
Las cifras anuales de hectáreas quemadas suelen acaparar los titulares, pero ocultan una crisis mucho más profunda y recurrente en Bolivia. Aunque eventos devastadores como los megaincendios de 2019 y 2024 dejaron marcas imborrables, un estudio continental revela un dato desgarrador: al contabilizar la frecuencia de los incendios, el país acumula más de 100 millones de hectáreas afectadas en los últimos 24 años, lo que ubica a Bolivia como la nación con mayor recurrencia de fuego en todo el continente americano. Detrás de estos números se entrelazan ecosistemas degradados, la pérdida acelerada de biodiversidad y la peor sequía meteorológica registrada en ocho décadas.
En esta entrevista con Revista Nómadas, Oswaldo Maillard, coordinador del Programa de Bosques y Clima de la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano (FCBC) y uno de los principales expertos en el monitoreo del clima y los bosques en Bolivia, analiza, en el marco del congreso RedLAC Bolivia 2026, la complejidad estructural de esta problemática.
Maillard advierte sobre la urgencia de abandonar los esquemas reactivos enfocados únicamente en el combate del fuego para avanzar hacia un manejo integral que priorice la prevención, el uso de tecnologías innovadoras como drones e inteligencia artificial, y la creación de una arquitectura financiera territorial que garantice recursos oportunos y directos a los municipios y comunidades locales.
—Bolivia ha sido uno de los países más afectados por los incendios forestales en los últimos años. ¿Cuál es el estado de situación en 2026 y en qué medida hemos avanzado o no en la gestión y la prevención de los desastres provocados por los incendios?
—Es bueno tener un concepto histórico de los incendios, y me gustaría hablar un poco del contexto continental. El 10% del continente americano se ha quemado en algún momento en los últimos 24 años. Y haciendo un análisis por cada país, Bolivia se encuentra en el quinto lugar entre los países que tienen la mayor superficie de área quemada, es decir, la superficie neta. Esos son más de 26 millones de hectáreas afectadas. Eso lo pone en un país con bastantes problemas de fuego, por debajo de Estados Unidos, de Brasil, de Argentina.
Pero cuando uno ve la cantidad de veces que se quema un área, es decir, no el área neta o absoluta, sino el área acumulada, Bolivia acumula más de 100 millones de hectáreas quemadas en 24 años. Por ello, Bolivia se posiciona justamente como el primer país a nivel continental con mayor recurrencia de fuego, o sea, de todo el continente americano. Y esto es algo que no debería pasar desapercibido. De esta forma, aunque los datos del 2019 y 2024 muestran una cifra alarmante de área quemada, esas cifras pueden enmascarar algo mucho más profundo de lo que está ocurriendo en nuestro país.

—¿Entonces la situación es más grave de lo que se viene diciendo tras los megaincendios de 2024?
—Exactamente. Este estudio que estoy mencionando fue liderado por la FCDC y ha salido publicado este año, y muestra que la situación de los desastres por los incendios es más compleja de lo que uno puede imaginar, porque las cifras de un año, y otro, pueden enmascarar otras cifras mucho más grandes. Y si uno lo compara con este año 2026, donde ha habido pocos incendios y que no han sido de magnitud, no podemos olvidar que hay un fenómeno que está ocurriendo en nuestro país, y que aún no ha sido solucionado completamente, y que necesitamos tomar acciones prudentes y a tiempo.
—Según los datos oficiales, del total afectado en 2024, el 58% correspondía a bosques primarios y el 40% a tierras de vegetación no boscosa. ¿Cómo debemos visualizar el fenómeno de los incendios como tal?
—Es importante que entendamos que el fuego es algo que ha estado en nuestro país durante bastantes años, es decir, el fuego es usado por las personas ya que es una herramienta para poder realizar acciones en sus áreas de cultivo. Y también hay ecosistemas que están adaptados al fuego, como sabanas, pampas, y que necesitan el fuego para poder mantenerse. De hecho, hay especies que necesitan del fuego. Lo que sí no es aceptable es que los regímenes del fuego estén cambiando. Eso es algo que debemos siempre tener en mente.
El fuego es necesario para diferentes ecosistemas, pero el fuego no deseado, el fuego que está cambiando en los últimos años, es una amenaza y un gran peligro tanto para personas, ecosistemas y para especies.
Entonces, debemos ver que, aunque la mayor cantidad de área quemada en el 2024 fue de bosques, debemos entender que muchos de estos bosques que se han quemado y ecosistemas que han sido impactados, van a tardar algunos años en poder recuperarse. Y no solamente debemos verlo como una sola cifra.
La cifra es muy importante, y es muy importante tener en la mente que ha sobrepasado los récords históricos, pero hay algo mucho más profundo que los millones de hectáreas.
Estamos hablando de personas que han perdido sus medios de vida, estamos hablando de especies que han muerto, especies amenazadas que han desaparecido de ciertas áreas, que se han tenido que mover, estamos hablando de ecosistemas degradados, y que necesitarán tiempo para poder recuperarse, y eso es algo que debemos siempre recordar. El impacto es mucho más profundo de lo que podemos contabilizar con una sola cifra.
—¿Qué ventajas y qué debilidades ha tenido hasta ahora la estrategia del denominado “manejo integral del fuego”, y cómo los fondos ambientales pueden ayudar a mejorar este escenario?
—Creo que Bolivia ha tenido en los últimos años una política de supresión del fuego, y ha tratado recientemente de pasar de una supresión del fuego a un manejo integral del fuego, lo cual es saludable, porque a través de estas acciones se está tratando de gestionar los regímenes del fuego y también evitar que haya riesgo socio-ecológico.
El tema es que muchos de los fondos que se tratan de conseguir, se tratan de hacer conseguir para el año del evento de fuego, y se trata de hacerlo con un énfasis principalmente de combate, y es importante que los fondos que puedan ser gestionados no sean solamente para combate, estamos hablando de fondos que necesitan ser usados para la prevención, para la aprehensión y para el monitoreo, es decir, estamos hablando de modelos que permiten canalizar financiamiento directo hacia los actores locales, es decir, brigadas, comunidades, instancias territoriales.
—¿Hay que cambiar el modelo de gestión de recursos para combatir los incendios?
—Creo que hay un desafío grande que es, justamente, debemos transitar de un modelo reactivo hacia un modelo estructural de manejo de los incendios, es decir, un modelo de una arquitectura financiera territorial del fuego, y donde estos fondos ambientales se movilicen justamente a través y se capitalicen a través, por ejemplo, de fondos fiduciarios, mecanismos de rendimiento, y se dispongan de manera oportuna y permanente hacia los actores locales.

—Es muy fácil señalar con el dedo a los responsables, todos somos responsables y al final nadie lo es, ¿cuáles son los principales factores que están por detrás de quienes, digamos de alguna manera, llevan adelante estos estos fuegos descontrolados en nuestro país y por qué es importante también involucrarlos en este proceso para que de alguna manera entre todos podamos evitar este problema?
—No existe un solo actor o no existe un solo origen del tema del fuego, podemos sintetizarlo o resumirlo como un mal manejo del fuego y esa es la manera en que podemos resumirlo sin ser simplista. Pero detrás del mal manejo del fuego hay diferentes actores, cada uno con diferentes motivaciones y muchas veces el juego se ha salido de control y aunque muchas personas están tratando de buscar culpables y responsables, estamos hablando de hacer una gestión del paisaje y del territorio y eso va a implicar que todos los actores en el territorio, que podamos hacer una mejor planificación de acciones y evitar el fuego no deseado.
Hay personas que están quemando año a año a pesar de las normativas públicas que dicen que no hay que quemar, entonces muchas veces las políticas públicas no han dado del todo resultado, pero también hay una historia detrás de la historia y eso es algo que debemos tomar en cuenta. El clima está cambiando, recordemos que se ha anunciado que pronto va a venir un “Súper Niño”, se ha hablado de este fenómeno climático.
La FCBC hizo un análisis recientemente de la sequía meteorológica para toda Bolivia, no solamente en la Chiquitania, sino para toda Bolivia de los últimos 80 años. En este estudio lo que hemos encontrado, a través de variables climáticas, es que en 80 años la sequía más extensa, de mayor magnitud, la más severa ha sido registrada en los últimos cuatro años. Es decir, la sequía empezó en el 2019, pero se agravó en el año 2023 y hay una sequía del 2023 al 2024 en casi todo Bolivia y eso es algo que nos debe llamar a la alerta, a la reflexión y a la acción.
Justamente, muchas de las sequías son los disparadores para que haya las condiciones habilitantes para que el fuego que se usa en muchos sistemas productivos y no productivos pueda salirse de control y derivar en incendios de magnitud que no pueden ser luego controlados.
Debemos estar atentos de que no va a ser la última sequía que se va a producir y tenemos que considerar que también debemos esperar los fenómenos de incendios más grandes nunca vistos y que creemos que se van a producir en los últimos años, así que debemos tratar de usar los fondos necesarios a través de esta arquitectura financiera territorial del fuego y que permitan evitar estas catástrofes en el futuro.
—De hecho, se espera que en 2027 pueda haber un evento muy grande de incendios vinculado a la acumulación de masa arbórea y que eso puede ser potencial para algún evento de magnitud de incendios. ¿Esto es así?
—Sí, se ha hablado bastante de este evento que se avecina, se ha hablado que probablemente ocurra a fin de año o el año que viene y lo que lo queremos hacer es prepararnos. Probablemente ocurra, probablemente no, pero debemos estar preparados siempre a este evento de sequía que puede ocurrir en cualquier momento.
Las sequías son cíclicas, entonces pueden tardar dos años, tres años, cinco años, puede durar varios años. Hemos pasado ya una megasequía, 2023-2024 y el inicio de 2025 ha sido una megasequía y la gente no se enteró de la megasequía. La gente no logró entenderlo porque estaba más pensando en otro problema, estuvo muy enfocado en temas de la gravedad de los incendios, y está bien, es correcto que nos preocupemos, pero hay disparadores de fenómenos de fuego que son originados por justamente estos eventos climatológicos.
Tampoco hay que perder de vista que hay actores que están originando el fuego y que debemos seguir trabajando para poder realizar mejores acciones, para la mejor planificación y evitar que tengamos estos tipos de fuegos que hemos tenido 2019-2024.
—¿Cómo han sido hasta ahora los esfuerzos para la restauración de las áreas afectadas, ¿cuáles han sido las más comprometidas y si hay alguna experiencia de éxito, entre comillas, que tú recuerdes de que se ha hecho una restauración más efectiva, más eficiente?
—Muchos ecosistemas que se han quemado en los últimos años están en proceso de recuperación. Aproximadamente, el 30% de las áreas quemadas están en proceso de recuperación, no totalmente recuperados. Hay otro 30% de estas áreas quemadas que aún están en proceso de degradación y otras en las cuales en algún momento ha habido cambios en el suelo.
Esos son datos de un estudio que hicimos para todo Bolivia hace unos años atrás. Y en estas áreas que hemos visitado, las áreas quemadas, el bosque chiquitano, hay sitios donde la vegetación se regenera, naturalmente se regenera, pero hay lugares donde se necesitan hacer acciones de restauración asistida.
Es por eso que la FCBC, en coordinación con el Banco Mundial, ha empezado un proyecto llamado el proyecto Trees. Este es un proyecto de cuatro años y que se ha pensado para poder lograr la restauración asistida en sitios de prioridad muy crítica, donde no se está regenerando naturalmente en unas 8.000 hectáreas de regeneración natural.
A través de acuerdos con comunidades se ha planificado realizar acciones en 22 comunidades de cuatro bloques en la Chiquitania Norte y también la restauración de medios de vida de estas comunidades y tiene el propósito de lograr una restauración ecológica y que permita que las comunidades locales puedan tener beneficios importantes para sus áreas y sus bosques.
—¿Qué nuevas tecnologías se suman hoy como aliadas fundamentales para prevenir y combatir los incendios?
—Para temas de prevención se usan estaciones meteorológicas, las cuales nos ayudan a poder tener pronósticos climáticos en tiempo real y poder alertar a las brigadas y cuadrillas de las comunidades en caso de que haya riesgos de incendio. Estamos hablando del manejo de drones, capacitación con drones a diferentes brigadas y cuadrillas de las comunidades para que puedan estar alertas en el momento que puedan detectar humo cerca de sus comunidades.
Estamos hablando de capacitaciones con uso de herramientas móviles para hacer monitoreo, monitoreo de restauración, monitoreo de focos de calor.
También está el fortalecimiento de capacidades técnicas para los municipios y que puedan estar preparados con las alertas de los focos de calor y poder tomar acciones rápidas. A esto se suman las herramientas para poder hacer también la restauración usando tecnologías de inteligencia artificial para poder detectar también áreas que han sido quemadas y poder hacer restauración.
Además, están las técnicas con diferentes tipos de restauración con drones que dispersan semillas y cápsulas con semillas para poder restaurar estas áreas. Estamos hablando de una serie de tecnologías, técnicas y métodos innovadores que estamos usando y que vamos a usar en los próximos años.
—Los municipios que tienen un rol importante en esta estrategia contra los incendios, ¿tienen suficientes carros bomberos o aviones bomberos? ¿Qué falta hay en términos de infraestructura para prevenir lo que se viene para adelante?
—Los municipios tienen una carencia de equipamiento y recursos económicos para poder hacer el combate de los incendios. Tienen muchas limitaciones, hay mucha voluntad en los municipios, hay personas que han sido capacitadas, personas que están capacitando a otras personas en las comunidades y están preocupadas por su territorio, pero tienen limitaciones financieras y es importante que se pueda dotar a ellos a través de recursos.
Es importante el vehículo, pero es algo que tiene que ser bien planificado, que hay que poder facilitar de una u otra manera a estos municipios. Porque son la primera línea de defensa en combate al fuego, con las comunidades locales.
—¿Qué más debe hacer el Estado boliviano en este contexto cada vez más adverso?
—Nosotros vemos al gobierno nacional como el canalizador de mucha de la ayuda internacional y que es fundamental su rol para poder buscar recursos económicos a través de la cooperación. Es importante que a través de las entidades del gobierno se pueda facilitar, se pueda coordinar con los gobiernos departamentales y municipales esta prevención, este monitoreo, este rol articulador y ese es fundamental.
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Sobre el autor
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Carlos Hugo Morales Peña
Es Periodista y Comunicador Social por la Universidad Nacional de La Plata (Argentina). Fue Jefe de Redacción del matutino La Prensa de La Paz y redactor y editor de los medios de comunicación El Deber, Forbes y Asuntos Centrales de Santa Cruz. Especialista en periodismo político e internacional. Fue docente diplomado en las Universidades Católica, NUR, Unifranz y Diakonía. Es autor de dos libros de investigación y no ficción: “Entrevista con la Globalización” (Plural, 2008) y “Chivos Expiatorios: Historias humanas detrás de la migración, e asilo y la búsqueda de esperanza” (UK Publishing House, 2026). Estuvo exiliado en Gran Bretaña entre 2024 y 2026. Colaborador de la revista Nómadas.



