
En Bolivia hay lugares donde ya no se vive de lo que llueve cada año; sino, de sus ahorros. El agotamiento de glaciares y la desecación de algunos lagos y lagunas son solo la cara visible de una crisis más profunda que ocurre bajo tierra, donde los acuíferos se vacían sin que nadie los vea. Para la hidrogeóloga Mónica Guzmán, el país está tocando un “capital hídrico” que no se repone a la misma velocidad con la que se extrae, lo que nos sitúa en una vulnerabilidad técnica y económica sin precedentes.
Su trabajo ha logrado romper el hermetismo de los laboratorios para aterrizar en políticas públicas concretas, como la ley de protección de acuíferos en San José de Chiquitos. Este impacto le ha valido una nominación internacional en el People’s Choice Award de la UNESCO con La historia de Gueebi, una pieza que conecta la física de partículas con los relatos ancestrales de la Chiquitanía. Guzmán demuestra que la ciencia del agua en Bolivia no solo necesita mejores datos, sino una gestión territorial que priorice la vida por encima de la burocracia.
El informe de la Universidad de las Naciones Unidas advierte de que el Planeta ya vive una bancarrota hídrica. ¿Cómo se traduce ese diagnóstico global en la realidad boliviana y qué señales concretas ya estamos viendo en el país?
Lo que me llama la atención es que la Universidad de las Naciones Unidas use el término “bancarrota hídrica”; sí, suena fuerte y preocupa, pero sobre todo nos obliga a mirar el sistema completo y no solo una parte del problema. El informe usa una comparación propia de finanzas, como cuando revisas tu estado de cuenta donde no basta con mirar cuánto te depositaron este mes, sino también cuánto estás gastando y, sobre todo, si para sostener tu ritmo ya estás tocando tus reservas. En torno al agua pasa algo muy parecido. No se trata solo de si bajan las lluvias o solo de si suben las demandas de agua. Se trata del balance, y de lo que ocurre cuando para sostenerlo empezamos a gastar el capital hídrico, esos ahorros del planeta que no se reponen rápido, como glaciares, humedales y acuíferos.
Y si bien esa terminología es incómoda, el propio informe también es muy prudente en algo que para mí es clave. La bancarrota hídrica no es una etiqueta que se pega a un país entero de forma automática, porque al final se vive y se reconoce en lo local, en la escala donde realmente importa, cuenca por cuenca y acuífero por acuífero, mirando reservas y tendencias y no solo lo que pasó en unos cuantos años cualquiera. Dicho eso, en Bolivia ya tenemos señales de alerta, parte del ahorro glaciar ya se perdió, como el caso de Chacaltaya hacia 2009. También hemos visto sistemas superficiales que prácticamente se secan, como el lago Poopó en 2015. Y luego está el ahorro más silencioso, el agua subterránea, que en muchos lugares se está deteriorando sin que lo notemos a tiempo. Recién lo sentimos cuando el pozo rinde menos o el manantial baja su caudal, y nuestra reacción natural suele ser perforar más lejos o más profundo.

Se sabe que Bolivia ha perdido una parte significativa de varios acuíferos, glaciares y algunos procesos ya son irreversibles. Desde la hidrogeología, ¿qué implica esa pérdida para la recarga hídrica y el abastecimiento de agua a mediano y largo plazo?
Si volvemos al ejemplo del estado de cuenta, la lluvia es uno de los ingresos principales de agua para un acuífero, entonces la recarga viene a ser el proceso que decide cuánto de esa lluvia realmente se convierte en ahorro. Una parte de la recarga sostiene pozos, vertientes y caudal base cada época seca; pero otra parte fluye tan lento que se convierte en reserva de largo plazo. Entonces, cuando hablamos de pérdida o deterioro de acuíferos, lo que implica es que tenemos menos margen para “gastar” agua. Si el ahorro ya se está reduciendo y, además, la recarga no alcanza para reponerlo, el sistema se sostiene cada vez más gastando reservas que tardan mucho en recuperarse. En el mediano plazo, esto se traduce en fuentes más frágiles y más caras de mantener, pozos que dan menos caudal, vertientes que empiezan a secarse, y ríos que en época seca pierden parte de su caudal, y en algunos tramos pueden llegar a quedarse sin agua. Y en el largo plazo, si no se corrige el balance, el riesgo es el mismo que plantea el informe, cuando un territorio ya no vive del ingreso del año sino del capital acumulado, se va acercando a una bancarrota hídrica, con menos seguridad hídrica y decisiones cada vez más difíciles de tomar.
¿Qué actividades humanas están afectando más gravemente estos procesos en Bolivia?
Lo que hacemos en la superficie termina repercutiendo abajo, y en Bolivia eso se ve con mucha claridad en el cambio de cobertura, una de las variables más sensibles si hablamos del proceso de recarga hídrica. La deforestación, el uso del fuego que se desborda en incendios, la degradación del suelo por pérdida de cobertura y compactación, y la ocupación de zonas frágiles de recarga no solo aumentan la presión sobre las fuentes (mayor egreso de agua), también debilitan el lugar que condiciona el ingreso de agua al sistema. En otras palabras, aunque llueva, ya no estamos logrando guardar la misma fracción de agua bajo tierra, y eso se siente después.
De hecho, cuando con mi equipo nos sentamos a mirar series hidroclimáticas largas (de varias décadas) e hicimos una estimación comparable del potencial de recarga a escala municipal en todo Bolivia, apareció una señal preocupante: en alrededor de dos tercios de los municipios la recarga, ese ingreso de agua al sistema, ya venía disminuyendo. Y no fue solo eso. También vimos que esa caída se volvió más marcada a partir de una ventana de tiempo común (2012 al 2015), años en los que coincidieron condiciones más secas en varias regiones y cambios en reglas que influyen en decisiones de uso del suelo (como la Ley 337 y la Ley 741). No significa que todo se explique por una sola causa, significa que clima y decisiones territoriales se mezclan, y esa combinación se siente en la recarga. Y, como era de esperarse, el patrón no es igual en todo el país, las señales más críticas aparecen, por ejemplo, en la Chiquitanía y en el corredor Chapare–Yungas. La utilidad de mirar el país así no es “asustar”, es priorizar. Saber dónde urge frenar incendios, ordenar el uso del suelo y restaurar suelos y bosques frágiles, antes de que el costo social y económico se vuelva demasiado alto.
En San José de Chiquitos se logró promulgar una ley municipal para proteger las zonas de recarga hídrica. ¿Qué aprendizajes deja esa experiencia y qué tan replicable es en otros municipios del país?
En San José de Chiquitos, proteger las zonas de recarga es cuidar el derecho a seguir viviendo ahí sin que todo se vuelva más caro, más frágil y más conflictivo. El abastecimiento depende en gran medida de agua subterránea. Con el agua superficial, un río que baja te habla rápido y obliga a reaccionar. Con el agua subterránea, en cambio, el sistema puede ir gastando sus ahorros sin que nadie lo vea, y por eso la conversación tenía que cambiar de escala, de la emergencia del año a una gestión preventiva y de largo plazo que proteja el acuífero.
Por eso el aprendizaje más importante de la Ley Autonómica Municipal 219 es que conecta ciencia, territorio y gestión pública, y aterriza esta conexión en una herramienta que sí se puede aplicar para cuidar sus acuíferos. No solo los incluye en la declaración como una prioridad, empuja seguimiento, control y restauración cuando hay afectación, y además deja un precedente potente desde su propio lenguaje. La ley reconoce y define la vulnerabilidad hídrica post-incendio. Cuando este concepto entra con nombre y apellido a una norma, deja de ser un tema “de expertos” y pasa a ser parte del marco legal, de la planificación y también de lo que se puede sostener con instrumentos concretos, como por ejemplo el fondo de agua que la misma ley establece.
Y sobre qué tan replicable es, yo lo diría así. Bolivia tiene espacios de participación y consulta, y San José muestra lo que pasa cuando un proceso de este tipo se trabaja bien. La evidencia no llega como un dictamen desde afuera, se ha construido y ha conversado con la gente anclándose en sus propios conocimientos; y precisamente por ello la comunidad llega a esos espacios de decisión con más claridad y más argumentos. Por eso la ley no queda solo en papel, porque las reglas se vuelven algo que la gente reconoce como suyo y puede exigir que se cumpla. Además, hay una replicabilidad técnica muy concreta, porque todo el conocimiento hidrogeológico construido alrededor de San José de Chiquitos está publicado y es de acceso abierto, e incluye desde marcos y metodologías que pueden usar consultores para hacer hidrogeología con pocos datos, y simular escenarios post-incendio; hasta indicadores listos para usarse por equipos técnicos en instituciones bolivianas. Parte de ese conocimiento ya se está aterrizando también en materiales técnicos en español, que circulan más fácilmente. Al final de cuentas, la apuesta es que esto no solo le sirva a otros municipios, sino que ayude a que la recarga y el agua subterránea entren a instrumentos departamentales y nacionales, a planes de manejo y al ordenamiento territorial, para que podamos leer el estado de cuenta del agua con tiempo y no terminar viviendo del capital hídrico como si fuera infinito.

En un contexto de sequías más frecuentes y eventos extremos, ¿qué riesgos enfrentan las poblaciones que dependen principalmente de aguas subterráneas y qué errores se están cometiendo en su gestión?
En sequías más frecuentes y eventos extremos, el riesgo para quienes dependen del agua subterránea es que el problema suele avanzar sin ruido. Un acuífero puede debilitarse poco a poco, y recién lo sientes cuando el pozo rinde menos, la vertiente baja o el agua se vuelve más cara. Ahí aparece con fuerza lo que el informe pone sobre la mesa, la justicia hídrica. No todos tenemos el mismo margen para absorber el golpe. No todo el mundo puede perforar más profundo, pagar más energía o encontrar una alternativa cuando el sistema se tensa. Cuando el estado de cuenta del agua se deteriora, la factura no la pagan todos por igual.
Y aquí hay algo bien humano, y bien global también. En hidrogeología también hay una tensión cotidiana, la ciencia quiere más datos y más monitoreo; la gestión necesita decisiones hoy. Si no tendemos un puente entre ambos, reaccionamos tarde y con menos margen de maniobra. Por eso, más que de errores, yo hablaría de un vacío que sí se puede cerrar, que el agua subterránea y la recarga entren de verdad al ordenamiento del territorio, con criterios claros y herramientas simples para priorizar incluso cuando no hay datos perfectos. Por ejemplo, incorporar zonas de recarga y de vulnerabilidad como una capa real de planificación, y usar metodologías e indicadores en acceso abierto, sencillos y comparables, para ordenar prioridades y actuar temprano.
Usted compite actualmente en el People’s Choice Award de IGRAC (UNESCO) con La historia de Gueebi, el Hijo de la Lluvia. ¿Por qué es importante vincular la ciencia del agua con la memoria, la cultura y las narrativas locales?
Cuando algo nuevo se conecta con algo que ya emociona, se queda. Y en la Chiquitanía eso es muy evidente, porque la gente atesora sus relatos, sus tradiciones y su cultura. Entonces, si llegas solo con números y palabras frías, puede que sea correcto, pero no necesariamente llega. En cambio, si lo conectas con algo que ya vive en la memoria, el mensaje abre otra puerta. A mí me pasó con Gueebi. Apenas escuché esa historia, me quedé pensando en eso, que todos, de alguna manera, entendemos mejor las cosas cuando las anclamos a lo que conocemos. En mi caso, como vivo metida en hidrogeología, la historia se me fue por ahí. Para mí, Gueebi es esa parte de la lluvia que no se apura, que se mete al suelo, se mueve lento y aparece después, cuando deja de llover, para ayudar. Y por eso me gustó tanto. Me recordó el valor de encontrar un puente para que cada quien conecte lo que pasa con el agua que no se ve, en una vertiente como El Sutó, con su día a día y con lo que le importa. A algunas personas les va a resonar por lo que aprendieron de chicos, cuidar la sombra y respetar lo que dicen los abuelos, y a otras, incluso, les va a quedar algo simple y a la vez profundo, que alguien se queda y ayuda cuando hace falta.

Frente a un escenario de crisis hídrica que ya no es futura sino presente, ¿qué decisiones urgentes deberían tomar el Estado y los gobiernos locales para evitar un colapso del equilibrio hídrico en territorios como Chiquitos y el altiplano?
En Bolivia hay dos tareas que ya no conviene seguir postergando. Una es construir un marco claro de gestión del agua que ordene prioridades y responsabilidades. La otra es fortalecer la base técnica de un tema que suele quedar relegado, el agua subterránea. Todavía nos falta, en muchos territorios, una línea de base sencilla y útil, de qué acuífero estamos hablando, cómo funciona y cuál es su margen real. Eso pasa por cosas muy concretas, desde un inventario de pozos y manantiales hasta delimitar acuíferos y construir balances por acuífero para saber cuánto entra, cuánto sale y dónde ya estamos al límite.
Dicho esto, a pesar de todo lo pendiente, sí podemos hacer mucho ahora. La decisión urgente es priorizar con la información que ya existe y traducirla en acción. Eso significa poner la recarga como una capa obligatoria del ordenamiento territorial y alinear decisiones de uso del suelo, manejo del fuego y restauración con esa realidad, en territorios críticos como Chiquitos o el altiplano, por poner dos ejemplos. A partir de ahí, la gestión gana rumbo, porque puedes decidir dónde hace falta entrar primero con más detalle técnico, dónde todavía es posible hacer que el balance vuelva a cuadrar, y dónde toca adaptarse ajustando demandas y extracciones a esta nueva normalidad, con criterios claros y con justicia hídrica. Y esa recalibración puede empezar ya e ir afinándose en el camino con más balances, más monitoreo sostenido y más trabajo técnico en colaboración.
¿Qué significa para usted que una historia nacida en Chiquitos dialogue hoy con una audiencia internacional sobre agua y territorio?
No soy experta en leyendas ni tradiciones, y tampoco pretendo contar esta historia con la exactitud de quien la ha estudiado toda la vida. De hecho, en la misma pieza lo confieso, ni siquiera estoy completamente segura de que esté escribiendo el nombre correcto de Gueebi. Yo la escuché, me quedó, y la abracé como pude. La historia se publicó en inglés y hoy circula hacia otros idiomas, así que termina dialogando con públicos muy distintos. En ese camino, IGRAC (UNESCO) ha sido clave para amplificarla mucho más lejos de lo que yo imaginaba.
Y es que, para mí, el mensaje no es la leyenda en sí como algo que yo pretenda explicar. El mensaje es lo que esa leyenda me permitió decir en voz alta. Esa tensión que muchos sentimos cuando hacemos ciencia en territorios donde la gente no necesita un artículo científico, necesita agua ahora. Cuando vas a medir un pozo o convocas a una reunión, la gente deja lo que está haciendo y te regala su tiempo con una motivación muy concreta, la esperanza de que esto signifique agua para sus hijos, para su comunidad, para mañana. Y uno carga con esa sensación incómoda de estar recibiendo algo valiosísimo y devolver, por ahora, datos, un diagnóstico, un mapa, en vez de esa solución inmediata que sería lo ideal. Quizás por eso quise escribirla, porque al ponerle palabras, esa sensación dejó de ser solo mía. Después de publicarla, varios hidrogeólogos de otros lugares me escribieron para decirme que sienten lo mismo, y que esta dimensión humana de nuestro trabajo merece nombrarse y abordarse mejor.
Creo que eso es lo que más dialoga con una audiencia internacional. San José fascina por su bosque, su historia y ese paisaje sobre rocas antiquísimas; y cuando lo ves en imágenes, esa belleza se vuelve inmediata. En eso, las fotografías de Regina López y Luis Poggi ayudaron muchísimo. Y en lo cultural, yo no habría podido contarla sin la paciencia de César Rosso, que me compartió muchas leyendas y el pulso del territorio, incluidos los dibujos nacidos de sus talleres con niños y jóvenes. Pero lo que realmente cruza fronteras es esa parte humana que a veces no decimos. Que hacer ciencia del agua también es lidiar con tiempo humano y esperanzas, y allí la responsabilidad de hacer lo mejor posible para que este conocimiento se convierta en decisiones que cambien algo. Por eso cierro la historia como la cierro, con una idea simple: que todavía tenemos tiempo, porque la gente me lo recuerda cada vez que asiste, escucha y apuesta por días mejores.

En el texto usted rescata la relación entre el agua, la vida y el equilibrio del territorio desde una mirada cultural y ancestral. ¿Qué aportan estas narrativas a un debate global que suele estar dominado por cifras y enfoques técnicos?
Muchas de las personas que nos formamos en hidrogeología venimos de una escuela bien dura, bien de física, de modelos numéricos, de calibraciones, de incertidumbre medida con lupa. Y eso es valiosísimo, porque el agua subterránea no se ve y si no tienes herramientas, terminas opinando más de lo que realmente sabes. Pero también es cierto que esa formación, a veces sin querer, te empuja a comunicarte con un lenguaje hermético, casi como si la única forma de ser rigurosos fuera mantener distancia, cuidar cada palabra, no conversar demasiado, no compartir lecturas preliminares, no abrir espacios que generen expectativas. A muchos nos entrenaron así, con la idea de que el rigor era sinónimo de silencio y de comunicación oficial.
El punto es que el trabajo real del hidrogeólogo rara vez ocurre solo detrás de una pantalla. Ocurre en campo, en pozos, en reuniones donde la gente te mira y te cuenta lo que está sintiendo. Cómo cambió su manantial, cómo era el río en época seca, qué pasó después de una quema, qué les preocupa. Y te das cuenta de que la evidencia se vuelve útil cuando entra en una conversación humana, cuando se traduce a un lenguaje compartido y puede convivir con la memoria del territorio sin perder honestidad científica.
Por eso creo que estas narrativas aportan mucho a un debate global dominado por cifras. No reemplazan los datos, les abren puertas. Hacen visible lo invisible, vuelven imaginable la recarga y el almacenamiento, y permiten que el conocimiento técnico converse con el conocimiento local. Esto ya no es solo un extra, en la última década ha crecido con fuerza una mirada que algunos llaman sociohidrogeología, justamente para integrar territorio, personas y comunicación en el trabajo del agua subterránea.
En un contexto donde Bolivia ya muestra señales de crisis hídrica en algunos territorios, ¿cree que historias como la de Gueebi pueden ayudar a reconectar a la sociedad con el agua no solo como recurso, sino como parte viva del territorio?
Sí, totalmente. Y creo que ahí está la potencia de una historia como la de Gueebi. Porque en Bolivia sí existen espacios donde la gente debería poder participar y decidir, pero para que esos espacios funcionen mejor, hace falta algo más que un informe técnico. Hace falta sentido, lenguaje común, algo que la gente pueda recordar y hacer suyo. Y ahí las leyendas, las canciones y los elementos culturales que una comunidad atesora pueden funcionar como anclas. Te permiten conectar lo que dice la ciencia con lo que la gente ya sabe del agua por experiencia y por memoria, y esa combinación es muy poderosa.
Cuando una comunidad logra nombrar su relación con el agua, entiende mejor de dónde viene, qué la sostiene y qué la amenaza. Y eso no solo sensibiliza, también empodera. Hace que la gente tenga argumentos, que pueda levantar la voz, participar con más seguridad en los espacios de decisión y, sobre todo, defender reglas que nacen desde su propio territorio. Ahí es cuando el agua deja de ser solo un recurso y vuelve a ser parte viva del lugar, algo que se cuida porque sostiene vida, la identidad y el futuro.
PERFIL
Mónica Guzmán: la científica que hace visible el agua “invisible” de Bolivia
Mónica Guzmán Rojo es hidrogeóloga boliviana y profesora e investigadora en la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”, con doctorado en Ciencias de la Ingeniería por la Vrije Universiteit Brussel, graduada con las más altas distinciones. Su trabajo se centra en hacer visible el agua subterránea, especialmente cómo los cambios de uso del suelo y los incendios pueden alterar la recarga y, con eso, la seguridad hídrica en territorios como la Chiquitanía. En 2025 recibió el Premio Marie Curie de la Academia Nacional de Ciencias de Bolivia. A nivel internacional es corresponsal de aguas subterráneas para Bolivia de IGRAC, el centro de evaluación de aguas subterráneas de UNESCO, y actualmente está a cargo del Programa de Educación y Divulgación (EOP) de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas (IUGS). Su trabajo conecta ciencia aplicada, campo y toma de decisiones para convertir evidencia en protección y resiliencia hídrica en los territorios.
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Sobre el autor
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Roberto Navia
Desde hace más de dos décadas transita por el mundo para intentar elevar a los anónimos del planeta al foco de lo visible. Sus crónicas emblemáticas: Tribus de la inquisición y Los Colmillos de la Mafia le han permitido ganar dos veces el Premio Rey de España (2014 y 2017); Esclavos Made in Bolivia, el premio Ortega y Gasset (2007); el documental Tribus de la Inquisición, la nominación a los Premios Goya (2018), Flechas contra el Asfalto y Los Piratas de la Madera desangran el Amboró, dos veces ganadores del Premio de Conservación Internacional, entre otros galardones nacionales e internacionales. Es docente universitario de postgrado, la cabeza de la Secretaría de Libertad de Expresión de la Asociación de Periodistas de Santa Cruz, miembro del Tribunal de Ética de la Asociación Nacional de la Prensa de Bolivia y de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).



