especialidad en promover la conservación de la biodiversidad y medios de vida en comunidades en torno a las áreas protegidas. Con más de una década impulsando campañas urbanas ambientales y acciones rurales de revalorización, sensibilización y protección del medio ambiente y pueblos indígenas. Su principal interés es contribuir desde la comunicación, a una gestión eficiente de los territorios y a la justicia ambiental.



