
Quienes trabajamos de cerca con la naturaleza conocemos bien el sabor agridulce de esta labor. Un día celebramos la consolidación de un área protegida o el nacimiento de una nueva iniciativa sostenible; al siguiente, nos enfrentamos a la impotencia de ver el avance de los incendios forestales devorando el paisaje.
Ante esta dualidad, surge una pregunta ineludible para quienes tenemos la responsabilidad de informar y concienciar: ¿Cómo debemos contar lo que le pasa a nuestra tierra? ¿Debemos ser los portadores de la trágica realidad para despertar al mundo, o debemos ser los guardianes de la esperanza para no dejar que los brazos caigan?
Para encontrar la respuesta, a veces es útil mirar hacia la literatura y la historia.
El síndrome de Macondo: Cuando la tragedia es una profecía autocumplida
En uno de sus cuentos más reveladores, “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”, Gabriel García Márquez narra cómo el simple presentimiento de una mujer mayor desencadena un pánico colectivo incontrolable. El rumor de una tragedia inminente corre de boca en boca, creciendo con cada repetición. Al final, presas del terror a lo desconocido y a la catástrofe que ellos mismos han magnificado, los habitantes destruyen sus propias casas y huyen. La tragedia ocurre, no por una fuerza externa, sino provocada por el propio miedo de la gente.
En la comunicación ambiental, a menudo corremos el riesgo de ser los habitantes de ese pueblo. Si nuestro único mensaje es que la crisis climática es irreversible, que el Chaco se seca irremediablemente o que los incendios ya lo han consumido todo, estamos sembrando un pánico que paraliza. La psicología lo llama “eco-ansiedad”. Cuando la narrativa es puramente catastrófica, la reacción humana natural no es la acción, sino la resignación. La gente se desconecta porque el problema parece insuperable. Si repetimos constantemente que “algo muy grave va a suceder”, corremos el riesgo de abandonar la lucha y dejar que nuestro mundo arda ante nuestros propios ojos, paralizados por nuestra propia profecía.
La lección de King: Movilizar desde la visión, no desde la pesadilla
¿Significa esto que debemos ignorar el fuego y pintar un paisaje color de rosa? En absoluto. Ocultar la gravedad de la deforestación o la pérdida de biodiversidad sería una negligencia. Aquí es donde entra en juego la segunda perspectiva.
El 28 de agosto de 1963, Martin Luther King Jr. se paró frente a una multitud en Washington en medio de un contexto de profunda injusticia, dolor y segregación. Tenía todos los motivos para enfocar su discurso en la tragedia de su pueblo. Podría haber gritado: “Tengo una pesadilla”. Sin embargo, King sabía que el miedo y el dolor denuncian, pero no construyen. Para movilizar a una nación entera hacia un cambio histórico, pronunció las palabras que resonarían en la eternidad: “I have a dream” (Tengo un sueño).
King no ignoró la brutal realidad de su presente, la describió con crudeza, pero su llamado a la acción fue una visión clara e inspiradora de lo que podían lograr juntos. En la conservación, necesitamos nuestro propio “Tengo un sueño”. No podemos liderar un movimiento social hacia la sostenibilidad si solo mostramos el apocalipsis. Necesitamos articular cómo se ve el éxito: bosques vivos, comunidades prósperas viviendo en armonía con su entorno, autonomías gestionando sabiamente su territorio y economías sostenibles que protegen la vida.
La Esperanza Activa: Nuestro compromiso
Creemos que la respuesta no es elegir entre la verdad dolorosa y la esperanza reconfortante, sino tejer ambas. A esto lo llamamos “Esperanza Activa”.
Necesitamos la honestidad del diagnóstico para saber a qué nos enfrentamos, pero necesitamos el sueño de King para tener la fuerza de caminar hacia la solución. Nuestro compromiso es negarnos a huir despavoridos como los habitantes del cuento de García Márquez, y en su lugar, tener el valor de mirar de frente la devastación, sentir el dolor de esa pérdida y usar esa energía no para lamentarnos, sino para organizarnos, educar y restaurar.
La naturaleza nos enseña que después del fuego más devastador, las primeras semillas encuentran la forma de germinar entre las cenizas. Nuestra comunicación debe ser exactamente así: un reflejo honesto de las llamas, pero, sobre todo, un catalizador incansable para el bosque que soñamos ver nacer mañana.
***
Sobre el autor
-
Iván Arnold
Iván Arnold es boliviano y ecólogo. Realizó sus estudios universitarios en Ecología y Administración de Áreas Naturales Protegidas en universidades y centros de posgrado de Argentina, Costa Rica, Perú y Estados Unidos. Cuenta con una maestría en Gestión Ambiental y Desarrollo Sostenible y un doctorado en Ciencias Ambientales. Posee amplia experiencia en desarrollo rural, adaptación al cambio climático y gestión de áreas protegidas. Ha sido coautor del SICCLIMA (metodología para la elaboración de planes de adaptación al cambio climático), así como de los libros Áreas Protegidas de Bolivia: situación y perspectivas de gestión y Río Pilcomayo, un ecosistema transfronterizo. En su trayectoria profesional, fue director del SERNAP en el Parque Nacional Madidi, de la Reserva Nacional de Flora y Fauna Tariquía y responsable de Recursos Naturales en la Prefectura del departamento de Tarija. También se desempeñó como punto focal de la Comisión Mundial de Áreas Protegidas de la UICN. Actualmente trabaja en NATIVA, donde, junto a un equipo multidisciplinario, impulsa la construcción de propuestas para la gestión de regiones transfronterizas ambientalmente sostenibles.



