
“Me lo dio porque creo que se cansó de hablar conmigo”
Lo único que querían Marcelo Levy y Vicky Ossio era un lugar para dar talleres sobre el cuidado de la naturaleza.
Sin embargo, eso cambió en el 2003, cuando Marcelo a insistencia propia rescató a un mono capuchino (Sapajus cay) huérfano que era llevado a la ciudad de La Paz por un transportista en una caja de zapatos. No tenían idea de cómo cuidar a un animal silvestre ni mucho menos pensaron en que iban a tener un santuario que ahora cobija a más de 1.200 animales silvestres, todos rescatados de la mano del hombre.
Senda Verde tiene 18 hectáreas en las que, a un inicio, no había animales, solamente algunas aves originarias de la región de Coroico, al norte del departamento de La Paz. El terreno no estaba dividido en secciones para aquellas especies que llegarían como rescatadas, al contrario, según Levy, “estaba pensado como un lugar donde se querían dar talleres sobre la conservación del medio ambiente, sobre cómo tratar la basura y de cuidados mínimos para el hábitat de los animales”.
Pero eso cambió.
Una mañana, cuando Marcelo preparaba una pequeña charla para algunos comunarios, dos niños llegaron a la puerta –que todavía no era puerta– y gritaron “Marcelo, don Marcelo, un chofer se está llevando un mono en su auto”. Salió de inmediato y dio alcance al hombre que tenía al primate. Mientras el chofer comía, Marcelo se acercó al vehículo, abrió la puerta y vio al monito dentro de una caja de zapatos manaco. El animal temblaba y comenzó a chillar. Estaba en Yolosita.
Marcelo se dirigió al chofer y le pidió que entregara al monito, no para que él lo vendiera, sino para cuidarlo, para darle como él señala, “una segunda oportunidad”. El chofer negó varias veces, incluso retó a Marcelo a que se lo quitara y, en un momento, le pidió dinero a cambio del mono. Marcelo no quiso, pero llegó a un trato: “le pagué el almuerzo que comió el hombre, le dije a la casera que le iba a dar el dinero después. Me entregó el mono, vine corriendo, saqué al monito y lo empecé a cuidar. Me lo dio porque creo que se cansó de hablar conmigo”.
Hay dos razones para que una persona se quede con un monito: la primera es que este caiga de una altura considerable y llegue lastimarse y quedar lisiado de por vida y ahí es abandonado por los demás monos; la segunda, es que el hombre mate a la tropa del primate para luego quedarse con el más pequeño. En el caso del monito que rescató Marcelo, sucedió lo segundo.
Justo con ese monito comenzó la historia de Senda Verde: un lugar que da una segunda oportunidad a los animales, uno donde la vida de ellos tiene más peso que la de las personas, un lugar de 18 hectáreas que en su extensa mayoría está destinado al cuidado de monos arañas, aulladores, monos ardillas, capuchinos, osos jukumari, jaguares, un puma, un tapir, parabas, un capibara, venados, tortugas, un par de perros y gatos.

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“Una resilvestración animal y humana”
El concepto de resilvestración nació en 1998 y fue acuñado en un artículo por los biólogos conservacionistas Michael Soulé y Reed Noos, quienes definieron el mismo como el método de conservación basado en el concepto de núcleos vivos, que incorporan áreas protegidas centrales, especies claves y conectividad basada en que los grandes depredadores desempeñan funciones reguladoras en los ecosistemas.
Senda Verde es un lugar en el que el concepto de resilvestración cobra sentido: las plantas originarias de la región están intactas, el agua que corre en medio del refugio es limpia por los trabajos de concientización que realizó Marcelo, los animales rescatados están cobijados y son libres y tiene casi todo el espacio del refugio: en sí, ese ecosistema que muchas veces es destruido, en Senda Verde está intacto y bien conservado: es apto para la resilvestración
“Y la misión o por qué existimos es para salvar y cobijar animales silvestres rescatados del tráfico ilegal, de la destrucción de sus hábitats, del dolor, del sufrimiento que le causa la raza humana, al hacer, en paralelo, también inspiramos y motivamos acciones de conservación, de protección, de resilvestración. Entonces, el tomar acción en esta clase de actividades es importantísimo, porque no solamente se resilvestra a las especies y a la vida vegetal, sino uno mismo se resilvestra”, dice Levy.
En líneas generales, la resilvestraciónes una práctica que tiene como objetivo último el “recuperar las funcionalidades, la salud y la integridad de la biodiversidad y los ecosistemas”: una regeneración de la vida silvestre a través de diversas estrategias como la restauración de hábitats, la reintroducción de especies o la creación de corredores ecológicos que conecten las áreas naturales y permitan el movimiento de los animales. Todo ello, además, buscando la autonomía de los ecosistemas para que estos puedan desarrollarse de una manera equilibrada y óptima sin necesidad de una intervención humana constante o excesiva. La resilvestraciónse basa en la comprensión de que los ecosistemas saludables y diversos son fundamentales para la estabilidad y el funcionamiento del planeta y precisamente por ello, al restaurar y proteger áreas naturales, se busca beneficiar tanto a la vida silvestre como a los seres humanos, ya que los ecosistemas saludables brindan servicios ambientales vitales, como la regulación del clima, la protección contra los desastres naturales, la purificación del agua y la conservación de la biodiversidad.
En Senda Verde es lo que se hace: se busca recuperar que, los animales que son arrancados, ya sea por el tráfico ilegal, la cautividad o la supuesta domesticación que se da en casas con diferentes especies: monos, jaguares, parabas, venados, tortugas… el refugio les da la segunda oportunidad de volver a ser libres y con esa capacidad que tienen los animales rescatados, de restaurar y proteger las áreas naturales para buscar el beneficio de la vida silvestre y de los seres humanos. Es como una resilvestración de animales y de humanos.

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“Una piel dactilar”
–¿Sabías que los jaguares son únicos?
Dice Dayana Sullcata, voluntaria de Senda Verde que vio nacer al refugio y, desde pequeña la visitaba y justo ahora es la guía para los paseos explicados en el santuario.
–Esas manchas que tienen las definen, todos los jaguares son distintos por esas manchas. Son como las huellas dactilares que las personas tienen en las yemas de sus dedos. Son como su piel dactilar, dice Dayana al señalar a Shiva, la jaguara (Panthera onca) que llegó con siete meses desde Santa Cruz con 90 perdigones incrustados en su pata derecha y en sus colmillos de leche.
Llegó al refugio en marzo de esta gestión, luego de ser rescatada el 14 de ese mismo mes en Santa Cruz, en cercanías de un barrio en Viru Viru, por la Gobernación de ese departamento. Esa instancia recibió una llamada de una familia alertando que había una pequeña jaguara herida en su patio. Tras el rescate, la Gobernación le realizó estudios que dieron cuenta de que la felina estaba gravemente herida: tenía 90 perdigones en su cuerpo, muchos de ellos se alojaron en su pata derecha y en uno de sus colmillos de leche.
En Senda Verde creen que la madre de Shiva fue cazada y que ella escapó de sus captores, por ello la incrustación de esos 90 perdigones en su pata y su colmillo.
Según el Libro Rojo de los Vertebrados de Bolivia, publicado esta gestión por el Ministerio de Planificación del Desarrollo y Medio Ambiente, señala que en 30 años, la condición del jaguar pasó de especie vulnerable a especie en peligro. Es decir, en 1996, el felino más grande de las Américas tenía el status de especie vulnerable; el 2003 pasó a considerarse fauna amenazada en Bolivia (vulnerable); seis años después (2009) permanecía como vulnerable, pero este 2026, la especie está catalogada en peligro.
El jaguar tiene, según el documento del Estado, como su principal amenaza la destrucción de su hábitat por la expansión agrícola y ganadera, a los incendios forestales, lo que provoca la reducción de las presas naturales del animal, lo que los obliga a buscar alimentos fuera de su hábitat. Otra amenaza que también viene de la mano del hombre es el comercio ilegal de las partes del jaguar: sus colmillos, garras y piel son destinados a mercados asiáticos lo que posicionó a Bolivia en el 2014 “como el país con el mayor número y promedio anual más alto de partes de la especie comercializadas ilegalmente. Solamente con datos de tráfico ilegal de partes de jaguar, se ha estimado al menos 200 individuos muertos y detectados entre 2014 y 2023 en el país”.

Shiva no solo enfrentó el haber sobrevivido a esos perdigones, sino que cuando necesitaba ser sometida a un nuevo examen médico, afrontó un reto también provocado por los hombres: los bloqueos.
El 1 de mayo, la Central Obrera Boliviana (COB) determinó iniciar un paro escalonado en todo el país. A ellos se sumaron la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB) y la Federación Sindical Única de Trabajadores Campesinos del Departamento de La Paz “Túpac Katari”. Su misión: bloquear las carreteras para impedir el paso de cualquier movilidad, incluso aquella que debía trasladar a Shiva a su chequeo. Debía haber sido trasladada el 18 de mayo, pero por los bloqueos que hacían unos cuantos en Yolosita y otros en Urujara, no se pudo concretar ese cometido. Decidieron suspender su traslado. Lo intentaron nuevamente el 27 de mayo, pero fallaron: la pequeña no podía ser llevada a la clínica de Semevet para ser intervenida. Finalmente, tras dos suspensiones y por casi un mes que no pudo salir, Shiva fue trasladada al centro paceño el 1 de junio.
Shiva no es la única felina que cuida Senda Verde, hay cuatro más de esa especie en el santuario: está Mi Jungla, que fue rescatada en Palos Blancos. Tenía un fuerte golpe en la frente. Presumen que su madre murió cercenada; Misha, a ella la encontraron acostada en una propiedad privada en Porongo, Santa Cruz: su madre fue disecada y Misha estaba acostada en esa piel. Está Lala, la felina a quién le quitaron los colmillos y las garras. Gracias a los cuidados en Senda Verde logró reponerse. Durante tres años fue cuidada por Vicky. Fue hallada en Los Yungas. Y está Hernak, el felino macho que fue rescatado de las manos de un traficante que lo quería vender a través de las redes sociales. Él fue arrancando de su hábitat en el Chapare de Cochabamba.
La bióloga Paola Nogales diseñó un instrumento que permite mediante los estudios de los genes, descubrir la procedencia de aquellos jaguares que han sido cazados para traficar con sus colmillos, garras, piel e, incluso, con su cráneo que generalmente es usado y mostrado como trofeo. Nogales utiliza la genética como una herramienta de conservación y está es usada para secuenciar el genoma del jaguar en el país.

–El estudio es la genómica del jaguar, entonces lo que hemos hecho es el genoma entero del jaguar, es decir, todos sus genes, tantos nucleares como mitocondriales, todos los genes del jaguar para poder analizarlo a nivel bioinformático y poder encontrar diferencias o similitudes entre grupos de jaguares. Entonces, la pregunta que nosotros teníamos al inicio era ver cómo, si pudiéramos agrupar a los jaguares bolivianos, sería como una diferenciación genética, y sí hemos encontrado dos grupos, uno en el norte y uno en el sur, o sea, por el norte me refiero a toda la parte de Amazonía, que es Pando, La Paz, Beni, y el del sur, que es la parte de Tarija, Chuquisaca, Santa Cruz, todo eso, que es más una región Chaco. Sin embargo, estos grupos tienen un flujo genético, es decir, que los genes del norte se mueven hacia el sur y los genes del sur se mueven hacia el norte, mostrando que había una conectividad jaguar. Entonces, antes del antropoceno, que es nuestra era ahora, donde estamos realmente destrozando los ecosistemas, y donde los jaguares podían moverse libremente, o sea, no había una barrera como una montaña o algo así que los separe, este flujo genético corría, o sea, fluía para que haya una diversidad genética en ambos lugares. La diversidad genética entre ambos lugares es similar, o sea, no es como que la Amazonía tiene una mayor diversidad genética que el sur. Sin embargo, la población del sur sí está un poco más en riesgo, porque son todos estos jaguares del lado paraguayo, del lado argentino, que están al borde, vendrían como hacia Bolivia, porque todos estos lugares, porque tienen mucha presión de fragmentación del hábitat.
Dice Nogales para apuntar que, a través de ese instrumento, se puede identificar a los jaguares asesinados y conocer el lugar de su procedencia: si pertenecían al norte o al sur o si estos tenían un flujo entre ambas regiones.
–Con este trabajo hemos logrado catear a aquellos que son del norte amazónico, que sería La Paz-Pando-Beni y el mismo norte de Santa Cruz, el otro que es del sur de Santa Cruz y un poco de Chuquisaca, y el otro que es Tarija-Chuquisaca, que es el otro grupo. Gracias a esta huella digital genética de los jaguares que tenemos, nosotros podemos identificar el origen geográfico de cualquier jaguar que es traficado o que es arrancado de su hábitat y así poder tomar decisiones e implementar acciones de conservación o para poder invertir, por ejemplo, en fuerzas oficiales o efectivos policiales que vayan al lugar a regularlo. Es necesario saber de dónde están saliendo las partes traficadas.
Cuenta y dice que, con ese instrumento genómico, analizaron 10 cráneos de jaguares y que esto mostró que los ejemplares ya asesinados provenían de la región del Beni. “Ese instrumento mostró que esos 10 jaguares han sido matados ahí, lo cual es una alerta realmente grande a la conservación. Lamentablemente, debido a problemas con la policía, no hemos podido acceder a los colmillos que ellos resguardan, ya que no hay como un protocolo forensico para poder acceder a estos colmillos y poder identificar de dónde provienen, lo cual ayudaría mucho a la conservación del jaguar”.
Para Nogales, está herramienta que desarrolló junto a su equipo puede servir para poder hacer trabajos de resilvestración porque ayudaría directamente a la conservación del hábitat de los jaguares, y de la propia especie y para tener en cuenta las regiones de dónde estás proceden antes de ser arrancadas.

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En la Biblia Dios vio que luego de haber creado a Adán, este estaba solo y por eso creó a los animales y se los llevó al primer hombre a quien le dio el trabajo de que los nombrara. En Senda Verde, Ossio, Levy y los voluntarios hacen el trabajo de Adán, pero con una diferencia: nombran a todos aquellos animales que llegan rescatados a ese refugio.
–El tema del nombre es muy importante, no es nomás darle por darle, lo estás personalizando al animal, es decir, no lo estás cuantificando. Cada animal tiene su nombre porque cada uno es único y tiene que tener un nombre único. No les damos el nombre cuando llega, ese animal nos tiene que indicar qué nombre le vamos a dar y le va a gustar. Y nosotros debemos fijarnos en su comportamiento, en alguna característica, por ahí le gusta una fruta más que otra, o le gusta subirse a un árbol más a otro y nosotros vemos ese comportamiento.
En Senda Verde se toman el tiempo para nombrar a cada animal que ingresa. Ese tiempo varía entre uno, dos o tres meses. Cada animal rescatado que llegó tiene su particularidad y así tiene su nombre.
–Hay muchos más rápidos para nombrarlos, pero generalmente no pasa eso, porque no sabemos exactamente la historia y si va a estar mucho tiempo con nosotros. A veces llegan con situaciones muy complejas y lastimosamente no los podemos sacar adelante y a los pocos días que están en Senda Verde, fallecen. Por eso nosotros queremos que ese animal que llega salga adelante con nuestros cuidados y cuando lo haga y también a su comportamiento, ahí elegimos un nombre. A veces nace por una inspiración, puede venir de Vicky, de algún guarda fauna o de un médico o de los muchachos que una noche se reúnen y buscan sugerir un nombre para el animalito que llega.
Los nombres son un signo de sentido y que ningún uso puede reducirlo o aplastarlo, diría Ronald Barthes y, para Senda Verde, el nombrarlos es darles ese sentido de reconocimiento: el darles nombres a los animales no tiene el objetivo mascotizarlos, sino el de personalizarlo y mostrar una característica especial de ellos.
Según la gran investigadora de chimpancés, Jane Goodall, ella le ponía nombres a los simios con quienes convivía y prefería no ponerles un número porque así solo estarían siendo cuantificados: “Tan pronto como estuve segura de poder identificarlos en un nuevo encuentro, les daba un nombre. Hay científicos que afirman que los animales sólo deben numerarse; nombrarlos es, para ellos, antropomórfico; pero yo siempre me he interesado por las diferencias que existen entre los individuos, y un nombre no solo es más individual que un número, sino también mucho más fácil de recordar”, escribió Goodall en su libro En la Senda del Hombre.
–Por ejemplo, Shiva significa esperanza, una nueva vida, un nuevo amanecer –dice Rubén Apaza, uno de los voluntarios del refugio–, no se refiere al dios de la destrucción de la India, nosotros le dimos un nuevo sentido, porque ella encontró una nueva esperanza acá, un comienzo nuevo.
–La historia que me sorprendió es el Ñawi, el mono araña (Ateles chamek), quedó ciego por el impacto de tres perdigones. Ha sido maltratado, no sé cómo sobrevivió. Senda Verde les da una nueva oportunidad de vida en el entorno que ellos tienen, o sea, muchos de los animales que están acá no tienen oportunidad de volver a su hábitat o de ser libres como tal, acá les damos una libertad de un 80%, no del 100 porque en temas de alimentación siguen dependiendo de nosotros. Los monitos arañas, los capuchinos que están acá son libres, pero dependen de nosotros, dice Apaza.
Y Ñawi quiere decir ojo u ojos o vista en vocablo quechua, un nombre apropiado para el simio que, a pesar de su ceguera, posee una inteligencia increíble y sentidos muy desarrollados, como el oído y el tacto, que le permite, como si viera, trepar y reconocer su entorno. En Senda Verde, Ñawi recibe los cuidados de su “madre sustituta”, Karen Gemio, quien logró integrarlo con otros monitos rescatados de su misma especie, es decir, logró resilvestrarlo en un hábitat que crearon para él.
Ese nombre que da identidad no solo queda ahí, sino que en Senda Verde sirvió para iniciar también con la propuesta de darles esperanzas a aquellos que llegan a ese lugar. El primero que rescató Marcelo, ese monito capuchino, ese a quien un chofer lo llevaba a la urbe, es quien empezó toda la historia: le pusieron de nombre Ciruelo, aquel que fue encontrado en la caja de zapatos.
–Uno de los momentos que nos marcó fue el rescate del primer animal que era Ciruelo. Fui por curiosidad a rescatarlo porque esos niños me dijeron eso. Ciruelo marcó nuestra vida y continúa con nosotros, puedo decir que es él que prácticamente ha fundado esto, o sea, no solo ha marcado nuestras vidas, sino que ha marcado la vida de Senda Verde porque él no ha hecho el llamado. Es como si nos hubiera dicho ‘Vicky, Marcelo, ya que están aquí y tienen este espíritu de conservación, al rescatarme a mí, están rescatando un montón de animales y están ayudando a que tengamos un mejor futuro en el tiempo’. Él nos ha inyectado esa motivación y Ciruelo es porque, cuando llegó, lo único que teníamos para darle de comer era esa fruta: ciruelos.

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La bióloga Paola Nogales, luego de señalar que la herramienta que desarrolló permite conocer a qué zona pertenece el jaguar que es cazado y traficado, contó que eso puede aplicarse también al oso jukumari (Tremarctos ornatus), pero siempre y cuando se haga un estudio del genoma de esa especie.
–Sí, pero obviamente se tiene que estudiar los genomas de las especies. De hecho, ahora tenemos un proyecto con el oso jukumari donde tenemos igual unos marcadores específicos para poder identificar individuos de oso, porque la idea es ver cuántos osos hay, bueno, es una idea un poco utópica, pero ese es el plan, también ver si, por ejemplo, uno agarra, o sea, esto está basado en, esto no va al tráfico, sino más que todo a la parte ecológica, de ver por ejemplo, si puedes agarrar un pelo de oso jukumari en el campo, o una feca de oso jukumari, y ver si es el mismo individuo, si ese pelo es del mismo individuo, o las fecas son del mismo individuo, o son de diferentes, y si estos son hermanos. Entonces, porque si son hermanos, esto nos diría como que realmente no hay mucha diversidad de genéticas en esa especie. Entonces, la herramienta ya está diseñada y estamos trabajando con ellos, con los osos. Lo hacemos porque esto puede ayudar incluso a conservar al oso, porque este animal es incomprendido y generalmente es asesinado por temor, no cazado como los jaguares, sino lo matan y ya.
En un viaje que realicé junto a unos amigos al camino precolombino de Chima, encontramos, la segunda noche, una piel del oso en cuestión: estaba tendida sobre una roca en medio una pampa, a 30 minutos de la comunidad Totorapata, un asentamiento que no tiene ni 30 habitantes y muchos de ellos son veladores de las minas que existen por esa zona.
Al pasar por allí, hablé con un hombre que pescaba y le pregunté por la piel del oso y qué habían hecho con la carne:
–No los comemos pues, solo queremos su grasa que es lindo para encender fuego o el mechero. Tiene mucha grasa. Su carne es dura.
–¿Y por qué dejaron su piel ahí?, pregunté.
–Es para espantar a los demás osos que vienen y se comen a nuestro ganado, es peligroso, nos puede atacar, por eso lo hemos matado hace dos semanas, era pequeñito, no era grande. Aquí harto ukuku hay. Se come nuestro ganado, por eso los veladores de aquí le han matado. Por aquí hay harto oso que baja y viene a comer unas fresas que crecen en el pasto. Eso comen, pero atacan también.
Dice don Severino. Esto ocurrió el 2 de abril de esta gestión.
Como dijo la bióloga, a los osos no los matan por su piel, ni por sus garras, ni por su dentadura, sino por temor, por una especie de miedo que el hombre ha creado con estos animales por el tamaño que tienen. El Libro Rojo de los Vertebrados de Bolivia señala esta especie “es el carnívoro más grande de los Andes Tropicales y que el macho adulto pesa entre 134-175 kg y mide entre 150-220 cm (erguido), la hembra es un tercio más pequeña”, además, señala que desde 1996 hasta la fecha, este oso andino está catalogado como especie vulnerable.
Senda Verde tiene cuatro osos: Tipnis, rescatada justo de esa zona y de allí provino su nombre. Fue rescatada en la Octava Marcha del TIPNIS, cuando tenía apenas 8 meses. Su historia es la de un territorio que se defiende y de una especie que lucha por sobrevivir. Tiene 14 años y ha encontrado en Chojñita a una nueva familia. En la naturaleza, estarían aprendiendo a trepar, buscar alimento y defenderse. Pero la codicia humana los dejó huérfanos. Ahora, con 3 años y medio, Chojñita ha encontrado compañía en Tipnis, formando un grupo de dos osas que han logrado adaptarse y apoyarse entre sí.
Tarkus, el oso más alegre del refugio y el más grande, tiene 1.99 metros. Llegó desde Tarija con solo 4 meses.
Y está uno que fue noticia nacional: Ajayu.
Llegó en 2016, ciego y sin olfato tras una golpiza que casi le costó la vida. El recinto en el que está ha sido diseñado para que se sienta seguro y pueda moverse con confianza en un entorno que ya conoce. Ajayu es para Senda Verde la “prueba de la brutalidad humana”, pero al mismo tiempo, una prueba de un espíritu que aún quiere vivir.
–Tiene ya 14 años. Se lo rescató en Cochabamba, en una comunidad en la que lo criaban para venderlo, pero lo intentaron matar: le dieron pedradas y palos, en ese proceso de golpiza le destrozaron los dos ojos y su naricita. Nos llamaron de Cochabamba y nos dicen ‘tenemos un oso agonizando’ y nosotros no lo dudamos, porque acá no rechazamos a ningún animal.
Marcelo cuenta que ajayu se lo pusieron porque el oso “tuvo y aún tiene ese espíritu resiliente, de querer salir adelante, de dar nuevamente una nueva oportunidad a los seres humanos a que lo ayuden, a que lo vean con nuevos ojos de que él quiere vivir todavía”. Cada nombre en Senda Verde revela el pasado que tuvieron esos animales rescatados, cada nombre también es el destino que ahora tienen en el refugio fundado por los esposos Marcelo y Vicky.
Ciruelo, Shiva, Tarkus, Lala, Mi Jungla, Ajayu, Tipnis, Chojñita, Ñawi, no tienen esos nombres porque sí, los tienen porque son especiales para Senda Verde, donde encontraron un refugio en el que pudieron ser resilvestrados: encontraron un “hábitat nuevo” donde las personas tienen el mínimo espacio y ellos la mayoría, donde son cuidados en vez de ser lastimados, donde pueden caminar libremente.

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“No somos activistas, sino resilvestradores”
Se pensaría que Marcelo y Vicky son los protagonistas de Senda Verde, pero no, los protagonistas son los animales que rescatan las instituciones públicas y se las entregan a ellos para su cuidado. Marcelo es de profesión administrador de empresas y Vicky es socióloga, pero ese amor y dedicación por los animales les hicieron cambiar de rol: no son activistas, sino resilvestradores.
–Vicky es principalmente educadora. Es un gran valor para todo lo que hacemos, porque aquí se requiere muchísima educación, sensibilización, volver a reconectar a la gente con la naturaleza. Se requiere justamente una vocación y una pasión. Vicky ha sido siempre educadora, profesora de mucha pasión, y le gusta transformar vidas. En el caso mío, yo he estudiado Administración de Empresas. Yo tengo una visión diferente a lo que es el desarrollo y cómo debería desarrollar el planeta en cuanto a lo que es la economía. El título que tenía yo lo he votado, lo he roto. Pero lo que sí nos ha unido a Vicky y a mí ha sido esta pasión por hacer algo, por transformar a las personas y el amor por la naturaleza.
Cuenta y que, de los animales, una vez que rescataron a Ciruelo, aprendieron y los empezaron a sanar: “una sanación social” lo llama.
–Ellos son nuestros profesores y son nuestros sanadores. Entonces, ellos nos han enseñado a transformar ese dolor al que te venía hablando y esa pena en actitudes, en comportamientos y en acciones en favor de ellos, de los animales. Hoy en día, Senda Verde, después de más de 20 años, es el hogar de más de 1.200 animales, que representan a más de 70 especies diferentes. No tenemos un zoológico, sino un lugar para su sanación y del nuestro. No me considero el dueño de ellos, sino una parte más. No nos consideramos activistas, sino resilvestradores.

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La misión de Senda Verde no quedó allí. Con gestiones, charlas y mucha insistencia, el santuario logró extender su territorio, pero está vez no para alojar a los animales rescatados, sino para conservarlos.
A 25 kilómetros del municipio de San Buenaventura, al norte de La Paz, se logró establecer un lugar de conservación natural: Passiflora, un espacio de resilvestración de 406 hectáreas, este forma parte del santuario Senda Verde.
–Lo que nos incentivó hace más de 20 años a empezar con el santuario aquí en Coroico, hace cuatro años atrás, tuvimos que tomar otra nueva decisión con Vicky: ella empezó a trabajar en el norte de La Paz, en San Buenaventura, el lugar se llama Passiflora. A diferencia del santuario que tenemos en Coroico, donde les damos una segunda oportunidad aquí a los animalitos, para que puedan volverse a restablecer, allá, en Passiflora, es un proyecto con el que estamos conservando el área, estamos conservando toda la biodiversidad dentro esas hectáreas. Ese lugar tiene animales, tiene ríos, tiene muchísima flora, pero en lugar de llevar animalitos y tenerlos como los tenemos acá, ahí estamos protegiendo toda el área y a su fauna animal y silvestre.
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Senda Verde comenzó como un lugar para enseñar, para dar talleres sobre la naturaleza, para saber cómo cuidarla, cómo manejar la basura en zona tropicales, de cómo crear consciencia… pero sus fundadores nunca pensaron que esa “misión” cambiaría y se convertiría en un lugar donde Shiva, Tarkus, Lala, Mi Jungla, Tipnis, Ñawi, Misha, Ciruelo, Ajayu, , tortugas, venados, Capi, Apthapi (el tapir que estaba en el Bioparque Vesty Pakos), Espumita, Wespa, monos aulladores, monos arañas, la pequeña Bambi, los zorros cangrejeros, las más de 100 parabas de las especies rojas y azules, loros y más de 1.200 animales silvestres pudieran encontrar una segunda oportunidad para continuar con vida.
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Sobre el autor
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Milton Condori Apaza
Milton Condori Apaza nació el 26 de mayo de 1995 en la comunidad de Chicani, población al sur de La Paz. Estudió Comunicación Social en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) y actualmente es estudiante de la carrera de Literatura en la misma casa de estudios. Trabajó en Brújula Digital y en El Deber, actualmente realiza labores periodísticas en Visión 360.



