
AUTOS ‘CHUTOS’ PARA LLEGAR AL PUEBLO DE LOS TSIMANES’
En el departamento de Beni, vive el pueblo indígena Chiman o Tsimane’. Su población se encuentra extendida en gran parte del territorio entre el pie de monte de la cordillera de los Andes y las praderas benianas de Bolivia. Hay comunidades que viven en territorios indígenas legalmente reconocidos, como el Parque y Territorio Indígena Isiboro-Secure; el Territorio Indígena Multiétnico; el Territorio Indígena Chimán; la Reserva de Vida Silvestre y el Territorio indígena Pilón-Lajas. También hay comunidades que están fuera de estos territorios, dentro de concesiones forestales; algunas han quedado dentro de propiedades privadas y otras sobrepuestas a áreas de sindicatos de colonizadores.
En febrero de 2021, las comunidades tsimanes’ me invitaron a participar en una reunión en San Borja, departamento de Beni. Salí de Trinidad en los minibuses de transporte público que parten cuando se llenan, normalmente con siete pasajeros. Todos los viajeros estaban con barbijos, como medida de bioseguridad por el COVID 19. El vehículo no contaba con aire acondicionado, tenía las ventanas trabadas por desperfectos, algunas cerradas y otras a medio abrir, lo que incrementaba el ambiente caluroso. Con la humedad, el interior del motorizado se convertía en un verdadero sauna a vapor. También hubo frecuentes baños de tierra y polvo, principalmente cuando el minibús se cruzaba con otro vehículo que se trasladaba en sentido contrario.

Más allá de las incomodidades del viaje, que se contrastaba con la belleza del paisaje, me puse a pensar en el minibús en el que viajaba, que no tenía placa de circulación, por lo tanto, no tenía una póliza de importación, ni el registro en la unidad policial de Tránsito, ni siquiera el Seguro Obligatorio de Accidentes de Tránsito (SOAT). Viajé de Trinidad (la capital beniana) a San Ignacio de Moxos. Luego de San Ignacio a San Borja. Unos días más tarde pasé a Yucumo y de ahí a Rurrenabaque. En todo este recorrido me di cuenta que todos los vehículos de transporte público carecían de documentación legal, todos habían sido internados al país de contrabando.
Coloquialmente se usa el término “chuto” para expresar que algo no está bien, es inapropiado o falso. Estos vehículos, por carecer de documentos, se los conoce como ‘chutos’, pues ingresan a Bolivia vía contrabando. Más allá de su origen de fábrica, entran por Chile, Brasil y Paraguay; en su mayoría son vehículos usados de países asiáticos o de Estados Unidos, pero entre estos, ingresan algunos que son robados en los países vecinos y también se camuflan entre robados dentro de Bolivia y luego comercializados como “autos chutos”, con algún número de motor o de chasis alterado.
Los vehículos ‘chutos’ circulan libremente por praderas, ríos y selvas, enlazando pueblos y departamentos, transportando personas, esperanzas y frustraciones, y superando trancas, puestos policiales y controles de Tránsito. Están en las terminales de buses de todos los municipios; cargan combustibles en cualquier surtidor. Estos vehículos carecen de autorización legal, de matrícula o placa de circulación, de autorización para cargar combustibles, no tienen ningún tipo de documento; sin embargo, son los que operan el transporte público fuera de las ciudades principales del país.
Cuando compartí estas inquietudes con Sandro, el chofer del minibús que nos transportaba, me respondió:
-En estos caminos ningún vehículo resiste más de cinco años. Si tuviéramos que adquirir uno con papeles, costaría más del doble, y nadie permitiría aumentar las tarifas. Por eso, aquí todos estamos conformes con los autos ‘chutos’.
-¿Cómo hacen para cargar gasolina si no tiene la autorización de la Agencia Boliviana de Hidrocarburos?
-Estamos organizados en sindicatos; pagamos nuestras cuotas y ellos se encargan de todo.
-¿De qué se encarga?
-De arreglar para que nos dejen cargar gasolina tranquilos en los surtidores, para que la Policía no moleste, para el uso de terminales, de todo se encargan ellos.
Quedé callado, pensando cómo serían esos mecanismos de “arreglos”.
-¿Qué piensa?, preguntó Sandro.
-En lo organizados que somos en Bolivia —le dije, mientras pensaba que tenemos hasta sindicatos de contrabandistas o importadores de autos ‘chutos’.
El hotel en el que me alojé en San Borja estaba frente a la Estación de Policía, lo que me permitió una observación casual y periódica. Así pude constatar que no solamente los vehículos de transporte público eran ‘chutos’, también lo era la mayor parte de vehículos particulares. Después pude observar que los autos en que llegaban algunos policías tampoco tenían placa. Pero mi sorpresa fue mayor cuando pude presenciar dos camionetas 4×4, patrullas oficiales de la Policía, con todos sus distintivos, que carecían de placa de circulación, lo que me hizo deducir que también esos vehículos eran ‘chutos’.
Mientras que, en las calles de San Borja —al igual que en otras poblaciones y en carreteras de Beni y todo el norte de La Paz— los ‘autos chutos’ tienen carta de ciudadanía y circulan con la mayor libertad, en Rurrenabaque (departamento de Beni, frontera con La Paz) me encontré con una asamblea de indígenas que protestaba contra la Fuerza Naval del Estado Plurinacional de Bolivia, porque no les dejaban navegar por los ríos amazónicos. No podían pescar, no podían llevar sus plátanos y yucas para vender en el pueblo, no podían trasladarse por afluentes, como lo han hecho siempre, porque la Fuerza Naval detenía a las pequeñas embarcaciones por no estar matriculadas.
Según la Fuerza Naval, el registro de buques, embarcaciones y artefactos navales —sean impulsados por motor, vela o remo— deben de estar registrados y matriculados en esa institución, de lo contrario, no puede navegar, y por eso, son retenidos. Los indígenas protestaban por la retención de sus cascos y por las multas que tenían que pagar, cuyos montos van desde Bs. 100 hasta Bs. 500. El valor depende del tamaño del casco, que es como denominan a sus embarcaciones de madera construidas por ellos mismos.
Qué ironía: Mientras los autos ‘chutos’ disfrutan de total libertad de circulación sin papeles, las comunidades indígenas no pueden navegar ni transportar sus productos porque sus pequeñas embarcaciones carecen de matrícula, pese a que ancestralmente, desde tiempos remotos, jamás necesitaron permiso alguno para surcar los ríos amazónicos.
Roxama Supavillca vive en la comunidad Real Beni, distante a una hora de navegación desde Rurrenabaque. Ella, con voz dura y tono enérgico, muestra su malestar y rabia.
-Nosotros, desde que nacimos, estábamos en el río, nos criamos en el río, el río siempre ha sido nuestro medio de transporte. Por eso, hemos aprendido a hacer nuestros callapus, balsas, canoas, nuestros casquitos de madera.
-¿Cuánto cuesta matricular un bote?
-Cuesta Bs. 500. Eso es mucho dinero, es plata que no tenemos. Tampoco sabemos qué van hacer con ese dinero o a dónde se va ir. Ellos nunca están para realizar algún trabajo de mantenimiento, para cortar algunos árboles o palos que caen al río; nunca llegan para socorrer a alguien que tenga problemas mientras navega, en nada nos beneficia a nosotros.
Mi asombro no tiene fin y por eso lo reitero: Los indígenas que usan sus canoas y cascos de madera para transportarse por los ríos, como siempre lo hicieron, son retenidos y multados por falta de registro; mientras que los ‘autos chutos’ parecen tener carta de ciudadanía y sin documentación alguna circulan por todas las calles y carreteras de estos pueblos.
El tema de los vehículos ‘chutos’, inicialmente, fue una anécdota del viaje, un descubrimiento de cómo funciona el país fuera de las ciudades principales. Sin embargo, cuando conocí la realidad del pueblo Tsimane’, me di cuenta que el tema de los vehículos indocumentados es una muestra de lo que es Bolivia. Es el espejo desde el cual se refleja una parte del Estado boliviano, de cómo opera la ley, la sociedad y la institucionalidad estatal.
En ese espejo se refleja el ‘Estado chuto’.

EL PUEBLO TSIMANE’
Rosendo Merena Nate se sentó frente a mí y mirándome por encima de los lentes, me dijo: “Antes de que llegaran los colonizadores, antes de que llegaran los Karayanas, antes de que exista Bolivia, antes de que llegaran los españoles, antes de todos ellos, los Tsimane’ ya vivíamos aquí”.
Rosendo miraba por unos lentes de aumento, pequeños y cuadrados. En el vidrio del ojo izquierdo tenía un papelito pegado que decía: “+ 3,5”. Sin duda, hacía referencia a la medida óptica. Sobre el vidrio del ojo derecho había otro papelito que decía: “Bs. 25”. Calculo que tenía unos 55 años de edad, era de apariencia más bien robusta, tez morena y medía aproximadamente 1,60 metros de estatura. Su actitud era seria y callada, pero de trato amable; él era el Gran Cacique del Subconsejo Tsimane’ del Sector Yucuma.
En el departamento del Beni, entre las poblaciones de Yucumo y Rurrenabaque; y entre San Borja y la Reserva de Biosfera y Territorio Indígena de Pilón Lajas, se encuentran 12 comunidades indígenas del pueblo Chimán. Pese a que este pueblo vive en esta región desde tiempos precoloniales, no se les ha reconocido el derecho de propiedad sobre las tierras que ocupan y, contrariamente, se las están entregando a migrantes de la región andina, conocidos como colonizadores.
Estas comunidades tsimanes’ se resisten al desalojo, se niegan a abandonar sus tierras y cultivos; y demandan la atención del Estado boliviano. Por eso, para Rosendo, es importante las referencias históricas que demuestren que su pueblo ha sido el dueño de estas tierras desde tiempos inmemoriales.
Preocupado por demostrar el dominio ancestral de su pueblo sobre estas tierras, Rosendo cuenta que esta área es históricamente conocida por los tsimanes’ como Ya’cama, que luego fuera castellanizado como Yacuma y posteriormente pasó a ser llamado Yucumo.

-Ahora vienen a decirnos que nosotros no somos de aquí, que no tenemos derecho —cuestionó.
Cuando llegué a la comunidad de Río Grande, me sorprendió encontrar apenas dos casitas con techo de palmera de jatata, sin paredes, rodeadas de un monte lleno de historias. Incluso el platanal, detrás de una de ellas, se fundía con el bosque como si fuese su propia continuación. Al cabo de unos minutos comenzaron a llegar más familias tsimanes’. A medida que aparecían, distinguía los angostos senderos entre la vegetación. Al internarme en uno de ellos, vi, a unos cien metros, otra casita y, más allá, una más, todas dispersas en las entrañas del monte, enlazadas por finos hilos verdes que tejían silenciosas historias en la espesura de la vegetación.
El pueblo tsimane’ tiene una forma de organización social muy particular. Sus comunidades no reflejan la idea generalizada que tenemos de comunidad rural, como un centro o núcleo en el que vive un conjunto de gente unidas por relaciones de vecindad. La comunidad Tsimane’ está formada por pequeños grupos de seis a ocho familias, unidas por relaciones de parentesco.
-Antes no se llamaba comunidad. Nosotros no vivíamos como las comunidades que se conocen ahora, nosotros siempre hemos vivido en poblaciones dispersas, un poco cerca una de otra, pero nunca una comunidad, así como tienen los interculturales, con áreas urbanas, eso nosotros nunca hemos tenido. Nosotros vivimos en un lugar dos o tres meses y después decidimos ir donde los parientes y nos vamos por algún tiempo. Ahí donde vamos hacemos casita, hacemos plantaciones, pero después volvemos otra vez a nuestro lugar —explicó Rosendo.
El modelo de asentamiento seminómada de los Tsimane’ los lleva a organizarse en pequeños grupos. Las familias que forman una comunidad están unidas por lazos de parentescos y lengua con altos niveles de movilidad para desplazarse con rapidez para poder abastecerse de la caza, pesca y recolección, con un flujo y movilidad espacial constante. Tienen trabajos y residencias en lugares diferentes y a veces muy distantes entre ellos. No tienen ningún criterio, pero tampoco tienen intención alguna de crear núcleos urbanos; sin embargo, en las zonas cercanas a las carreteras o comunidades de colonizadores, esto está cambiando
Como todas las poblaciones de cazadores y recolectores, la composición de los hogares y asentamientos comunales está sujeta a cambios bruscos y frecuentes, ya que los individuos y las familias se desplazan para, cazar, vivir y trabajar con diferentes grupos de parientes, esto cambia mucho la composición de los hogares. Esta forma de vida influye en las decisiones sobre qué cultivar, qué animales criar y cuánto se debe acumular, ya que es posible que el próximo mes o el siguiente año se vayan a otra comunidad a vivir con otros parientes.
-Nuestra gente se mueve mucho, es una forma de vivir. Nos movemos mucho, visitando a la familia, visitando a los parientes. Para nosotros, visitar no es ir un día y ver cómo están. La visita es ir a vivir con ellos un tiempo y en ese tiempo uno está ayudando, está trabajando, está cultivando, y de ahí te vas donde otro pariente y después regresas a tu casa; así vivimos nosotros, de repente estamos 12 meses en un lugar y de ahí nos vamos a otro, estamos en Río Colorado, de ahí nos vamos a San Bernardo, después a Jatatal o al Maniquí y después volvemos a Colorado así vivimos —precisó Rosendo
Rosendo es un maestro, conoce muy bien la cultura de su pueblo y sabe explicarla de forma muy didáctica. Con su exposición, pude comprender rápidamente que en la vida de los Tsimanes’ es muy importante la visita a los parientes, algo que ellos llaman ‘sóbaqui’. Se visita, se vive y se comparte con diferentes grupos de parientes por cierto tiempo, mientras las relaciones sean buenas. También consideran que convivir con mucha gente y durante tiempos largos es incómodo e incluso peligroso, porque pueden terminar en peleas y las peleas están íntimamente asociadas con brujería.
Tuve la impresión que las enfermedades, incluso la muerte, no son consideradas por los tsimanes’ como hechos naturales, sino, como consecuencia de la brujería, algo así como males puestos por otros. La rabia, el enojo, el miedo, son sentimientos censurados por la sociedad Tsimane’ y ven a aquellos, que no pueden controlar su enojo, como portadores del mal, de la brujería, los consideran peligrosos porque pueden hacer uso del mal, pueden matar, hay que huir de ellos.
Este pueblo, pacífico por sus creencias, se ha vuelto vulnerable frente a los otros porque no pelean por sus espacios territoriales y recursos. En casos de conflictos, las familias involucradas suelen retirarse y buscan otros espacios para vivir. Esta dinámica social se vuelve cada vez más difícil en un contexto de creciente invasión y presión sobre el territorio.
En la comunidad de Río Grande, los Tsimane’ me esperaban con carne asada de jochi y chancho de monte, acompañada de yuca cocida y chicha de maíz, un acto generoso que valoré como demostración de afecto y amistad. Compartir la comida y la chicha me permitió una conversación más fluida sobre su comunidad, su vida, sus problemas y aspiraciones.
La gente de la comunidad vive de la caza, pesca, recolección, aprovechamiento de recursos forestales no maderables como la jatata, tienen trabajos agrícolas para su subsistencia, con plantaciones de yuca, plátano, papaya y maíz.
-Esta comunidad está cerca del río, igual que las comunidades de los abuelos que siempre se asentaban a las orillas de los ríos, como el río Maniquí, Quiquibey y Securé, que son lugares de mucha pesca y agua —contó Miguel, el Cacique de la comunidad, que solo habla el idioma tsimane’ y que fue traducido por Whitman Merena, el hijo de Rosendo.
-Antes, no había nada, no había vestimenta como vestimos ahora, no había camisa y pantalón, se vestía con camisa de corocho, que es la corteza de un árbol de espinas que se machuca, se lava bien y queda como una malla que protege de los mosquitos, eso, se costuraba con algodón. Las camisas y los mosquiteros eran de corocho —recordó Rosendo.
Después de un breve silencio, continuó explicando elementos importantes de su cultura:
-Siempre comíamos carne cocida, no cruda, aunque no había fósforo ni encendedor, hacíamos fuego frotando los palitos así (señala con las manos). Con palitos se frotaba hasta que iba haciendo chispa y después ardía. Tampoco había azúcar, con miel de abeja se endulzaba, cuando se podía conseguir. La sal era muy escasa, siempre faltaba sal, hasta los charques se hacían secar sin sal.
Gabriel Vasnay, un joven dirigente de la comunidad de San Gabriel, me contó que cuando salen a cazar “se ponen su camisa de corocho (qué es hecha de la corteza de un árbol), arco, flecha y machete, luego se van en la canoa, pata pila (descalzo) por si hay que nadar en el río y porque el tsimane’ no siente ni las espinas. Si alguna vez corriendo se mete una espina de cachichira o chonta, sigue corriendo, cuando descansa en su casa recién corta para sacarla”, detalló.
Escucho sus relatos de cacería y observo cómo sus rostros se iluminan, orgullosos de ser la gente del bosque. Sin embargo, cuando la conversación gira hacia la tierra, su brillo se apaga, y percibo el dolor y la frustración que arrastran, despojados, amenazados y humillados por unos y otros.

LA LLEGADA DE LOS QUISPE
Rosendo Merena miraba el horizonte, contemplando un inmenso mar verde de tonalidades diversas, fruto de la variedad e inmensidad de la floresta. Como si sus recuerdos emergieran de aquel paisaje, relató:
—En ese tiempo apareció gente diciéndole a mi abuelo que había que tener papeles de la tierra, porque ahora se iba a vender en pedacitos; que había quienes la estaban comprando. Entonces, muy preocupado, le pregunté: “¿Y nosotros cómo vamos a quedar?”. “Sin tierra vamos a estar”, le dije. Mi abuelo se rió: “Esos son opas, esos están locos. ¿Cómo se va a vender la tierra? ¿Quién va a comprar pedacitos de tierra? ¿Qué van a hacer con pedacitos de tierra? Será para hacer barro nomás”.
—Eso decía mi abuelo. No tenía idea de que venían a quitarnos la tierra en la que vivimos —continuó Rosendo.
Cuando nació su hijo Whitman, hacía ya 34 años, apareció la colonización. Rosendo Merena recordó:
—Llegaron retaceando la tierra. En San Bernardo vivíamos unas sesenta personas indígenas cuando llegaron los colonizadores. Los primeros en llegar fueron Valentín Quispe y Hugo Quispe. Ellos nos decían: “Hermanos, nosotros también somos hermanos y vamos a estar viviendo todos juntos aquí. Vamos a formar entre todos una sola comunidad y tú vas a ser secretario general. Vamos a vivir todos bien, vamos a conseguir proyectos para que nos ayuden con maquinarias y herramientas”. Nosotros no teníamos ni idea de qué eran esos proyectos ni qué era un sindicato.
—Ahí, en San Bernardo, hemos hecho una comunidad entre los Quispe y los Tsimane —prosiguió Rosendo Merena—. Entonces decidieron que a cada uno le iban a dar una parcela de tierra. Como mi abuelo no entendía qué era una parcela, le han dicho: “Te vamos a dar 144 metros de frente y 1.200 metros de profundidad”.
Nosotros —continuó Rosendo Merena— nos preguntábamos: “¿Qué será eso?”. No teníamos idea de qué era un metro, menos aún 1.200 metros. En nuestra lengua decíamos: “¿Qué será la profundidad?”. No teníamos idea, pero nos obligaron a aceptar sin saber de qué se trataba. Después, cuando nos dimos cuenta de que solo nos estaban dejando un pedacito de tierra, peleamos con ellos, reclamamos con fuerza. Mi abuelo, mi suegro, mi suegra, mis tíos, todos decían: “No nos pueden quitar así, esto es de nosotros”.
También, con la llegada de los Quispe y la colonización, aparecieron las maquinarias abriendo caminos, tumbando el monte y haciendo ruido. Comenzaron a desaparecer los animales, y esa era la carne que nosotros comíamos. Entonces —recordó— decíamos los hermanos: “Si esta gente sigue llegando, ya no va a haber animales para cazar, nada para comer, nada para nosotros”.
“Hubo pelea en San Bernardo y los indígenas ganamos, pero después vino la policía. Nuestros hermanos, abuelos, tíos, ni siquiera sabían hablar en castellano; no sabían cómo explicar nuestro reclamo, cómo defender a nuestros hermanos. Los colonizadores hablaban con la policía en castellano, la policía les creyó y detuvieron a los hermanos Tsimane. Yo, que todavía era muchacho, hablé en castellano y los defendí, pero la policía creyó a los colonizadores, quienes decían que ellos eran los dueños y que nosotros queríamos quitarles lo que la Reforma Agraria les había entregado”.
“Nosotros, los Tsimanes, no teníamos idea de qué se podía hacer, no teníamos conocimiento de adónde ir, no sabíamos a quién reclamar, no sabíamos quiénes eran las autoridades. No sabemos hasta ahora dónde están sus oficinas, no sabemos quiénes son los que tienen que dar respuestas. Ni siquiera teníamos conocimiento de qué era un policía, hasta que vinieron y se llevaron presos a algunos hermanos”.
“Lo que ahora se llama Unkullamaya, antes se llamaba San Bernardo. Eso era de nosotros, de los nativos, de mi abuelo. Con la Reforma Agraria y la colonización entraron los colonizadores y ellos hicieron un ‘mosaico’ entre Sécure y Rurrenabaque para la colonización, diciendo que en esas tierras no vivía nadie. Nosotros quedamos allí adentro; entregaron nuestras tierras y a nosotros nos sacaron porque decían que ese ‘mosaico’ era para colonización.
-Esto es de los colonizadores, el Estado se los ha entregado. Ellos son los dueños dijeron —los policías.
-Pero nosotros vivimos aquí —les dijimos.
-Ustedes tienen que desalojar, tienen que salir de aquí. Si no lo hacen por las buenas, tendremos que llevarlos presos —dijo el policía en tono amenazante.
“Nosotros no teníamos ni idea de qué era eso de propiedad, a quién había que pedir, qué trámite había que hacer, adónde teníamos que ir. No teníamos ni la menor idea de todo eso”.
“Después de que la policía respaldó a los colonizadores y nos dijo que éramos nosotros quienes debíamos irnos, los colonizadores se organizaron otra vez en sindicatos, eligieron su directorio y esta vez todos eran de ellos. Nosotros ya estábamos fuera”.
Rosendo Merena recordó todo eso con un nudo atorado en la garganta.
Su voz parecía un trueno que no terminaba de salir del vientre de una nube oscura.

TIERRA Y TERRITORIOS INDIGENAS
El 15 de agosto de 1990, alrededor de trescientos indígenas de diferentes pueblos del departamento amazónico de Beni se concentraron en la plaza principal de su capital de la Santísima Trinidad, frente a la iglesia Catedral. Celebraron la misa y recibieron las bendiciones del obispo Monseñor Manuel Iriguren, quién, antes de que partieran les pidió que “empiecen esta marcha con la mentalidad, con el espíritu, con el coraje, el entusiasmo y la esperanza de marchar por la tierra prometida”, haciendo referencia al relato bíblico por el cual Dios promete entregar una tierra de leche y miel como herencia a sus fieles creyentes.
Así iniciaron la marcha denominada por el Territorio y Dignidad, desde la ciudad de la Santísima Trinidad hasta sede de Gobierno: La Paz, demandando al Estado boliviano el reconocimiento de “territorio y dignidad”. La marcha duró 34 días. Bajo el sol y la lluvia, soportando fuertes vientos y fríos descomunales, caminaron 640 kilómetros y llegaron a su destino final cerca de 2.000 marchistas, quienes entraron a La Paz con el pecho a punto de explotar, no solo por la dificultad que se experimenta al caminar a más de 3.800 metros de altura sobre el nivel del mar, sino por el orgullo de haber conquistado la cumbre, atravesado la cordillera Real de los Andes, porque estaban demostrando a todo el país que los pueblos indígenas de la Amazonia existen, que están vivos, que exigen respeto; pero además, porque la gente de la ciudad de La Paz se volcó a las calles y los recibió como héroes.
Dos años después de esa heroica marcha, en 1992, en el contexto de los 500 años de la colonización de América, tuve la oportunidad de trabajar como asesor de la Confederación Indígena de Bolivia (CIDOB), lo que me permitió conocer a los pueblos indígenas y también a Marcial Fabricano, quien fue uno de los dirigentes de esa marcha indígena y, posteriormente, dirigente de la CIDOB. En ese contexto, un día, hablando de la Marcha por Territorio y Dignidad, Marcial Fabricano me dijo:
-La decisión de marchar fue, principalmente, contra el avasallamiento de nuestros territorios, la invasión de colonizadores, madereros y nuevas haciendas ganaderas; pero también era por dignidad, este país no quería reconocernos, no teníamos ningún derecho, era como si nosotros no valiéramos nada, nos habían llamado de todo, nos llamaban indios, salvajes, bárbaros y, lo peor, había quienes nos llamaban “hijos”. La sociedad y el Estado no quieren reconocer que somos pueblos, que somos mojeños, sirionó, chimanes… Por eso, demandamos al Estado, respeto, dignidad y reconocimiento.
A partir de la Marcha por el “Territorio y Dignidad,” se logró el reconocimiento de cuatro territorios indígenas en el departamento del Beni, dentro de los cuales se encuentran algunas comunidades tsimanes’. Estas comunidades tienen cierta seguridad jurídica y protección de sus espacios territoriales como hábitat, aunque continúan viviendo bajo permanente presión, asedio y despojo de sus tierras y recursos naturales.
A pesar de aquella conquista histórica, Rosendo Merena considera que “nuestro pueblo ha quedado dividido en varios territorios, con comunidades que pertenecen a diferentes organizaciones y, lo peor de todo, es que hay muchas comunidades fuera de los territorios, sin reconocimiento de derechos sobre sus tierras y sin organización que las defienda”.
Varios caciques y dirigentes del pueblo Tsimane’ hacen referencia a la existencia de otras comunidades tsimanes’ que viven fuera de los territorios indígenas, en áreas de concesiones forestales, en tierras tituladas como propiedades privadas y en tierras fiscales que el INRA entrega a nuevas comunidades de colonización. Doce de estas comunidades se han organizado en el Sub Consejo Tsimane’ del Sector Yacuma, que dirige Rosendo Merena Nate como Gran Cacique.
LA TIERRA DE LOS TSIMANES’
La tierra de los tsimanes’ está entre las últimas estribaciones de la Cordillera de los Andes y el nacimiento de las sabanas benianas, un lugar donde la tierra se transforma constantemente. Se despierta con el aire fresco de la mañana, la neblina que rocía la inmensa estepa verde, bañada de colores pálidos pero vigorosos; a medida que avanza el día, el cielo se abre de par en par y muestra un azul intenso, limpio, infinito, para transformarse en atardeceres mágicos, con el despliegue de infinidad de colores en los que en el horizonte prima el naranja, el azul de las montañas y los tonos oscuros de la selva.
“En este bosque reina un ambiente como de cuentos. Uno necesitaría el pincel de un artista para pintarlo”, escribió Erland Nordenskiold en su crónica sobre los tsimanes’ a principios del siglo XX.
La gente de este pueblo me sorprendió. Caminaban en el monte como si fueran parte de él, el medio de transporte tradicional son las balsas y canoas que elaboran de madera, que conducen por los rápidos del río jugando con la corriente del agua, desviando piedras, en un emocionante viaje que solo se detiene en los remansos del río para cazar peces con arcos y flechas. Desde las montañas, la selva y los ríos —como si fueran cantos de sirena— llegan los sonidos espléndidos, invadiendo todos los sentidos en un seductor y embriagador encanto.
Aquí, en este mágico lugar, es como si se desarrollara una nueva versión de la película AVATAR. Todos los días se puede observar cómo llegan colonizadores montados en tractores, comerciantes piloteando sus Toyota Noah, madereros armados de motosierras. Todos arremeten contra el bosque, cortan los árboles, venden la madera, sustituyen el monte por chacos agrícolas, pastizales y vacas. Las familias tsimanes’, nativas de estas tierras, son consideradas un estorbo, un obstáculo para el desarrollo.
Los obstáculos se eliminan y eso están haciendo con estas pequeñas comunidades.
Whitman Merena, hijo de Rosendo, insistía en visitar la comunidad Palmira, cuyas familias fueron expulsadas de sus viviendas unas semanas antes. Para ir, tuvimos que superar varios obstáculos, porque los caminos son controlados por los colonizadores. Las vías estaban cerradas con rejas metálicas y candados, pese a ser obras de dominio público, de propiedad del Estado, ellos —los que vinieron de otras partes para quitarles a los indígenas sus tierras— trancaban los caminos y para poder ingresar había que buscar al responsable de la llave, pedirle permiso, e informarle dónde se estaba yendo y para qué. Como ese era un mecanismo de control para impedir el ingreso de “gente ajena” a su organización, decidimos ir en motocicletas, cruzando por los alambrados y tratando de no llamar la atención.
A kilómetros de distancia, antes de llegar a Palmira, se escuchaba el ruido de tractores y motosierras. Las motosierras bramaban como fieras enfurecidas lanzadas al ataque. de rato en rato, se podía escuchar el largo y penetrante ruido del árbol que caía, se escuchaba cuando retumbaba en el suelo: un largo ruido de muerte, como si fuera un grito de dolor: ¡¡¡BRAAAAAMMM!!!, seguido de otros quejidos más cortos y más agudos. Se podía sentir cómo se desgarran sus ramas al intentar agarrarse de los otros árboles que estaban a su alrededor.
Escondimos las motos en el monte y continuamos caminando, despacio, sin hacer ruido para no ser vistos, como si los ilegales fueran los dueños históricos de este territorio; como si el delincuente fuera yo y los indígenas que estaban conmigo, pero entendía la situación y seguimos hasta llegar donde antes vivían unas 12 familia tsimanes, en lo que ellos llaman Comunidad Palmira, donde ahora están los colonizadores que se hacen llamar interculturales. Ellos, bajo presión, amenazas y violencia, desalojaron a las familias indígenas y ahora, sobre sus cultivos de plátano, yuca y árboles frutales, están chaqueando. Han destruido las viviendas y cultivos de los indígenas, después quemarán el chaco y con ello van a borrar todo rastro de la presencia tsimane en este lugar.

LLEGA EL INRA
Los tsimanes me cuentan su experiencia con el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), y al escucharlos, voy reviviendo la novela del peruano Manuel Escorza: Garabombo el invisible.
La novela señala que la expansión de la frontera agrícola llevó a la población mestiza y criolla a apropiarse de nuevas tierras, de esta forma las tierras de la comunidad de Garabombo se vieron afectadas. La comunidad decidió que Garabombo, como dirigente, debería ir a la capital, con todos los documentos para demostrar sus derechos y lograr que sus tierras sean respetadas. Garabombo viajó a la capital y allí pidió audiencia con las autoridades, pero, cosa rara, nadie lo veía, nadie lo oía, se había vuelto invisible y si el portador del derecho es invisible, no existe, tampoco existen derechos.
Garabombo vuelve a su comunidad y explica el extraño mal del que padece, es invisible, nadie pudo verle, ni escucharle y menos ver los derechos que ellos tienen. Frente al peligro de perder sus tierras, deciden resistir la ocupación y Garabombo, aprovechando que es invisible, entra al cuartel, buscando armas e información, pero para su mala suerte, justo allí se hace visible y es descubierto, detenido y encarcelado.
Los conflictos por tierras entre hacendados, empresas forestales, campesinos cambas, campesinos colonizadores y población indígena se viven desde los años 1990. Estos fueron algunos de los motivos de la histórica marcha indígena por Territorio y Dignidad. A medida que pasa el tiempo, llegan nuevos actores, se incrementa la disputa por tierras y los conflictos suben de intensidad. Por eso la noticia de la llegada del Estado, a través del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), para definir los derechos de propiedad sobre la tierra, fue recibido con júbilo y beneplácito por todos, con excepción de los ganaderos que veían al INRA con desconfianza.
Después de varios años de trabajo, el 2010, el INRA declaró toda esta área como saneada; reconoció derechos de propiedad a quienes demostraron tener derechos desde antes del saneamiento, entregó derechos de propiedad a quienes tenían posesión de la tierra; les dio derechos de propiedad a quienes demostraron que tenían algún trabajo.
A las comunidades tsimanes que, como dice Rosendo, vivían en esta zona desde antes que esto se llame Bolivia, no les reconocieron ningún derecho; para el INRA, esas familias indígenas aisladas en el monte no eran comunidades; carecían de documentos de identidad, no tenían reconocimiento de personalidad jurídica; sus pequeños chacos en medio del monte no justificaban el principio de que “la tierra para quien la trabaja”; los derechos como pueblos indígenas que reconoce la Constitución Política del Estado, dijeron que no se aplica para ellos, porque los tsimanes ya tienen un territorio reconocido en el Bosque Chimán y allí deben irse.
La historia de los tsimanes me recuerda la historia de Garabombo el invisible. Para el Estado, estas comunidades indígenas son invisibles, no existen, no tienen derechos. El INRA declaró estas tierras como tierras fiscales, de dominio del Estado y posteriormente empezó a entregarlas en dotación a nuevos colonizadores, quienes en la medida que iban llegando, fueron expulsando a estas comunidades indígenas originarias.
-En la pelea que hemos tenido con los interculturales por esas tierras, vino el INRA de Trinidad y me ha dicho: Tú ya no eres tsimane, ya sabes comer azúcar, sabes comer cebolla, llevas ropa, tú ya no eres chimán, eres como intercultural y debes quedarte tranquilo con una parcela o te vamos a sacar de aquí —relata Rosendo Merena. Lo hace con muecas y ademanes que reviven el momento y el dolor.
Esta historia me parece conocida, se parece mucho a aquella otra, donde el colonizador le entregó la Biblia al Inca Atahualpa, diciéndole que era la palabra de Dios, este la agarro, la abrió y sin entender la sacudió y llevo al oído, para escuchar la palabra de Dios y al no entender que era eso que tenía la palabra de Dios, pero no emitía sonido, la arrojo al piso. Esta fue la señal y el justificativo para atacarlo por blasfemia.
Después, los españoles declararon estas tierras de propiedad del Rey de España y, a su nombre, las entregaron a los españoles que llegaron hasta estos territorios para ocuparlas y trabajarlas. Hoy, el Estado Plurinacional de Bolivia, llega a estas tierras, niega la existencia de las comunidades tsimanes porque no tienen documentos, porque no son productores agrícolas, desconoce sus derechos como pueblo indígena, declara las tierras de propiedad del Estado, de dominio fiscal, y las entrega a otros que llegan a su nombre a ocupar y trabajar estas tierras. Hoy, igual que ayer, estas tierras siguen siendo territorios de conquista y colonización.

CASAS QUEMADAS, TSIMANES PEGADOS, JUSTICIA AUSENTE
Ellos no llevan la cuenta de los años, pero ese triste 31 de octubre del 2018 nunca se borrará de la memoria de Gabriel Vasnay, cacique de la comunidad de San Gabriel. Ese día, bajo el ardiente sol de la una de la tarde, Gabriel regresaba a su comunidad. En el camino, a pocos kilómetros de su casa, se encontró con tres motocicletas que venían en sentido contrario. Por el peso de la discriminación y las amenazas que sufría, Gabriel se apartó del camino para cederles el paso. Cuando levanta la cabeza para continuar su camino pudo ver el humo que se levantaba a lo lejos y de inmediato se da cuenta:
-¡Quemaron mi casa, carajo!
Años de esfuerzos y trabajo, quedó hecho cenizas. Los sueños, las ilusiones, los pocos planes que tenía, todo de un momento a otro se hicieron humo. Su casita de cuatro por cinco metros, hecha de madera con techo de calamina, estaba siendo devorada por las llamas. Dentro de la casa estaba todo lo que él poseía: sus herramientas, machete, cavadora y motosierra; sus armas: el arco y flechas; su ropa: dos poleras de algodón, un pantalón jean y su camisa de corocho. Todo quedó quemado y los árboles frutales y el platanal también habían sido convertidos en cenizas.
-San Gabriel es una comunidad indígena tsimane. Somos originarios de estas tierras, desde siempre, no hemos llegado de ninguna parte, de aquí siempre hemos sido —dice Gabriel.
-¿Cuántas familias hay en San Gabriel?
-Vivían 18 familias. Ahora solo quedamos cuatro familias, a las demás las han sacado por la fuerza.
-¿Te acuerdan desde qué año están ustedes ahí?
-Qué año sería, pues. Nosotros no tenemos la cuenta de los años, pero cuando yo era niño ahí vivía yo con mis abuelos. Cuando yo tenía como 10 o 12 años los colonos empezaron a llegar, primero han pedido permiso para quedarse, después ellos sacaron la personería jurídica de la comunidad. En ese entonces fuimos como una sola comunidad, pero cuando salió la personería ellos se apropiaron de todo y empezaron a desalojarnos.
Pese a las amenazas de los colonizadores, algunas familias indígenas se niegan a salir y continúan reclamando esas tierras, porque consideran que es de ellos.
-Cuando nosotros reclamamos que vivimos aquí, ellos nos piden documentos, porque saben que no tenemos. Ellos sacan papeles, nosotros no tenemos idea de qué dirán esos papeles, pero ellos dicen que el INRA les está dando dotación de esas tierras, que ahora son de ellos, así nos callan —cuenta Gabriel Vasnay.
Para resolver los conflictos existentes, el INRA decidió ir al lugar, verificar directamente quiénes están viviendo allí, qué trabajo tienen y desde cuándo están en posesión de esas tierras. Con esos elementos iba definir quién tiene mejor derecho sobre las tierras. Con ese objetivo el INRA fijó el 3 de noviembre de 2018 para la inspección ocular, en la comunidad San Gabriel.
-Ellos dijeron que venían a ver las mejoras que tienen los interculturales, nosotros les dijimos que también teníamos mejoras y pedimos que también vayan a ver.
El 31 de octubre, tres días antes de la inspección del INRA, un día de sol intenso y calor sofocante, en las primeras horas de la tarde, tres personas llegaron en motos a la pequeña comunidad de tsimanes en San Gabriel, prendieron fuego a la casa de Gabriel Vasnay y a las otras tres más que quedaban en el lugar. La mayoría de los indígenas se había marchado por temor, por las amenazas y presión de los colonizadores. Quemaron las cuatro casas de los tsimanes, cortaron las plantaciones frutales y se fueron.
-Cuando llega el INRA, el 3 de noviembre, ya no había viviendas de tsimanes, todo estaba quemado, destruido. Nosotros hemos dicho que ellos lo han quemado y ahí nos han rodeado, nos han insultado, me han pegado. Del cuello me agarraron, me pegaron y me amenazaron con matarme —denuncia Gabriel.
-¿El INRA estaba presente?
-Todo eso delante del INRA que no hizo nada. La comisión del INRA estaba presidida por la señora Maribel Navarro, ella ha hecho caso a los colonizadores y ha dicho que nosotros tenemos que irnos: “Ustedes tienen que irse, deben desalojar, ustedes tienen que irse a la reserva del Pilón – Lajas”, nos ha dicho esta mujer.
Después de esa violenta audiencia, el INRA tomó la decisión de legalizar lo ilegal, ha autorizado el asentamiento de los colonizadores como comunidad Flor de Mayo y a los tsimanes les ha ordenado el desalojo, autorizando, para ello, el uso de la fuerza pública.
-A uno de mis tíos le han dicho: “Vas a salir sí o sí. Si es que no sales, aquí mismo te vamos a matar ahorita mismo”. Y de eso tuvimos miedo, por eso también nos hemos salido de ahí llorando. A nosotros nos están aplastando, a veces como si fuéramos algo que no tenemos valor, nosotros también somos humanos, siguen sacándonos como basura, no queremos eso”, lamenta Nilda Canare Isa, que también fue desalojada
Con el dolor hasta los huesos por los golpes recibidos, con las marcas de las manos que apretaron su cuello y con el alma rota por las injusticias, Gabriel Vasnay siente que ha perdido todo. Se siente más defraudado, sobre todo, por la forma cómo actúan las autoridades, que fueron testigos insensibles e indiferentes ante la arbitrariedad y el atropello de los colonizadores, pues no hicieron nada para impedir la comisión de un rosario de delitos y abusos, como incendios de viviendas, destrucción de bienes, lesiones graves y amenazas. Aunque Gabriel perdió las tierras de su comunidad, su casa, sus cultivos, su trabajo, sus herramientas, todavía tiene coraje para seguir luchando. Por ello, decidió hacer algo que sus padres y antepasados no sabían hacer, acudir a la justicia del Estado.
Gabriel me contó que con el apoyo de toda la familia logró reunir unos pesos para viajar hasta San Borja, acompañado de dos testigos de los incendios y otros dos de las lesiones y amenazas. Por primera vez, iban a ser los colonizadores los que serían detenidos, pensó Gabriel. En la Policía de San Borja, formalizó la denuncia y declaró como víctima. al día siguiente declaran los testigos. Al terminar, el policía les indicó que podían irse, y que ellos pasarían su informe a la Fiscalía para que la autoridad determine las acciones a seguir.
Sin entender lo que pasaba, lleno de dudas, Gabriel preguntó:
-¿Lo van a meter presos?
-Yo creo que sí, pero eso lo determinará el Fiscal —dijo el policía.
La esperanza en la justicia boliviana dura hasta que te encuentras con ella. Eso le pasó a Gabriel que acudió con esperanzas y sed de justicia y regresó lleno de amargura y frustración. Hasta hoy, los acusados de incendios, de lesiones y amenazas no han sido llamados a declarar. Las denuncias realizadas por la población Tsimane’s no tienen ningún seguimiento, no hay investigación y menos sanción. ¿Será porque las víctimas son tsimanes’?
Acceder a la justicia estatal tiene numerosas dificultades para los tsimanes’, empezando por la distancia, continuando por el idioma —ya que muy pocos tsimanes’ hablan el castellano y ningún policía, fiscal o juez habla tsimane’— y tampoco hay traductores, aunque la Constitución diga que el idioma tsimane’ es idioma oficial del Estado Plurinacional de Bolivia. Acudir a la justicia es tiempo, es dinero, son largos viajes, son abogados, es peleas y, al final, solo morderá la mano del humilde tsimane’.
Esta justicia y los mecanismos de discriminación se vuelven perversos cuando los denunciados son tsimanes’, porque son detenidos, arrancados de sus comunidades, trasladados a las ciudades, donde se toman declaraciones sin traductores, sin apoyo legal efectivo y sin posibilidades de una defensa real.
Así fue detenido Whitman Merena, el hijo de Rosendo, acusado de robo. Fue llevado a Yucumo, aunque no había ninguna prueba de que haya existido el robo y menos de que Whitman haya tenido alguna participación. Lo detuvieron en su comunidad, se lo llevaron a Yucumo, le encerraron en la carceleta, todo con las pruebas obtenidas en la lectura de las hojas de coca. Aunque las autoridades saben que el problema real es la pelea por la tierra, el sistema de justicia, las fuerzas de seguridad y las autoridades estatales se prestan para amenazar y despojar a las comunidades tsimanes’.

EL APELLIDO SE PAGA CON TIERRA Y SANGRE
Reunidos bajo los árboles, los hombres hablaban en tsimane’ y otros traducían al español. Las mujeres sentadas en el piso escuchaban y jugaban con los niños; más allá, en una pequeña choza con techo de palma y sin paredes, estaba doña Natividad Miro Lero, cocinando un jochi para la cena. Es una mujer mayor, es la abuela de mayor edad en esta comunidad, pero nadie sabe los años que tiene. Ella, igual que los que nacieron antes y los que nacieron después, no tienen un certificado de nacimiento, no son reconocidos como ciudadanos del Estado boliviano y el ejercicio de sus derechos son limitados. Ellos son invisibles a los ojos del Estado.
La población Tsimane’ carece de documentos de identidad personal, solamente algunos, los más jóvenes y casi siempre hombres, cuentan con documentos. Las dificultades para tener un documento de identidad son muchas: 1) La falta de registro de los padres, si el padre no tiene documentos no existe, y tampoco podrá reconocer la existencia sus hijos; 2) Los niños tsimanes’ no nacen en un centro de salud, por lo tanto, tampoco tendrán un certificado de nacido vivo que otorga el médico y que es requisito para la inscripción en el registro civil; y 3) La distancia de las oficinas públicas y los costos económicos que tienen los procesos judiciales complican la situación. Estos procedimientos son necesarios para inscribir en los libros de nacimiento a cualquier persona mayor del año de edad.
Quien no tiene un documento de identidad, jurídicamente no existe, no es ciudadano, no tiene derechos, no puede ser propietario, no puede votar en las elecciones, no puede cobrar los bonos que entrega el Estado. Esta realidad constituye una negación a la nacionalidad, a la ciudadanía, incluso al derecho a la propiedad. La falta de documentación del pueblo tsimane’ es una situación que alienta su invisibilización como pueblo, al negar su existencia y sus derechos.
A la comunidad Río Grande llegó un señor de nombre Gonzalo, quién ofreció su apoyo y amistad. Don Gonzalo, como le llaman hasta ahora, era comerciante, siempre iba a visitarlos. Un día les dijo que también sería su vecino, les llevaba algo de azúcar, de sal y arroz. Después de un tiempo les ofreció ayuda para tramitar sus documentos de identidad, les dijo que él les daría su apellido y con eso tendrían los carnets de identidad. Les hizo poner las huellas digitales en unos papeles en blanco, después llegaron comisiones para hablar con ellos, volvían a tomar huellas digitales. Los tsimanes’ tenían la instrucción de manifestar que eran trabajadores de Don Gonzalo y que por eso éste les ayudaba.
Con la ayuda de don Gonzalo, la mayoría de las familias de Río Grande, lograron obtener sus documentos de identidad, allí todos tienen el apellido Fernández que don Gonzalo les había dado.
-Con ese derecho empezó a llamarnos hijos y a pedirnos que sembremos arroz para él. Después ya apareció como dueño de todo esto, diciendo que nosotros podíamos seguir viviendo aquí como sus trabajadores — denuncia Miguel.
Cuando los tsimanes’ solicitaron al INRA que les reconozcan derechos sobre esas tierras, se enteraron de que ahora son de propiedad de un tal Gonzalo Escobar. Desde entonces ellos sienten que también “don Gonzalo” los había engañado, que los había usado para legalizar esas tierras a su nombre y que los documentos que firmaban con huellas digitales, probablemente han sido usados para demostrar que estas familias eran simplemente sus trabajadores.
Algunos jóvenes hablan en tsimane’, parecen molestos. Luego Whitman me tradujo. Ellos hacen referencia a que don Gonzalo les engañó hasta con el apellido, él decía que les dio su apellido, les decía hijos, les pedía hacer trabajos para él y después descubren que se apellida es Escobar y no Fernández, que es el apellido que les dieron a ellos.
En idioma tsimane’ y con la ayuda de traductores, me contaron que, en un día aparentemente normal —como cualquier otro—, cuando todos los hombres se habían ido al monte o a los chacos a trabajar y en las casas solo quedaban mujeres y niños pequeños, de repente surgieron militares desde el monte. Llegaron gritando y disparando contra las viviendas, mataron perros, chanchos y cuanto animal encontraron, mientras repetían que, si no querían salir vivos, saldrían muertos. Así dejaron en claro que aquel ataque era una respuesta al pedido de desalojo que habían realizado contra los tsimanes’.
Las mujeres cargaron a sus hijos como pudieron. Corrían hacia el monte a gatas, cayendo y levantándose. El profesor huyó con los niños de la escuela hasta llegar al río. Allí quedaron escondidos, pero una de las niñas, de once años, se rezagó y se ocultó entre la maleza. Cuando pasaba uno de los militares, la vio y, a quemarropa, le disparó, quitándole la vida.
No recuerdan la fecha ni el año exacto; creen que fue en 2017 o 2018, me dicen. Tampoco saben si en verdad eran militares o simples matones vestidos con uniforme. Lo que sí saben es que nunca hubo un detenido, nunca hubo investigación, nunca hubo culpable, nunca hubo justicia. El apellido fue pagado con tierra y sangre.

EL SUEÑO DE WHITMAN MERENA
Whitman Merena, el hijo de Rosendo, tiene 33 años. Es moreno, de cabello corto, y suele vestir siempre poleras de fútbol, no por amor al deporte, sino porque son económicas. Es inquieto, dinámico, siempre tiene algo que hacer o decir. Parece tan cargado de inquietudes y preocupaciones que hierven en su interior, y cuando alguien se acerca, estas brotan a borbotones: preguntas, comentarios, ideas. Parece incansable.
Tenía la impresión que Whitman vivía en dos mundos diferentes, que él se ha convertido en una especie de bisagra que une ambos mundos, pero que también es parte de ambos.
Por un lado, estaba el mundo tsimane’: el de sus comunidades, donde la gente se guía por las estaciones —la época de siembra, la de cosecha, la de pesca o la de caza— y donde las distancias se miden en días de camino o en las curvas del río. Allí, en ese universo, el cielo está gobernado por dos hermanos míticos que dieron origen al cosmos chimane: Dojity (Duik), “el peleador”, quien pone al mundo en su lugar a medida que viaja, y su hermano Micha’ (Mitcha), el juicioso, que lleva una vida familiar.
Del otro lado está el mundo externo: el mundo de las ciudades, donde la gente vive como hormigas, envuelta en la bulla y el ruido, atrapada en la angustia del tiempo, corriendo de un lado a otro sin saber a dónde quiere llegar. Allí, el tiempo es tan valioso que se lo arrebatan incluso a sus propias familias. Es el mundo de las autoridades, de la burocracia, de las largas filas, donde se vive con prisa, pero los trámites nunca avanzan; donde te hacen renunciar a tus derechos por puro cansancio.
Es también el mundo de la tecnología, donde el tiempo y el espacio se mezclan y confunden. Es el mundo de los teléfonos celulares, de las computadoras, de internet; aparatos que Whitman ha aprendido a usar para comunicarse con asesores, autoridades, con otros pueblos y con ONGs. Él sabe que, en este entorno, el cielo está controlado por satélites, y que es fácil confundir las estrellas con las luces de neón.

-La primera vez que fui a La Paz me parecía todo muy raro, muy frío, me faltaba el aire, la gente en la calle como hormiga; después me fue gustando, no había bichos ni mosquitos” —dice en tono de broma.
Luego, con acento más serio continua:
-Vi las ventajas que tiene la ciudad: tienen colegios, institutos, universidades, campos deportivos, centros de salud, medios de transporte rápido. Hay todas las posibilidades de estudiar, de tener profesión y trabajo. Todo eso me gusto.
Whitman valora y defiende su cultura, pero él está convencido que deben hablar su propio idioma, pero también el español, que necesitan saber leer y escribir.
-Para ser dirigente es necesario, saber el español, saber leer y escribir, porque nos relacionamos con los demás en español, se negocia con las autoridades en español y hay que saber qué firmar, qué dice un documento, qué no nos mientan.
-Yo te escucho en radio, de repente te veo en televisión, después te veo en reuniones por celulares, por internet, por Zoom. ¿Cómo ha sido este cambio para vos, no crees que esto afecte tu cultura?
-He podido acceder a la tecnología de la comunicación y la uso con el mayor entusiasmo. Tengo WhatsApp y Facebook y reuniones por Zoom. Lo que no tengo es plata para comprar créditos —dice en tono de broma—. Siento que todo eso me ayuda a ser un buen dirigente y me siento feliz de estar también en ese mundo, soy feliz de caminar hasta mis comunidades, de cazar peces con arco y flecha, pero también soy feliz de moverme en moto o en avión, de comunicarme por teléfono o por Zoom.
Whitman sostiene que la fuerza de su cultura está en el idioma, en sus relaciones sociales, en el territorio y que es eso lo que se tienen que defender y conservar.
-Es el idioma el que transmite la identidad tsimane, nos identificamos tsimanes por nuestra lengua. Las relaciones sociales, con la familia, las visitas a los parientes, el compartir trabajo, comida y chicha. Pero todo eso, si no hay el territorio, se muere.
Por ejemplo, en Ukullamaya, donde están viviendo ahora los de comunidad Flor de Mapajo, veinte familias están acinadas en un lotecito de 15 por 30 metros. Los los hombres trabajan de jornaleros en las parcelas de los interculturales y los niños van a la escuela de ellos, donde toda la educación es en español y como el “chimancito” no entiende español, lo hacen sentir tonto. Esto mata la cultura de un pueblo. En contraste, la tecnología no es más que una herramienta: no basta para preservar la identidad tsimane.
-¿Cuál es tu sueño? ¿Cómo quisieras que sea el futuro?
-Mi sueño es que podamos vivir bien, que el INRA y los interculturales reconozcan nuestra tierra y nos dejen vivir en paz.
El sueño de Whitman es un reflejo del sueño de su gente. Después de tantas peleas, de tanto sufrimiento, de tantas humillaciones, su sueño es simple, concreto y generoso: suena vivir en sus tierras, en paz.
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Esta crónica fue posible gracias a Fundación TIERRA.
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Sobre el autor
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Alcides Vadillo Pinto
Nació en Santa Cruz (Bolivia). Es abogado, especialista en materia agraria, tenencia de la tierra y derechos indígenas. Con experiencia de trabajo con organizaciones y pueblos indígenas, trabajó en Organizaciones no gubernamentales (CEJIS, TIERRA), en organismos de cooperación internacional (ONU, DANIDA) y como funcionario de instituciones públicas. Desde el 2006 trabaja en la Fundación TIERRA y desde allí apoya a pueblos indígenas de la Amazonia y la Chiquitania de Bolivia.



