
Las campanas apenas alcanzan a romper el silencio cuando Santa Ana de Yacuma ya está despierta. El pueblo, ubicado en la provincia Yacuma, en el corazón del departamento del Beni, parece respirar distinto cada 26 de julio. Este 2026 celebró los 318 años de su fundación y, como ocurre desde hace generaciones, abrió tres días de fiesta —del 26 al 28 de julio— para rendir homenaje a su patrona, Santa Ana. Revista Nómadas estuvo allí, entre el repique de las campanas y las primeras familias que comenzaron a llenar las calles antes de que el sol terminara de levantar la neblina sobre las pampas benianas.



La fiesta comienza con la devoción. La imagen de Santa Ana abandona el templo lentamente, como si supiera que todo el pueblo la espera. A su paso, las manos se persignan, las miradas se inclinan y las voces dejan escapar plegarias que se confunden con el viento. No es una procesión apresurada; es un caminar pausado, cargado de memoria. Los ancianos recuerdan cuando acompañaban a sus padres en el mismo recorrido, mientras los niños observan con la curiosidad de quienes, sin saberlo, comienzan a heredar una tradición que lleva más de tres siglos latiendo en esta tierra mojeña.



Entonces la fe se transforma en danza. Los Macheteros irrumpen en la plaza con el brillo de sus coronas de plumas, el sonido seco de las sonajas y los machetes levantados hacia el cielo. Detrás llegan las Mamas, con sus vestidos coloridos y sus pasos pausados, siguiendo una música nacida en las antiguas misiones jesuíticas. No bailan para entretener. Bailan porque así se honra a la patrona y porque cada movimiento conserva la memoria de los pueblos mojeños que hicieron de la tradición una forma de permanecer. Durante esos días, la plaza deja de ser solo un punto de encuentro para convertirse en el escenario donde la identidad beniana se expresa con orgullo.




Pero cuando cae la noche del 26 de julio, la solemnidad cede el paso a la celebración. En la plaza principal se levanta un gran escenario para la serenata, donde artistas y conjuntos musicales hacen cantar al pueblo hasta la medianoche. Nadie parece tener prisa por volver a casa. Familias enteras ocupan cada espacio, los vendedores recorren la plaza, los niños juegan entre la multitud y los visitantes descubren por qué esta es una de las fiestas patronales más importantes del Beni. Cuando el reloj marca la medianoche, el cielo se enciende con un espectáculo de fuegos artificiales que arranca aplausos y abrazos. Es el instante en que Santa Ana celebra un año más de vida y el pueblo responde mirando hacia arriba, como si las luces también fueran una forma de oración.
Al tercer día, cuando la música comienza a apagarse y los visitantes emprenden el regreso, Santa Ana de Yacuma recupera poco a poco la calma. Vuelven el trabajo, el ganado y los caminos interminables de la sabana beniana y los ríos amazónicos que recorren la vida hasta llegar al Amazonas, pero queda intacta la certeza de que la fiesta ha renovado un pacto con la historia. En sus 318 años de existencia, esta antigua población demuestra que las tradiciones no sobreviven únicamente porque se repiten, sino porque cada generación decide volver a caminar detrás de su patrona, escuchar otra vez el sonido de los Macheteros y las Mamas y reunirse, una vez más, para celebrar que la memoria también tiene un lugar donde bailar.

Pero la verdadera fiesta comienza mucho antes del repique de las campanas. Empieza cuando los anateños que viven lejos deciden emprender el regreso. Llegan desde Santa Cruz, Trinidad, Cochabamba, La Paz y también desde otros países. Algunos vuelven después de varios años, otros cumplen la promesa de no faltar nunca a la fiesta de la patrona. En Santa Ana de Yacuma hay una certeza compartida: por más lejos que lleve la vida, julio siempre encuentra el camino de regreso a casa.
Por eso, durante tres días, el pueblo cambia de rostro. Las calles vuelven a llenarse de familias completas, de amigos que se abrazan después de mucho tiempo y de niños que conocen la tierra de sus padres y abuelos. La fiesta patronal logra el gran reencuentro de una comunidad dispersa durante el resto del año y que, alrededor de Santa Ana, vuelve a reconocerse como una sola familia.
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