
El silencio en Yumasa tiene un sonido particular: el de una escuela que pronto cerrará sus puertas, el de la majestuosidad de las montañas que vigilan el paso del río y el de quienes decidieron quedarse cuando casi todos se iban. En este rincón tarijeño, se abre uno de los cañones más profundos del mundo, la naturaleza y la resistencia humana siguen escribiendo la misma historia. Pero no todos partes, hay quienes decidieron continúan apostando por permanecer en el territorio y construir un futuro a partir de la conservación de su patrimonio natural y cultural.
Esa apuesta tomó forma en 2025 gracias al trabajo integral de las comunidades locales, el Gobierno Autónomo Municipal y la Fundación Naturaleza, Tierra y Vida (NATIVA): la creación del Área Protegida Municipal “Reserva Ecoturística y Monumento Natural Cañón del Pilaya”, establecida mediante la Ley Municipal 187 del municipio de San Lorenzo. El área resguarda 26.743 hectáreas y once comunidades indígenas ubicadas a unos 60 kilómetros de la ciudad de Tarija. Allí se encuentra esta maravilla geográfica, una de las más impresionantes del mundo, con aproximadamente 3.280 metros de profundidad. Más allá de las cifras, este territorio conserva ecosistemas únicos, especies amenazadas y una forma de vida que sus habitantes se niegan a abandonar.

Ruta al Cañón del Pilaya, la experiencia
Saliendo desde la ciudad de Tarija, en una mañana con el cielo despejado y el clima agradable, empezamos con gran emoción nuestro viaje. Erico Segovia, fotógrafo de Villamontes, y yo (que vivo en La Paz), no conocíamos el lugar, al igual que muchos de nuestros compañeros con los que estábamos participando en Tarija en el encuentro Relatar el territorio: periodismo ambiental y narrativa de conservaciónón, un encuentro impulsado por Fundación NATIVA junto a Revista Nómadas, Tarija Dialoga, Redes Chaco y Verdad con Tinta. Abraham sería quien esté a cargo del volante y, por tanto, nuestro primer guía en esta experiencia.
Acompañados de música chapaca, salimos de lo urbano y entramos al municipio de San Lorenzo. La parte colonial, con mucha historia, nos va abriendo el camino; la vegetación va tomando fuerza de a poco y las montañas van desplazando la vista de las construcciones “modernas”. El asfalto va quedando atrás y el camino de tierra es ahora el protagonista, junto al verde de las montañas.
Abraham nos va comentando sus experiencias en cada viaje, nos muestra las comunidades y también nos indica que ya estamos por llegar a los casi 3.500 m. s. n. m. Al notar nuestras ganas de fotografiar el paisaje, nos dice: “Si quieren paro un ratito para que tomen sus fotos”. Erico, sin duda, es el más emocionado. La primera parada no planificada fue gracias a unos chivos que vimos desde las ventanas del bus; así nos autoinvitamos a estacionar a un lado de la carretera. Allí, entre ese paisaje de pajonales y casi cerca del cielo, una linda abuelita pastora, doña Prima Flores, se encuentra en plena faena. Con toda educación saluda al grupo; ella es de la comunidad de Colorados. Cuenta que tiene 10 hijos, pero que cada uno ya hizo su vida; no sabe cuántos animales tiene y se dedica al pastoreo sola… bueno, no tan sola: tiene tres perritos a los que llama “Cachuchín”. Unas cuantas fotos y decimos adiós, a seguir la ruta.
Ya avanzando, observamos a los paisajes hacerse más homogéneos, pero un cementerio a un costado del camino nos llama a una segunda parada. Parece estar bien cuidado, se nota la presencia de visitantes. Muchos de ellos aún extrañarán a sus seres queridos y, seguramente en ese paisaje suspendido en el tiempo la conexión con quien ya no está sea más fuerte.
Así vamos pasando varias comunidades: casitas pintadas de blanco, con tejado color naranja, pozos de agua. Se ven espacios bien cuidados, sin basura, con paneles solares que engrana con los cultivos, el ganado y la vida tranquila. Más de uno comentó que esa paz no tiene precio, a pesar de algunas carencias que de seguro sus pobladores deben tener.
Poco a poco vamos descendiendo; la parte rocosa cobra más protagonismo. Una pequeña quebrada avisa que ya estamos por llegar a destino, y ahí encontramos la tranca con una cadena, que es la “puerta” a la comunidad de Yumasa. Acá hacemos una breve parada y aprovechamos para que doña Francisca, de 68 años, nos venda quesito de cabra. Ella resalta que es un queso natural, ya que sus cultivos y lo que come su ganado no llevan químicos. Cuesta 15 bolivianos y, de paso, apoyas la producción local.
Estacionamos y a unos metros se encuentra la escuelita, una obra entregada en 2003 que tiene como lema: “Los niños y niñas tenemos derecho a la educación y PLAN nos apoya”, ya que esta edificación fue financiada y ejecutada por PLAN y el Gobierno Municipal de San Lorenzo. Sin embargo, 23 años después tiene la amenaza de cerrar sus puertas. La única alumna de la comunidad es Celeste… esta noticia provocó un silencio incómodo entre todos.

Avanzamos unos metros acompañados de ese silencio y fuimos recibidos por don Adhemar Muñoz, poblador de la zona. El saludo está cargado de carisma, risas y esa franqueza propia de un chapaco de pura cepa. A este recibimiento se sumaron el biólogo Juan de Dios Garay, representando a NATIVA, y María Castillo (mamá de Celeste), quien también será nuestra guía. Un poco de historia del pueblo, un poco de historia natural y de realidad se mezclan con las indicaciones para empezar la caminata hacia el mirador, que dura aproximadamente 20 minutos. A la cabeza del recorrido va Adhemar, en su caballo Rosillo. El camino no es duro y tiene una pequeña subida rocosa; a tu paso, y si eres buen observador, puedes ver líquenes, variedad de cactáceas, flores como el ojo de perdiz, hierba de la golondrina, chilca, thola, variedades de mariposas, escarabajos, abejorros y muchas especies de aves, todo depende de cuanto quieres conectar.
Unos pasos más y llegamos al cañón. En el lugar, una señalética hecha de madera marca el territorio y orienta al visitante. Cerca de nosotros pasa el águila negra Buteogallus urubitinga, una bienvenida sorprendente, pero aún más es que parece que vino para ser retratada por el lente de Erico. Es de esas tomas que muchas veces un fotógrafo espera horas: el ave, el paisaje y el momento preciso para captar semejante imagen; parece complicidad del tiempo. El cañón tiene forma de “V”; al centro corre el río Pilaya y, a ambos lados, se elevan montañas con pendientes pronunciadas. Tienen una tonalidad verde que se mezcla con una gama de azules que pintan el cielo. Al observar, las nubes parecen estar al mismo nivel que los picos de las montañas, y te da la sensación de estar en una altitud extrema. Este paisaje es la musa para Erico; su sonrisa lo dice todo. El lugar invita a sentarse y dejar que el entorno te atrape, que te integre a esa experiencia de disfrutar el silencio.
Unos minutos después vemos el primer cóndor, de los tres que pudimos observar, verlos volar en su libertad es indescriptible. Están tan cerca que dudas de lo que estás viendo, como si fuera un regalo difícil de creer. El paisaje del cañón puede darte tanta paz y, al mismo tiempo, mostrarte la fuerza de la naturaleza. Las fotos quedan para el recuerdo, sí, pero la sensación es otra historia, algo que cada uno guardaremos como propio.
Toca descansar unos minutos y empezar, lamentablemente, el retorno a la cotidianidad.

Conservar, la sinergia entre naturaleza y sociedad
A lo largo del recorrido escuchamos una palabra repetirse una y otra vez: territorio. No como un espacio geográfico, sino como algo profundamente ligado a la identidad, la memoria y el sentido de pertenencia. Quizás por eso, cuando preguntamos por qué nació este proyecto de conservación, la respuesta no comenzó hablando de especies amenazadas ni de paisajes extraordinarios, sino de las personas que aún llaman hogar a estas montañas. Juan de Dios Garay, técnico de campo de NATIVA, lo resume así: “Aquí hay varios componentes: uno es la biodiversidad, otro es la parte social. Acá tenemos una población muy grande de gente mayor; tanto Adhemar como María son de los más jóvenes. En el resto de las comunidades hay adultos mayores de más de 70 años, cuyos hijos se han ido u ocasionalmente vuelven, pero la mayoría no vuelve. La gente que se queda, se queda por amor al territorio. La tía de María, por ejemplo, tiene a todos sus hijos en Argentina; se la quisieron llevar, pero ella quiere quedarse, por amor al territorio, a pesar de sus dolencias físicas y de ya no poder pastar las ovejas en la punta del cerro como lo hacía antes, aun así, decide quedarse. Si nosotros, como NATIVA, podemos conservar un territorio espectacular como este, pero además ayudar en su gestión y que esto sea un alivio para las condiciones de vida de ella y de toda la población, entonces en eso se resume.”
Aprender para recibir al mundo
María Castillo de 23 años, nos cuenta que son tres los guías acreditados por la Dirección del Área de Turismo de la Gobernación de Tarija como Guías Comunarios locales; destaca que Adhemar es quien la sigue motivando en esta actividad. El próximo paso para María y sus compañeros nos comenta que es el aprendizaje del idioma inglés, quieren aprender lo básico para mejorar en el servicio, muchas veces las agencias traen un traductor, pero ella nos dice que es diferente hablar con las personas a que te lo traduzcan, no hay una conexión.
El Sentir del territorio
Adhemar es el guía pionero e impulsor de esta zona. Con estudios hasta tercero de primaria, nos cuenta que él también fue migrante en Argentina: “Allá es muy peligroso, mucha delincuencia; no es como vivir en tu lugar. Aquí duermo a puerta abierta, con el amanecer, y es por eso que espero que la gente algún día vuelva, le dé la conservación y el cariño al lugar, que pueda trabajar y vivir”.
Nos cuenta que lo que más extrañaba de Yumasa es la tranquilidad y la comida: “Nosotros vamos a otro lugar a ser agricultores nuevos, la comida es hecha en invernaderos, aprendes a trabajar otro tipo de agricultura; aquí vos no cosechas una papa grande, pero nuestras pequeñas papas son orgánicas, son naturales, tienen otro sabor. Allá lo que uno trabaja no tiene buen sabor, está todo ‘envenenado’ por lo que le meten; eso se saca al mercado”, destaca.
El proyecto de ecoturismo es una nueva oportunidad para Adhemar: “transformarse de un trabajo a otro no es fácil, hay que capacitarse, tenemos que mostrar el respeto al visitante, las recomendaciones; hace falta más jóvenes para formar el equipo que quiero. Ya es difícil que nuestros hijos vuelvan, pero quizá con el correr del tiempo puedan retornar. Queremos que vengan más turistas, así podemos seguir viviendo en nuestro territorio”. “Acá tenemos aves, osos, reptiles y muchos animales, plantas que son parte ya de uno. Alguna vez que me voy a lo lejos con un plato de comida, me siento acompañado. Este lugar es seguro y conservado, acá todos nosotros, incluidos los animales, nos respetamos”, añade Adhemar.
“Yo le doy alma, vida y corazón para seguir aprendiendo, seguir adelante y que este proyecto llegue hasta la cima como el cóndor. No hay mejor guía que la sabiduría, decía mi abuelo; la sabiduría de mi territorio es lo que me acompaña para que el visitante pueda conocer aún mejor este lindo lugar” concluye Adhemar.
Donde el paisaje cambia y la vida se adapta
Durante el recorrido no solo cambiaba el camino; también cambiaba el paisaje. Lo que comenzó entre montañas cubiertas de pajonales se fue transformando en un mosaico de ecosistemas que revelan la extraordinaria diversidad del Cañón del Pilaya. A medida que avanzábamos, el territorio parecía contar su propia historia a través de la vegetación, el clima y las formas del relieve.
En las zonas más altas predominan los pastizales del Páramo Altoandino, adaptados al frío, al viento y a las condiciones extremas. Allí también sobreviven los bosques de Polylepis, conocidos como los “sembradores de agua”, árboles capaces de crecer donde pocas especies resisten. Más abajo aparecen los bosques nublados, húmedos y ricos en especies únicas; luego, el Bosque Chaqueño Serrano, donde la vegetación se adapta a la escasez de agua y a temperaturas más elevadas. Finalmente, los ecosistemas asociados al río Camblaya acompañan el descenso hacia el Pilaya, formando corredores naturales que conectan la fauna de los Andes con la del Chaco.
Toda esta maravilla natural alberga una riqueza biológica, como el cóndor andino (Vultur gryphus), el oso andino (Tremarctos ornatus), la taruca o venado andino (Hippocamelus antisensis) y la paraba de frente roja (Ara rubrogenys). Cada uno depende de estos ambientes para sobrevivir, recordándonos que la conservación de este paisaje no solo protege un escenario extraordinario, sino también la vida que lo habita.

Un paisaje que merece un futuro
En estas líneas, en estas imágenes, queremos transmitir nuestra experiencia: El Cañón del Pilaya una maravilla natural ubicada en el departamento de Tarija, no solo resguarda el patrimonio natural de nuestro país, representa también una oportunidad para la comunidad de Yumasa y otras pertenecientes al municipio de San Lorenzo, es una posibilidad de reencontrarse con sus raíces, de hacer de la migración la última opción y no la única salida.
Cuidar este territorio es también cuidar la vida comunitaria. Es convertirse en custodios de su propia riqueza natural y cultural. Es abrir la puerta a una nueva perspectiva para quienes se fueron y para quienes aún resisten.
La invitación está hecha: a vivir la experiencia, a escuchar el silencio, a mirar el verde que se extiende en el horizonte. Nuestro país está lleno de maravillas que aún nos falta descubrir, conocer, cuidar y contar.
Y quizá, algún día, cuando más niños vuelvan a correr por estas montañas, la escuela de Yumasa vuelva a llenarse de voces. Ese sería, sin duda, uno de los mayores triunfos de la conservación.
***
Sobre el autor
-
Roberto Navia
Desde hace más de dos décadas transita por el mundo para intentar elevar a los anónimos del planeta al foco de lo visible. Sus crónicas emblemáticas: Tribus de la inquisición y Los Colmillos de la Mafia le han permitido ganar dos veces el Premio Rey de España (2014 y 2017); Esclavos Made in Bolivia, el premio Ortega y Gasset (2007); el documental Tribus de la Inquisición, la nominación a los Premios Goya (2018), Flechas contra el Asfalto y Los Piratas de la Madera desangran el Amboró, dos veces ganadores del Premio de Conservación Internacional, entre otros galardones nacionales e internacionales. Es docente universitario de postgrado, la cabeza de la Secretaría de Libertad de Expresión de la Asociación de Periodistas de Santa Cruz, miembro del Tribunal de Ética de la Asociación Nacional de la Prensa de Bolivia y de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).



