
En las profundidades del Bosque Seco Chiquitano, del Chaco y del Pantanal boliviano, el agua dulce ya es un bien escaso y urgente. Los humedales se secan, mientras la sed avanza al ritmo de la deforestación y de los incendios forestales. A pesar del tamaño de la crisis climática, quienes habitan este universo natural de Bolivia, se levantan cada día, decididos a emprender ésta que es una de las batallas más duras de sus vidas.
Roberto Navia
Una caída de seis metros hacia el fondo rocoso de una quebrada, un cráneo fracturado, una vértebra fisurada y la compañía de uno de los paisajes más bellos del Planeta en el momento más crítico de un hombre. En las profundidades del cañón del Pilaya, un accidente rutinario de investigación biológica se transformó en una agónica odisea de más de 24 horas para salvar una vida. Esta crónica en primera persona de su principal rescatista, narra el rescate del biólogo Romer Miserendino; una travesía donde la solidaridad incondicional de una comunidad campesina se convirtió en el más valioso refugio de la esperanza.

En las profundidades del Bosque Seco Chiquitano, del Chaco y del Pantanal boliviano, el agua dulce ya es un bien escaso y urgente. Los humedales se secan, mientras la sed avanza al ritmo de la deforestación y de los incendios forestales. A pesar del tamaño de la crisis climática, quienes habitan este universo natural de Bolivia, se levantan cada día, decididos a emprender ésta que es una de las batallas más duras de sus vidas.

Hay lugares, como Miraflores, entre las poblaciones chiquitanas de San José y San Rafael, donde el agua que se extrae de los bolsones profundos de la tierra—literalmente— ya se vende, como se vende el pan y la gasolina.
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