
Hoy no es un día cualquiera en el calendario; es un grito callado, un homenaje vivo a quienes, sin esperar nada a cambio, se arrojan al corazón del infierno para salvar lo que aún respira. Hoy celebramos a los bomberos voluntarios, esos héroes anónimos que, año tras año, enfrentan la furia de los incendios forestales que devoran los pulmones verdes de este país. Los he visto de cerca, he caminado entre el humo a su lado como cronista, y sé que no hay palabras suficientes para abarcar su valentía. Pero lo intento, porque ellos merecen ser contados.
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El aire quema antes de que las llamas siquiera te rocen. Eso es lo primero que te golpea cuando estás dentro de un incendio, me contó uno de ellos, un bombero voluntario que había pedido permiso en su trabajo en Santa Cruz, para ir a encontrase con las el fuego y luchar para eliminarlo. “No es solo el calor, es el peso. El peso de saber que detrás de cada árbol que cae hay un nido, una madriguera, una vida que no va a volver”. Desde su mirada, el bosque en llamas no es solo un paisaje devastado; es un campo de batalla donde el enemigo no descansa. Ve el naranja voraz trepando por los troncos, escucha el crepitar que suena como un lamento, y siente el sudor que se mezcla con la ceniza en su rostro curtido. “A veces, el fuego te habla”, dice, casi en un susurro. “Te reta. Te dice que no vas a poder con él”.
Y sin embargo, los bomberos voluntarios no se rinden. Los he observado durante horas, días enteros, mientras cubría los incendios en el Chaco o en la Amazonía boliviana. Sus rostros son mapas de emociones talladas por el esfuerzo: frentes arrugadas por la angustia, bocas apretadas por la determinación, ojos que brillan con una mezcla de furia y esperanza. El sudor les recorre la cara como ríos grises, dejando surcos en la capa de hollín que los cubre. Sus manos, ásperas y llenas de ampollas (porque no todos tienen guantes), aferran mangueras, hachas, palas. Cada paso que dan es un riesgo, cada respiro un desafío contra el aire tóxico que se mete en sus pulmones.
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Recuerdo una tarde en septiembre, hace dos años, cuando el fuego arrasaba cerca de San Ignacio de Velasco. El calor era insoportable incluso a metros de distancia, y yo, con mi libreta empapada y la cámara temblando en mis manos, apenas podía mantenerme en pie. Entonces lo vi: un bombero voluntario, una figura delgada y agotada, salió del humo cargando algo entre sus brazos. Era un perezoso, con el pelaje chamuscado y las patitas temblando. El hombre, cuyo casco colgaba torcido y dejaba ver mechones de cabello pegados a la frente, lloraba con un niño. No eran lágrimas provocadas por el humo, lo supe al instante. “Está vivo”, murmuró, más para sí mismo que para mí, y en su voz había un triunfo frágil, como si ese pequeño ser rescatado justificara todo el cansancio, todo el peligro.
Esa es la esperanza que los sostiene. Porque no solo combaten por los bosques, sino por cada animalito que huye despavorido, por cada pájaro que cae del cielo asfixiado, por cada árbol que aún puede ser salvado, por otros bomberos que también pueden caer rendidos y por los seres humanos que viven en las comunidades indígenas y campesinas sufriendo los tormentos de los incendios. Los he visto arrodillarse junto a un venado con las patas quemadas, sus manos temblorosas ofreciendo agua, sus miradas cargadas de una ternura que contrasta con la brutalidad del fuego. Los he visto gritar de alegría cuando logran apagar un flanco, aunque sea solo por unas horas, antes de que el viento traicione sus esfuerzos y las llamas despierten de nuevo.
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Pero no todo es victoria. Dentro del bosque, el incendio es un monstruo impredecible. Una bombera voluntaria me describiò el silencio que a veces lo envuelve, ese instante antes de que el fuego salte de un árbol a otro, como si tomara aliento para atacar con más fuerza. “Ahí es cuando más miedo siento”, confiesa. “Porque no sabes si vas a salir”. El humo es tan denso que ciega, el calor tan intenso que parece derretir la piel. Algunos caen agotados, otros tosen hasta vomitar, pero nadie retrocede. Arriesgan sus vidas sin sueldos, sin aplausos, movidos solo por un deber que no pueden explicar del todo.
Yo, como cronista, he sentido el vértigo de estar cerca del caos. He escrito sobre el olor acre que se pega a la ropa, sobre el rugido del fuego que ahoga las voces, sobre la desesperación de saber que no hay suficientes manos para detener la tragedia. Pero también he escrito sobre ellos, los bomberos voluntarios, y cada palabra se siente pequeña ante su grandeza. Los he visto desplomarse al final del día, con los hombros hundidos y las botas cubiertas de ceniza, pero nunca derrotados. Los he visto compartir un pedazo de pan y un sorbo de agua, riendo entre el cansancio, porque la camaradería es su refugio.
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Hoy, 5 de abril de 2025, Bolivia les rinde homenaje. Pero no es suficiente. Ellos no piden medallas ni titulares; piden conciencia, piden que cuidemos lo que ellos luchan por salvar. Los bomberos voluntarios son más que héroes: son el latido de un país que se niega a rendirse ante las llamas. Y mientras el fuego siga acechando, mientras los bosques griten y los animales corran, ahí estarán ellos, con sus rostros exhaustos y sus corazones inmensos, recordándonos que la esperanza, como el agua que arrojan al incendio, siempre encuentra un modo de abrirse paso.
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