
Bolivia suele aparecer en los titulares por sus conflictos políticos, sus crisis o sus cambios de gobierno. Pero para el escritor español Antonio Sánchez Gómez, el país se revela de otra manera, en los lagos que desaparecen, en los ríos contaminados por la minería, en los bosques amenazados por el agronegocio y, sobre todo, en las personas que defienden sus territorios frente al avance de los proyectos extractivos.
De esa travesía nació Remover la tierra, un libro que combina crónica, historia, investigación y literatura para narrar una Bolivia profunda y compleja. En esta conversación, Antonio Sánchez reflexiona sobre los paisajes que lo marcaron, las contradicciones de un país que reconoce derechos a la naturaleza mientras facilita actividades que la degradan, y las historias de resistencia que encontró desde el altiplano hasta la Amazonía.

—¿En qué momento decidiste que este viaje por Bolivia podía convertirse en un libro poniendo el foco en los conflictos ambientales?
—Cuando comencé a trabajar en la demanda ambiental que me llevó a Bolivia supe que quería visibilizar el caso: el ayllu de San Agustín de Puñaca era una comunidad establecida junto al lago Poopó que vivía de la pesca y de la agricultura. Pero los vertidos mineros acabaron con esos medios de vida tradicionales, obligando a los jóvenes a migrar y cargando el cuerpo de los viejos con metales pesados. Acabado el litigio ambiental y con la colaboración de la organización Cenda que lleva muchos años trabajando con comunidades y que me proporcionó los contactos de defensores de territorios de todo el país, decidí ampliar el foco para abarcar lo que está ocurriendo en otros lugares. Así pude documentar las resistencias locales ante la arremetida extractivista: petroleras en Tariquía, agronegocio en la Chiquitanía o hidroeléctricas, que pretenden alterar la mecánica fluvial del Pilcomayo.

—Bolivia suele ser contada desde la política. Vos la cuentas desde la tierra. ¿Por qué elegiste mirar el país desde abajo, desde el territorio?
—En primer lugar porque las posiblidades a nivel narrativo que la diversidad territorial boliviana ofrece son innumerables. Pero además porque en realidad, no hay nada más político que el territorio; su configuración es fruto de revoluciones, de reformas agrarias, del abandono estatal de las minas, de la incorporación de la masa obrera a nuevos espacios de producción, de los vaivenes históricos y legales del consumo de coca, de la permisibilidad con la minería ilegal o las colonias menonitas y del rampante neocolonialismo corporativo. Y también de las resistencias: no sabemos como sería la realidad boliviana si confictos como la Guerra del Agua o la Guerra del Gas no hubieran sucedido.
—Mientras recorrías minas, lagos desaparecidos y comunidades afectadas por la contaminación, ¿hubo algún momento en que sentiste que la realidad superaba cualquier cosa que hubieras imaginado antes de llegar?
—Sí, algunos de manera negativa y otros para bien. La incursión que hice junto a Valentín Luna, defensor de la reserva del Madidi, hacia la cabecera del río Beni para adentrarnos en un territorio clandestino, fuera de cualquier control estatal y dominado por la minería ilegal que saquea el lecho para extraer oro aluvial nos enfrentó a un escenario apocalíptico en un lugar donde la naturaleza debería estar intacta. Pero aún más terrorífico fue constatar las consecuencias del uso de mercurio por esas mafias en los cuerpos de las personas que viven río abajo.
Algo que me sorprendió positivamente y además de manera recurrente, es la creatividad del pueblo boliviano para plantear alternativas: las agricultura espiritualista, la depuración del agua contaminada con totoras, la instalación microcentrales eléctricas en comunidades aisladas o el uso de medicina tradicional, propuestas todas que demuestran que no es necesario depredar.

—En el libro combinas la crónica, la historia, la ciencia y hasta elementos que rozan lo mítico. ¿Cómo encontraste ese tono narrativo?
—A ojos de un forastero, Bolivia es un país tan inverosimil en tantos aspectos que solo novelando su cotidianidad se nos hace accessible. Aunque en otros momentos, la realidad es tan dura que no admite narrativa alguna, hay que apegarse a ella desde la crónica más cruda. Cada situación dictaba el tono. Pero siempre dejando espacio a las personas que habitan cada lugar, tratando de desaparecer como narrador, omitiendo miedos, vacilaciones y contradiciones propias para que se filtren en el texto esas voces que son las que mejor explican sus territorios. También hay pasajes ensayísticos y hasta oníricos que tratan de mostrar como el modelo extractivista ha sido impuesto desde afuera. Y otros más históricos como el paso por BOLIVIA de el Che, Klaus Barbie o Mónica Ertl muy imbricados entre sí y con el pasado reciente del país.
—Después de convivir con comunidades marcadas por la extracción de recursos naturales, ¿qué aprendiste sobre la relación entre riqueza y pobreza en Bolivia?
—Que el mapa del extractivismo coincide con el mapa de la pobreza: los departamentos más pobres son aquellos donde la minería está más arraigada y ha contaminado las fuentes de desarrollo tradicionales como la agricultura, ganadería y pesca y algunas incipientes como el turismo. Que ese modelo que a tantos perjudica, solo beneficia a las élites locales, antaño a los barones del estaño, hoy, a otros, como los barones del agronegocio y por supuesto, a las transnacionales que operan en territorio boliviano. Y que en cualquier caso, la riqueza no solo se mide en bienes materiales, vista la vida en comunidades como Cotacajes o Chulumani aunque también ahora empiezan a acusar la contaminación por minería.

—En tus páginas aparecen mineros, palliris, dirigentes indígenas, abogados, comunarios y activistas. ¿Qué fue lo que más te sorprendió de las personas que encontraste en el camino?
—Toda esa gente está echando el resto en sus lugares poniendo su propia integridad por delante. La hermana Bertha Ayala ha desenmascarado a la Glencord en Oruro y Nelly Coca ha puesto el foco sobre el avance petrolero en Tariquía. Las dos han sido hostigadas y criminalizadas, enfrentándose a penas de prisión, Y en ningún momento las sientes vacilar. Solo del vínculo con la tierra puede nacer una determinación tan fuerte. No sé si viene de alguna cosmovisión arraigada en el imaginario colectivo boliviano o es algo más aprendido individualmente pero esa adherencia casí física que hace unir el destino del terruño al propio es alentadora.
—Cuando terminaste de escribir Remover la tierra, ¿qué Bolivia descubriste que no conocías cuando comenzaste el viaje?
—A Europa nos llega muy poco de Bolivia y además bastante en cliché de simbología andina: cóndores, llamas y montañas. El primer choque fue saber que tres cuartas partes del país son tierras bajas y más de la mitad territorio amazónico. Como abogado trabajar con la Constitución Plurinacional o con la Ley de la Madre Tierra que otorga derechos a la naturaleza, algo inaudito en Europa, fue inspirador; aunque también me impresionaron las contradiciones como las facilitades que se da a los empredimientos mineros. Otra cosa que acá dejó de existir y están presentes en Bolivia a todos los niveles son los procesos colectivos. Y algo muy enriquecedor fue conocer la cultura popular boliviana. Y la escena artística, tan vibrante, en literatura, música y cine.
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Sobre el autor
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Roberto Navia
Desde hace más de dos décadas transita por el mundo para intentar elevar a los anónimos del planeta al foco de lo visible. Sus crónicas emblemáticas: Tribus de la inquisición y Los Colmillos de la Mafia le han permitido ganar dos veces el Premio Rey de España (2014 y 2017); Esclavos Made in Bolivia, el premio Ortega y Gasset (2007); el documental Tribus de la Inquisición, la nominación a los Premios Goya (2018), Flechas contra el Asfalto y Los Piratas de la Madera desangran el Amboró, dos veces ganadores del Premio de Conservación Internacional, entre otros galardones nacionales e internacionales. Es docente universitario de postgrado, la cabeza de la Secretaría de Libertad de Expresión de la Asociación de Periodistas de Santa Cruz, miembro del Tribunal de Ética de la Asociación Nacional de la Prensa de Bolivia y de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).



