
En Concepción, hace exactamente dos años, el sol era una opacada luz roja mientras llovía hollín y “nevaba” ceniza semana tras semana. En ese trágico 2024 los incendios se cebaron con la Chiquitania, esa transición boscosa que conecta el Chaco con la Amazonía. Los fuegos mataban todo a su paso. Pero los 13, 14 y 15 de agosto pasado, sucedió lo contrario, se realizó un particular homenaje a un fruto colmado de vida y energía: la almendra chiquitana.
Por lo que explican quienes se han aplicado a estudiarla y cultivarla, tiende a ser uno de los llamados súperalimentos. Según una investigación realizada por expertos de Brasil y EEUU para el Centro Nacional para Información Biotecnológica tiene como principal cualidad “su alta densidad nutricional”. Destaca por “su combinación de proteína, fibra dietética y grasas predominantemente insaturadas, además de aportar cantidades relevantes de potasio, magnesio, fósforo, hierro y zinc”. Valga añadir, entre otras particularidades, que la mitad de su grasa es ácido oleico, el mismo ácido graso que caracteriza al aceite de oliva. Y, hechas las comparaciones, posee más nutrientes que la macadamia, la almendra amazónica, el pistacho, el maní y la nuez, entre otras.
Un potencial súperalimento cuyo árbol lo entrega a los pies del consumidor. Pero además suma otra cualidad: una excepcional capacidad de conservación. “La semilla interna, dentro de su endocarpio, cuenta con el mejor embalaje -explica Javier Coimbra, botánico de la de la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano (FCBC)- Se puede conservar años, tengo almendras que comí después de tres años”. Una capacidad superior a las de macadamias y almendras amazónicas que se conservan máximo dos años, y son consideradas las más duraderas. Un fruto seco semejante a esos que incluso se almacenan en refugios contra grandes cataclismos en algunos confines del planeta.

“Lágrimas de alegría y dolor”
Valga la memoria, los fuegos de 2019 y de 2024 se parecieron demasiado a un cataclismo para los chiquitanos. Cientos, de familias de comunidades como Monteverde, Makanaté y Palestina, entre otras 28, lo perdieron todo o casi todo. Consecuentemente, una parte de los comunarios, especialmente varones, emigró definitiva o temporalmente a las ciudades o a campos lejanos para trabajar como albañiles o peones. En los chacos quedaron, sobre todo, mujeres y niños, cuidando sus aves de corral, sus huertos y lo que hubiese permanecido a salvo. Junto a ellos, en diversos islotes sobrevivientes, estaban, firmes y fuertes, árboles de almendra chiquitana, con sus frutos a los pies de los chiquitanos.
Más sorpresas aún. Tras las lluvias, poco a poco, empezaron a brotar más de estos almendros que llegan a medir 25 metros y dan frutos durante 60 años. En cierta medida, pareció revivirse la leyenda que hace al nombre en bésiro (la lengua chiquitana) de este fruto: Nókümonísh. Según una recapitulación de la FCBC, Nókümonísh era una joven que decide sacrificarse por su pueblo asolado por sequías. Pacta con el genio de la vida y, repentinamente, se convierte en una nube, cuyas “lágrimas de alegría y dolor” siembran de almendros el bosque.
Así, Nókümonísh, “las lágrimas de alegría y dolor”, o almendras chiquitanas, también conocidas como barú en Brasil, ya traían su propia historia. De tiempos pasados o remotos no existen mayores investigaciones. Coimbra, uno de los precursores del proyecto, asegura que era conocido como alimento eventual, fuente de proteína, en tiempos antiguos. Algunas tradiciones orales añaden que Nókümonísh también ha sido utilizada en diversos preparados, con fines medicinales ya sea para combatir fiebres, alergias o problemas digestivos.
Por si faltara, la pulpa de esta almendra, de sabor dulzón y comestible para los humanos, es también apreciada por el ganado vacuno. Da pie a una frase repetida a la hora de las explicaciones: “De la almendra chiquitana no se desperdicia nada”. Por todo eso y más se le ha dedicado estos días de agosto, aún y afortunadamente sin incendios, en Concepción, la capital de la Chiquitania. Bailes, música, obras teatrales, poesía, exposición de productos, simposio y otras actividades donde confluyeron autoridades, productores, investigadores, empresarios, gastrónomos, estudiantes y artesanos. Una especie de síntesis de una identidad cultural más que en ciernes.
Un éxito pedagógico
Si la fuerza de la cultura se asienta en la educación, un indicador puede hallarse en el colegio Carlos Herrera, el más antiguo de Concepción. Hace 14 años, tiempo en que los árboles de Nókümonísh comienzan a dar frutos, el equipo liderado por la directora Yudith Cuellar inició su proyecto socioproductivo. “En función a lo que establecía la nueva ley, decidimos trabajar con la almendra chiquitana -señala Cuellar-. Supimos que ya se estaba comercializando algo en San Ignacio de Velazco. Empezamos a investigar sus cualidades, consultamos con laboratorios, con médicos… Conocimos sus diversos usos y conversamos con los padres de familia y las autoridades …”.
Y en el colegio Carlos Herrera hoy la educación tiene sabor a Nókümonísh desde la primaria hasta, incluso, después del bachillerato. Los más pequeñitos aprenden, por ejemplo, la aritmética haciendo cuentas con almendras, y en Ciencias Naturales se les enseña a sembrar sus propios árboles. En cursos superiores trabajan las fórmulas estadísticas en función a la producción de almendras, así como bioquímica en relación a la composición de sus nutrientes. Los exalumnos vuelven a encontrarse con los árboles que sembraron y nombraron, como haciendo un paralelo con sus propias vidas.

Las cadenas de valor
Cientos de árboles que rodean el perímetro del colegio y van colmando diversas áreas de siembra, así como sucede en haciendas privadas y comunidades. Simultáneamente, en Concepción es evidente la intensificación de los estudios agronómicos, las evaluaciones de sus potenciales y las cadenas para el incremento de su valor. Trabajos apuntalados por organismos de cooperación como la GIZ, estudios rescatados de los avances brasileños con el barú, tesis de grado desarrolladas en la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno… Incluso, en el simposio realizado en este agosto, es notorio un debate intenso por quién y cómo produce y cuida mejor de los almendros…
“El boro es clave para el desarrollo de la almendra, es importante dosificarlo”, señala Reynaldo Flores, responsable técnico de Arizona, predio privado que cultiva 90 hectáreas de almendra. “Los sistemas silvopastoriles de las comunidades permiten cultivos más orgánicos”, afirma Arturo Revollo, asesor del Centro Indígena de Comunidades de Concepción (CICC). Luego intervienen terceros y hasta cuartos en cordial discordia.
“Por ahora sólo tenemos una conclusión -señala Javier Coimbra-: “Hay varios métodos de cultivo, todos funcionan, todos trabajan. Métodos de investigación existen, pero aún no se los ha sistematizado”. Luego, zanja: “Hace falta un simposio exclusivo al respecto”. Y sentencia: “Lo importante es que si se salva la almendra, se salva el bosque”.
Hechas las cuentas, el resultado de estas diversas labores ha permitido una creciente producción de la almendra chiquitana en dos décadas. Según registros de la FCBC y CITES, hasta antes de 2011 se producía menos de una tonelada anual. Ese año se subió a cuatro, y en 2018 a 9 toneladas. Para 2023, la cifra llegó a 30 toneladas destinadas a la comercialización tanto dentro como fuera de Bolivia.
En la plaza de Concepción, las expositoras (hay un predominio femenino) aportan la parte práctica del tema. Alrededor de 30 organizaciones cuentan con casetas donde presentan productos que, de menos a más, apuestan por darle valor a la Nókümonísh. Los envases traen almendras tostadas, simples, saborizadas; harinas de almendra, turrones, helados… cosméticos, cremas medicinales. Todo luego de haber sorteado las etapas de recolección, pelado y procesamiento en los respectivos centros organizados en diversas zonas de la capital chiquitana y su entorno.
Potencial gastronómico
En varios casos constituyen iniciativas de pequeños productores locales quienes también quieren apostar a lo grande. “El trabajo en general está tomando una ruta comercial muy importante -señala Widen Abastoflor, director de la ONG Centro de Promoción Agropecuaria y Comunal (CEPAC)-. Sin embargo, existe el riesgo de que las comunidades originarias queden un tanto aisladas. Por eso hemos visto, a través del proyecto Mercados inclusivos, la forma de incorporar iniciativas locales a iniciativas comerciales a través de una estrategia de escalamiento. Esta se basa en alianzas con empresas de responsabilidad social, por ejemplo, tenemos una red de restaurantes colaboradores…”.
Un capítulo aparte constituye la cocina de la almendra chiquitana. Al menos siete restaurantes y cafés de Concepción forman ya un circuito gastronómico. La Tapera del Iñauma tiene chicha, masaco y choco de almendra; el Junte de los chiquitanos ofrece sopa de almendra, Carmencita vende masaco de almendra, El buen gusto tiene Pipián de almendra chiquitana. Dos cafés, El viejo rubio y Makanaté ofrecen variada repostería de Nókümonísh.
“Es urgente socializar estos valores, especialmente en las nuevas generaciones -explica Javier Libera, el reconocido chef del restaurant cruceño El Aljibe”. Libera se destacó durante el simposio tanto por su exposición como por haber invitado a los asistentes un novedoso keperí bañado en salsa de almendra chiquitana.

Potencial de exportación
Así, el potencial de la Nókümonísh ha tenido en estos años más que guiños por parte de expertos y organizaciones especializadas. “En 2021 fuimos a la Anuga (Alemania), la feria de alimentos más grande del mundo -recuerda Martín Rapp, representante de la empresa Chiquitania Novel Foods-. Queríamos ver si aparecía algún interesado, y aparecieron 79, curiosamente muchos de países árabes. Nos decían: ‘Hagan su denominación propia, que no les pase lo que sucedió con la castaña boliviana que es comercializada como ‘brazilian nut. Aseguren su calidad y hagan investigación para fomentar su rendimiento’”.
Porque, además, la Nókümonísh, si bien es la misma fruta que el barú brasileño, en términos científicos la Dipteryx alata, constituye una variedad de alta calidad. “Lo han confirmado y reconocido abiertamente los propios brasileños -explica Coimbra–. Baruka (empresa brasileña – estadounidense) la cita en su página web como: ‘Chiquitania Premium Varietal’”. Algo que, con el tiempo, consagraría a la Chiquitania como zona de “de especialidad” a semejanza de aquellas que ostentan el rótulo de “café de especialidad”.
Y, como respuesta a la sugerencia de investigación, en semanas recientes surgió una iniciativa ubicada a apenas un kilómetro de la plaza de Concepción. “La idea es generar aquí un centro de experimentación y demostración de la almendra chiquitana -anuncia el reconocido naturalista y conservacionista Hermes Justiniano – Se transformará en una aventura de investigación científica para el beneficio de todos”. La naturaleza lo sorprendió una vez más y le cambió los planes. Era un predio de casi siete hectáreas que Justiniano adquirió y pensaba urbanizar, pero quedó boquiabierto al descubrir que contaba con más de 600 almendros.
Resistencia al fuego y los monocultivos
Indudablemente, otro reflejo del entusiasmo y la dinámica que el noble árbol resistente a los incendios y poco exigente a los suelos genera en la Chiquitania. Sin embargo, en el simposio queda claro que restan muy importantes retos a vencer para consolidar la producción sostenida de la Nókümonísh y sus derivados. La demanda a la que se llaman los actores radica en la construcción de una cadena productiva sistematizada.
“Sólo podremos avanzar si trabajamos toda la cadena productiva, la solución no es individual -explica Martín Rapp-. Tenemos que posicionarnos ante el Gobierno para los registros y las denominaciones de origen y ante los mercados. Promocionarlo nuevamente y buscar nuevos mercados. Asegurar que el producto sea asociado a la Gran Chiquitania para diferenciarlo del barú. Y aprovechar el actual ciclo económico que va a exigir más cuotas exportables y lograr ventajas para el exportador en cuanto a financiamiento, promoción, impuestos, etc. Finalmente, garantizar la calidad del producto, sus impactos ambientales y sociales positivos”.
A propósito del simposio, una conclusión generalizada marca este encuentro en lo productivo: “La almendra no puede convertirse en un monocultivo”. “Monocultivo”, esa palabra tan emparentada con la tragedia y los incendios, por estas tierras. Claro, en el bosque, así como las almendras chiquitanas, un sinnúmero de emprendimientos surge a partir del sinnúmero de frutos que acompañan a la Nókümonísh. Islas de sobrevivencia o de resistencia frente al fuego.
En la feria están presentes también, por ejemplo, las comunarias de la región de Marfil con decenas de productos elaborados en base a frutos del bosque (VER NOTA). Participan las productoras de aceite y ungüentos de copaibo que trabajan en el entorno de Concepción. Y se encuentran también, entre otros, los cada vez más conocidos cultivadores de café y cacao de comunidades como Makanaté y Monte Verde.
Es como si el bosque planteara abiertamente sus opciones a quienes apuestan por los monocultivos, especialmente a la soya. Estos tres días de agosto fueron un claro contrapunto marcado por la Nipiexta Nókümonísh (fiesta de la almendra chiquitana). Hace dos años exactos, los chiquitanos, en conmovedoras marchas, demandaban ayuda internacional, castigados por el humo tóxico, colosales llamaradas y un cielo sin sol. Hoy ponen sus esfuerzos y celebran su esperanza gracias a los árboles que, como el almendro, permanecieron de pie.
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Sobre el autor
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Rafael Alberto Sagárnaga López
Rafael Alberto Sagárnaga López es lingüista y periodista. Trabajó para diversos diarios, revistas y agencias de prensa de Bolivia y el exterior. Se ha dedicado especialmente a realizar crónicas, entrevistas y reportajes. Ha obtenido premios por parte de Conservación Internacional (CI) (2007, 2009, 2015 y 2017), la Asociación Nacional de Periodismo (2015), la Fundación UNIR (2008) y la Alcaldía Municipal de La Paz (2002). Destaca entre estos el premio latinoamericano de CI del año 2007 que logró en co autoría con la periodista Mónica Oblitas. También ha sido docente universitario.



