
Para la escritora y filóloga Claudia Vaca, escribir no consiste en inventar voces para la naturaleza, sino en aprender a escuchar las que ya existen. Esa búsqueda atraviesa Respirar es un pacto (Santillana), un libro de cuentos donde los bosques, los ríos, los animales y los caminos son los protagonistas de historias sobre memoria, pérdida, transformación y esperanza.
Presentada en la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz 2026, la obra dialoga con los paisajes de la Chiquitania, el Pantanal y el oriente boliviano, territorios que han marcado la vida y la escritura de la autora. En esta entrevista, Claudia Vaca reflexiona sobre la relación entre literatura y territorio, la resistencia de la vida frente a la devastación y la necesidad de reconstruir nuestros vínculos con el mundo que habitamos.
—Claudia, en tu nuevo libro, la naturaleza no es un fondo decorativo, sino un organismo que responde. ¿Por qué decidiste darle voz al monte chiquitano en lugar de limitarte a describirlo?
—No quise darle voz al monte chiquitano; más bien intenté escuchar una voz que ya estaba allí. Creo que una de las grandes dificultades de nuestra época es que hemos aprendido a mirar la naturaleza como objeto, como paisaje o como recurso, pero hemos olvidado relacionarnos con ella como una presencia viva. Mi experiencia en la Chiquitania me ha enseñado otra cosa: el monte no es un escenario donde ocurre la vida humana; es una forma de existencia que nos contiene, nos antecede y, probablemente, nos sobrevivirá.
Por eso, en Respirar es un pacto, los árboles, los animales, las piedras, los vientos y las aguas no aparecen como elementos decorativos. Son sujetos de relación. En cuentos como Las huellas del pacto o El menú del cuco, la naturaleza conserva memorias, establece vínculos y participa activamente en las transformaciones de los personajes. Me interesaba explorar una mirada en la que el ser humano deja de ocupar el centro absoluto y vuelve a reconocerse como parte de una trama mucho más amplia de vida.
En realidad, esta búsqueda atraviesa toda mi escritura. En mis distintos poemarios, en mis libros de cuentos Sobre rieles (Santillana, 2021), en Cuentos de la frontera (Santillana, 2024) y ahora en Respirar es un pacto, los territorios dejan de ser simples escenarios para convertirse en personajes. Lo mismo ocurre en mis poemarios y en Diálogos del silencio, publicada por primera vez por Editorial La Hoguera en 2017 (ya lleva varias ediciones) y que este octubre tendrá una edición española con Ediciones ONCE, en Salamanca.

En esa novela, el río y los árboles de guayaba, mango y pitón conversan con Annie y Luisa. Pero más que hablar, participan de sus procesos de transformación. Esa misma lógica atraviesa mis otros libros: los rieles, las fronteras, los montes, los senderos y los ríos no son fondos narrativos; son presencias que acompañan, desafían, sostienen y modifican a quienes entran en contacto con ellos.
Creo que toda mi obra está atravesada por una pregunta sobre la coexistencia. ¿Qué ocurre cuando dejamos de entender la naturaleza como algo exterior a nosotros? ¿Qué sucede cuando reconocemos que los lugares también guardan memoria y que nuestras vidas se entretejen con las suyas? Muchos de estos territorios han atravesado el cuerpo humano durante generaciones, y al mismo tiempo han sido atravesados por nuestras historias. En ese intercambio mutuo ambos nos transformamos.
Desde una perspectiva ontológica, la pregunta no es si la naturaleza tiene voz, sino si todavía somos capaces de escucharla. Mi escritura intenta acercarse a esa escucha, tal vez porque fui afortunada, yo antes de relacionarme con los libros y la escuela, me relacioné con el río, los árboles, las personas de mi familia, son todos muy conversadores, mi abuela y abuelo con sus amigos en el tren, mi tío Tatay y su taller de artesanía en madera, la música, lo que contiene un libro, llegó a mí en la voz de mi abuelo, de mi madre, de mi tía Noya, mi tía Chuly, mi tía Doris, mi tía Marlene, mi tía Sari, en el juego y algarabía con mis primos, primas, hermanas, hermanos, etc.
Entonces a lo largo de mi escritura sucede esa manera natural de sentir mi relación con el entorno, y fluyo con ello, no busco intencionadamente representar al monte, al río o al bosque, sino que lo recuerdo en mi mente, vienen olores, sensaciones en el cuerpo que tiene gran memoria, y todo eso me permite entrar en conversación con ellos (los árboles, el agua, etc.). Porque, en el fondo, Respirar es un pacto nace de esa convicción: la vida existe gracias a una red de relaciones donde nada vive completamente separado de lo demás, y recordar esa pertenencia común es una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo.

—Abres el libro con una advertencia sobre la vida “que están matando”. ¿Es este trabajo una denuncia política directa contra los incendios y la deforestación en la Chiquitania?
—El libro nace de una experiencia profundamente afectada por los incendios, la devastación ambiental y las múltiples formas de violencia ejercidas contra los territorios de la Chiquitania. Sin embargo, no fue concebido como un manifiesto político en el sentido tradicional. Es una obra literaria que busca conmover, recordar y despertar sensibilidad, sacar al lector del letargo y la intoxicación en la que se ha normalizado su vida. Dicho esto, toda historia que muestra el dolor de un territorio herido contiene inevitablemente una dimensión de denuncia. La literatura también puede señalar aquello que estamos perdiendo.
Pero para mí la pregunta va más allá de lo político. Tiene una dimensión ontológica y epistemológica y lo vengo trabajando también en mis estudios sobre los modos de organización del conocimiento y cómo accedemos a ese conocimiento, en qué condiciones biológicas, mentales y espirituales. Lo que está en juego no es solamente la pérdida de bosques, especies o paisajes, sino una determinada manera de comprender la existencia. Durante siglos hemos construido una visión del mundo que separa al ser humano de la naturaleza y lo coloca por encima de ella. Desde esa lógica, el monte se convierte en recurso, la tierra en mercancía y los ríos en infraestructuras disponibles para la explotación. Cuando esa mirada se vuelve dominante, la destrucción termina pareciendo normal.
Respirar es un pacto intenta cuestionar precisamente esa forma de conocimiento. Me interesa recuperar otras maneras de saber, otras formas de relación con el territorio, donde el monte, los animales, las piedras, los ríos y las comunidades humanas forman parte de una misma red de existencia. En ese sentido, el libro no solo denuncia una devastación material; también interroga las ideas que la hacen posible.
La Chiquitania conoce profundamente tanto la destrucción como la persistencia de la vida. Pienso, por ejemplo, en Chochís, un lugar que aparece de distintas maneras en mi escritura. Allí, en el Santuario, las imponentes esculturas de madera recuerdan una de las grandes inundaciones que marcaron la memoria colectiva de la región. Son monumentos a la vulnerabilidad humana, pero también a la capacidad de reconstrucción de las comunidades. Del mismo modo, los incendios han golpeado una y otra vez estos territorios. Año tras año, década tras década, miles de hectáreas han sido arrasadas por el fuego. Sin embargo, la vida insiste.
Esa insistencia es uno de los núcleos del libro. Los cuentos no hablan solamente de la destrucción; hablan también de la capacidad de regeneración de los ecosistemas y de las personas. Hablan de semillas que sobreviven bajo la ceniza, de memorias que resisten al olvido y de comunidades que continúan defendiendo aquello que aman. Hay una fuerza vital que atraviesa toda la obra y que se niega a desaparecer incluso en los momentos más oscuros.
Por eso la dedicatoria del libro es un llamado a la responsabilidad y a la conciencia. Cuando digo que están matando la vida, me refiero a algo que nos incluye a todos. Porque la vida que desaparece no es una realidad ajena o distante. Es la trama que sostiene nuestra propia existencia.
Tal vez esa sea la convicción más profunda de Respirar es un pacto: que la vida es mucho más antigua y más amplia que nosotros, pero también mucho más frágil de lo que solemos admitir. Y que defenderla no es solamente una cuestión ambiental o política. Es una cuestión ética, cultural y existencial que definirá el tipo de mundo que dejaremos a quienes vienen después.

—Afirmas en la presentación que “imaginar y recordar es resistencia”. ¿De qué o de quiénes se está resistiendo la cultura y la naturaleza chiquitana a través de tus cuentos?
—Creo que la resistencia más profunda no se ejerce solamente contra actores concretos, aunque estos existan, sino contra ciertas formas de olvido. Se resiste a aquellas miradas que reducen la complejidad de un territorio a una cifra económica, a un mapa de recursos o a una frontera administrativa. Se resiste a una lógica que considera que solo es valioso aquello que puede ser explotado, medido o rentabilizado.
Por eso, cuando digo que imaginar y recordar es resistencia, me refiero a algo más amplio que una postura política coyuntural. Hablo de una resistencia ontológica. Recordar es afirmar que existen otras formas de ser en el mundo. Imaginar es abrir espacio para futuros que todavía no han sido colonizados por las narrativas de la destrucción, del progreso entendido como extracción ilimitada o de la idea de que ciertos territorios son sacrificables en nombre del desarrollo.
La Chiquitania ha resistido durante siglos porque conserva memorias que no están únicamente en los archivos jesuitas o en los libros, existe desde antes, con nominaciones diversas, como todo el planeta, que ha sido distribuido a lo largo de los siglos, y se le ha puesto la etiqueta Nacional o etnonacionalismo, etc. la empresa más rentable y que más ha aprovechado de los recursos del planeta tierra se llama Estado Nación, guerras en su nombre, pugnas por un mar, por un río, etc.
Desde una perspectiva epistemológica, me interesa cuestionar la idea de que solo existe una manera legítima de conocer el mundo, que es lo que ha generado innumerables epistemicidios, además de ecocidios. Las comunidades han desarrollado durante generaciones formas de comprensión que nacen de la convivencia con los bosques, los ríos, los animales y los ciclos de la tierra. Son saberes construidos a través de la observación, la experiencia, la escucha y la reciprocidad. Muchas veces esos conocimientos han sido considerados secundarios frente a modelos más técnicos o institucionales, pero continúan ofreciendo respuestas fundamentales para habitar estos territorios. Así como se aprende un idioma, se aprende a vivir en una ciudad o país diferente, pues así mismo, hay que asumir el reto de convivir con ecosistemas diversos, superar la dinámica de subordinación, antropocéntrica, adultocéntrica, etc.
La literatura tiene la capacidad de dialogar con estas preguntas sin necesidad de convertirlas en teoría. En mis cuentos, la resistencia aparece cuando los personajes vuelven a escuchar aquello que parecía olvidado; cuando el monte conserva una memoria que los seres humanos creían perdida; cuando un tren regresa, cuando un río recuerda, cuando una comunidad protege una historia o cuando una semilla logra atravesar el fuego. No porque la literatura ofrezca soluciones, sino porque puede devolver complejidad a aquello que los discursos dominantes suelen simplificar, y esto el gran Edgar Morin en su epistemología de la complejidad lo desarrolló muy bien.
En ese sentido, la naturaleza chiquitana y la del mundo en general, también resiste. No como una fuerza romántica o idealizada, sino como una realidad que insiste en la vida. Después de las inundaciones, después de los incendios, después de las sucesivas formas de devastación, el bosque vuelve a brotar, los animales regresan, las semillas encuentran caminos inesperados. Esa persistencia atraviesa todo Respirar es un pacto y constituye uno de sus impulsos más profundos.
Quizás por eso recordar e imaginar son acciones inseparables. Recordamos para no perder el vínculo con aquello que nos constituye. Imaginamos para que ese vínculo pueda proyectarse hacia el futuro. Entre ambas operaciones se abre un espacio de resistencia donde la cultura, la memoria y la vida encuentran la posibilidad de seguir coexistiendo y transformándose.

—Elegiste a adolescentes como protagonistas de estos relatos de iniciación. ¿Qué herramientas crees que tiene la juventud de hoy para frenar la destrucción de su entorno?
—La juventud posee herramientas que ninguna generación anterior tuvo: acceso a información global, capacidad de organización en redes y una sensibilidad creciente hacia las cuestiones ambientales. Pero también tiene el desafío de no quedarse únicamente en la denuncia virtual. Creo que el cambio ocurre cuando el conocimiento se convierte en vínculo, cuando las personas conocen y sienten como propio el territorio que desean proteger.
Por eso elegí a adolescentes como protagonistas de estos relatos. Me interesa trabajar ese momento de la vida en el que todavía es posible escuchar lo que el adultocentrismo muchas veces ha ido dejando de escuchar. No porque los jóvenes sean moralmente superiores, sino porque aún conservan una cercanía con el asombro, con la imaginación y con ciertas formas de percepción que el mundo adulto suele relegar en nombre de la utilidad, la productividad o la prisa.
Desde las ecopedagogías y las ecodidácticas sabemos que el cuidado no nace únicamente de la información y del conocimiento. Nace de la relación. Nadie protege aquello con lo que no ha construido un vínculo afectivo, ético y simbólico. Por eso los protagonistas de Respirar es un pacto no reciben simplemente una lección sobre la naturaleza; atraviesan experiencias que transforman su manera de estar en el mundo.
Elias, por ejemplo, descubre que la memoria del territorio no está solamente en los libros o en los relatos heredados, sino también en las huellas que el paisaje deja sobre quienes lo recorren. Sari y Poroto, en su búsqueda entre los hervores de las aguas calientes, intentan comprender una ausencia, la muerte de una madre, pero terminan encontrando algo más profundo: la certeza de que los vínculos no desaparecen por completo y que la naturaleza también participa en los procesos de duelo, memoria y transformación.
Julián, por su parte, atraviesa una de las experiencias más intensas del libro. Llega al monte cargado de ira, de dolor y de confusión. Sin embargo, cuando se encuentra cara a cara con el jaguar, ocurre algo inesperado. No vence al animal ni es vencido por él. Aprende a respirar. Aprende a acompasar su respiración con la de esa otra vida que tiene delante. En ese instante comprende que la fuerza no proviene de la dominación sino de la coexistencia. Ambos salen vivos de ese encuentro porque ambos reconocen, de algún modo, la presencia del otro. Para mí, ese episodio resume uno de los temas centrales de mi libro: la vida se sostiene a través de relaciones y no únicamente mediante la competencia o el control.
También aparecen personajes como Lucascópico, Micropipescópico y Enriquescópico, que representan distintas formas de búsqueda del conocimiento. Observan, clasifican, investigan y nombran el mundo, pero poco a poco descubren que no todo puede reducirse a categorías o mediciones. Hay aspectos de la realidad que solo se revelan cuando la observación se transforma en escucha y cuando el saber se abre al asombro.
Algo semejante ocurre con las protagonistas del reloj de arena del Pantanal, son una especie de duendes mágicos, que desafían la obsesión humana por fragmentar el tiempo. Ellas recuerdan que existen otros ritmos, los del agua, los de los animales, los de los bosques y los de la propia respiración. Frente a una cultura que acelera constantemente, estos personajes invitan a habitar el tiempo en lugar de perseguirlo.
Y atravesando todas estas historias aparece la abuela Ausen Ralip. Ella es, de alguna manera, el hilo invisible que sostiene el libro. No guía a los personajes mediante órdenes o certezas absolutas. Los acompaña enseñándoles a respirar, a escuchar y a permanecer presentes. Su sabiduría nace de la relación con la vida y con el territorio. En muchos sentidos, es ella quien recuerda a los personajes —y también a los lectores— que respirar es mucho más que una función biológica: es una forma de entrar en relación con el mundo.
Por eso tengo esperanza en la juventud y también en la niñez. Los niños todavía hablan con los árboles sin sentir vergüenza. Escuchan al viento. Preguntan. Imaginan. Reconocen presencias donde los adultos hemos aprendido a ver recursos. Muchas veces la educación intenta enseñarles a abandonar esas capacidades, cuando quizás deberíamos aprender a conservarlas.
Creo que una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo consiste en recuperar esa sensibilidad relacional. No para regresar ingenuamente a la infancia, sino para construir formas más conscientes de convivencia con la vida. Los personajes de Respirar es un pacto recorren precisamente ese camino. Y tal vez la herramienta más poderosa que poseen sea esa capacidad de imaginar otros modos de existencia cuando el mundo parece empeñado en convencernos de que no hay alternativas.
Porque toda transformación comienza allí: en la posibilidad de volver a respirar con el mundo en lugar de vivir separados de él.

—En el cuento La máscara de urucú, el color rojo es memoria que no se borra con agua y jabón. ¿Qué pasa con las nuevas generaciones urbanas cuando intentan ignorar su herencia ancestral?
—Cuando las nuevas generaciones intentan ignorar su herencia ancestral, no desaparece esa herencia; simplemente queda relegada o silenciada. En La máscara de urucú, el color rojo simboliza una memoria que permanece bajo la superficie. Negar las raíces puede generar una sensación de desconexión, pero tarde o temprano esas preguntas sobre quiénes somos y de dónde venimos suelen regresar.
Pero el cuento no habla solamente de una herencia cultural, sino de una condición profundamente humana. Crecer implica, muchas veces, querer desprenderse de aquello que nos ha formado: de la familia, de las historias recibidas, de los rasgos que reconocemos en quienes nos precedieron. Es como si alguien quisiera vaciarse la sangre para dejar de ser hijo de alguien. Sin embargo, lo heredado no desaparece; se transforma. El urucú y las máscaras representan precisamente ese proceso adolescente de búsqueda y cambio: la necesidad de probar otros rostros, cuestionar las pertenencias y alejarse para descubrir quién se es. La identidad no se construye borrando el pasado, sino dialogando con él. Al final, la verdadera transformación ocurre cuando dejamos de huir de nuestras raíces y aprendemos a integrarlas en una versión nueva y propia de nosotros mismos.
—En el relato del Pantanal desafías la idea del reloj y los calendarios. ¿Por qué nos urge tanto a los humanos medir y fragmentar el tiempo en lugar de simplemente habitarlo?
Porque medir el tiempo nos da una sensación de control y además es el gran logro del mundo moderno después las dos grandes revoluciones industriales y más aún ahora con la revolución en materia de IA: poner horarios para producir, para comer, para dormir, etc es el gran modo de control de nuestra vida, y esto no es nuevo, ya lo han planteado en el siglo XX, estudiosos como Capra, Morin, etc.. Hemos construido sociedades enteras alrededor de calendarios, horarios y productividad. El reloj es una herramienta útil, pero también una respuesta al vértigo de saber que nuestra existencia es limitada. Fragmentamos el tiempo porque nos cuesta habitar su continuidad y porque hemos olvidado otras formas de relación con el tiempo y habría que revisarlas, para considerar habitar con menos estrés este pequeño tiempo de vida que nos es dado por gracia y gloria de nuestras madres.
Muchos ecosistemas funcionan según ritmos distintos, más circulares y menos fragmentados. En el Pantanal quise explorar precisamente esa otra percepción temporal, donde el tiempo se experimenta más que se contabiliza, el calor y humedad de esta zona, te hace entrar en otro estado de percepción del tiempo, si no lo habitas, la prisa te puede infartar o aletargar más de la cuenta. Las aguas no obedecen horarios; las estaciones no consultan agendas. Allí uno descubre que vivir no consiste únicamente en administrar minutos, sino en participar de un flujo más amplio. Tal vez hemos olvidado que el tiempo no es algo que poseemos, sino el espacio mismo donde ocurre nuestra transformación.
Por eso las duendes Arichuri, Sofi, Bela y Anitus emprenden un viaje siguiendo el curso de los ríos desde el Pantanal hasta las cataratas del Iguazú. Su travesía no está guiada por relojes ni calendarios, sino por el movimiento del agua. Ellas aprenden que cada río guarda una memoria y que avanzar no siempre significa llegar más rápido. El cauce enseña una temporalidad diferente: una en la que todo está en movimiento y, al mismo tiempo, todo pertenece a un ciclo mayor. Las cataratas del Iguazú representan la culminación de ese aprendizaje. Allí las aguas que recorrieron largas distancias se reúnen en una fuerza común, recordándonos que el tiempo no es una línea recta que nos empuja hacia adelante, sino una corriente viva que nos conecta con los paisajes, los seres y las historias que encontramos en el camino.

—A través del personaje de Lucascópico planteas la contradicción de una ciencia que clasifica, pero no escucha al monte. ¿Hemos perdido la capacidad de entender la naturaleza por culpa del exceso de tecnicismos?
—No creo que el problema sea la ciencia. Al contrario: la ciencia nació de una de las virtudes más profundas del ser humano, la capacidad de observar con atención, formular preguntas y aceptar que la realidad siempre es más compleja que nuestras explicaciones. Lo que me interesa explorar es una tensión que atraviesa nuestro tiempo: la velocidad con la que producimos conocimiento frente a la lentitud que exige comprender verdaderamente aquello que observamos.
Hoy, la presión por publicar, producir resultados y responder a indicadores puede hacernos olvidar que el origen de toda investigación auténtica es la escucha. El monte no revela sus secretos a quien llega con respuestas anticipadas. Exige tiempo, presencia y la disposición de permanecer junto a una pregunta sin apresurarse a clausurarla. Podemos acumular datos sobre un ave, medir sus desplazamientos, registrar su alimentación y clasificar sus comportamientos, pero aun así no haber comprendido qué lugar ocupa en la trama viva de la que forma parte.
Por eso en el relato aparecen Lucascópico, Enriquescópico y Micropipescópico. Cada uno observa al Cuco desde una perspectiva distinta: uno se interesa por su dieta, otro por su canto, otro por sus hábitos y desplazamientos. Todos aportan algo valioso, pero ninguno posee por sí solo una mirada completa. La realidad siempre desborda los marcos desde los que intentamos capturarla. El diálogo entre ellos muestra que el conocimiento no crece cuando una voz se impone sobre las demás, sino cuando distintas formas de observación aceptan sus límites y se enriquecen mutuamente.
En medio de esa conversación aparece la abuela Ausen Ralip. Ella no representa una alternativa a la ciencia ni una autoridad que resuelve el debate. Su presencia introduce otra temporalidad. Mientras los demás buscan definir al Cuco, ella permanece atenta a las relaciones que lo sostienen: el bosque, las estaciones, los silencios, las corrientes de aire, los frutos que maduran y los insectos que desaparecen. Allí donde los otros observan fragmentos, ella percibe vínculos.
La tensión del relato no es entre conocimiento y tradición, sino entre distintas maneras de acercarse al mundo. Una busca respuestas rápidas y certezas; la otra acepta que comprender implica convivir con el misterio. Creo que la ciencia alcanza su mayor belleza cuando conserva esa humildad original: cuando mide sin dejar de contemplar, cuando analiza sin dejar de escuchar y cuando reconoce que la realidad siempre tiene algo más que decir de lo que nuestras categorías pueden contener.

—En El viento de las catedrales pones a dialogar a Santa Cruz y La Paz a través de sus campanas. ¿Por qué nos cuesta tanto a los bolivianos encontrar ese lenguaje común fuera de los prejuicios regionales?
—Porque los prejuicios simplifican realidades que son profundamente complejas. Nos ofrecen una sensación de certeza, pero al precio de dejar de ver al otro en toda su humanidad. Es más fácil habitar una caricatura que sostener una conversación verdadera. Durante mucho tiempo hemos construido identidades regionales en oposición unas a otras, como si para afirmar quiénes somos necesitáramos negar o disminuir a quienes viven, sienten y piensan desde otros territorios.
En El viento de las catedrales quise imaginar algo imposible: que las campanas pudieran hablar entre sí. Les di lenguas porque los seres humanos, muchas veces, parecemos haber olvidado cómo escuchar. Las campanas atraviesan montañas, llanuras y distancias que para nosotros resultan difíciles de cruzar. Ellas no preguntan de qué región viene el sonido antes de responderle. Simplemente escuchan. Y en esa escucha descubren algo esencial: que detrás de cada voz existe una historia, una memoria y una forma particular de habitar el mundo.
Creo que una de las tareas pendientes de Bolivia no es únicamente administrativa, económica o institucional. Es, sobre todo, una tarea ética. Consiste en reconocer la profundidad humana, política, cultural y ecológica de quienes conforman este país. No hablo de discursos grandilocuentes ni de documentos llenos de palabras como “integración”, “unidad” o “cohesión social, interculturalidad, transculturalidad, etc” utilizadas como eslóganes electorales. Hablo de un reconocimiento real. De comprender que Bolivia no es una abstracción, sino una trama viva de migrantes, campesinos, pueblos indígenas, habitantes urbanos y comunidades que han desarrollado distintas maneras de relacionarse con la tierra, la memoria y el futuro.
Por eso las campanas del cuento dialogan. Ellas hacen lo que nosotros todavía estamos aprendiendo a hacer. Se responden sin anularse. Conservan su propio sonido sin exigir que el otro renuncie al suyo. El relato sugiere que la unidad no nace de la uniformidad, sino de la capacidad de convivir con la diferencia sin convertirla en amenaza.
Todavía hay un largo camino por recorrer en materia de diálogo y escucha. Quizás el mayor desafío no sea aprender a hablar más fuerte, sino desarrollar la paciencia necesaria para escuchar aquello que durante mucho tiempo permaneció fuera de nuestro campo de atención. Ninguna región, ninguna cultura y ninguna comunidad posee por sí sola la totalidad de la verdad. Como las campanas del cuento, sólo podemos comprender mejor quiénes somos cuando aceptamos entrar en resonancia con las voces de los demás.

—En tus relatos abundan las abuelas curanderas y mujeres que sostienen los dolores del pueblo. ¿Son las mujeres las verdaderas guardianas de la memoria y la ecología en el oriente boliviano?
—Las mujeres ocupan un lugar fundamental en mis relatos porque muchas de ellas fueron las primeras personas que me enseñaron que cuidar también es una forma de conocimiento. No hablo de un conocimiento acumulado en bibliotecas o certificados, sino de un saber tejido en la experiencia cotidiana, en la observación paciente de los cuerpos, las plantas, los animales y las necesidades de la comunidad.
Por eso aparece la historia de la mujer de los cinco pulmones, que sueña con fundar una escuela dedicada al descubrimiento de esos pulmones invisibles que todos poseemos y que casi nunca aprendemos a usar: los pulmones de la respiración consciente, de la escucha, de la palabra cuidadosa, del silencio oportuno y de la atención al otro. En el fondo, ese personaje nace de una intuición muy sencilla: muchas de nuestras crisis individuales y colectivas tienen que ver con haber olvidado cómo respirar juntos, cómo escuchar antes de responder y cómo habitar el mundo sin atropellarlo.
Las curanderas de mis cuentos no son figuras inventadas ni idealizadas. Están inspiradas en mujeres reales que conocí a lo largo de mi vida. Pienso, por ejemplo, en mi tía Doris, a quien yo llamaba cariñosamente la “curandera ambulante”. Siempre aparecía de manera inesperada, como enviada por algún misterioso sistema de alarmas familiares. Llegaba justo cuando mis crisis de asma parecían no dar tregua. Traía jarabes oscuros, infusiones amargas y mezclas de yerbas imposibles de identificar. Yo protestaba, por supuesto, pero aquellas recetas formaban parte de una cadena de cuidados que había viajado de generación en generación mucho antes de que existieran manuales o protocolos. Era lo que había, y también era una forma de amor.
Pienso también en mi madre, en Sari, en mi tía Chuly y en tantas mujeres de la familia que convertían el final de un viaje agotador en una experiencia de cobijo. Después de largas travesías, cuando el cansancio parecía ocuparlo todo, ellas seguían atentas a los detalles más simples: que alguien hubiera comido, que los niños descansaran, que hubiera agua fresca, una cama preparada o una palabra de bienvenida. Mi madre recibía muchas veces esos regresos con una sopa de choclo humeante, capaz de devolver el calor al cuerpo después de los viajes largos y fríos. No era sólo alimento; era una manera de decir: “ya llegaron, están en casa”.
Y recuerdo especialmente a mi tía Cuca, con su inolvidable sopa de yuca con huevo de gallina esperando en la madrugada cuando el tren finalmente llegaba a Roboré. Después de horas de estaciones, retrasos, polvo y sueño, aquel plato tenía algo más que sabor: era una forma de regreso. Era la certeza de que alguien había estado esperando despierta mientras otros viajaban. Todavía hoy me parece que en esa sopa habitaba una sabiduría antigua: la capacidad de transformar ingredientes sencillos en consuelo, el alimento en pertenencia y la espera en afecto.
También recuerdo las grandes chocolatadas compartidas en el barrio durante las vacaciones. Había una multitud de niños corriendo, jugando y haciendo ruido, y de algún modo siempre aparecían mujeres capaces de organizar lo imposible. El chocolate alcanzaba para todos, los panes se multiplicaban y la comunidad se reunía alrededor de una alegría sencilla. De niña una no siempre comprende quién sostiene esos momentos. Con los años entendí que detrás de aquellas celebraciones había horas de trabajo, planificación, generosidad y entrega silenciosa.
Recuerdo también a las mujeres de los pueblos que aparecían cuando el tren se descarrilaba o quedaba detenido durante horas en medio de la nada. Donde parecía haber escasez, ellas encontraban abundancia. Con unas pocas gallinas, algo de yuca, algunas verduras y enormes canchones donde reunirse, lograban alimentar a multitudes enteras de viajeros varados. Aquello tenía algo de milagro, pero no era magia. Era experiencia, organización, hospitalidad y una comprensión profunda de cómo sostener la vida en condiciones difíciles.
Por eso me interesa hablar de estas mujeres no como guardianas exclusivas de la memoria o de la ecología, sino como portadoras de una ética del cuidado que ha sido esencial para la supervivencia de muchas comunidades. Ellas comprendían algo que hoy seguimos necesitando recordar: que la vida se sostiene gracias a innumerables gestos pequeños, casi invisibles, realizados por personas que rara vez aparecen en los libros de historia. Sus conocimientos nacían de la cercanía con la tierra, con los cuerpos y con las necesidades concretas de quienes las rodeaban.
Las abuelas, las tías, las madres, las curanderas y las cocineras y también los cocineros, como mi tío Lucho, Roland, etc. de mis relatos son un homenaje a todas estas personas. Son mujeres poderosas, sabias e impresionantes. No porque buscaran reconocimiento, sino porque hicieron posible la vida cotidiana de muchas personas. Habitan mi memoria y la memoria de numerosos pueblos del oriente boliviano. Ellas me recuerdan que la historia de una comunidad no sólo se escribe en los grandes acontecimientos. También se escribe en una sopa de yuca con huevo de gallina servida al amanecer, en una sopa de choclo después de un viaje frío, en una chocolatada preparada para toda la muchachada del barrio o en unas manos que llegan, justo a tiempo, cuando alguien ya casi no puede respirar. Allí también vive la sabiduría. Allí también vive la memoria.

—Mencionas que construiste estas historias caminando y anotando experiencias en rutas reales como Tucabaca o Chochís. ¿Cómo se traduce físicamente el acto de caminar por el bosque en el ritmo de tu escritura?
—Caminar modifica la manera de observar. Cuando uno recorre lugares como Tucabaca o Chochís a pie, el cuerpo entra en el ritmo del paisaje y aprende cosas que difícilmente podrían comprenderse desde la distancia. Mi escritura nace de esa experiencia física. No sólo de mirar, sino de cansarme, de perder el aliento, de mojarme bajo la lluvia, de sentir miedo, asombro o alegría mientras avanzo.
El monte está atravesado por el agua. Por los ríos que serpentean entre las piedras, por las caídas de agua que aparecen de pronto entre la vegetación, por ese olor dulce que tienen los cursos de agua del oriente y que es tan distinto al olor salado del mar. En mis recuerdos, el aire se mezcla con el aroma de las frutas maduras: pitón, mango, guayaba, chirimoya. Son fragancias que forman parte del paisaje tanto como los árboles o las aves. El monte no se observa solamente con los ojos; también se respira.
Y para mí, la respiración siempre ha sido una compañera de viaje muy consciente. Muchas veces me costaba seguir el ritmo de los demás. Me cansaba. Sentía que el aire no alcanzaba. Había momentos en que el miedo aparecía antes que la falta de oxígeno. Entonces fui desarrollando pequeñas estrategias personales para sostenerme: formas de regular la respiración, de acompasar el paso, de calmar el cuerpo cuando la angustia amenazaba con cerrar aún más el pecho. Es curioso, porque estaba rodeada de una exuberancia verde extraordinaria, de una abundancia de aire casi infinita, y aun así debía aprender a recibirlo. Con el tiempo comprendí que respirar no es sólo una función biológica; también es una práctica de confianza.
Las caminatas eran verdaderas aventuras familiares. Año tras año recorríamos senderos, cerros y montes junto a hermanas, primos, amistades y vecinos. A veces nos sorprendían tormentas repentinas y había que desmontar campamentos enteros bajo la lluvia. Otras veces nos retrasábamos tanto que terminábamos corriendo para alcanzar el tren antes de que partiera. Cuando el calor era insoportable, algunos terminábamos viajando sobre el techo de los vagones, buscando un poco de viento. Todo parecía posible en aquellos viajes.
Recuerdo una ocasión en que una fuerte lluvia alteró los caminos habituales. Caían piedras, el terreno se volvía incierto y un grupo se desvió de la ruta hacia los totaisales. Mi madre y mi tía Lourdes salieron a buscarnos llenas de preocupación. En medio de esa expedición, a mi tía incluso la correteó una vaca que apareció donde menos se la esperaba. Hoy la anécdota provoca risa, pero en aquel momento estaban atravesadas por ese sentimiento que tantas madres conocen: esperar con el corazón encogido mientras las hijas regresan de sus aventuras o de haberse ido a acampar sin permiso, no el permiso de visado Schengen, si no el permiso más difícil de conseguir: el de las madres.
Todo eso termina entrando en mi escritura. No como una crónica literal, sino como un ritmo interior, mezclado con la imaginación. Los relatos avanzan como avanzan los caminantes: con momentos de entusiasmo y momentos de agotamiento, con desvíos inesperados, pausas para recuperar el aliento y descubrimientos que sólo aparecen cuando uno acepta ir más despacio. Pero no siempre es así. A veces el camino exige otra cosa: tirar el pique de sopetón, correr, cruzar un río a nado, apurar el paso porque se viene la tormenta con turbión y todavía falta llegar a un lugar seguro. El paisaje marca el ritmo y uno aprende a escuchar lo que cada momento pide.
Otras veces sucede exactamente lo contrario. El agua invita a quedarse. Entonces la aventura consiste en detenerse: contemplar una caída de agua, escuchar el río, conversar durante horas, compartir unos mates, preparar una ollanga de locro para todos entre alguna cueva o piedras que rodean las caídas de agua, armar el campamento o darse un chapuzón para aliviar el calor. Son momentos en los que el tiempo parece ensancharse y la vida recupera una sencillez esencial.
Creo que la escritura se parece mucho a esas jornadas. Hay páginas que avanzan con la velocidad de quien escapa de la lluvia y otras que se demoran como una conversación junto al agua. En ambos casos, lo importante no es llegar rápido, sino permanecer atenta. Porque el camino, como la escritura, siempre termina revelando algo a quien sabe caminarlo con el cuerpo, la respiración y el alma.
Por eso digo que caminar influye profundamente en mi manera de escribir. Cada sendero deja una huella en el cuerpo y cada huella termina convirtiéndose en una forma de mirar. Al final, el estado del cuerpo y el estado del alma son inseparables. Hay cuerpos que nacen con algunas fragilidades, con ciertas fallas de origen, como me gusta decir con humor. Pero también existe una fuerza interior que aprende a acompañarlos. Quizás escribir se parezca a eso: seguir avanzando, escuchar la propia respiración y descubrir que, aun cuando parece faltar el aire, todavía existe un camino que puede recorrerse, si los pies o la columna vertebral fallan, se recorre con la mente, con la respiración.

—Está retornando el servicio de tren de pasajeros que fue tan solicitado y que, justamente, abordas un cuento y también tenés tu libro sobre rieles, ¿no? ¿Cómo lo ves? ¿Crees que esto es una sincronía muy bonita de la realidad?
—Sí, y creo que por eso este regreso del tren me conmueve de una manera muy particular. En Respirar es un pacto el tren aparece en varios relatos, pero especialmente en La biblioteca de la torre de Chochís ocupa un lugar central. Allí no es simplemente un medio de transporte ni un elemento del paisaje: es un protagonista que regresa, que insiste en permanecer, que sigue uniendo vidas y territorios incluso cuando parece destinado al abandono.
Con el tiempo he llegado a pensar que ese cuento tiene algo de conjuro, de llamado. La literatura no cambia por sí sola la realidad, pero puede acompañar, sostener y mantener viva una memoria colectiva. Mientras muchas personas daban su tiempo, su esfuerzo y su propia vida para defender el tren y lo que representa para las comunidades de la Chiquitania, yo sentía la necesidad de acompañar esa lucha desde el lugar que conozco: la escritura.
Muchas veces, cuando una está lejos, experimenta una sensación de impotencia. Sin embargo, la palabra también puede ser una forma de presencia. Con las historias, las notas, las conversaciones y los libros intenté mostrar lo que estaba ocurriendo, compartir la importancia de estos territorios y de los vínculos que los sostienen. Es una manera de decir: “estoy aquí, escuchando, mirando, acompañando”.
Por eso me emociona pensar que hoy el tren vuelve a recorrer esos caminos. No lo veo solamente como la recuperación de un servicio, sino como el resultado de una resistencia amorosa y persistente de muchas personas que nunca dejaron de creer en su importancia. Si mis cuentos han podido aportar una pequeña voz a esa conversación colectiva, entonces siento que la literatura ha cumplido una de sus tareas más hermosas: acompañar la vida mientras sucede.

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Sobre el autor
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Roberto Navia
Desde hace más de dos décadas transita por el mundo para intentar elevar a los anónimos del planeta al foco de lo visible. Sus crónicas emblemáticas: Tribus de la inquisición y Los Colmillos de la Mafia le han permitido ganar dos veces el Premio Rey de España (2014 y 2017); Esclavos Made in Bolivia, el premio Ortega y Gasset (2007); el documental Tribus de la Inquisición, la nominación a los Premios Goya (2018), Flechas contra el Asfalto y Los Piratas de la Madera desangran el Amboró, dos veces ganadores del Premio de Conservación Internacional, entre otros galardones nacionales e internacionales. Es docente universitario de postgrado, la cabeza de la Secretaría de Libertad de Expresión de la Asociación de Periodistas de Santa Cruz, miembro del Tribunal de Ética de la Asociación Nacional de la Prensa de Bolivia y de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).



