
Entre enero y septiembre de 2026, Bolivia exportó US$224,9 millones en castaña de Brasil. En nueve meses superó los US$221,2 millones de todo 2018, el récord anterior. El volumen exportado hasta septiembre fue de 21.643 toneladas, según el Sistema Integrado de Información Productiva, que recoge datos del Instituto Nacional de Estadística.

La castaña se exporta durante todo el año. En 2024 y 2025, hasta septiembre se había registrado, respectivamente, el 81 % y el 92 % del valor exportado al cierre de cada gestión. En la medida que los envíos continuen en el último trimestre, el récord de 2026 se ampliará. Es un hito para uno de los principales productos de la economía del norte amazónico de Bolivia, en particular de Pando, Beni y el norte de La Paz.
Lo llamativo es cómo se llegó a ese valor. La castaña tiene un ciclo de producción de unos 14 a 15 meses y su cosecha fluctúa con las condiciones climáticas. Los años de precios altos suelen coincidir con cosechas más bajas. En 2025, por ejemplo, Bolivia alcanzó el precio promedio más alto en registro, US$12.905 por tonelada, con un volumen de 14.902 toneladas. En 2024 había exportado 27.666 toneladas, pero a un precio promedio de US$6.782 por tonelada.
En 2026, en cambio, hasta septiembre Bolivia ya había exportado más de 21.000 toneladas a un precio promedio de US$10.393 por tonelada. Nicolás Gutiérrez Querejazu, especialista en desarrollo sostenible amazónico y cadenas de valor de productos forestales no maderables, describe la cosecha 2025–2026 que abasteció esos envíos como «una zafra regular, buena, con un precio relativamente bueno, en torno a los 4 a 5 dólares, más o menos, por libra». Lo singular, dice, es que «no hemos tenido ni volumen récord ni precio récord. Lo que hemos tenido es que ambos han confluido».
Gutiérrez recuerda que en 2017, después de El Niño de 2015–2016, la producción cayó con fuerza en 70% y la escasez de oferta empujó los precios al alza. Hubo incluso transacciones de hasta US$14 por libra, según el especialista. Esta vez, con una cosecha considerable, ¿qué sostuvo el precio?
El precio repuntó cuando parte de la cosecha ya se había vendido
La zafra empezó con un precio alto, pero ese nivel no se sostuvo durante toda la temporada. A mitad de la cosecha, el precio de la caja, la unidad con la que se comercializa la castaña en campo, cayó casi a la mitad, según Gutiérrez. Hacia el final volvió a subir. El especialista vincula ese repunte con los más de 50 días de bloqueo, que coincidieron con el cierre del suministro de la cosecha y generaron incertidumbre entre los compradores por el riesgo de que no se cumplieran los contratos.
Cuando el precio volvió a subir, buena parte de la cosecha ya se había vendido. Gutiérrez cree que el repunte pudo favorecer sobre todo a quienes aún tenían castaña almacenada, entre ellos algunos intermediarios.
Para Fátima Velasco Cachari, secretaria de Producción, Economía y Turismo Comunitario de la Central Indígena de la Región Amazónica de Bolivia (CIRABO) e integrante de una asociación indígena de recolectores, el balance de la zafra pasa también por cuánto costó salir al monte. Subieron los alimentos, los medicamentos y las herramientas y como indica un machete que antes podía comprar por 60 o 70 bolivianos llegó a costar entre 120 y 130. Las bolsas que compraba para la cosecha de cinco bolivianos pasaron a nueve.
Cuando hace el balance de la zafra, Velasco vuelve al cambio de gobierno. Lo recuerda como un «cambio total, radical para nosotros». En el monte, la dificultad más inmediata fue conseguir gasolina.
«El combustible ha sido la peor pesadilla que hemos tenido nosotros como zafreros», dice Velasco. Durante la escasez, recuerda, conseguir 20 litros de gasolina podía requerir varios días de fila, hasta una semana. Y cuando había combustible, costaba más. «El tanque de mi moto lo llenaba con 30 bolivianos, ahora tengo que meterle 60».
La asociación de Velasco había firmado sus contratos antes de que se encarecieran las herramientas, y otros gastos de la temporada. Aunque hubo una buena cosecha, el aumento de los costos redujo el margen que les dejó la venta. «No ha habido ganancias como otros años. Ha sido para sobrevivir y para seguir sobreviviendo hasta hoy».
El volumen de una zafra también importa por el empleo que deja después de la recolección. Como señala Gutiérrez, mucha de la gente que trabaja en el monte pasa luego a las plantas beneficiadoras. Cuando hay suficiente castaña, las plantas pueden sostener esos puestos durante más meses. En una zafra corta, aunque el precio por caja sea alto, los recolectores tienen menos producto para vender y las beneficiadoras terminan de procesarlo antes.
La incertidumbre de la próxima zafra
El repunte del precio plantea otra pregunta: ¿cómo reaccionarán a futuro los compradores si temen que el suministro vuelva a interrumpirse? Gutiérrez advierte que algunas empresas pueden buscar otras almendras cuando hay aumentos bruscos o dudas sobre el cumplimiento de los contratos. La estabilidad del precio y del volumen, sostiene, ayuda a conservar mercados y permite a las beneficiadoras planificar el empleo y las inversiones. En un producto silvestre cuya cosecha depende del clima, esa estabilidad es difícil de conseguir.
A esa incertidumbre se suma el conflicto por la tierra en el norte amazónico. Sandra Fernández Fariñas, empresaria barraquera, advierte que, si sigue sin resolverse, puede agravar los problemas sociales de la región y afectar al sector castañero.
Gutiérrez considera al arbol de castaña como un bioindicador de la Amazonía boliviana. En las variaciones de su cosecha, dice, se pueden leer señales de lo que está cambiando en el bosque.
«Antes había los meses de sur, los meses de sequía, los meses de lluvia. Ahora ya no», dice Velasco. Los fríos llegan en momentos distintos a los que recuerda y las tormentas han tumbado árboles de almendro en su territorio. En una visita reciente encontró un monte distinto al de otros años, cuando para esa época ya veía almendras en el suelo.
«No va a haber muchas castañas. Nos han atacado los gusanos. Las plantas han sido llenas de gusanos», dice sobre lo que ha observado al inicio de la nueva zafra en su territorio. Cuenta que hacía 10 o 15 años que no veía gusanos de ese tipo. Ante la caída de árboles y los cambios que observa en el monte, recomienda cuidar más el bosque y reforestar las parcelas. Para ella, de eso depende también que sus hijos puedan seguir viviendo en el territorio.
Quién fija el precio y quién se queda con el valor
Para Velasco, una de las dificultades de los recolectores es el margen que tienen para negociar frente a los empresarios que compran la castaña en Riberalta. Gutiérrez sitúa un primer problema en la propia unidad de compra. En campo, la castaña en cáscara se comercializa por volumen, mediante cajas. Aunque hay medidas acordadas en el sector, señala que en la práctica se usan cajas de distintos tamaños o se alteran sus dimensiones. Si dos cajas de distinto tamaño se pagan igual, quien llena la más grande recibe menos por la misma cantidad de castaña.
Estandarizar la medida permitiría comparar mejor las ofertas y daría a los recolectores una base más clara para negociar con intermediarios y beneficiadoras. Gutiérrez señala que el problema también aparece en las transacciones por canales informales hacia Brasil y Perú.
Su segunda recomendación se refiere al precio al que se vende al exterior. Plantea que las beneficiadoras acuerden un precio mínimo que reconozca los costos de los distintos eslabones de la cadena e incluya un pago por el servicio ambiental que presta el bosque. «Tal vez puede sonar hasta utópico», dice. El acuerdo requeriría que las empresas se comprometan a respetar ese piso al hacer sus ofertas.
Un precio mínimo también tendría que considerar la posibilidad de que los importadores opten por otras almendras. Para Gutiérrez, el peso de Bolivia en el mercado de la castaña le da margen para negociar, pero el sector todavía tiene trabajo por hacer para que los compradores reconozcan el valor asociado al origen del producto. Según su lectura de los precios FOB, Brasil obtuvo el mejor precio en 2026 y Perú suele conseguir mejores precios que Bolivia. Él atribuye parte de esa diferencia a cómo presentan el producto ante los compradores.
De ahí reitera una propuesta que ronda mucho por el norte amazonico, llamarla castaña amazónica. El nombre, sostiene, reflejaría mejor el origen del fruto y permitiría vincularlo con el bosque del que proviene y con los medios de vida de quienes lo recolectan. La apuesta es que ese vínculo también se refleje en lo que pagan los compradores.
En la asociación de Velasco, la pregunta por cuánto valor se queda en el territorio ya forma parte de las decisiones de la próxima zafra. La asociación ya exporta directamente, entre otros destinos a Italia, pero todavía paga a otras empresas para procesar la castaña. Ahora trabaja para tener «nuestra propia bioplanta procesadora de nuestra castaña», dice Velasco, «para así poder obtener mayor ganancia».
Sobre el autor
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Stasiek Czaplicki
Economista ambiental especializado en cadenas de valor agropecuarias y forestales, con más de 10 años de experiencia. Investigador y activista boliviano enfocado en deforestación y en investigación corporativa y financiera. Cuenta con una amplia trayectoria en ONG nacionales e internacionales, organismos multilaterales y think tanks globales (WWF, FAO, Climate Focus, Oxfam, CIPCA). Actualmente forma parte del equipo de Revista Nómadas donde además de realizar investigaciones periodísticas, ejerce como gerente de proyectos y asesor técnico. Stasiek Czaplicki, junto a Iván Paredes, ha sido galardonado con el Premio al Periodismo de Investigación Franz Tamayo 2024 por el reportaje Bolivia no se baja del podio de países que más monte pierden en el mundo, en el que abordó la alarmante pérdida de bosques en Bolivia durante el 2023.



