
Y sigue habiendo guerras para que haya poesía. Theodor Adorno dijo que “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie“. Cuando mi padre y muchos de los de su generación se ponían hablar de “la guerra” yo cerraba los ojos y entraba en un caleidoscopio de imágenes surreales. Mi generación escuchó a todas estas narraciones como la siguiente escuchaba sobre los violentos “años de plomo”, las travesuras del ’68 y del ’77. En el verano era bajo una higuera que iban discurseando, el vino refrescaba las gargantas y abría las memorias. Los más ancianos que retornaron de la Gran Guerra seguían ahí, quien, mirando el infinito, quien encendiéndose el cigarrillo sin filtro y metiéndolo adentro de la boca, antigua maña para no ser visto por un francotirador que podía llevarlos al otro mundo. Los más ancianos eran los que hablaban menos y hacia meditar más, la guerra más inútil de todas las guerras los había marcado profundamente, una marca indeleble y sin vuelta atrás. Nosotros jugábamos a la guerra, piel rojas o cow boy, Héctor o Aquiles, nadie quería la parte del alemán, era una herida aun por cicatrizarse y al escuchar a los narradores que disfrutaban del buen vino bajo el árbol, nos hacíamos consciente de lo prematuro que sería en este caso tomar facción. Ser partisano todavía era una atracción, aunque debías ser héroes, a los antihéroes aún no se los quería oír. Nadie recordaba o conocía que Pólemo en griego antiguo quiere decir conflicto, hostilidad. El griego nunca se acercó a nuestro oído y el latín ya lo había erradicado de las escuelas obligatorias, solo algún viejo “cura de campiña” y las fieles del Vespro, la oración vespertina de los domingos, podían recordar que guerra no era una palabra del latín y que fueron los romanos, obligados por la gran presencia de soldados germanos entre sus tropas, en aceptar que werra, guerra en idioma alemán, suplantara el bellum latín.
Estamos atravesando una horrible tiniebla, dioses, ídolos, hombres huecos. Nadie olvida la escena del napalm en Apocalypse Now, este apocalipsis del cual ni siquiera Francis Ford Coppola debe haber aun salido. Robert Duvall enloquecido, Martin Sheen anonadado, Marlon Brando llevado hasta el apogeo. Reviven estas escenas en el dia tras dia de esta primera cuarta parte de este irrazonable siglo XXI, nombres que salen de Gilgamesh, de Heródoto, de la Biblia, del Corán, de todos los libros sagrados y de la literatura más memoriosa. Una Sodoma y Gomorra sin fin.

El único pueblo que nunca atacó o declaró guerra a nadie, es el pueblo gitano. Nómadas eternos, pacíficos por antonomasia, sin una tierra que le pertenezca y libres como el viento: “kon ovla so mutavia/kon ovla ovla kon ascovi/me gava palan ladi/me gava palan bura ot croiuti” (quién será el que cuente, quién será el que se queda, yo seguiré esta migración, seguiré esta corriente de alas) a fuerza de ser viento. Y en nuestra región llegaron los cosacos, nómadas ellos también, perseguidos por Stalin y obligados a la fuga. Pueblos en continuos movimientos, condenados a una eterna diáspora. Cuando jovenzuelos íbamos a las fiestas de pueblo, nuestra curiosidad nos llevaba casi siempre a acercarnos a las caravanas de los gitanos que llegaban con sus entretenimientos. Se instalaban cerca del rio para que nunca le falte agua e iniciaban armando el Luna Park y poco a poco la sensación de fiesta iba difundiéndose, alegrando al entero imaginario colectivo de un pueblo. Los gitanos traían alegría, fiesta, en un surrealismo sui generis, como en las películas de Emir Kusturica. Pero cuando algunos del pueblo, los mas reaccionario y las mojigatas, veían oportuno etiquetar con desprestigio a alguien no ahorraban tiempo en decir que eran unos zíngaros. Así también le decían cosacos a quienes no entraban en la razón de su limitada imaginación. Etiquetas de todos los tiempos, cuando nos veían muy neuróticos nos decían jenízaros, cuando éramos irrequietos nos gritaban ascaro (un askari, soldado eritreo que hacía parte de las tropas coloniales en las ex colonias italianas en África), y cuando no queríamos entender y menos aún obedecer, simplemente nos arropaban un denigratorio búlgaro.
Tobruk es la playa donde un fragmento de una bomba le quitó medio hombro a mi padre. Lugares donde una esquirla deja marcada para siempre toda una vida. El estado de animo de un tiempo, no las guerras fantasmas del soldado Giovanni Drogo que sigue patrullando el perímetro de la Fortaleza Bastiani, en la espera de un enemigo que nunca llegará. Los soldados eternos en Maratón siguen congelados a la orilla del Don, muriéndose de hambre en Crimea y de sed en el Chaco boliviano-paraguayo. A la entrada del cementerio de mi pueblo, mirando al suelo a mano derecha podemos ver unas piedras esculpidas en forma sepulcral, narraban los más viejos del pueblo que ahí se sepultaron a los soldados ignotos, alemanes, austriacos e italianos que perdieron la vida durante la Gran Guerra. Raras veces vi una flor, una vela prendida, alguien que se detenga un solo minuto y pruebe a imaginar el destino de estas vidas. Nuestra maestra de primaria nos llevaba a inicio de noviembre y nos hacia depositar unas flores que habíamos recogido en nuestros jardines, flores de otoño, crisantemos de perfumes intensos y de tantos colores tal vez cuantas eran las nacionalidades de los soldados muertos y ahí sepultados. Una sola vez visité Redipuglia, el mayor monumento funerario italiano, ahí más de cien mil soldados, menos de la mitad con un nombre yacen sepultados frente a un escenario carstico donde se masacraron sin razón. Encontrará el más curioso en Adiós a las armas, las páginas que Ernst Hemingway escribió porque vivió la horrenda tempestad de la guerra, o en la novela Veinte años de Corrado Alvaro, páginas que devuelve una memoria necesaria: “La tormenta de la batalla estaba toda por encima de él, como una lucha de vientos en una atmósfera altísima, laceraba las nubes altas, las nubes se movían como banderas señalando la dirección de la lucha”. La guerra, escribió el poeta Carlos Drummond De Andrade, asume tantos disfraces que a veces es llamada paz.
Entre seres humanos rigen solo dos formas de “persuasión”, la lógica o la guerra, nos sigue recordando el poeta Paul Valéry. En estos días leí una noticia escalofriante, en Parma, la bella ciudad que fascinó Stendhal y que con los Arditi del Popolo frenó la entrada de Ítalo Balbo, el sucesor natural de Benito Mussolini, se llevó a cabo una feria exposición de armas y equipos por la caza. En tal feria se promocionaba la entrada gratuita a los menores de 12 años.

Me recordaba siempre mi mamá que estaba presente cuando mi tío Venanzio, de vuelta después de haber sido prisionero en Alemania, tuvo que “enfrentarse” con el asombroso encuentro con mi tía, la cual no lo reconoció, o mas bien no lo quiso reconocer porque ya se había abandonado a la sentencia que él se había muerto durante la guerra. Tardó varios días en aceptar que era él y que había vuelto, irreconocible por su estado físico y aun mudo por cuanto había vivido. Nos contaba que cuando se ponía a hablar de la campaña en Grecia repetía siempre que no entendía porque el fascismo los había enviado ahí, encontrándose con un pueblo con el cual no sentían ninguna discrepancia y que más bien compartían una búsqueda de amistad. Sentían que una fuerza mayor, el brutal poder que venía de arriba los había arrojado en una guerra contra toda la voluntad de los pueblos. Ellos, víctimas de una voluntad de supremacía aniquiladora. Y decidiendo de serle enemigos no era elegir el mal menor sino elegir el mal. Y me vino a la mente una frase de Hannah Arendt: “Quien elige el mal menor olvida rápidamente que ha elegido en favor de un mal”.
“Inspírame, Musa, acerca de aquel ingenioso varón que tanto tiempo anduvo errante, después de haber destruido la sagrada ciudad de Troya”. Homero, La Odisea
No fue una guerra verdadera y tal vez nadie enfrentó a Atila y a los Unos, aquella vez que, narra la leyenda, de paso por nuestro pueblo devastó un castillo ahí presente. Los inmensos bosques presentes en todo el territorio lograron hacer de escudo al avanzar de su tremendo ejército, pero no fue suficiente. A su paso ni la hierba pudo volver a crecer, el azote Dios hizo que los habitantes de Aquilea en fuga vayan a fundar uno de los estados más grandes del mundo, Venecia la Serenissima. Los árboles de aquellos bosques sirvieron para la construcción de los cimientos de la ciudad y luego para la construcción de los barcos, il burchio y las famosas góndolas que siguen deslizándose por sus canales. No tan lejos de ahí, a Concordia Sagittaria, fundada por los romanos como Julia Concordia, los romanos introdujeron la fabricación de flechas para intentar frenar la avanzada de los barbaros. No lo lograron y en el 452 d.C. fue completamente destruida.
Leo algunos párrafos de La guerra de los mundos, se aprende mucho sobre la condición humana de una novela de ciencia ficción, este creo haya sido el propósito de Wells. Cuando en febrero del 1932 André Gide se reúne con Paul Valéry, preocupado por el abismo en el cual está precipitando Europa, sugiere convocar a Bertrand Russel, a Albert Einstein y a Herbert George Wells. No se logró reunirlos y el nazismo, el fascismo, van armando la Segunda Guerra Mundial, otro apocalipsis. Escribe Wells: “Pocas gentes conciben cuán inmenso es el vacío donde flota el polvo del universo material”, quizás en esta revelación el escritor inglés desvela la incapacidad de comprender el todo y la imposibilidad de coincidir con la nada. Un principio de existencialismo iba alumbrándonos también desde ahí. Nuestra especie es capaz de todo, de destruir y extinguir otras especies animales como también razas humanas inferiores. Hoy la Historia nos confirma más que nunca que es cíclica, y la linealidad que concebía Marx se enfrenta con cuanto sostuvo Giambattista Vico.
Durante la Primera Guerra Mundial, al despertar la mañana del 26 de enero de 1917, en Santa María la Longa, en provincia de Udine, Giuseppe Ungaretti escribió los célebres versos de “Mattina“: “M’illumino d’immenso”. La poesía salvadora frente al horror de la guerra. Hoy frente a la barbarie habría que tomar el camino de Bartleby: “Preferiría no hacerlo”.
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Sobre el autor
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Maurizio Bagatin
(Pordenone, Italia, 18 diciembre 1966), nacido por azar en Italia, viajó un poco y escribió un poco, en la búsqueda de conjugar la huerta con la biblioteca, sigue regando jardines y cultivando palabras. Tiene textos inéditos y mucho otro material en el ciberespacio.



