
Desde hace tiempo me preocupa lo que está ocurriendo en el Pantanal de Otuquis. En particular, me preocupa el impacto que ha tenido y puede seguir teniendo la carretera que llega hasta Puerto Busch, una vía acompañada por terraplenes y obras que, en determinados sectores, modifican el flujo natural del agua que conecta este sistema de humedales con el río Paraguay.
Conozco esta región desde hace varios años. La he recorrido repetidamente y he aprendido a reconocer, aunque sea de manera empírica, sus ciclos: cuándo llega el agua, cuánto permanece, cómo se mueve y cómo responde la fauna a esos cambios. He visto el Pantanal en toda su magnificencia, cubierto de agua y lleno de vida. Recuerdo la abundancia de capibaras, los yacarés en las orillas y las concentraciones de miles de aves junto a los caminos y cuerpos de agua. He recorrido a pie el Triángulo Foianini, caminando por el pantano y explorándolo junto a guardaparques.
Por eso me preocupa lo que veo ahora.
Primero llegó una carretera sin pasos de fauna adecuados y con modificaciones que pueden interrumpir o alterar el flujo natural del agua. Después aparecieron cientos de vehículos circulando por una vía que atraviesa un área protegida, transportando mineral de hierro proveniente del Mutún. Y todo esto ocurre en un territorio donde las capacidades de control y protección del área protegida parecen insuficientes frente a la magnitud de las transformaciones que se están produciendo.

Pero el problema no termina en Otuquis.
Durante años también he visto transformaciones en otras zonas del Pantanal boliviano. En el ANMI San Matías, por ejemplo, recuerdo la laguna Mirím, cerca de San Fernando, en la zona fronteriza con Brasil, cuando en algún momento sus aguas desaparecieron y dejaron expuestos miles de cráneos de caimanes. Aquellos restos eran, para mí, una imagen estremecedora de la sequía y de un ecosistema sometido a condiciones cada vez más extremas.
También he visto incendios recurrentes destruir grandes extensiones de este paisaje. He visto cómo el fuego puede permitir que algunas aves y mamíferos escapen, pero siempre me queda la misma pregunta: ¿qué ocurre con los insectos polinizadores?, ¿con los pequeños dispersores de semillas?, ¿con los reptiles, anfibios y otros organismos que no pueden huir?, ¿qué sucede con los nidos construidos en el suelo? ¿Cuánto de la vida de estos ecosistemas desaparece sin que siquiera seamos capaces de registrarlo?
El Pantanal puede reverdecer después de las lluvias. Desde lejos, incluso puede parecer recuperado. Pero reverdecer no necesariamente significa recuperarse.
En mi última visita, algo me llamó especialmente la atención. Áreas que durante años observé regularmente cubiertas de agua estaban ahora secas. Las gramíneas, que antes podían alcanzar una altura considerable, apenas tenían unos pocos centímetros. En varios sectores comienza a hacerse más evidente una vegetación que recuerda a ambientes más secos, propia de formaciones asociadas al Cerrado.

¿Estamos frente a una variación temporal o ante una transformación más profunda?
No tengo la respuesta. Mis observaciones no pretenden sustituir estudios científicos ni series hidrológicas de largo plazo. Son simplemente las observaciones de alguien que ha recorrido regularmente estos lugares y que ha podido comparar, con el paso de los años, paisajes que alguna vez lo dejaron sin aliento.
Y precisamente por eso creo que debemos hacernos preguntas.
Mientras observo estos cambios, también veo nuevas presiones sobre el territorio. La empresa siderúrgica del Mutún ha planteado el traslado de agua desde Puerto Busch hasta la planta del Mutún, mediante una infraestructura que contempla el bombeo a lo largo de casi 100 kilómetros. Al mismo tiempo, he visto aparecer demarcaciones de propiedades donde antes encontraba grandes extensiones abiertas.
Es difícil pensar que todos estos procesos sean independientes.
La salud del Pantanal no depende únicamente de lo que ocurre dentro de los límites del Parque Nacional y ANMI Otuquis. El funcionamiento de un humedal depende de una red hidrológica mucho más amplia. La pérdida de bosques, la transformación de los ecosistemas, la expansión de actividades productivas y los incendios recurrentes en el Chaco y la Chiquitania pueden tener consecuencias sobre la infiltración, la escorrentía y el comportamiento del agua.
Y aguas arriba ocurre algo similar. En la cuenca del río Paraguay existen actividades y obras que modifican el uso y disponibilidad del agua, particularmente del lado brasileño. Habitantes de la región señalan que el nivel del río ha disminuido. ¿Cuánto de esa disminución corresponde a la variabilidad climática? ¿Cuánto a cambios en la cuenca? ¿Cuánto a la intervención humana? No lo sabemos con certeza. Y justamente por eso necesitamos información, investigación y monitoreo regional.
Porque el Pantanal no entiende de fronteras.
Bolivia, Brasil y Paraguay comparten este enorme sistema ecológico. Lo que ocurre en un país puede terminar afectando a los otros. Por eso resulta preocupante la falta de una estrategia regional suficientemente fuerte para protegerlo.

Bolivia tiene, además, una responsabilidad especial. El Pantanal boliviano forma parte de un humedal de importancia internacional reconocido por la Convención Ramsar. Eso debería significar mucho más que una declaración en un documento internacional. Debería traducirse en políticas públicas, monitoreo, capacidad de control, planificación territorial y defensa de nuestros intereses nacionales en la gestión de una cuenca compartida.
También deberíamos preguntarnos si durante la construcción y operación de esta carretera se negociaron realmente las mejores medidas para evitar y compensar sus impactos ambientales.
Una carretera que atraviesa un humedal de esta importancia debería contar con mecanismos rigurosos para garantizar la continuidad de los flujos de agua, pasos de fauna adecuados, monitoreo permanente de la biodiversidad y medidas de compensación proporcionales a los impactos que genera.
No basta con construir la carretera. Hay que garantizar que el territorio pueda seguir funcionando.
Y aquí aparece otra contradicción que me resulta difícil de entender.
¿Por qué no podemos aprovechar económicamente la extraordinaria riqueza natural del Pantanal mediante el turismo de observación de fauna, mientras del otro lado de la frontera el turismo de naturaleza genera importantes beneficios económicos y empleo?

He recorrido lugares donde bastaba detenerse unos minutos para observar cientos de aves, grupos de capibaras, yacarés y otros animales. Ese patrimonio podría convertirse en una oportunidad para las comunidades locales y para Bolivia. Pero para ello primero debemos conservarlo.
¿Cómo podremos desarrollar turismo de naturaleza si la fauna que debería atraer a los visitantes está desapareciendo?
¿Cómo podremos proteger el Pantanal si los incendios que se originan en distintos puntos de la región pueden atravesar las fronteras y terminar afectando nuestros territorios?
Necesitamos una política regional del Pantanal. Y Bolivia necesita una diplomacia ambiental mucho más activa, capaz de representar nuestros intereses frente a lo que ocurre en los países vecinos, pero también de promover acuerdos de cooperación para proteger una cuenca que compartimos.
Necesitamos, además, que los grandes proyectos de infraestructura y desarrollo dentro de nuestro territorio incorporen medidas reales de mitigación, monitoreo y compensación ambiental. No como un trámite más dentro de una licencia, sino como una obligación permanente frente a ecosistemas cuya recuperación puede ser imposible.
Mi último viaje al Pantanal fue particularmente triste.
Esta vez vi muy poca fauna en lugares donde antes era habitual encontrarla. Vi menos agua. Vi pastizales mucho más bajos. Vi cambios en la vegetación. Y me quedó la inquietud de que algunos de estos cambios puedan no ser simplemente temporales.

Quizás estoy equivocado.
Quizás las lluvias próximas vuelvan a llenar las lagunas y el Pantanal recupere parte de su esplendor. Ojalá sea así.
Pero mientras esperamos, deberíamos estar preguntándonos qué está pasando.
Porque un ecosistema puede reverdecer después del fuego y de la sequía y, sin embargo, haber perdido silenciosamente una parte de su biodiversidad. Puede seguir pareciendo un Pantanal mientras comienza a comportarse como otra cosa.
Por eso me pregunto si estamos viendo los primeros signos de una transformación que, de no ser atendida, podría llevar a la sabanización del Pantanal.
No pretendo tener la respuesta. Solo quiero dejar una alerta nacida de muchos años de recorrer estos paisajes.
Porque alguna vez caminé por ese Pantanal y sentí que estaba frente a uno de los lugares más extraordinarios de Bolivia.
Y sería terrible que dentro de algunos años solo pudiéramos recordar cómo era.
El Pantanal no debería convertirse en una sabana seca donde la fauna desaparece lentamente mientras nosotros miramos hacia otro lado.
Todavía estamos a tiempo de preguntarnos qué está ocurriendo.
Pero el tiempo, como el agua, también puede terminar por irse.
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Sobre el autor
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Marcelo Arze
Marcelo Arze, profesional boliviano con más de 25 años de experiencia en turismo sostenible, conservación y gestión de áreas protegidas, liderando proyectos estratégicos a nivel nacional e internacional. Ha ocupado cargos directivos en el sector público y privado, incluyendo el Viceministerio de Turismo, articulando actores y políticas para el desarrollo sostenible. Es docente universitario y consultor independiente, con amplia experiencia en planificación territorial, fortalecimiento de destinos y trabajo con comunidades. Actualmente contribuye a iniciativas de conservación como miembro de la UICN y evaluador de estándares internacionales.



