
Empiezo por el final, que es donde el libro muestra su honestidad. Después de casi trescientas páginas desarmando el relato del “milagro cruceño”, los autores reconocen que no traen ningún programa bajo el brazo, que su análisis se queda dentro de las fronteras de Bolivia y que la salida, si la hay, tendrá que venir de abajo y está toda por inventar. Un final sin victoria. Y el libro aguanta ese final porque lo que viene antes tiene fuerza de sobra.
La tesis es esta y es incómoda: eso que Santa Cruz cuenta como epopeya (la región que prosperó sola, a espaldas de un Estado que la ignoraba) creció, en los hechos, sobre una cadena larga de favores estatales que ningún gobierno cortó. Los repartos de tierra del 52, las tierras que las dictaduras regalaron a discreción, el crédito barato de los años neoliberales, y un MAS que (lo dijo el propio presidente de la Cámara Agropecuaria del Oriente) hizo por los agroindustriales más que cualquiera. Hay una escena, al principio, que lo dice mejor que cualquier cifra: en 2017, García Linera, vicepresidente y marxista confeso, le explica a una sala de empresarios cruceños que de Lenin aprendió a devolverles las tierras y las fábricas, les enumera las leyes que firmó en su favor (una amnistía por un millón de hectáreas desmontadas ilegalmente incluida) y lo llama, sin una gota de ironía, una obra construida entre todos. Que nadie se moviera en su silla es, para los autores, el dato más revelador.
El acierto principal del libro es juntar piezas que suelen andar cada una por su lado. El reparto de la tierra oriental entendido como lo que fue, una operación política con ropaje agrícola. La ruta del dinero (crédito público, cooperación internacional, fondos de pensiones de trabajadores de todo el país yendo a parar al desmonte, con el Banco Fassil en el medio), que en el tercer capítulo se vuelve casi insoportable de tan nítida. Y la sequía con nombre propio: Roxana Guasace, de una comunidad chiquitana, cuenta que su quebrada lleva cuatro años seca y que ahora siembra sin saber si va a llover ni si la semilla va a prender. Detrás de esa quebrada están los menonitas que tumban montes de mil hectáreas y los ganaderos que perforan pozos y le sacan fuerza a las venas de agua. Todo esto está contado con respaldos suficientes en archivos y números, casi sin levantar la voz, y con una imparcialidad política que no abunda: acá no hay un bando limpio. Izquierda y derecha salen igual de enredadas en la estructura, y eso hace el argumento más difícil de sacárselo de encima.
Lo que le da densidad a la propuesta es cómo piensa los mitos que ataca. Los entiende como maquinaria: relatos que siguen andando, pese a que la información para desarmarlos está sobre la mesa hace cuarenta años, porque a alguien le rinden. El mito del abandono estatal blinda a las élites de cualquier pregunta incómoda; el del pionero que se hizo solo tapa los subsidios que lo hicieron posible. Pensados así, contradecirlos con datos ya no alcanza.
Y hay una pieza que explica por qué la maquinaria casi no se traba: la identidad. La “cruceñidad” funciona en el libro como el mecanismo que mantiene cada cosa en su lugar, y al que se sale del molde le llega una corrección. En noviembre de 2025, la Unión Juvenil Cruceñista se presentó en la Central Obrera Departamental a exigir que bajaran el retrato del Che, con el argumento de que esa casa es de los cruceños y el Che no los representa. Eso fue en tono cívico. El libro recuerda algo más brutal: en 2006, esos mismos jóvenes salieron en buses hacia la Chiquitanía, quemaron oficinas de organizaciones indígenas, destrozaron puestos de familias migrantes y anunciaron en Guarayos que a los “collas” los iban a expulsar. Lo más perturbador es un detalle que recogen los autores: varias víctimas contaban, todavía desconcertadas, que muchos de los que fueron a golpearlas eran morenos también. La cruceñidad que el libro describe opera como una lealtad exigida, por encima del origen de cada quien.
Mi reparo más grande brota justo del punto más fuerte. Si la estructura aguantó revoluciones, dictaduras y gobiernos de todo color, ¿de qué habría que estar hecha una fuerza capaz de moverla? El libro no responde y hace bien en no fabricar una respuesta, pero la pregunta se queda dando vueltas pasada la última página. Se sale de la lectura persuadida y un poco a la intemperie.
Me hace ruido otra cosa, más espinosa. Los cinco autores viven entre La Paz y Cochabamba y se declaran, ellos mismos, no cruceños. Y escriben un libro que desarma desde dentro la identidad cruceña. Lo justifican con buenos motivos: el agronegocio se financia con el ahorro de todos los bolivianos, de modo que examinarlo no es meterse en casa ajena. Les doy la razón. Pero la duda no se va del todo: en algún pliegue, la promesa de entender “la totalidad” puede recaer en la vieja maña andina de explicarle el oriente al oriente. Los autores lo intuyen y dejan la incomodidad a la vista, sin taparla. Me parece lo más honesto que podían hacer.
Y hay una razón de momento para leerlo. Aparece en 2026, con el país en su peor crisis en cuarenta años y el agronegocio ofreciéndose, otra vez, como el sector que va a rescatarnos. Bolivia ya escuchó esa promesa (con la plata, la goma, el estaño, el gas), y conviene recordar cómo terminó cada una antes de volver a creerla.
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Sobre el autor
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Carol M. Gainsborg Rivas
Magister en Educación y Nuevas Tecnologías en la Universidad de Salamanca; especialista en Bioética UNESCO. Diplomada en Educación Superior, Educación Secundaria, Derecho Constitucional, Escritura Creativa, Licenciada de la carrera de Filosofía de Universidad Católica Boliviana San Pablo. Es investigadora, consultora independiente para agencias de cooperación para el desarrollo, organizaciones de la sociedad civil y gobiernos locales en Bolivia, en temas como educación, inclusión de diversidades, género y juventudes. A nivel local y nacional trabaja y ha trabajado en diferentes periodos con el Centro para la Participación y el Desarrollo Humano Sostenible-CEPAD, donde se destaca su labor en trabajos vinculados con el tema de educación, género y juventudes. Desempeñó distintas funciones en el campo académico, tanto en la educación escolar (primaria y secundaria) como en la educación superior (pregrado y posgrado). Desde el 2007 a la fecha es docente tiempo completo en la Universidad Privada de Santa Cruz de la Sierra – UPSA. Ha participado en diversos congresos, seminario, paneles y encuentros de filosofía, política y literatura como expositora a nivel nacional, además de publicar artículos de opinión en prensa y análisis de coyuntural político social y humanidades en revistas especializadas.



