
Hay narradores que escriben sobre los acontecimientos. Y hay otros que se meten dentro de ellos. Darwin Pinto pertenece a esa segunda especie. Durante años caminó detrás de marchas, atravesó bloqueos, se internó en cárceles, escuchó a migrantes, sobrevivientes y personajes que suelen quedar fuera de los discursos oficiales. De esas experiencias nacieron las crónicas que ahora reúne en su libro Crónicas de un Delator (Editorial 3600), una obra imprescindible que recorre algunos de los episodios más intensos y reveladores de la Bolivia contemporánea.
En estas páginas aparecen presidentes y campesinos, conflictos políticos y dramas humanos, pero sobre todo aparece un país que parece condenado a tropezar una y otra vez con las mismas piedras. Al revisar textos escritos entre 2001 y 2017, Darwin Pinto vuelve sobre aquellas historias y, además, se encuentra con el periodista que fue, con sus audacias, miedos y certezas. El resultado es una conversación franca sobre la crónica, el oficio y el extraño privilegio de contar la realidad desde adentro.
En esta entrevista con Revista Nómadas, Darwin Pinto habla de la figura del periodista como “delator”, de la necesidad de involucrarse emocionalmente con las historias, de los personajes anónimos que le enseñaron más que cualquier autoridad y de una Bolivia que, según sus palabras, sigue siendo “una herida abierta en el costado menos visible del mundo”. Una charla para hablar de libros, sí, pero también para reflexionar sobre el periodismo y sobre el país que intentamos entender mientras lo contamos.

—¿En qué momento sentiste que era el momento de reunir estas historias en un libro y llamarlo Crónicas de un Delator?
—Hace tiempo que me rondaba la idea de rescatar las que considero mis mejores crónicas para publicarlas en un libro y salvarlas de la dispersión y el olvido.
En su momento estas crónicas se publicaron en la edición de papel en distintos medios nacionales y algunas como la referida a la toma de Pando no sólo que se publicó en diversos medios, sino que se lo hizo en años distintos por su permanente actualidad. Lo que había pasado en Bolivia en 2003, pasó otra vez en 2008 y luego en 2019. Hoy ocurre de nuevo en 2026, en un ciclo calamitoso interminable. Casi una maldición.
Lo bello de la crónica es que retrata una realidad y una cultura, por lo que envejece bien, no pierde actualidad, más aún en un país como este en donde el conflicto es algo cíclico. Siempre hay líos intensos, con bloqueos, grandes perjuicios para la economía, muertos, sean reales o inventados, frutos del enfrentamiento con las fuerzas del orden o de la mala entraña de las dirigencias que saben usar como arma la sangre de los suyos y suelen disparar por atrás. No importa qué año sea, el gran conflicto es una constante nacional, una marca de identidad.
Mi problema con estas crónicas es que tenía los textos dispersos, de modo que comencé a rescatarlos de aquí y de allá para armar el libro Crónicas de un Delator. Elegí ese título, porque como digo en el libro, los periodistas somos eso: delatores. Recogemos información en muchos casos escondida para beneficiar ciertos intereses personales o de grupo y la divulgamos, así delatamos a los que se amparan en las sombras para hacer sus fechorías. Ponemos el foco de la opinión pública sobre ellos.
—Después de revisar tus crónicas escritas entre 2001 y 2017, ¿qué descubriste sobre el narrador que eras entonces y el que sos hoy?
—Entonces era joven y osado. Entraba en lugares donde jamás hubiera ido de haber obedecido al sentido común o al instinto de autopreservación. Pero también arriesgaba en la ejecución del texto, en la escritura. Lo hacía repleto de una autoconfianza irresponsable y muchas veces me equivoqué, pero no me arrepiento, porque eso fue mi escuela, aprendí de cada error. Eso me hizo lo que soy ahora.
Hoy miro la realidad desde la serena vereda de la experiencia. Escribo con cuidado, aplicando los pesos y contrapesos necesarios, casi de forma artesanal. No con miedo, sino con paciencia. Tomo en cuenta todo lo que se debe contemplar para escribir de una forma que esté a la altura del lector, que siempre es un tipo inteligente.

—Tus crónicas tienen algo muy personal, porque también cuentas lo que te pasa mientras investigas. ¿Por qué eliges escribir desde ese lugar?
—No puedo escribir con gusto si no me conecto a la historia. Debo entrar, debo estar, vivirla desde adentro, sufrirla, amarla para luego dejarla ir y empezar la siguiente.
En la nota periodística debés ser objetivo, frío, mecánico, puro sexo sin amor y sin compromiso. En cambio, la crónica es el periodismo que dice yo, afirma Caparrós. Y le creo. La crónica es la verdad de los hechos, pero también es la pasión del que escribe. Es mi forma de buscar conexión con el lector. Me muestro para que el lector me conozca un poco y si quiere, seamos amigos al menos lo que dure la lectura. Es mi manera de decirle: “Te voy a contar una historia que me pasó. Estuve ahí, yo lo vi y ahora te lo cuento a vos, pero sólo a vos, no se lo digás a nadie, es nuestro secreto. ¿Ok?” Intento tender un puente intimista entre dos personas que no se verán nunca.
Me convierto en un narrador-testigo que con su presencia humaniza el relato, pero que, además, al contarlo en primera persona, avala como su verdad cada palabra escrita sin caer en un ejercicio de egolatría. El uso del yo es útil en tanto suma al texto, pero si se usa para sacarle brillo al nombre del escritor, entonces es un problema.
Hay muchos ejemplos de esta práctica que personaliza el texto y prescinde totalmente de una innecesaria falsa modestia sobre la que volveré en un momento. Rodolfo Walsh en Operación Masacre; Truman Capote, en A Sangre Fría; John Reed, en México Insurgente; narran su crónica de manera personal, en primera persona: Estuve, estoy; vi, veo, oí, oigo. Es tan personal que Capote se enamora de uno de los asesinos que serán ejecutados; es tan personal que Reed tras la revolución mexicana viaja a Rusia para escribir otra crónica, esta vez, sobre la república de los soviets. Es tan personal que Walsh se enfurece en el texto contra los que ordenaron los fusilamientos aquellos, se enfuerce tanto que luego de esa crónica inicia su militancia política hasta convertirse en un subversivo que planifica y ejecuta un atentado terrorista contra un cuartel de policía en Buenos Aires. A ese nivel personaliza lo que escribe. Claro que yo no llego a tanto, ni en talento ni en pasión, en mi caso pongo el punto final y desconecto el cable que me une a la historia para empezar a trabajar en la siguiente. Lo dejé todo en el texto y ya no vuelvo a él.
Sobre la falsa modestia, hay algunos cronistas que critican el yo en la crónica, pero adoran las fotografías en los medios, las entrevistas y los aplausos de pie en las ferias del libro. Trabajan bien para que los vean, lo cual es maravilloso y justo, porque el que publica quiere que el público valide ese trabajo, sino no publicaría y guardaría toda su magnífica producción en gordos diarios personales. Trato de no caer en esa contradicción que me parece más bien esnob.
—¿Qué episodio de las crónicas narradas en este libro sigue persiguiéndote muchos años después de haberlo escrito?
—La de El Alto, la primera del libro. Fue la única vez que sentí que iba a morir, pero no de cualquier muerte, sentí que íbamos a ser lapidados, reventados a pedradas, peor que animales, como en el tiempo de las cavernas. Aún hoy me pregunto qué carajos hacía yo ahí. No me arrepiento, pero no lo haría de nuevo.
—En estas páginas, que tienen una fuerza natural de la realidad, aparecen presidentes, migrantes, mineros, sacerdotes y gente común. ¿Qué Bolivia termina retratando el libro?
—Quisiera ser optimista en esta respuesta, pero creo que he visto demasiado. El libro no retrata a una Bolivia violenta, retrata a una Bolivia violentada por sus propios hijos.
Este país es una herida abierta en el costado menos visible del mundo. La historia del pasado de Bolivia, con la que trabajan los historiadores; y la historia del presente boliviano, con la que trabajan los periodistas, tiene una terrible constante: violencia brutal por causas políticas, con todos los daños que eso implica.
Sucede en el siglo XIX desde la fundación de la república, cuyos primeros síntomas se dan con el intento de asesinato contra el mariscal Sucre, el magnicidio del presidente Pedro Blanco Soto, el fusilamiento del cruceño Francisco Xavier de Aguilera en Vallegrande y la primera invasión peruana a cargo de Agustín Gamarra, todo en el mismo año del Señor de 1828. Y sucede en el siglo XXI con estas tácticas suicidas de ahogar a la nación a golpe de bloqueos para derribar a un gobierno democráticamente electo. Bolivia es el país más violentado de América del Sur, basta ver las noticias. Y no hay señales de que eso cambie.
Las causas siempre son políticas y el encono político es el principal mal de este país.

—Leyendo el libro, uno siente que pasan los años pero que los conflictos en Bolivia no dan tregua, ¿es la crónica el género más recomendado para contar este país?
—La crónica se desliza fácil en el tiempo. La crónica periodística que retrata un hecho del presente (como las de este libro) se convierte en una crónica histórica al paso de los años (como las de este libro). A eso me refiero cuando digo que envejece bien. Es un género que funciona en países conflictivos como el nuestro en donde el quilombo político y social es la señal más fuerte del presente, sea el año que fuera.
Por ejemplo, comparo mi crónica de la caída de Sánchez de Lozada en 2003, con la de la caída del prefecto Leopoldo Fernández de Pando en 2008 y con el intento de derrocamiento de 2026 y veo que muy poco ha cambiado.
La única diferencia está en la actitud de los presidentes bajo asedio. Las corporaciones desestabilizadoras siempre son las mismas: minorías altamente ideologizadas y fuertemente organizadas que imponen sus agendas por la vía violenta a las mayorías mudas, seguras de que ningún presidente aguanta diez muertos en sus espaldas. Y por eso tratan de generarlos.
—En una época dominada por las redes sociales y la inmediatez, ¿qué sigue ofreciendo la crónica que otros formatos no pueden dar?
—La crónica da contexto, profundidad, detalle, humaniza el hecho y también da la opción del disfrute con la lectura, un tipo de goce que no tiene otro igual. Las recompensas para el lector son largas y a veces memorables, inolvidables. Por otro lado, las redes te dan recompensas inmediatas, efímeras y adictivas en el peor sentido de la palabra. Con la redes sólo buscamos dopamina gratis, como los buenos adictos que somos, mientras vamos matando nuestra comprensión lectora, la habilidad del pensamiento abstracto y de la metacognición,
—Siempre has tenido una mirada especial para encontrar historias en personajes anónimos. ¿Dónde encuentras las mejores historias: en el poder o en la gente común?
—En este libro no hay una crónica en donde haya hablado con una alta autoridad en el poder. Sabemos que las versiones oficiales son tan acartonadas como falsas, porque usan una máscara de corrección formal, de legalidad y a veces hasta de buena entraña. Sabemos lo que nos dirá un alcalde, un gobernador, un ministro o un presidente. Lo sabemos, llevará agua a su molino sin importar la verdad, nos encantará con su retórica y sus anécdotas, pero sus respuestas no serán lo que el lector quiere saber sino lo que a la autoridad le conviene que este sepa. La gente común es más honesta. Sus historias me son más interesantes, porque sus palabras no contradicen sus hechos ni disfrazan su entorno.
—Si un joven periodista leyera una sola crónica de este libro para entender qué significa este oficio, ¿cuál le recomendarías y por qué?
—Las Resurrecciones de Jesús cuenta la historia de Jesús Vélez Loor, un hombre que migra por tierra de Ecuador a Estados Unidos, pero lo capturan en Panamá y lo someten a tortura acusado de guerrillero colombiano. Ese caso tendrá repercusiones continentales, primero negativas y después positivas. Vélez será nominado como precandidato al Nobel de la Paz en 2020. Es una crónica que visibiliza la lucha de un hombre pobre y solo contra un Estado, contra la desidia y el desprecio de sus semejantes para quienes él no existe, pero también demuestra cómo al delatar estas injusticias, al visibilizar este tipo de casos, el periodismo hoy tan venido a menos sigue transformando al mundo.
A raíz de la cobertura periodística del caso, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CDIH) sancionó que ningún migrante debe estar preso en cárceles centroamericanas. Y es algo que se cumple hasta hoy, su caso sentó jurisprudencia y liberó a centenares de personas injustamente encarceladas. Eso significa este oficio: la posibilidad que cambiar al mundo de a poquito.
—¿Qué libros de no ficción recomiendas a los que están leyendo esta entrevista?
—Los ya mencionados de Rodolfo Walsh o Truman Capote, y claro, los de Martín Caparrós, John Reed, John Hersey, Rysard Kapuscinski o Gay Talese. Todos son altamente recomendables. Todos están envejeciendo bien.
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Sobre el autor
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Roberto Navia
Desde hace más de dos décadas transita por el mundo para intentar elevar a los anónimos del planeta al foco de lo visible. Sus crónicas emblemáticas: Tribus de la inquisición y Los Colmillos de la Mafia le han permitido ganar dos veces el Premio Rey de España (2014 y 2017); Esclavos Made in Bolivia, el premio Ortega y Gasset (2007); el documental Tribus de la Inquisición, la nominación a los Premios Goya (2018), Flechas contra el Asfalto y Los Piratas de la Madera desangran el Amboró, dos veces ganadores del Premio de Conservación Internacional, entre otros galardones nacionales e internacionales. Es docente universitario de postgrado, la cabeza de la Secretaría de Libertad de Expresión de la Asociación de Periodistas de Santa Cruz, miembro del Tribunal de Ética de la Asociación Nacional de la Prensa de Bolivia y de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).



