
Hay viajes que son toda una aventura: avión, taxis, motos, caminatas, botes, más caminatas, más motos… Ufff, son verdaderas maratones.
Entrar al Territorio Indígena Multiétnico, en la región de Moxos, es siempre una aventura. Pero ¿cómo les suenan ocho horas de pasajero en moto, por caminos de barro, donde la mitad debe hacerse a pie, con el barro y el agua hasta los tobillos?
Esta vez mi destino era una comunidad T’simane. El Territorio Indígena Multiétnico es un espacio donde habitan cinco pueblos indígenas – moxeño trinitario, moxeño Ignaciano, Movima, Yuracaré y T’simanecada- con sus propias historias, culturas y relación con el territorio. Yo llegaba esta vez como parte de un trabajo que estoy realizando junto a la organización ORE y REWILD, buscando contribuir a la sostenibilidad financiera del Área Protegida Loma Santa.
El recorrido comenzó en San Ignacio de Moxos (Beni) y de ahí a Monte Grande, para después seguir hacia Jorori y posteriormente hasta San Salvador, la comunidad desde donde finalmente tomaríamos el bote para salir del territorio.
A medida que avanzábamos, el viaje se iba convirtiendo cada vez más en una experiencia en sí misma. Los caminos, el barro, las motos, las caminatas y finalmente el río van haciendo que uno entienda que llegar hasta estos lugares no es simplemente trasladarse de un punto a otro. Es entrar poco a poco en otro mundo.

VIVIR DEL BOSQUE
Una de las cosas que más me impresionó fue comprobar que aquí la vida todavía gira alrededor de lo que el bosque y el río ofrecen.
La cacería por subsistencia, la pesca, la recolección de frutas y otros productos del bosque, complementadas con una agricultura de pequeña escala, forman parte de una economía y una forma de vida profundamente vinculadas al territorio.
No se trata solamente de sacar recursos del bosque. Existe un conocimiento de dónde encontrar los alimentos, cuándo es el momento adecuado para recolectarlos, cómo aprovecharlos y cómo moverse en un territorio que para nosotros puede parecer inmenso e indescifrable, pero que para ellos tiene caminos, lugares, señales y referencias conocidas desde generaciones.
El bosque es su despensa, pero también es su farmacia, su mercado, su escuela y buena parte de su historia.
Y entonces comienzan esas pequeñas experiencias que, para quienes vivimos acostumbrados a las ciudades, pueden parecer extraordinarias, pero para quienes habitan estos lugares forman parte de su vida cotidiana.
Al amanecer del segundo día me llevé una sorpresa. Nuestros anfitriones habían salido durante la noche a pescar.
Me contaron que la flecha que habían construido para mostrarme cómo se fabricaba —a la que habían colocado unas plumas de águila arpía porque estas le dan mayor precisión— había terminado siendo la herramienta con la que cazaron el primer pez de la noche, ya que me explicaron que, cuando hay luna, la visibilidad sobre el agua es perfecta para pescar de esta manera.
Y así, mi desayuno fue un plato de pescado fresco, preparado en sudado, aderezado simplemente con sal y limón. Una verdadera delicia que se complementaba con uno de los ajíes de su basta despensa.
Son esos momentos los que hacen que uno empiece a entender que lo extraordinario no siempre está en lo que buscamos como turistas. Muchas veces está justamente en aquello que para quienes viven allí forma parte de su vida cotidiana.
La flecha, las plumas, la pesca nocturna, la lectura de la luna, el conocimiento del río, los alimentos del bosque, los ajíes, las plantas… todo forma parte de un conocimiento acumulado durante generaciones.
Y entonces uno comienza a preguntarse cuánto de ese conocimiento conocemos realmente quienes vivimos fuera de estos territorios.

RÍO ABAJO
Tras una estadía en las comunidades amenizadas con largas charlas sobre tradiciones, forma de vida y anécdotas, además de cortas caminatas, llegó el momento de regresar.
La oportunidad se presentó en forma de una canoa con un pequeño peque-peque, ese motor estacionario adaptado para impulsar la embarcación. La canoa saldría hacia Monte Grande en un viaje de unas seis horas.
La alternativa era el plan original de volver por tierra, eso significaba que dos personas tendríamos que regresar en una moto, además del equipaje. Y eso sonaba bastante más complicado.
Así que decidí aprovechar aquel precario medio de transporte para hacer algo que tenía pendiente: conocer el río Apere en su curso medio, el único tramo del río que todavía me faltaba navegar dentro de este territorio.
Con mi cámara fotográfica y mi diestro capitán, zarpamos río abajo.
El Apere es angosto, de aguas turbias, como la mayor parte de los ríos de la región, y sus barrancas se levantan en algunos tramos a ambos lados, formando un escenario que podría ser parte de cualquier película sobre el Amazonas.
Grandes árboles se levantan junto a las orillas y, de tanto en tanto, se convierten en alojamiento para parabas, maneches —los monos aulladores—, chichilos —monos tití—, silbadores —monos capuchinos— y toda una variedad de garzas que cubren las orillas.
El transcurso del río es lento.
Pero es aún más lento cuando la borda de la canoa no tiene más de seis centímetros fuera del agua y uno va sentado en el fondo, sin posibilidad de reclinarse.
Aunque lo realmente interesante comienza cuando aparecen las palizadas.
Árboles de todos los tamaños caen sobre el curso del río y terminan atravesándolo, impidiendo el paso. Es entonces cuando empieza lo divertido.
A veces, el diestro motorista consigue pasar por un hilo de agua junto a la orilla, un espacio donde apenas entra la canoa.
En otras, no queda más remedio que atropellar el árbol semisumergido. La canoa avanza hasta llegar a la mitad y, de pronto, se detiene.
Entonces hay que salir y pararse sobre el tronco para ayudar a impulsarla.
Otras veces me toca desplazarme hacia la proa y hacer que el peso de la canoa cambie el balance sobre el tronco, tratando de conseguir que la embarcación pueda deslizarse.
En algunos casos, el conocimiento del motorista indica buscar corteza de ambaibo y ponerla sobre el tronco, ya que esta parte interior tiene una especie de resina muy resbalosa. Y eso, increíblemente, ayuda a que una canoa de unos 200 kilos pueda deslizarse sobre el tronco y continuar su camino.
En otros tramos, el río corre por debajo de un verdadero túnel formado por los troncos y la vegetación. Allí no queda otra que agacharse hasta el fondo de la canoa y pasar esperando que nada termine golpeando contra el obstáculo.
Estos tramos son numerosos; y es evidente que estos ríos tienen muy poco tránsito. El bosque vuelve a ocupar rápidamente el espacio que dejamos libre y cada árbol caído parece recordarnos que estamos navegando por un lugar donde el río todavía pertenece al bosque y no al hombre.
Después de casi seis horas finalmente llegamos a nuestro destino: Monte Grande. Pero, ¡oh, sorpresa!: el puerto estaba a unos cinco kilómetros del pueblo.
Mis compañeros T’simanes comenzaron a empacar todo. Yo, bastante más preocupado por la posibilidad de quedarme abandonado en medio del bosque, decidí caminar por delante; eso significaba marcar el paso. Y ahí cometí un pequeño error de cálculo: ellos son T’simanes y no caminan precisamente lento.
Una hora más tarde, y yo ya bastante cansado, llegamos finalmente a Monte Grande. Afortunadamente, la moto, al ir más ligera, había conseguido llegar antes. Eso significaba que solamente me separaban unas tres horas de encontrar una cama.
Nos acomodamos como pudimos y emprendimos nuevamente el camino. La conducción por un camino de ripio requiere mucha concentración, especialmente después de una jornada como aquella. Pero poco a poco fueron pasando los kilómetros y, finalmente, a las 22:00 llegamos a San Ignacio. Ahora solo faltaba buscar un hotel.
Mi espalda estaba destruida entre el bote y la moto. Las piernas también estaban bastante cansadas. Pero, a pesar del cansancio, no podía dejar de pensar en todo lo que había visto y vivido en esos días.

CUANDO DESAPARECE UNA LENGUA
Hace algún tiempo leí un artículo del Living Tongues Institute for Endangered Languages sobre el riesgo de desaparición de algunas lenguas y dialectos. La Amazonía aparecía como uno de los grandes hotspots de diversidad lingüística en riesgo.
Desde entonces me quedó dando vueltas una pregunta: ¿Qué pasa cuando desaparece una lengua? ¿Desaparecen solamente las palabras? ¿O con ellas se va también una parte de la forma en que un pueblo entiende y se relaciona con el mundo?
Una espiritualidad. Una cosmovisión. Una manera de nombrar el bosque y comprender sus ciclos. El conocimiento sobre las plantas medicinales, los alimentos, los animales, los peligros, los lugares y las oportunidades que ofrece el territorio.
Quizás parte de ese conocimiento pueda sobrevivir, aunque una lengua desaparezca. Pero seguramente algo se pierde.
Porque hay conocimientos que no están escritos en libros ni en documentos. Están contenidos en las palabras, en las historias, en los nombres de los lugares, en la manera de explicar una planta, un animal, un mito o el comportamiento del río.
Y entonces pienso que estamos frente a algo mucho más grande que la conservación de un idioma. Estamos hablando de formas de vida que podrían desaparecer y, con ellas, conocimientos que la humanidad tardó cientos o miles de años en construir.

¿Y EL TURISMO?
Y ahí es donde vuelvo a pensar en el turismo. Mi trabajo junto a ORE busca precisamente contribuir a encontrar alternativas que permitan dar sostenibilidad financiera al Área Protegida Loma Santa. El desafío es que la conservación pueda sostenerse en el tiempo y que las comunidades puedan encontrar beneficios concretos de mantener sus territorios conservados.
El turismo podría ser una oportunidad. No como una solución mágica ni como la respuesta a todos los problemas, sino como una posibilidad de generar beneficios para las comunidades y, al mismo tiempo, encontrar maneras de aprovechar el bosque de forma sostenible.
Pero aquí aparece el gran dilema: Este territorio podría ofrecer un atractivo enorme para visitantes interesados en esa mezcla entre naturaleza, cultura y aventura. Sin embargo, el principal reto es precisamente mantener aquello que hace único al territorio.
La forma de vida de estas comunidades es única y, en muchas partes del mundo, formas de vida como esta se están perdiendo a pasos agigantados.
Entonces, ¿cómo hacemos para que el turismo pueda acercarse a estos territorios sin terminar transformándolos en algo diferente de lo que hoy son?
Porque que el turismo llegue hasta aquí exige una logística que tendremos que pensar muy bien: transportar a los visitantes de una manera más eficiente y segura, brindarles unas condiciones mínimas y, al mismo tiempo, evitar que toda esa infraestructura y esos servicios terminen alterando la vida de las comunidades es un equilibrio complejo.
Probablemente no sea un lugar para el turismo masivo; tendrían que ser grupos pequeños, de personas dispuestas a asumir el alto costo que implica llegar hasta allí, pero también verdaderamente interesadas en conocer, respetar y contribuir a conservar la naturaleza y la cultura del territorio.
Porque si para llevar turistas hasta allí tenemos que cambiarlo todo, entonces quizá habremos perdido precisamente aquello que los hacía querer llegar.
El turismo puede ser una oportunidad. Tal vez existan otras. Pero creo que es apremiante hacer algo. Y ese “hacer algo” tampoco debería partir de una mirada paternalista, como si nosotros tuviéramos que salvar a otros.
Quizás debería partir de algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: reconocer al otro en igualdad, valorar su forma de entender el mundo y comprender que su conocimiento también es patrimonio de la humanidad.
Tal vez conservar estos territorios no sea solamente conservar bosques, ríos o especies. Tal vez también sea conservar lenguas, historias, conocimientos y maneras distintas de comprender la vida. Y quizás ese sea uno de los mayores desafíos: encontrar formas de generar oportunidades para quienes viven en estos territorios sin obligarlos a dejar de ser quienes son.
Después de todo, si el turismo algún día llega hasta aquí, debería hacerlo para conocer y valorar este mundo, no para reemplazarlo por el nuestro.
Los lugares más prístinos no son para cualquiera. Exigen esfuerzo, paciencia, resistencia y, muchas veces, aceptar condiciones que están muy lejos de nuestras comodidades habituales.
Pero también son lugares que dejan lecciones de vida. Y esas, definitivamente, no me gustaría perdérmelas.
¿Será que se puede?
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Sobre el autor
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Marcelo Arze
Marcelo Arze, profesional boliviano con más de 25 años de experiencia en turismo sostenible, conservación y gestión de áreas protegidas, liderando proyectos estratégicos a nivel nacional e internacional. Ha ocupado cargos directivos en el sector público y privado, incluyendo el Viceministerio de Turismo, articulando actores y políticas para el desarrollo sostenible. Es docente universitario y consultor independiente, con amplia experiencia en planificación territorial, fortalecimiento de destinos y trabajo con comunidades. Actualmente contribuye a iniciativas de conservación como miembro de la UICN y evaluador de estándares internacionales.



