
Cumplir 201 años de historia republicana nos obliga a encarar una paradoja hiriente. la narrativa oficial insiste en celebrar una libertad formal mientras el territorio nacional atraviesa uno de los procesos de despojo y degradación más severos de su historia. Nos han enseñado a medir la soberanía en símbolos y discursos de emancipación, pero en el mapa real de Bolivia, la independencia se desmorona en las cuencas hidrográficas envenenadas por mercurio, en las concesiones mineras que devoran áreas protegidas y en la deforestación sistemática que posiciona al país entre los líderes globales de pérdida de bosque primario. La pregunta no es qué celebramos, sino a favor de quiénes opera hoy el territorio.
La opresión del presente ya no viste uniforme colonial. Ha adoptado el rostro de un entramado agroextractivista y minero que opera con la venia, el silencio o la complicidad del poder político. No se trata únicamente de pérdidas ecológicas aisladas; presenciamos la consolidación de un modelo de desarrollo que sacrifica la viabilidad biológica del país en aras del rendimiento económico de corto plazo y el beneficio de corporaciones aliadas al poder. La reciente disolución de la institucionalidad ambiental del Estado, con la eliminación del Ministerio de Planificación de Desarrollo y Medio Ambiente, y la constante negativa a escuchar a la sociedad civil, a científicos y a las comunidades organizadas no son errores de gestión, son decisiones explícitas para despojar al país de cualquier freno jurídico o fiscalizador que entorpezca el avance de las fronteras extractivas.
Esta lógica de sometimiento territorial alcanza ribetes geopolíticos alarmantes en regiones clave como San Ignacio de Velasco. La reciente avanzada de una comitiva brasileña vinculada a los gigantes del agronegocio —encabezada por figuras emblemáticas como el denominado “rey de la soya”— para reforzar su interés por la consolidación del corredor vial hacia Marfil y la frontera no es un simple proyecto de integración física. Varias voces ya alertaron de que es la escenificación de cómo los bosques de Bolivia se entregan para servir de traspatio logístico y enclave de expansión al capital extranjero. Mientras la especulación inmobiliaria agraria avanza sobre decenas de miles de hectáreas en la Chiquitania para alimentar la maquinaria del monocultivo, los proyectos de infraestructura se orientan a abaratar costos a las corporaciones transnacionales, abriendo arterias de deforestación masiva que consolidan el vasallaje económico bajo el disfraz de “desarrollo”.
Esta maquinaria opera mediante la subordinación de la naturaleza a la categoría de simple insumo negociable. Mientras las cuencas de la Amazonía y los ríos del norte paceño son contaminados impunemente por la fiebre del oro, los bosques secos de la Chiquitania y el Chaco sufren la presión sistemática del cambio de uso de suelo para el monocultivo y la ganadería extensiva. Paralelamente, los pueblos indígenas y las comunidades originarias —quienes han habitado y resguardado estos ecosistemas durante milenios— ven reducida su autonomía y amenazada su propia subsistencia física y cultural. El despojo territorial moderno no requiere de guerras de conquista; se ejecuta mediante leyes a favor de los poderes económico, normativas a la medida del capital y un repliegue deliberado de la fiscalización estatal.
Celebrar dos siglos y un año de vida nacional bajo esta arquitectura de devastación es validar un espejismo. La verdadera soberanía no reside en la capacidad de explotar hasta el agotamiento los bienes comunes, sino en la facultad de garantizar la continuidad de la vida y el bienestar de las generaciones venideras. Mientras el Estado asuma el extractivismo como una fatalidad inevitable y mantenga cerradas las puertas al diálogo democrático sobre el modelo de país, la libertad seguirá siendo un enunciado vacío.
Bolivia no será plenamente libre mientras su territorio continúe subordinado a las cadenas del despojo. La reconstrucción de la patria no vendrá de las élites que mercantilizan la tierra ni de las instituciones que abdican de su deber de protección, sino de la articulación firme entre los territorios que resisten, el periodismo independiente que fiscaliza al poder y una ciudadanía que rehusé aceptar la destrucción de su patrimonio natural como el precio inevitable del progreso.

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