
Aquella jornada no parecía ser la excepción. Mientras ascendía por las partes altas del cañón del Pilaya (Tarija, Bolivia), observaba numerosas aves planeando sobre los abismos y corrientes de aire. Sin embargo, llevaba montado en la cámara un lente destinado a los paisajes, por lo que mi objetivo era llegar a la cima para cambiarlo y dedicarme por completo a la fotografía de aves.
Las águilas y otras especies cruzaban el cielo mientras avanzaba, pero cuando finalmente instalé el lente adecuado, ocurrió algo que ya me había sucedido en otras ocasiones: las aves desaparecieron. Algunas se alejaron, otras cambiaron de dirección y otras simplemente dejaron de aparecer. Pasó casi una hora. Las pocas aves que cruzaban el horizonte lo hacían a gran distancia, demasiado lejos para una buena fotografía.
La paciencia comenzaba a agotarse. Ya estaba cerca de guardar el equipo y aceptar que aquel día no tendría el encuentro que había imaginado. Fue entonces cuando sucedió algo inesperado.
De repente, un pequeño punto blanco apareció en el cielo, avanzando directamente hacia mi posición. A la distancia parecía apenas un hilo suspendido en el aire, pero en cuestión de segundos fue creciendo hasta revelar la silueta de un ave en pleno vuelo. Venía con una velocidad sorprendente, casi como un proyectil impulsado por las corrientes del cañón. El ave que llegó cuando ya me rendía.
Cuando el me detectó, realizó un giro brusco hacia su izquierda. Todo ocurrió en apenas un instante. Por fortuna, la cámara ya estaba preparada. Sin tiempo para llevar el ojo al visor, seguí intuitivamente su trayectoria y disparé una ráfaga de fotografías, guiándome únicamente por el movimiento del ave en el cielo.
Fueron apenas dos o tres segundos. Nada más.
Al revisar las imágenes, comprendí que había captado a un Circus cinereus, conocido comúnmente como aguilucho cenizo, en una de las mejores fotografías de aves que he conseguido hasta ahora. Su inesperada cercanía, el encuadre perfecto a la altura de sus ojos, la extraordinaria nitidez de su plumaje y la sensación de compartir por un instante el mismo espacio aéreo con él se combinaron para crear una imagen verdaderamente excepcional.
Más allá de la técnica o de la fortuna, guardo ese momento como un regalo de Dios. Después de una larga espera y cuando ya parecía que la oportunidad se había perdido, la naturaleza ofreció un encuentro único e irrepetible. No solo tuve la posibilidad de observar un ave majestuosa, sino también de conservar para siempre ese instante en una fotografía.
Experiencias como esta recuerdan que, en la observación de aves, las mejores recompensas suelen llegar cuando menos se esperan. Y en esta ocasión, los cielos del Pilaya me regalaron una imagen que siempre ocupará un lugar especial entre mis recuerdos.
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