
Estos días, mientras organizamos la presentación de un libro en el que trabajé con enorme dedicación junto a colegas y amigos —Huáscar Salazar, Suzanne Kruyt, Blanca Rivero y José Octavio Orsag—, Santa Cruz S.A. Agronegocio y mito empresarial, me han recordado varias veces que no soy cruceño. Algunas veces como un dato casi anecdótico; otras, con bastante menos elegancia, para no repetir aquí las groserías.
La insinuación detrás suele ser la misma, si uno no es cruceño, no debería hablar de Santa Cruz y, mucho menos, cuestionar su modelo de desarrollo o las consecuencias socioecológicas que deja a su paso.
Yo pienso exactamente lo contrario. Como dijo hace unos días Liliana Colanzi, cuya editorial Dum Dum nos ha dado cabida y cobijo, pensar críticamente Santa Cruz también puede ser un gesto de amor. Y, en este caso, lo es.
No soy cruceño, aunque viví dos veces en Santa Cruz, trabajé en distintos territorios del departamento, con comunidades y productores de muy distinto tipo, y fue ahí donde aprendí a amar los bosques tropicales de Bolivia y donde, de alguna manera, descubrí también mi bolivianidad más allá de los Andes. De esos años conservo amistades, compañeros y afectos que, con el tiempo, se volvieron familia.
Por eso nunca sentí que escribir este libro fuera meterme en un lugar que no me correspondía. Menos aún “explicarle Santa Cruz a los cruceños”. Sentí, más bien, que estaba tratando de comprender algo que nos concierne profundamente a todos y sobre lo que, ecológicamente, ya no podemos seguir guardando silencio.
Hay, además, una contradicción difícil de sostener, si se nos dice que Santa Cruz es el motor económico del país y que su modelo debería extenderse al resto de Bolivia, entonces discutir sus resultados, sus límites y sus costos también es responsabilidad de todos.

Porque una de las cosas que uno aprende muy rápido cuando trabaja con bosques es que los ecosistemas no reconocen nuestras fronteras administrativas. Un bosque no sabe dónde termina Santa Cruz y comienza Beni. Una cuenca no entiende dónde cambia un municipio. El humo tampoco pide permiso para cruzar una frontera departamental.
Por eso me cuesta aceptar que discutir la destrucción de los bosques cruceños pueda presentarse como una intromisión regional.
Más todavía cuando el propio libro muestra que el llamado “modelo cruceño” nunca fue solamente cruceño. Se construyó con tierra, crédito estatal, cooperación internacional, fondos de pensiones, infraestructura, leyes nacionales y decisiones de gobiernos de todos los colores, incluidos aquellos supuestamente “centralistas” que gobernaron y negociaron junto a sectores de las propias élites cruceñas. El agronegocio no se desarrolló a pesar del Estado boliviano, sino profundamente entrelazado con él.
El punto no es negar que Santa Cruz produce, exporta o genera empleo. Sería absurdo. La pregunta empieza después: ¿cómo se construyó ese crecimiento, quiénes capturaron sus mayores beneficios, qué costos fueron borrados del relato y cuánto de esos costos seguimos dispuestos a socializar?
Porque ningún modelo de desarrollo debería medirse únicamente por aquello que produce. También debería medirse por lo que concentra, desplaza, contamina y destruye para hacerlo posible.
Incluso la imagen de Santa Cruz como una economía regional autosuficiente merece ser discutida. En los últimos 26 años, solo en 2022 exportó más de lo que importó, acumulando un déficit comercial superior a los USD 20.000 millones. Las divisas que sostuvieron ese desequilibrio provinieron, en buena medida, de otros ciclos extractivos nacionales —mineros y gasíferos— y de otras regiones, que por supuesto también merecen ser cuestionados. No se trata de enfrentar un extractivismo contra otro, sino de recordar algo más elemental, ninguna economía regional existe aislada del resto del país.
Y ahí aparece, para mí, la discusión más urgente.
Después de décadas de expansión, ya no alcanza con preguntarnos cuánto más podemos producir. Tenemos que preguntarnos también cuánto bosque estamos dispuestos a perder, cuánta agua, cuánta biodiversidad y cuántas formas de vida estamos dispuestos a sacrificar para sostener esa expansión.
Porque hay algo profundamente absurdo en destruir las condiciones ecológicas que hacen posible la producción en nombre, precisamente, de la producción.
Como escribimos en el libro:
“Estos datos evidencian que el modelo agroindustrial tiene consecuencias profundas en el entorno y que esas consecuencias son también el límite del propio modelo. A diferencia del discurso que este sector promueve, el límite principal del agronegocio no es externo a sí mismo —falta de apoyo estatal o de normativas prohibitivas—, el límite del agronegocio surge de cada hectárea desmontada, de cada quebrada que se seca, de cada temporada de incendios más larga que la anterior.”
Para mí, ahí está el corazón de la discusión.
Lo verdaderamente contrario a Santa Cruz sería naturalizar su destrucción en nombre de una idea abstracta de “progreso” que lleva décadas prometiendo más de lo que entrega y cuyos beneficios y costos están lejos de repartirse por igual.
Esa destrucción, además, no tiene una sola cara. En la expansión de la frontera participan actores muy distintos —interculturales, colonias menonitas, ganaderos, grandes empresarios agroindustriales, capitales bolivianos y brasileños— y lo hacen desde posiciones económicas y territoriales profundamente desiguales. Por eso sirve de poco buscar un único culpable. Lo que necesitamos discutir son las estructuras que permiten, financian y premian esa expansión, y que otorgan a algunos actores una capacidad inmensamente mayor que a otros para transformar el territorio.
Hay otra reflexión del libro que, viendo algunas de las reacciones de estos días, adquiere un sentido especial:
“Que en 2026 tengamos que volver a juntar piezas que estaban disponibles hace ya cuarenta años dice algo importante respecto al tipo de poder por el que este libro se preocupa. Lo que estas páginas intentan es, entre otras cosas, rescatar esa memoria dispersa y ponerla a trabajar en un relato que la haga visible de nuevo. Porque si hay algo que los datos reunidos en este texto dejan claro es que el poder del agronegocio se sostiene también con olvido.”
Olvido de investigaciones que hace décadas documentaban concentración de tierra, privilegios crediticios y vínculos entre poder económico y poder político. Olvido de pueblos indígenas y comunidades que estaban allí antes de que alguien decidiera llamar “vacíos” a sus territorios. Y olvido, también, de que Santa Cruz nunca fue una sola voz.
Porque Santa Cruz es mucho más que sus élites y muchísimo más que un discurso hegemónico que pretende blindarse detrás de un regionalismo a ultranza. Santa Cruz son también sus pueblos indígenas, sus comunidades campesinas, sus investigadores, periodistas, feministas, artistas, ambientalistas y tantas voces críticas y disidentes que llevan décadas haciendo estas preguntas, muchas veces pagando costos mucho mayores que nosotros por formularlas. El libro quiere dialogar con ellas, no sustituirlas.
Por eso, frente a los insultos y a los intentos de convertir cualquier crítica en una afrenta regional, prefiero insistir en algo bastante sencillo: querer un territorio también significa ser capaz de discutir aquello que lo está destruyendo.
Y precisamente para eso estaremos este 11 de agosto, a las 19:30, en el Espacio Simón I. Patiño de Santa Cruz, esquina de las calles Independencia y Suárez de Figueroa, presentando Santa Cruz S.A. Agronegocio y mito empresarial. Para quienes no puedan acompañarnos ese día, tendremos una segunda presentación el 12 de agosto, a las 20:00, en el Café Amuleto, calle Sucre 532.
No venimos a profesar una verdad ni, mucho menos, a explicarle Santa Cruz a nadie. Venimos a poner datos, memoria, preguntas incómodas y argumentos sobre la mesa, y a conversar, desde el respeto, con quien quiera conversar.
Ojalá se llene. De gente que ama esos bosques. De gente que se niega a aceptar el silencio con el que tantas veces acompañamos su destrucción. Y, desde luego, también de quienes no están de acuerdo con nosotros.
Porque si todavía somos capaces de sentarnos a discutir qué territorio queremos dejar después de nosotros, quizá sea justamente ahí donde empiece algo que valga la pena.
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Sobre el autor
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Stasiek Czaplicki
Economista ambiental especializado en cadenas de valor agropecuarias y forestales, con más de 10 años de experiencia. Investigador y activista boliviano enfocado en deforestación y en investigación corporativa y financiera. Cuenta con una amplia trayectoria en ONG nacionales e internacionales, organismos multilaterales y think tanks globales (WWF, FAO, Climate Focus, Oxfam, CIPCA). Actualmente forma parte del equipo de Revista Nómadas donde además de realizar investigaciones periodísticas, ejerce como gerente de proyectos y asesor técnico. Stasiek Czaplicki, junto a Iván Paredes, ha sido galardonado con el Premio al Periodismo de Investigación Franz Tamayo 2024 por el reportaje Bolivia no se baja del podio de países que más monte pierden en el mundo, en el que abordó la alarmante pérdida de bosques en Bolivia durante el 2023.



