
En un concurso sobre quién conoce más nombres de frutas, probablemente los comunarios de laguna Marfil tendrían las de ganar. Consultada sobre la oferta que el bosque brinda en esa región fronteriza, Marilyn Macoñó sonríe y mira con picardía antes de mencionar la lista. “Mangaba, piquí, conservilla, tusá, cusicito, mururé… —cita sonando casi a canto o código silvestre—. También hay tarumá, pitajaya, guapomó, achachairú y almendras—, añade citando otras más conocidas-.
—Hay hartas frutas exóticas en Marfil”, dice, emocionada.
En el Área Natural de Manejo Integrado Municipal Laguna Marfil de San Ignacio de Velasco, Bolivia, la silvicultura está probando ser una herramienta indispensable para la protección y conservación de los diversos ecosistemas y la fauna de esta área protegida. Los pobladores de las comunidades que habitan este Edén, unieron fuerzas y trabajo con la Fundación Para la Conservación del Bosque Chiquitano (FCBC), convencidos de que el manejo del bosque, basado en la ciencia y los conocimientos locales se convierte en el escudo protector que puede protegerlos de los zarpazos de los incendios forestales, los avasallamientos, la sequía y la deforestación.
Macoñó es miembro de la cooperativa de laguna Marfil, municipio de San Ignacio de Velasco, frontera con Brasil, que este 15 de agosto participó con su caseta en la Feria de la Almendra Chiquitana en Concepción. Uno de los espacios más variopintos del evento, precisamente por la naturaleza de su producción. Más de una voz identifica a laguna Marfil, con sus más de 71 mil hectáreas, como una de las regiones con mayor cantidad de frutas silvestres de Bolivia.
“De las zonas que yo conozco es la que tiene más diversidad de frutos silvestres en el país, explica Reinaldo Flores, un especialista en el desarrollo de sistemas agroforestales. Son frutos chiquitano amazónicos. A simple ojo diría que se puede hallar hasta 150 variedades. Pero, además de haber variedad, en Marfil, hay volumen”, cuenta.

Llamado a la preservación
“Bolivia, en sus espacios de transición tiene valiosos reservorios de productos diversos. Así como hay el paso de los Andes hacia la Amazonía en torno a Rurrenabaque, hallamos la transición entre la Chiquitania y el Pantanal y la Amazonía en lugares como laguna Marfil. Entonces, si lo ponemos en una terminología que sonó mucho hace unos años, en Marfil hay una especie de megacampo de frutos silvestres. Tendrían que haber fuertes políticas nacionales y departamentales para este tipo de riquezas”, señala el investigador ambientalista Freddy Andrade.
Por ahora, la protección llegó hasta niveles ediles. El Municipio de San Ignacio de Velasco le dio el estatus de Área Natural de Manejo Integrado Municipal (ANMIM) en 2010. Justamente para potenciar su conservación surgieron proyectos como el de la cooperativa que desde hace cuatro años ha permitido aprovechar armónicamente el bosque.
“Se empezó a trabajar el desarrollo de pulpas —explica Reinaldo Flores— porque la fruta sólo aparece un tiempito y luego no se puede cosechar toda. Entonces, para conservarla se la industrializa volviéndola pulpa. La cooperativa tiene la respectiva infraestructura y el aval legal. Tienen muy bien construidos los patios de acopio, lavado, despulpado y envasado. También se han instalado áreas con heladeras potenciadas por paneles solares para la conservación”.

Productos selectos
Sesenta miembros trabajan en la cooperativa, pero coordinan con la producción de cientos de campesinos que viven en las 11 comunidades de Marfil. “Tenemos ya diversos productos —explica Marilyb Macoñó, mientras invita un brindis de licor de mangaba— Estos licores, por ejemplo, son absolutamente naturales, tras una fermentación de tres años. Cuidamos todo, el proceso, el envasado, estamos trabajando bien”.
La producción de Marfil ha llegado a acopiar alrededor de cuatro toneladas de frutas. Si, tal cual proyectan y logran instalar una cámara fría, podrían subir ese volumen a 20 toneladas. Así también sería posible abrir más mercados. Su actual producción cuenta con clientes selectos, entre ellos, afamados restaurantes del país como Gustu, Sacha Huaska y Emilia Almacén”.
Sin embargo, no todo resulta promisorio. Los riesgos de que la agroindustria de los monocultivos invada esta zona paradisiaca y borre el sabor y el paisaje de sus frutos parece permanente. Los incendios de 2019 y 2024 afectaron sus bordes. Grupos de menonitas amenazan otros sectores. Es más, los acuerdos binacionales para la construcción de una carretera, de no prever extremos cuidados ambientales, podrían causar estragos. Ello, tal cual se ha denunciado recurrentemente en los últimos meses, dado que grandes capitalistas brasileños buscan afianzarse en la región.
“Si no se genera oportunidades de desarrollo económico para los pobladores, viene un brasileño, ofrece plata y listo —dice Flores—. O sucede como pasó en Palmarcito, donde aparecieron menonitas. Una alerta para preservar este canto de tan diversos nombres cuyo potencial en propiedades y beneficios tiene en la comunarias sus pioneras. “…turere, sucá, sinini, isiga, chirimoyita de monte…”.
Frente a la constante presión de la deforestación y los incendios, la silvicultura comunitaria se ha consolidado como un auténtico escudo de protección en el Área Natural de Manejo Integrado Municipal Laguna Marfil. En esta reserva de 71 mil hectáreas, los pobladores locales
han implementado también la firma de actas comunales que prohíben los asentamientos irregulares y el cambio de uso de suelo, priorizando en su lugar la reforestación y el cuidado científico de más de diez especies de frutos silvestres de alto valor comercial, tales como la almendra chiquitana, el piquí, la mangaba y el sucá.
Este modelo no solo busca regenerar las áreas degradadas por el fuego y asegurar la conservación del agua en los humedales fronterizos, sino también garantizar la soberanía económica de sus habitantes mediante el aprovechamiento sostenible del monte. El liderazgo de jóvenes técnicos locales y mujeres comunarias —quienes han asumido el manejo de herramientas forestales y la elaboración de productos derivados— demuestra que el resguardo de la biodiversidad transita inevitablemente por dar valor tangible a los recursos del territorio antes de que la frontera agrícola y la especulación de tierras terminen por borrarlo.
***
Sobre el autor
-
Rafael Alberto Sagárnaga López
Rafael Alberto Sagárnaga López es lingüista y periodista. Trabajó para diversos diarios, revistas y agencias de prensa de Bolivia y el exterior. Se ha dedicado especialmente a realizar crónicas, entrevistas y reportajes. Ha obtenido premios por parte de Conservación Internacional (CI) (2007, 2009, 2015 y 2017), la Asociación Nacional de Periodismo (2015), la Fundación UNIR (2008) y la Alcaldía Municipal de La Paz (2002). Destaca entre estos el premio latinoamericano de CI del año 2007 que logró en co autoría con la periodista Mónica Oblitas. También ha sido docente universitario.



