
Ellos existen
Cuando la gente de Asunción de Quiquibey habla de ellos, de quienes viven en el bosque, la voz desciende. Hablan más lento, con mayor cautela, con un respeto que se cuela entre las frases. Como si cada palabra tuviera que abrirse paso entre un follaje tupido.
Desde hace generaciones comparten el área protegida de Pilón Lajas, en la cuenca amazónica. Que sepan quién se mueve más allá de los senderos se lo deben a los relatos de sus abuelos: historias de un tiempo en el que su comunidad todavía no estaba separada. Si esos recuerdos no se hubieran transmitido, también ese saber se habría evaporado, como tantas huellas de la historia indígena que nunca llegaron al papel.
Hermindo Viez Chita recuerda las palabras de sus abuelos: “Allí viven personas. Y si entras en su territorio, no regresas”. La advertencia no es una amenaza, sino un límite trazado por quienes se retiraron al bosque: una demarcación frente al mundo que dejaron atrás y frente a aquellos que, desde hace generaciones, buscan protección en él.

del Quiquibey. C: Pueblos Vivos.
Historia de una separación
Para entender por qué esa frontera en el bosque sigue existiendo hasta hoy, hay que reconstruir una historia más próxima de lo que parece. No reconocidos oficialmente por el Estado boliviano, invisibilizados por la sociedad mayoritaria pero nunca por sus vecinos, los mosetén que viven en aislamiento no son restos de un pasado remoto. Su retirada al bosque ocurrió hace apenas dos a tres generaciones.
Cuando la colonización europea explotó las regiones ricas en minerales y cercanas a la costa, la Amazonía quedó inicialmente al margen: no por respeto, sino por desprecio económico. Recién con la fiebre del caucho del siglo XIX el territorio “inaccesible” se volvió interesante y, en consecuencia, se transformó en una zona de expoliación brutal. De los más de 240 pueblos que alguna vez habitaron los bosques amazónicos, se estima que más del 90 por ciento desapareció o fue expulsado: aniquilado por la violencia, las epidemias, el trabajo forzado y los regímenes económicos coloniales.
La afirmación de una Amazonía “vacía” no fue un error, sino una herramienta colonial: solo quien declara deshabitado un territorio puede apropiárselo impunemente. Ese relato persiste hasta hoy, tanto en los planes estatales de desarrollo como en políticas contemporáneas de conservación que vuelven a actuar como si los bosques fueran espacios sin gente.
Con los explotadores llegaron la violencia y las epidemias. “Muchos murieron. Algunos por los españoles, otros por enfermedades”, dice Antolin Caimani, un mosetén con la camisa abierta y una sonrisa cansada, desdentada. Los franciscanos trajeron coerción y control. Su orden brutal se sostenía en el trabajo forzado, la catequesis, los abusos sexualizados y una práctica del castigo cuyo eco aún resuena en la memoria de los descendientes.

“Si no ibas a misa, había latigazos”, cuenta Humberto Canare, también habitante de Pilón Lajas. Quien no entregaba las onzas de café exigidas recibía tres arrobas. Setenta y cinco azotes se consideraban la medida de un “error”. Los castigos eran tan frecuentes y tan duros que hubo numerosas muertes. “Eran mala gente”, dice Canare en voz baja, como si hablara de algo que todavía ocupa el aire.
Por eso, lo que hoy se denomina “aislamiento voluntario” no fue una decisión, sino una retirada frente a una violencia de la que solo se podía escapar desapareciendo. Una experiencia que sigue marcando a ambos grupos hasta hoy.

Huellas de quienes tuvieron que irse
Hasta hoy, la gente de Asunción del Quiquibey (municipio de San Borja de la provincia del General José Ballivián en el departamento del Beni), sabe que sus parientes viven en el bosque; “los que no fueron esclavizados”, como dice Marcelino Chayrique, empapado de sudor por el trabajo, delante de su casa. Una formulación que revela menos sobre los aislados que sobre quienes se quedaron. En Asunción del Quiquibey, el catolicismo se superpuso a las tradiciones; las estructuras patriarcales se inscribieron en la vida cotidiana. Por eso, la línea de separación hoy en día no es solo geográfica, sino cultural.
Y las señales de la vida de los otros son inequívocas: flechas cruzadas sobre los troncos, animales colgados como advertencia, tres ramas quebradas de la planta patujú como indicio de la dirección en la que se desplazan. Una y otra vez, las y los habitantes encuentran fogones, restos de comida, cambios de sendero. Señales que se respetan.
A veces ocurren encuentros fugaces. Pescadores y buscadores de oro hablan de túnicas, de la vestimenta tradicional, del arco y la flecha, que siguen siendo rasgos identitarios para ambos grupos. Y de una lengua que se parece a la de sus abuelos ya fallecidos. La semejanza es tan grande que pueden entenderse.
La gente de Asunción del Quiquibey usa hoy camisetas, pantalones y peinados de pelo corto; sus parientes que viven en aislamiento se adornan con collares de diente o semillas silvestres y se pintan el cuerpo con ungüentos artesanales hechos a base de semilla de Urucú o de manazano silvestre. Mujeres y hombres salen juntos de cacería. En los años setenta y setenta incluso había trueque: plumón y pieles a cambio de herramientas.
“Algunos los llaman salvajes”, dice Chayrique. “Pero con respeto. Son nuestra familia. Protegen nuestra historia”. La relación está marcada por la distancia y el respeto. “Están más cerca de sus dioses”, dice Chayrique. En sus palabras hay admiración.

Un refugio que se desvanece
Durante mucho tiempo el bosque ofreció protección, pero cada vez puede hacerlo menos. Está acorralado por proyectos de infraestructura, tala ilegal, minería de oro, cultivo de coca, ganadería, expansión de asentamientos, incendios forestales y grupos misioneros de iglesias evangélicas. La pesca, antes una fuente confiable de alimento, se vuelve más difícil: pescadores externos usan dinamita, mientras los mosetén todavía obtienen su presa con arco y flecha.
La crisis climática ya ha arrebatado varias veces el hogar a la gente de Asunción del Quiquibey: dos veces tuvieron que reconstruir su pueblo porque el río se lo tragó. Los empujan cada vez más adentro del bosque. Pero también los programas climáticos y las estrictas normas de conservación dificultan cada vez más el uso del territorio: una presión nueva que se suma a la antigua. Y, una vez más, se reproduce el relato colonial que parte de “zonas liberadas de gente”. Así, la conservación se impulsa contra la población local, en lugar de construirse junto con ella.
Cada vez con mayor frecuencia, la gente de Asunción del Quiquibey encuentra huellas recientes de sus parientes en el bosque; cada vez con mayor frecuencia aparecen nuevas señales de advertencia. El espacio de retirada se encoge, y con él la posibilidad de permanecer en aislamiento. Cuanto más pequeño el territorio, más probables se vuelven los encuentros involuntarios. Y más escasos los recursos que hacen posible, siquiera, la vida en el bosque.
Un contacto forzado sería una catástrofe: para ambos lados, pero sobre todo para quienes querían protegerse. Una sola infección, frente a la cual no poseen inmunidad, podría exterminar a toda una comunidad. Igual de peligrosos serían los malentendidos nacidos del miedo. Y, sin embargo, quizá la tragedia mayor sea que la decisión sobre el contacto o el no contacto ya hace tiempo se les escapa a los mosetén en aislamiento. Querían mantenernos lejos, pero el mundo se acerca.
El bosque como fortaleza
Mientras los mosetén luchan por su espacio de retirada, otras personas, en el mismo país (Bolivia), descubren otro tipo de refugio: uno que no se enfrenta a la colonización, sino que se funda en ella.
En internet se promociona un proyecto de “resort natural autosuficiente, a prueba de crisis” para familias germanohablantes en Bolivia. Promete todo a la vez: estabilidad política, bajo costo de vida, valores cristianos y distancia frente a la “islamización” y la “migración incontrolada”. Pero detrás de las imágenes verdosas del llano boliviano hay otro relato: el de una civilización que busca reafirmarse en estado de temor.
En su sitio web, los promotores llaman a su iniciativa una “bastión cristiano de la libertad”. Ofrecen parcelas “en una ubicación segura”, con “suministro eléctrico autosuficiente”, “agua de fuentes propias” y “comunidad de afines”. En 2024 el proyecto disponía de 5.212 hectáreas, divididas en dos fases, con el objetivo de ampliar el territorio hasta 10.000 hectáreas. Hoy ya solo se ofrece el llamado “Paquete de la Libertad”: dos hectáreas de tierra, una tarjeta de club, una moneda interna de plata equivalente a 500 euros y un año de “cuota del resort incluida”. Una casita costaría “a partir de unos 30.000 euros”. En el paquete también figura “una empleada doméstica por 170 euros al mes” y la promesa de “disfrutar de la buena vida barata”.
El bosque se convierte en escenografía para promesas de salvación, en escenario verde para fantasías de fuga de la modernidad, pero con sus comodidades. Aquí no se busca un refugio: se vende. En el portal alemán Kleinanzeigen, parecido a Facebook Marketplace, los precios por hectárea ya comienzan por debajo de los 8.000 euros; la plusvalía, por lo tanto, probablemente siga siendo una promesa hasta el próximo fin del mundo.

La salvación como frontera
Entre renovación espiritual y planificación económica aparecen pasajes sobre la “degeneración del mundo occidental”: radiación 5G, manipulación del clima, alimentación con insectos, vacunas mRNA, “LGBTQIA+”, “feminismo excesivo” y “sexualización temprana de niñas y niños”. Es un collage de promesas de salvación y figuras enemigas, vertido en un lenguaje de autoafirmación. “Gracias a nuestro refugio”, dicen, “ahora también la persona común tiene la posibilidad de estar preparada, sin tener que ser rica ni necesitar un búnker”.
En esa narrativa, Bolivia aparece a la vez idealizada y devaluada: como país de “crecimiento estable” y “gente amable”, pero también de “mendigos”, “disturbios” y “bloqueos de carretera”. Entre líneas vibra la antigua ambivalencia colonial: fascinación y miedo al mismo tiempo.
En un momento en que en La Paz la Biblia vuelve a colocarse en el Parlamento y la cultura indígena se ve nuevamente atacado, creyentes germanoparlantes y partidarios de teorías conspirativas levantan en el llano su propia fortaleza. Lo que allí surge no es una huida del peligro, sino una reinscenificación del privilegio. La fuga hacia lo abierto no es reacción a la persecución, sino a la administración: no es escape de la violencia, sino de las normas. El bosque no se entiende como espacio de resguardo, sino como superficie de proyección para miedos, fantasías de redención y el deseo de permanecer entre iguales, aunque sea al otro lado de la Tierra.
El bosque como piedra de toque
El bosque no es el contrapunto romántico de la civilización. Es su archivo. Un espacio donde se inscriben relaciones de poder: en los claros, en los desmontes, en los mojones. Un lugar donde se decide quién puede quedarse, quién debe irse y quién cree poder tomar, simplemente, lo que necesita – en Alemania igual que en Bolivia.
Para los mosetén, la retirada al bosque fue una estrategia de supervivencia nacida de la violencia. Para algunas personas europeas que optan por el retiro, ese mismo bosque aparece como un refugio frente a un mundo que ya no comprenden. Su crítica al consumo, a la alienación y a determinadas estructuras de poder no carece de fundamento y, en ocasiones, señala fisuras reales de la modernidad.
Sin embargo, esa crítica convive con una búsqueda de distancia frente a normas, obligaciones y conflictos sociales percibidos como insoportables. Lo que para unos fue una huida forzada para seguir con vida, para otros se convierte en una retirada electiva que no cuestiona el privilegio, sino que lo desplaza.
Ambos comparten una desconfianza hacia el mundo, el Estado y el futuro. La diferencia no está en el bosque. Está en el precio que cada quien paga para poder habitarlo.
Unos pierden territorio, lengua y vida. Los otros invierten en metros cuadrados de esperanza y a eso lo llaman libertad.
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Este artículo fue elaborado en el marco de la revista Für Vielfalt y se basa, entre otras fuentes, en la documentación Ellos Existen de Pueblos Vivos, una organización boliviana que trabaja en defensa de los pueblos indígenas que viven en aislamiento y que acompañó el proceso de investigación y redacción de este texto.
Este texto es de entera responsabilidad de su autor.
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Sobre el autor
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Jan Königshausen
Jan Königshausen nació en Landau (Alemania). Estudió Ciencias Regionales en Chile. Posteriormente trabajó durante varios años en Bolivia, donde colaboró con diversos pueblos indígenas del oriente del país, entre ellos los mosetén de Pilon Lajas, en temas de derechos indígenas, autonomía, diálogo intercultural, justicia indígena y extractivismo. Actualmente es responsable para pueblos indígenas en la Sociedad para los Pueblos Amenazados, con sede en Alemania, y trabaja principalmente en el ámbito de la transición justa.



