
Tumbada sobre el piso de tierra la desvalida criatura no huye ni lucha pese al balazo con el que la han roto por dentro. Se nos enseñó que una fiera acorralada y/o lastimada huye o pelea, pero el joven jaguar no hace ninguna de las dos, lo que nos permite inferir que, aunque es un felino del tipo silvestre, aún no es una fiera, no ha despertado ese instinto salvaje, ese chispazo de energía de supervivencia que lo debía impulsar a luchar contra aquel que lo hirió o correr al monte de donde posiblemente vino. No pasó nada de eso, el joven jaguar herido sigue ahí desconcertado, rodeado de un tumulto de seres que dice temerle, pero no le teme, por eso lo arrincona y lo filma y lo muestra en redes. El joven jaguar herido de muerte no vuelve al monte, porque al parecer de ahí no vino.
Si uno mira con atención la terrible filmación de esta ejecución pública, el solitario animal no se comporta como una bestia malvada y sedienta de sangre que subrepticiamente invadió zona urbana para devorar niños distraídos o chicas solas en apuros. Actúa más bien como un perro de casa, incluso uno más tranquilo que los míos, Condorito y Facu, que lo hacen todo corriendo como si el mundo se acabara mañana. Él no. El joven jaguar sigue en el mismo lugar a pleno día, ahora herido de muerte, con el hocico abierto, manchado de su sangre, ante la mirada de decenas de ojos de ese ser colectivo, ser de omnívoras bocas que se ha ganado con justicia el calificativo de ser el depredador más peligroso del mundo. Ese ser colectivo trae integrado a su cuerpo de gran simio brutal a los criminales, a los incitadores y a los testigos de esta innecesaria e ilegal aniquilación de un animal en peligro de extinción y protegido por la tan poética, tan etérea, tan retórica y selectiva legislación boliviana.
Algunos dirán después que este superdepredador de la vida en todas sus formas disparó tres veces al joven jaguar en defensa propia. Veamos: En principio es lógico actuar en defensa propia si encuentras en tu casa a un ser que no debe estar ahí, más aún si tu familia está amenazada. Esto es aceptable sólo si la mentada amenaza… es real. O como dijo un guardaparques con bastante experiencia en el asunto: “Si encontrás a un extraño en tu casa y no es una amenaza, no lo matás a tiros, llamás a la Policía…” Yo agregaría: No lo matás a tiros, no lo decapitás, no le arrancás los colmillos, ni la piel ni las uñas, porque si lo mataste, entonces la “amenaza” ya no existe, de modo que destazarlo puede señalar la verdadera razón del crimen, razón que no es el miedo o la defensa propia.
Lo que vemos en el video del biocidio es que no hay familia amenazada, ni personas amenazadas, pues nadie huye, sino que se congregan a ver esta atracción, este abusivo espectáculo de sangre. Lo que sí hay es un animal muy joven, de al menos un año que aún no sabe cazar, según dirá un experto. Un felino en principio muy cómodo, con aires más bien de mascota, que de temible devorador de hombres. En una casa, eso sí, sitio inadecuado para él, pero algo nada extraño en el Beni en donde según dirán después algunos benianos, el contacto entre las poblaciones humanas con animales silvestres no es algo extraordinario que los haga perder la cabeza.
Vuelvo al video que no quiero ver otra vez, y el joven jaguar sigue ahí sintiendo el dolor del primer balazo, tratando de entender quizá qué cosa es eso que lo muerde por dentro, eso de lo que quisiera huir, pero no puede, porque lo lleva adentro, porque con esa bala se le metió la muerte y ésta lo va llenando lento, poco a poco. Está asustado o aturdido, o ambas cosas, por lo que mejor se queda ahí sin hacer nada. No se defiende, no huye. No es una amenaza ni siquiera herido. Se deja caer sobre el piso de tierra como si la ancestral sabiduría de su instinto inactivo le avisara que él ahí no es el mayor depredador de América. Eso son los otros, los que lo ven como un espectáculo mientras muere, los que preparan las armas y se acomodan mejor para darle los tiros de gracia.

¿Quiénes son esos? Pues los mismos que entran de noche a la selva y violan la ley de los hombres para asesinar a su especie por su cuero y sus colmillos, sin diferenciar si los jaguares muertos son hembras preñadas, con cría o sólo cachorros. Esos mismos que ahora después del primer tiro le lanzan una cuerda al cuello, ¿para qué si ya la pieza de sacrificio está rendida, oh gran simio cruel excitado por el olor de esa sangre caliente? ¿para qué? La cuerda le atrapa una zarpa, lo jalan, trata de levantarse, lo jalan, se desequilibra, es un cachorro, aún no tiene instinto, no entiende qué es todo eso, no se defiende, no huye, cae, no enseña los dientes para que dejen de hacerle daño, no da zarpazos al aire para que lo dejen en paz.
La sangre mana de la herida en su cuerpo, todo él víctima de ese frenesí, bajo la mirada afiebrada, los colmillos afilados y las garras crispadas del depredador más peligroso del mundo, este primate de siete mil quinientos millones de cabezas que minutos antes ha usado los teléfonos para pedir armas, pero no para llamar a la Policía especializada de modo que se haga cargo de capturar y reubicar al hermoso y joven felino. Ha pedido armas, porque ya no quieren al jaguar lejos y ha esperado a que llegaran para ejecutar su plan. En todo ese tiempo, mientras la “amenaza” se mantuvo ahí relajado, recostado en la sombra, el gran primate colectivo ha esperado con paciencia la llegada de las armas, no está asustado, no “teme por la vida de su familia”… Espera con paciencia criminal como lo hace cuando entra al monte y espera en la noche a que las presas aparezcan, no por la carne para el consumo, sino por las piezas que arrancadas de las víctimas son vendidas a codiciosos extranjeros.
Llegan las armas. No hay vuelta atrás. Estos hombres que somos todos, el gran primate devorador del mundo apunta, fija la pupila a un blanco tan fácil, tan absolutamente indefenso. ¡Pum! el primer tiro. La magnífica criatura se tumba de nuevo mientras el mayor depredador del mundo se acomoda plácidamente, con total alevosía, premeditación y ventaja para apuntarle y rematarlo, para que todos vean que es un “matador de tigres”, un gran macho alfa con los huevos así de grandes, porque qué carajos, este mundo es nuestro con todo lo que tiene adentro y yo hago con lo mío lo que me da la gana. ¡Pum el tiro en la cabeza! y luego otro más, innecesario tercer balazo de parte de otro ente que quiere contarle a la gente que él también mató a un tigre. Y lo filman todo. Claro que lo filman. Deben registrar el espectáculo de sangre, el ritual de muerte, porque el mundo es nuestro con todo lo que hay en él, qué carajos, y si no es así que venga Dios y me lo diga.
Todo ha terminado para el joven felino, por suerte para él, hay que decirlo, pero este ritual de dominio y de explotación del “recurso”, recién empieza, porque al final de cuentas, nunca se trató de miedo, o de defensa de la familia amenazada… Al final de cuentas siempre fue la codicia. Siempre es la codicia.
Ese cuerpo ya vencido y muerto debe ser despedazado, porque somos la Corona de la Creación y este huerto miserable que llamamos mundo está sometido, inundado, embadurnado de lo más pútrido de nuestros poderosos instintos… Nosotros sí tenemos un instinto, uno temible que no se sacia nunca; el joven tigre americano aún no lo tenía.

Después de los tiros de gracia, de la ejecución filmada, el mayor y más peligroso depredador de toda la Tierra, el que contamina los ríos con mercurio e incendia los bosques ebrios de su natural y autodestructiva codicia, le corta la cabeza al joven jaguar que debe tener un año y es macho y debería estar con su madre, porque aún no sabe cazar, según dirá después un experto. Su madre. Sabrá Dios qué fue de su madre.
El resto del cuerpo decapitado lo suben en una moto para más allá destazarlo, arrancarle la piel y las zarpas, al modo de hienas hambrientas que devoran a un cachorro de rey al que han acorralado y muerto en manada. ¿Y la cabeza? Está por ahí ya sin colmillos, claro, porque los colmillos del jaguar son su perdición desde que los chinos lo vieron como un amuleto y los nuestros, como modo de ganar plata haciendo algo tan simple como asesinar a un animal del monte, algo que hemos hecho desde siempre. Según MongabayLatam, el colmillo, un colmillo de jaguar, vale hasta 4000 dólares en el exterior. Dos son 8.000. Siempre es la codicia.
“La amenaza a la familia” ha quedado atrás. “Del miedo por los seres queridos”, ya no se habla. El joven jaguar ya no es un peligro, sus restos son una mercancía, por lo que lo despedazan con manos tan expertas que parece lo han hecho muchas veces y saben muy bien cómo hacerlo, y saben el precio de cada cosa: la piel, las zarpas y especialmente, los colmillos. Siempre es la codicia. No es el miedo, no es la defensa propia… No.
Más allá del hecho en sí conviene ver las circunstancias y las consecuencias.
Como circunstancia cabe preguntarse ¿qué hacía un animal silvestre en una zona habitada por el gran depredador del planeta? ¿Fue criado en cautiverio como mascota, hasta que perdió la gracia del cachorro pequeño y se deshicieron de él dejándolo libre, pero el felino domesticado, carente de instinto, no supo vivir en el monte y volvió a lo que conocía, es decir, a los humanos para que lo cuidaran y lo alimentaran? ¿O quizá su presencia en ese pueblo beniano obedece más bien a la presión ejercida contra su especie por la pérdida permanente de su hábitat a manos del gran simio; a la disminución de sus presas naturales por causa de la invasión humana de sus territorios? “En donde las poblaciones humanas se superponen con poblaciones de jaguar, se observa una pérdida de jaguares”, dice la WWA y agrega que en Bolivia, el jaguar se encuentra amenazado principalmente por la deforestación o destrucción de los hábitats naturales para implementación de la agricultura mecanizada, la ganadería y la agricultura a pequeña escala (Müller et al. 2014a, 2014b).
El artículo académico: “El jaguar (Panthera onca, Felidae, Mammalia) en Bolivia: Análisis de información 2010-2024”, señala que la pérdida y fragmentación del hábitat, la deforestación, los incendios y el tráfico ilegal de partes de jaguar constituyen las amenazas principales, exacerbadas por conflictos con la ganadería y percepciones negativas locales, que se intensifican en áreas con alta expansión agropecuaria y débil control institucional. Agrega que en Beni y La Paz la frecuencia de conflictos humano-jaguar es muy baja, pero la percepción hacia los jaguares es muy negativa sin existir antecedentes de eventos de depredación. “Beni registró el menor porcentaje de pérdida de ganado atribuida a jaguares (<5%), pero al mismo tiempo, junto a la Chiquitania, mostró los niveles más bajos de tolerancia y las actitudes más negativas hacia la especie”, dice el estudio. Este biocidio es un hecho que prueba una vez más esa actitud negativa hacia la especie, en ese lugar.
“Pero es que comen gente”, dirá alguno. Claro que sí, pero sólo si entras a lo profundo del monte, y sólo en casos excepcionales, ya que comprobado está que el humano no es parte de su dieta y que no se registran casos de jaguares malotes que hayan entrado a paradisiacos pueblos benianos a devorar familias desvalidas. Lo contrario sí: la entrada de hombres a cazarlos para vender sus colmillos. Por miles.
Esas son las circunstancias. ¿Y las consecuencias? Yo sólo espero una: Que la ley se cumpla y genere un precedente potente para contener al menos un poco esa sed destructiva de ese enorme gran primate, el depredador más peligroso del mundo, del cual yo mismo, hombre criado en el monte y devenido en simple ser urbano, también soy parte. Y claro que me da vergüenza.
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Sobre el autor
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Darwin Pinto Cascán
Cuenta con una amplia trayectoria en periodismo, investigación y producción literaria. Es licenciado en Comunicación Social por la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno (UAGRM) y tiene una Maestría en Educación Universitaria por la Universidad NUR. Se especializó en Periodismo de Investigación en la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI-Fundación Gabo), en Colombia, y en Gobernabilidad y Gerencia Política por The George Washington University y Univalle. Es editor general de la revista Poder y Placer y ha sido editor y redactor de investigaciones periodísticas en el diario EL DEBER, además de ejercer como periodista en el diario Presencia de La Paz. Paralelamente, desarrolla actividad docente en programas de pregrado y posgrado en universidades de Santa Cruz y La Paz. Su producción incluye novelas, cuentos, crónicas, ensayos e investigaciones históricas, entre ellas La máquina de Aqueronte, Sabayoneses, Sayonara Honey y la antología Crónicas de un Delator. Ha recibido el Premio Nacional de Literatura, categoría Ensayo (2024), el Premio Nacional de Periodismo (2002), una Mención Especial del Premio Internacional de Periodismo José Martí (2005) y otras distinciones nacionales e internacionales.



