
A los 10 años, Luciano Antelo Navarro encontró un propósito. Los incendios que arrasaron la Chiquitania en 2019 marcaron su infancia de una manera irreversible y despertaron en él una pregunta que terminaría convirtiéndose en una misión: ¿qué podía hacer un niño frente a la destrucción de los bosques?
La respuesta llegó a través de la escritura. Desde entonces, Luciano ha publicado cinco libros de temática ambiental y ha recorrido cientos de unidades educativas compartiendo un mensaje de conciencia y acción. Pero detrás de ese camino hay una historia menos conocida, la de una familia que decidió acompañar su vocación, afrontar las dudas, proteger su infancia y sostenerlo incluso cuando enfrentó críticas, incomprensión y episodios de acoso por defender una causa que parecía demasiado grande para su edad.
En esta conversación, Yhovana Navarro y Víctor Hugo, padres de Luciano, recuerdan los momentos que moldearon el carácter de su hijo, hablan de los sacrificios y aprendizajes que vivieron como familia y revelan cómo un incendio forestal terminó cambiando para siempre el destino de un niño que encontró en los libros una forma de cuidar el planeta.
—¿Cuándo se dio cuenta de que Luciano no era un niño que simplemente leía mucho, sino que tenía una vocación de buscar proteger el planeta y por escribir?
—Luciano fue intenso desde muy pequeño: cuando algo le gustaba, difícilmente se desapegaba. El contacto consciente con la naturaleza lo asumió desde sus primeros años, pero fue en primaria donde se unió al escultismo, un ambiente que le permitió programar los espacios al aire libre de forma constante. En ello, las historias formaban parte de su día a día: le encantaba escuchar, le emocionaban los relatos y retransmitir lo que aprendía era una práctica muy normal. Luciano fue comunicativo con sus alegrías y con sus desilusiones, algo que le fluía de manera natural. Cada experiencia fuera de la ciudad para él era una aventura sacada de un cuento, y convirtió estas anécdotas en un cúmulo de notas que atesoró como parte de su rutina diaria.
Difícilmente podemos descifrar una fecha exacta, pero podríamos afirmar que su pasión por disfrutar de los pequeños detalles del entorno le era muy natural. Lo confirmamos cuando la directora de la unidad de preescolar lo invitó a dar unas palabras —o lo que sería un mensaje— a la nueva promoción del kínder; como exalumno destacado, podía compartir su experiencia de ese gran paso al llegar a la etapa escolar. Ese día, como padres, fue la primera vez que vimos en Luciano algo más revelador: su mensaje no fue escueto ni un simple deseo, fue una reflexión sobre el momento que él había vivido. Cómo describía ese pasaje no solo nos sorprendió a todos, sino que llevó a las lágrimas a muchos en la sala. El mensaje central del espacio no fue solo que un niño se dirigía a la audiencia, sino cómo podía expresar tanto agradecimiento sobre todo lo vivido.
—¿Recuerda el momento en que le dijo: “quiero escribir un libro”? ¿Cómo reaccionó usted?
—Tenemos muy presente el día que decidió escribir, puesto que Luciano siempre fue muy sensible al escenario externo, y más aún luego de haber sido testigo de la pérdida de millones de hectáreas de bosque en la reserva de Tucabaca y en otras partes de la Chiquitania por culpa de los incendios forestales. Él notaba que su mensaje de concienciación solo llamaba la atención por ser un niño pequeño; sin embargo, él en verdad invitaba a la comunidad a ser consciente de sus actos. Le costaba entender por qué las personas no actuaban y buscaba, a través de su testimonio, que este tipo de incendios no vuelva a suceder, ni en este espacio boliviano ni en ningún otro.
Pero luego de todas las plazas de diálogo público, entendía que la comunidad lo escuchaba por unos minutos y luego volvía a sus prácticas normales sin tener presente la alerta. Fue allí donde decidió plasmar sus reflexiones, sus ideales y todos los escenarios que visualizaba a través de un libro que permitiera compartir la urgencia de actuar ahora, para que ese presente se mantenga vivo y la familia sea el centro de acción.
—Muchos padres luchan para que sus hijos dejen el celular y lean. ¿Cómo fue en el caso de Luciano? ¿Hubo alguna estrategia o simplemente nació así?
—Luciano tuvo poco acercamiento a dispositivos como el celular u otros, y esto por preferencia propia. Cuando era pequeño, si no estaba jugando en el campo, optaba por la compañía de una pelota o los juegos de mesa, los cuales le permitían equilibrar su energía y su imaginación.
Luciano inició como un fanático del balón en las canchas de fútbol, practicó taekwondo hasta llegar a cinturón negro y encontró su mayor pasión en el agua, consagrándose como atleta de alto rendimiento en la selección cruceña de natación y declarándose un devoto de la disciplina física que forja el deporte. Entre todo eso, los libros fueron su lugar seguro.
—¿Qué hizo la familia para acompañar ese talento sin convertirlo en una presión?
—Como familia no solo acompañamos, como madre me aseguré en cada momento que él este consiente de lo que estaba haciendo y lo puse en alerta sobre los esfuerzos que iban a demandar de él. Pensamos, como familia, que cada libro sería talvez el final de una etapa, este encuentro que tuvo con su niñez, pero al contrario, las letras fueron un instrumento que lo alimento en su propósito central y cada libro nos sorprendió más que el otro, pues ya no solo era talento, Luciano estaba comprometido con su propósito y nos involucró a todos para que seamos parte del proceso de conectar con su misión de construir Eco Hábitos a través de la literatura, la educación, el deporte y todo el desafío de construir conciencia en las comunidades actuales.

—Detrás de cinco libros publicados hay muchas horas de trabajo. ¿Qué cosas dejó de hacer Luciano para dedicar tiempo a escribir?
—Luciano renunció a días y meses de una vida sin responsabilidades, ya que asumió un reto a muy temprana edad y eso ameritaba que él tenga pendientes, tenga organización, tenga una agenda de encuentros, por lo que, a su vez, le exigió tener una metodología y esto además implicaba que hable diferente, que piense diferente y visualice diferente situación desde la mirada de un niño que buscaba respuestas de un adulto. Luciano lo hizo de manera empírica, ya que él solo estaba guiado por el sentimiento de compromiso y fidelidad a sus ideales. Se manifestaba en él la misma sensibilidad que nos hizo sentir el momento de su primer discurso en público y afrontó cada uno de los retos que provocó escribir cinco libros en un periodo de cinco años, entregando a Bolivia, a sus 16 años, la primera saga ambiental de habla hispana escrita por un niño que tenía como misión no dejar sin respuesta el llamado de auxilio de un ecosistema que vio desaparecer y que, lamentablemente, seguía sufriendo este acontecimiento año tras año. Los títulos de sus libros son: Un Grito del Futuro, La Voz del Presente, Un Eco para todos los Tiempos, Ante lo que pasa y El Otro Mundo.
—¿Alguna vez tuvo miedo de que tanta exposición pública le hiciera perder parte de su adolescencia?
—Constantemente tuvimos temor de los diferentes efectos colaterales que podría sufrir al someterse a una temática tan delicada. Vivimos la impotencia de no poder explicarle con argumentos válidos el porqué el ser humano tiene acciones tan negativas, por qué a pesar de incluso vivir la alerta la gente no responde, y así miles de preguntas más que como padres nunca pudimos responder de manera certera, puesto que entrábamos en la difícil situación de mostrarle la realidad de los actos irresponsables sin querer dañar su inocencia.
Al inicio, su propio entorno generó cierta burla sobre sus apariciones en público y empezaron a querer etiquetarlo como alguien que no era normal, que seguro sufría de algún diagnóstico médico que lo llevara a esta condición. Sin embargo, sus acciones continuas y su firme convicción se ganaron el respeto y la admiración de personas de su misma generación e incluso de generaciones mayores; su tenacidad pudo más que el bullying recibido de algunos que incluso eran sus propios profesores de colegio, quienes generaron un ambiente hostil contra él donde llegaron a ponerle apodos, agredirlo verbal y emocionalmente argumentando que debería ponérsele un límite, que no debería dedicar tanto tiempo a otras actividades extracurriculares y que su prioridad debería ser el colegio, convirtiéndose esto en un escenario de batalla donde Luciano siempre perdía.
Siendo un adolescente sentía el rechazo de personas que deberían, en su momento, ser un ejemplo: su estudiante ya tenía 4 libros y sus profesores directos hasta ese momento no habían leído ninguna de sus obras literarias, ni siquiera por curiosidad.
«Es verdad que no somos profetas en nuestra tierra», nos dijo en una oportunidad, pero lamentaba aún más que líderes de la educación no entendieran que su sacrificio implicaba el bienestar común.
—Luciano también es activista ambiental. ¿De dónde nace esa sensibilidad por la naturaleza? ¿Fue algo que aprendió en casa?
—Desde la influencia de los abuelos, que son apegados a los ambientes naturales, y nuestra manera de criarlo para que vea el entorno desde la empatía, Luciano y sus hermanos siempre tuvieron una guía hacia el respeto por la vida. La diferencia fue la mirada con la que él rescató el momento que vivió en el incendio de la Chiquitania: él no lo normalizó, no lo pasó por alto, no fue solo un evento. En él se intensificó el sentido de responsabilidad y la idea de no volver a vivir esa escena se convirtió en un compromiso; así tuvo la ilusión de confirmar que todos podemos actuar en positivo y no ser indiferentes. Su determinación llegó al grado de tomar la disposición de actuar con lo que tenía a su alcance en ese mismo instante; su determinación fue un gran paso que marcó su camino.
—¿Cómo manejan las críticas cuando alguien dice que un adolescente es “demasiado joven” para escribir sobre temas tan profundos?
—Luciano presenta una escucha activa, es muy receptor de los momentos que se le permiten vivir y es un aprendiz constante. Si bien en muchas ocasiones le han caído con preguntas que podrían haberlo intimidado, él las resuelve con su espontánea forma de entender el tema. Es un curioso empedernido, por lo que tiene una gran soltura para identificar el contexto: lleva todo al plano comparativo en cifras e impactos en datos y conecta con mucha empatía ante las diferentes realidades de la sociedad.
Ha caminado casi 8 años en servicios voluntarios tanto urbanos como rurales en 6 departamentos del país, y ha visitado más de 395 unidades educativas en el territorio nacional presentando su programa Eco Hábitos, lo que le ha permitido no solo ver de cerca, sino sentir en su interior realidades que solo se pueden vivir desde la práctica. A pesar de su corta edad, su apertura para pensar en positivo es una gran fortaleza que lo ha mantenido en pie, constante y consecutivo a lo largo de todos estos años.
Siendo tan pequeño, él administra una frase como un eslogan desde que empezó este camino: «Juntos podemos». Su inspiración viene de actuar de forma colectiva, de poder darse la mano unos a otros teniendo en común la preservación del planeta.
—¿Qué ha aprendido usted de su hijo? Porque muchas veces creemos que solo los padres enseñan.
—Aprendimos muchas cosas que pueden verse muy pequeñas en el momento, pero que luego van sumando; como resultado, surge la constancia de vivir apasionado por un ideal. Valoramos muchísimo que Luciano no solo tuvo esta visión, sino que también supo conquistar a toda la familia en esta misión. Tal vez al inicio nuestra única premisa era cuidarlo y que no se sienta solo, pero en realidad él fue quien nos conectó en un sueño que nos involucró a creer que hay mucho que hacer y que no podemos seguir esperando.
La convocatoria es a todos, pues disfrutamos construir esta consigna y aportar desde nuestras fortalezas a la construcción de una sociedad que urge que se tome en serio la necesidad de actuar por la preservación de buenas prácticas.

—Si hoy tuviera que darle un consejo a otras familias que descubren un talento especial en sus hijos, ¿cuál sería?
—Desde nuestra experiencia, solo puedo indicar a los padres que amen a sus hijos como son, con todos los errores y fracasos que se presenten; que cada día es una aventura diferente y que no se deberían rechazar las bondades con las que los niños llegan a este mundo. Siempre tendrán un propósito si se sienten amados, pues no creo que exista un poder más grande que el amor.
—Cuando lo ve presentar un libro frente a un auditorio, ¿qué pasa por su cabeza? ¿Sigue viendo al niño que escribía en casa?
—Nunca podré borrar de mi mente la mirada de emoción que noté en su primer boceto; a ese niño de 10 años que realizó esa hazaña es a quien veo en cada presentación, ese espíritu valiente y optimista que confirma día a día su teoría de que un solo eco hábito puede cambiar la historia de la humanidad.
En cada uno de sus encuentros a los que acompañé a Luciano me preguntaba si sería esa la última vez en la que lo vería entregar todo y luego pensaba: «¿Qué viene?, ¿cómo lo animo a seguir adelante con sus pasiones?, ¿cambiará a otros desafíos?, ¿qué sigue después de este libro?». Pero, después de todo, nos volvería a sorprender: él no solo se comprometió, sino que nos integró y conquistó en su compromiso, invitándonos a mirar este camino como parte de un propósito mayor que buscaría ir más allá del bienestar físico.
Verlo en sintonía con su objetivo es la consagración de una cultura que permitirá cambiar las posibilidades reales de un buen vivir para todos. En este pequeño espacio, que es nuestro único hogar y que llamamos planeta, habría una posibilidad desde el actuar; y si bien las predicciones son muy desalentadoras, aún tener esperanza es el reto. Nosotros le creímos y acompañamos este proceso con convicción, pues, a pesar de que el tiempo corre, seguimos escuchando las palabras de su primer emotivo discurso que nos enseñó que el mayor poder de Luciano es haber nacido agradecido con la vida y con todo lo que le ha permitido vivir.
***
Sobre el autor
-
Roberto Navia
Desde hace más de dos décadas transita por el mundo para intentar elevar a los anónimos del planeta al foco de lo visible. Sus crónicas emblemáticas: Tribus de la inquisición y Los Colmillos de la Mafia le han permitido ganar dos veces el Premio Rey de España (2014 y 2017); Esclavos Made in Bolivia, el premio Ortega y Gasset (2007); el documental Tribus de la Inquisición, la nominación a los Premios Goya (2018), Flechas contra el Asfalto y Los Piratas de la Madera desangran el Amboró, dos veces ganadores del Premio de Conservación Internacional, entre otros galardones nacionales e internacionales. Es docente universitario de postgrado, la cabeza de la Secretaría de Libertad de Expresión de la Asociación de Periodistas de Santa Cruz, miembro del Tribunal de Ética de la Asociación Nacional de la Prensa de Bolivia y de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).



