
El viento cálido del Beni sopla con cautela los vaivenes de la cotidianeidad. Abajo, en la plaza principal de Santa Ana de Yacuma, la vida transcurre a su propio ritmo: motos que cruzan despacio, charlas en los bancos de sombra y la rutina del pueblo. Pero si levantas la mirada, la perspectiva cambia por completo.
En la cima de un tronco seco —lo único que la tormenta o el tiempo dejaron en pie de una vieja palmera— dos parabas de la especie Ara ararauna, decidieron instalar su fortaleza. No necesitaban la copa intacta ni el follaje tupido; les bastó la concavidad del corte y la altura necesaria para dominar el horizonte del Yacuma, en Beni, Bolivia.
Ahí arriba ocurre de todo. Hay momentos de un silencio denso donde se acicalan el plumaje azul y amarillo con una paciencia casi obsesiva, entrelazando los picos en gestos que se sienten extrañamente humanos. Y luego, sin previo aviso, el estallido: un par de aletazos secos, un graznido sordo que retumba en la plaza y el despegue en pareja, cortando el azul impecable del cielo beniano en una línea perfecta.
Mientras la plaza sigue su curso abajo, en ese nido de amor la vida insiste, salvaje y libre, demostrando que para construir un refugio solo hace falta altura, pareja y un cielo azul.
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