
Bajo a la cañada profunda y el impacto me frena en seco. Ahí está Romer, doblado sobre el lecho rocoso de la quebrada seca, inconsciente y con la cabeza abierta en sangre. Desgarro mi camisa para intentar contener la hemorragia, miro la pantalla inútil de mi teléfono que marca “sin señal” y el silencio del Cañón del Pilaya se vuelve asfixiante. A más de 800 metros de profundidad, completamente solos y sin médicos a la redonda, comprendo que me queda una sola opción: dejar a mi amigo herido en la piedra y correr, cerro arriba, contra el tiempo.
El 7 de noviembre de 2025, mi compañero Romer Miserendino y yo —ambos biólogos investigadores— estábamos realizando un diagnóstico de biodiversidad en la zona de Yumasa, dentro del área del Cañón del Pilaya, en el departamento de Tarija, frontera con Chuquisaca. Nuestro objetivo era descender por lo menos 800 metros de desnivel, desde la comunidad de Yumasa (ubicada a 3.030 metros sobre el nivel del mar) y adentrarnos más de 2,5 kilómetros hacia zonas de vegetación más densa y arbórea, muy distinta a los pastizales de altura. Allí teníamos previsto realizar estudios de flora y fauna, además de recoger las imágenes de las cámaras trampa instaladas hacía tres meses.

El hecho ocurrió aproximadamente a las 9:30 de la mañana, durante el descenso por un sendero escarpado y de difícil acceso. En cierto punto del recorrido, tras evaluar la factibilidad de instalar más cámaras, decidí regresar al campamento base —la escuelita de la comunidad—, mientras Romer permanecía tomando datos y fotografías, avanzando lentamente.
Al regresar, unos 40 minutos más tarde, lo encontré en una cañada. Había caído entre cinco y seis metros sobre el lecho rocoso de una quebrada seca. Presentaba heridas abiertas en ambos lados de la cabeza —siendo el lado izquierdo el más afectado— y dificultad para respirar debido a un fuerte dolor en la espalda. Estaba ensangrentado, con pérdida parcial de conocimiento, y su cámara fotográfica tenía el lente zoom completamente destruido.
Inmediatamente le brindé primeros auxilios: detuve la hemorragia y lo vendé con su propia camisa. Una vez estabilizado, después de unos 15 minutos, le informé que iría a buscar ayuda.

El mayor problema fue la total falta de comunicación. En Yumasa no existe cobertura móvil, y menos aún en las zonas profundas del cañón. En una emergencia, es imposible solicitar auxilio inmediato o contactar a una ambulancia. Tuve que ascender cerca de 350 metros de desnivel desde el lugar del accidente hasta la comunidad —en un tramo de 1,5 kilómetros— y luego subir otros 400 metros hasta la cumbre del cerro (a unos 3.400 m s. n. m.) para lograr encontrar señal y comunicarme con NATIVA, la institución de la cual dependemos. Conseguí establecer contacto como a las 10:30 de la mañana. Mis compañeros de trabajo se movilizaron de inmediato y no escatimaron esfuerzos. Pese a las dificultades para reunir al equipo de rescate y trasladarlo desde la ciudad de Tarija, lograron que la ayuda llegue a las 16:30 de la tarde.
En medio de la angustia, la solidaridad de los comunarios de Yumasa fue ejemplar. El señor Ademar Muñoz fue el primero a quien encontré; le entregué mi botiquín de primeros auxilios para que descendiera de inmediato a acompañar al herido. Momentos después, las señoritas María Castillo y Martina, al enterarse de lo ocurrido, bajaron voluntariamente a prestar apoyo, seguidas por don Andrés Martínez. No contaban con equipos médicos, solo con su voluntad, coraje y humanidad. En un lugar donde la vida pende de un hilo, su ayuda fue el sostén emocional y práctico que nos mantuvo con esperanza.

Cuando finalmente llegó el equipo de rescate —integrado por Matías López, técnico de nuestra institución, y cuatro rescatistas— se procedió a inmovilizar a Romer para iniciar la evacuación a las 17:20. Sin embargo, la geografía profunda del cañón es extremadamente hostil y el peso del herido (cerca de 83 kilos) complicó el ascenso. La llegada de la oscuridad, la llovizna y el agotamiento físico nos obligaron a pasar la noche a mitad del trayecto. Nuevamente, la comunidad respondió: nos alcanzaron frazadas para abrigar al herido y al equipo.
Al amanecer, con el refuerzo de tres rescatistas adicionales y el apoyo incansable de los comunarios, logramos sacar a Romer hasta el punto donde esperaban los vehículos, alrededor de las 11:10 de la mañana del día siguiente. Ya en la ciudad de Tarija, los exámenes médicos confirmaron un hundimiento craneal no grave y una fisura en la sexta vértebra.
Este accidente no es un caso aislado; es el reflejo doloroso de la realidad que viven las comunidades rurales en la región del Pilaya y en muchas otras de Bolivia, donde el acceso a la salud y a la comunicación es prácticamente inexistente. En estas rutas, las horas de espera suelen ser fatales. Muchas veces, las tragedias no se deben a la gravedad inicial de las lesiones, sino a la falta de una atención oportuna: una herida manejable termina convirtiéndose en una fatalidad debido a la imposibilidad de inmovilizar y trasladar a un paciente a tiempo.

Lo ocurrido debe ser un llamado urgente a las autoridades, las instituciones públicas y la sociedad civil. Es indispensable implementar cobertura móvil o satelital en puntos estratégicos, capacitar a los comunarios en primeros auxilios y dotar a las zonas aisladas de protocolos claros de rescate.
No es aceptable que, en pleno siglo XXI, una persona herida deba esperar más de seis horas para recibir auxilio básico y más de 24 horas para llegar a un centro médico. La vida en el campo vale tanto como la vida en la ciudad, y merece las mismas oportunidades de protección. Que este hecho despierte conciencia y compromiso; que nunca más la desatención y el aislamiento transformen la belleza de la naturaleza en un riesgo mortal.
Romer recibió todo el apoyo necesario para su recuperación y hoy goza de una salud plena.
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Esta crónica fue escrita por Juan de Dios Garay, biólogo e investigador que protagonizó el rescate. Para reconstruir también la experiencia desde el otro lado de la historia, Revista Nómadas entrevistó a Romer Miserendino, quien relata por primera vez lo que recuerda del accidente, las horas que permaneció herido en el fondo del Cañón del Pilaya y el proceso de recuperación que siguió después. Próximamente publicaremos esa entrevista. Estén atentos.
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