
En las profundidades del Bosque Seco Chiquitano, del Chaco y del Pantanal boliviano, el agua dulce ya es un bien escaso y urgente. Los humedales se secan, mientras la sed avanza al ritmo de la deforestación y de los incendios forestales. A pesar del tamaño de la crisis climática, quienes habitan este universo natural de Bolivia, se levantan cada día, decididos a emprender ésta que es una de las batallas más duras de sus vidas.
Roberto Navia
Tras tres jornadas de alto valor, el XXVIII Congreso de la Red de Fondos Ambientales de Latinoamérica y el Caribe (RedLAC 2026) dejó en claro que proteger la biodiversidad exige financiamiento directo a los territorios, alianzas con el sector privado e innovación frente a los incendios.

En las profundidades del Bosque Seco Chiquitano, del Chaco y del Pantanal boliviano, el agua dulce ya es un bien escaso y urgente. Los humedales se secan, mientras la sed avanza al ritmo de la deforestación y de los incendios forestales. A pesar del tamaño de la crisis climática, quienes habitan este universo natural de Bolivia, se levantan cada día, decididos a emprender ésta que es una de las batallas más duras de sus vidas.

Hay lugares, como Miraflores, entre las poblaciones chiquitanas de San José y San Rafael, donde el agua que se extrae de los bolsones profundos de la tierra—literalmente— ya se vende, como se vende el pan y la gasolina.
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