
Eduardo Gudynas es un intelectual latinoamericano a los que conviene escuchar con urgencia cuando las certezas empiezan a hacer agua. Uruguayo, investigador del Centro Latinoamericano de Ecología Social (CLAES), lleva décadas trabajando sobre extractivismos, desarrollo, medio ambiente y alternativas, siempre desde una posición critica para quienes prefieren que la discusión se limite a cómo explotar mejor, repartir mejor o mitigar mejor.
Su trabajo es extenso, pero algunos libros permiten seguir bastante bien ese recorrido. Desde Extractivismos. Ecología, economía y política de un modo de entender el desarrollo y la naturaleza (2015) y Extractivisms: Politics, Economy and Ecology (2021), hasta Desarrollos alternativos. Alternativas al desarrollo (2023) y Amazonía. Transiciones y alternativas antes del colapso (2024). En Bolivia ha trabajado además de manera cercana con el CEDIB y acaba de publicar, junto a Oscar Campanini, Gonzalo Mondaca y Lucio Cuenca, Extractivismos del litio. Las preguntas que deben responderse antes de decidir (2026). Para saber mas al respecto de su bibliografia y trabajo se puede acceder a su blog https://gudynas.com/
Y justamente Bolivia, hoy, ofrece pocas certezas y demasiadas preguntas.
Venimos de años en los que se nos dijo que la abundancia de recursos naturales podía convertirse en la plataforma para construir otra economía. Tuvimos ingresos extraordinarios, exportaciones récord y una narrativa de futuro. Hoy, sin embargo, el país atraviesa una crisis profunda y el reflejo parece nuevamente el mismo, buscar más divisas, más extracción, más exportaciones, más recursos que permitan aguantar un poco más.
Pero quizá haya que volver unos pasos atrás y preguntarnos por qué seguimos regresando, una y otra vez, al mismo punto. Qué imaginamos cuando hablamos de desarrollo. Qué esperamos realmente de nuestros recursos naturales. Por qué ciertas salidas parecen razonables incluso después de haber fracasado tantas veces. Y qué tan capaces somos, en medio de una crisis, de pensar algo distinto sin postergarlo otra vez para un futuro que nunca llega.
Por eso les brindamos una entrevista larga y profunda que Eduardo muy amablemente nos concendio en su ultima visita a Bolivia.
—Gracias mil, Eduardo, por animarte a realizar esta entrevista. Es un gustazo poder tenerte aquí, poder oírte. Te he escuchado estos días en varios eventos, me han generado muchas preguntas bastante profundas y, aunque sean bastante desafiantes, quisiera hacértelas el día de hoy.
La primera es, justamente pensando en lo que ha pasado en Bolivia y en lo que está pasando hoy. Tuvimos una bonanza extractivista en los años 2010 y, sin embargo, no aprovechamos ese momento para construir una salida del extractivismo. Dijimos que había que usar esos recursos para invertir a futuro, diversificar la economía y crear las condiciones para depender menos de la extracción. No se logró, no se hizo.
Hoy estamos en una crisis profunda y, paradójicamente, volvemos a escuchar una idea muy parecida, profundizar el extractivismo para salir de la crisis y, después, supuestamente, quizá algún día, poder salir del propio extractivismo.
Entonces, ¿hay realmente un buen momento para salir del extractivismo? ¿La bonanza, la crisis, o estamos planteando mal el problema desde el principio?
—Bueno, para responder eso, se me ocurre que habría que hacer una pregunta previa sobre los sentidos de la crisis. Porque, cuando decimos que queremos salir de la crisis, ¿qué significado tiene la crisis?
Entonces, en el estado de la reflexión sobre esta problemática de las crisis y sus voracidades por expoliar recursos naturales para inseertarse en la economía global, se hace necesario entender qué significa esto. Un poco por casualidad y un poco siguiendo los rastros de la discusión latinoamericana, en el estado de la reflexión en este momento – provisoria-, vale la pena rescatar algunas precisiones de(l economista argentino) Raúl Prebisch de mediados del siglo pasado.
Porque lo interesante para nosotros en este momento es que Prebisch sostenía que las economías latinoamericanas, la estrategia de desarrollo latinoamericana, son parte de lo que él consideraba un capitalismo, que es obvio, pero que calificaba como periférico. Esa condición se sigue manteniendo porque nosotros exportamos materias primas hacia centros que las procesan. En el pasado eso ocurría con los destinos hacia Norteamérica y la unión europea; ahora es hacia China.
Entonces, Prebisch argumenta que ese tipo de capitalismo periférico, que deriva en la apropiación de materias primas, inevitablemente discurre o resulta en crisis.
Por lo tanto, lleva la reflexión en que nosotros estamos encarando mal el problema de la crisis, ya que, si siguimos estas ideas que tienen su fundamento, lo que nosotros calificamos como ‘’crisis’’ no son eventos esporádicos agudos, sino que es la condición constante que se repite. Y, parafraseando a Prebisch, los momentos de bonanza son ocasionales e intermitentes.
Y Prebisch, a finales de los años 70, indicaba que los momentos de bonanza, en las economías latinoamericanas, se debían esencialmente a los booms de los precios y de los ritmos de exportación de materias primas, que es lo que ha ocurrido en las últimas décadas.
Por lo tanto, los diferentes ciclos de materias primas pueden ser, desde siglos atrás: oro, plata, estaño, guano, caucho, cacao, banano, café, lana, charque, etcétera. Son sucesivas oleadas de exportaciones de materias primas que no han logrado resolver las contradicciones en las economías latinoamericanas ni las condiciones de pobreza y de subordinación.
Se suceden estos ciclos de exportaciones y se intercalan momentos de bonanza por condiciones que no son controladas por las naciones latinoamericanas, sino que se deben a situaciones de alta demanda o altos precios de algunas materias primas.

—Ahora, si la bonanza es ese momento excepcional en que se acumula el excedente, uno podría decir que ahí sí está la oportunidad. Aprovechar ese excedente para dejar de depender del extractivismo. ¿Es realmente así?
—Lo interesante de esto de Prebisch, y por qué es importante en una reflexión pensando aquí desde Bolivia, es que Prebisch dice que esto se debe al dilema del excedente.
Entonces, el uso que hace de la categoría de excedente en Prebisch refiere a una vertiente en parte económica, que es resistida por algunos autores porque consideran que, como el excedente finalmente no puede ser cuantificable o monetarizable, se convierte en una condición etérea.
Pero, estando en Bolivia, Zavaleta Mercado, una y otra vez, sostiene a su manera —no es exactamente lo mismo que plantea Prebisch, pero se puede establecer un diálogo entre ambas ideas y encontrar complementariedades— que, finalmente, la construcción del Estado en Bolivia y en otros países es una disputa por el excedente.
Entonces, la crisis sería la constante, una disputa permanente por los excedentes, que usualmente son apropiados y capturados por lo que Prebisch llamaba las clases superiores.
Los intentos de redistribución, a veces, funcionaban y, en otras ocasiones, no; pero con frecuencia llevan a procesos de inflación y no logran resolver los problemas de lo que hoy podría llamarse ‘’diversificación de las economías’’, porque la propia condición de exportadores primarios inhibe, por ejemplo, la expansión industrial.
Esta idea del excedente es bien importante. ¿Por qué? Porque el cambio en cierta intelectualidad para defender estas estrategias exportadoras de bienes primarios tuvo un fuerte empuje por los intelectuales y políticos progresistas de la década pasada.
En el caso de Bolivia es Álvaro García Linera, que incluso tiene un documento que analiza la paradoja del excedente dialogando en parte con Zavaleta Mercado. A mi modo de ver, García Linera no entiende, no logra captar la idea de excedente. ¿Por qué razón? Porque él la reduce a la circunstancia de poner, por ejemplo, una mayor tributación a las empresas petroleras, pero olvida a los otros componentes del excedente, que pueden ser, por ejemplo, el daño en la salud pública que termina pagando en las comunidades locales o el sistema de salud, que es realmente una externalización del impacto ambiental de esos emprendimientos extractivistas.
Ahora, esto me parece fascinante porque ustedes se encontraban frente a un razonamiento de Prebisch formulado hace 50 años, que dialoga con una idea de Zavaleta Mercado y que después fue retomada y reconceptualizada por Álvaro García Linera para defender la exportación de materias primas, la expansión petrolera en su momento e incluso la carretera en el TIPNIS.
En ese contexto, sin embargo, la crisis se leía al estilo de Álvaro García Linera: como una circunstancia episódica, aguda y grave que debía resolverse. Pero, si pongo atención al espíritu de Zavaleta Mercado y al de Prebisch, la crisis no es una excepción. Es, más bien, aquello que se repite
Tal vez no deba llamarse crisis porque es la condición de base de cómo estamos funcionando.
—Entonces, si la crisis no es una excepción sino una condición que se repite, y si las bonanzas tampoco lograron romper esa dependencia, ¿por qué seguimos volviendo a la misma receta de profundizar primero el extractivismo para, supuestamente, diversificar después?
—Exactamente, y eso revela el sesgo de entender que una de las pocas opciones para hacer funcionar las economías nacionales es exportar recursos naturales y eso es lo que desemboca en los extractivismos.
Ahora, de nuevo, insisto en la paradoja de las ideas y de la falta de lectura histórica de nuestras circunstancias y cómo se repiten ideas y supuestas soluciones como si se empezara de cero, olvidando la historia de nuestro continente. ¿Por qué? Porque lo que dicen varios gobiernos, sea progresista, socioconservadores, es que primero hay que ser muy extractivista para conseguir fondos y después diversificar la economía. Ese era más o menos el razonamiento que explicitaba Rafael Correa en Ecuador y que desembocó en el Plan Nacional de Desarrollo de ese país.
O sea, era una postura del progresismo. Ideas similares se vivieron en la administración Lula de Brasil, la de Hugo Chávez en Venezuela.
Ahora, la ruta de promover los extractivismos para ahorrar y después diversificar la economía es la postura clásica del modelo de crecimiento por etapas de Rostow, de 1960. Recordemos que el libro de Rostow, Las etapas del crecimiento económico, llevaba como subtítulo Un manifiesto no comunista, y que ese tipo de desarrollo se entendía como una forma de contener el avance ideológico y práctico de estrategias socialistas en el contexto de ideas de aquellos años.
Entonces, lo paradójico es que, de alguna manera, el debate de ideas y los entendimientos sobre las estrategias de desarrollo se empobrecieron tanto que quienes, a principios de los 2000, se presentaban como la alternativa terminaron recurriendo a un modelo que había sido formulado como una estrategia conservadora y como un arma ideológica contra el socialismo.
Y, por lo tanto, no hay nada nuevo en ello.
—Pero ahí aparece algo bastante incómodo. Si esta receta atraviesa gobiernos que se presentan como ideológicamente opuestos, ¿hasta qué punto estamos realmente discutiendo modelos distintos de desarrollo?
—Bueno, decir que una y otra vez necesitamos estrategias de exportación de materias primas expresa lo que, en mi terminología, se llaman los niveles cero de las ideas del desarrollo, que son aquel conjunto de conceptos y sensibilidades previos a las corrientes y regímenes político-partidarios.
Por lo tanto, sea en una tendencia o en la otra, se entiende que se debe explotar la naturaleza y exportar recursos naturales y que esa es la vía esencial o capaz que única de salida. Esas concepciones se manifiestan de diferente forma, que son calificadas como variedades de desarrollo.
Por lo tanto, claramente, los estilos de desarrollo de Brasil son diferentes a los de Bolivia y los de Ecuador son diferentes a los de México. Pero todos ellos guardan, volviendo a Prebisch, la condición de ser capitalistas, periféricos y subordinados.

—Y en Bolivia ese “nivel cero” tiene además una expresión muy concreta, la idea de que somos una especie de El Dorado, un país lleno de recursos que simplemente no hemos sabido explotar bien. Cambia la explicación del fracaso —corrupción, ineficiencia estatal, falta de iniciativa privada—, pero rara vez se cuestiona esa premisa de fondo. ¿Cómo se reproduce y se blinda ese sentido común?
—Estoy de acuerdo en todos esos razonamientos. Mi punto es que cada una de las etapas de lo que vos razonaste, que he escrito acá por lo menos tres componentes, cada una de las requiere explicación para ir hacia el horizonte.
Entonces, el primero, el en mi terminología, esa adhesión a esas ideas del nivel cero, el basamento, el cimiento de cómo se consigue el desarrollo, operan y funcionan, no son estáticas. Habría que verlas como algo dinámico que, manteniendo su núcleo central, acepta algunas reformas y ajustes manteniendo sus conceptos básicos, sus estrategias básicas, como ésta de explotar la naturaleza.
Pero ellas cuentan con un blindaje. La noción de blindaje, por un lado, niega las críticas e invisibiliza sus consecuencias negativas. Entonces, el hecho de que estemos, desde el siglo XIX, repitiendo la misma estrategia que no funciona, apostando a la exportación de recursos naturales, y que se suma una larga estela de crisis —perdón—, de efectos negativos sociales y ambientales, es constantemente negado e invisibilizado. Ahí opera un blindaje.
Y el blindaje también opera en el otro sentido, que es concebir las alternativas como imposibles, impracticables o propias de tontos. Entonces, dentro del nivel cero se insiste, esto es lo que hay que hacer, no hay otra salida. Pero no sólo eso, no hacerlo indicaría que somos tontos, haraganes o que opera alguna corrupción, como tú decís.
Entonces, el problema no estaría en la idea básica, sino en su instrumentalización. Hacia afuera, la noción de límite establece que alternativas postextractivistas serían inviables.
De hecho, esta semana en Bolivia, en dos ocasiones, en eventos en los que participé, economistas de distintas tendencias parten de la premisa de que es imposible no ser extractivista. Y cuando yo les interrumpo: “¿Pero usted evaluó opciones no extractivistas?”, me responden: “No, porque ya sé que son imposibles”.
—Pero si ese blindaje hace que los problemas se repitan y que las alternativas aparezcan como inviables, ¿qué nos dice entonces esa repetición sobre la propia idea de crisis?
Ahora, dirimir lo de la crisis tiene una complejidad, porque se ha insertado en el debate reciente la noción de policrisis.
A mi modo de ver, la noción de policrisis, en su acepción original, traía una novedad. Pero lo que ocurre ahora es que se usa “policrisis” simplemente para decir que son muchas crisis, y con eso se ha perdido en buena medida aquella novedad inicial. Y esa novedad tiene mucho que ver con las alternativas.
Porque, volviendo a la pregunta inicial, si la repetición de los problemas y de los impactos es la constante, ahí se aplica el concepto original de policrisis. Ese concepto sostenía, primero, que estas dificultades, estos efectos negativos, esta problemática, eran sociales y ambientales a la vez y no se podían separar.
Segundo, que las causas y los mecanismos estaban profundamente imbricados entre sí y eran de extrema complejidad. Por lo tanto, una crisis, entre comillas, económica tendría a su vez consecuencias ecológicas, y esas consecuencias ecológicas después podrían traer otra crisis ambiental.
Tercero, que la identificación de crisis separadas unas de otras —por ejemplo, crisis del empleo, crisis de exportaciones— es ahora un impedimento para resolver los problemas, porque son abordadas de forma aislada. Podemos tener éxito en resolver alguna, pero pasado mañana estallaría otra “crisis” en otro rubro.
Y cuarto, esta idea, en su origen, aludía a que la crisis es un modo inevitable, una consecuencia inevitable de cómo funcionan las estrategias de desarrollo. Todas ellas, por lo menos desde el siglo XIX, están a su vez insertadas en un modo de ser de la modernidad.

—Entonces, si resolvemos una crisis y al poco tiempo el problema reaparece bajo otra forma, ¿qué nos está mostrando aquello?
—Entonces, lo que ahora significa como policrisis es una expresión de lo que puede calificarse como un agotamiento del desarrollo y un agotamiento de la modernidad. ¿Qué quiere decir agotamiento? Que las soluciones para resolver los problemas ya no son eficientes. Se han intentado todas las soluciones y los problemas se siguen repitiendo.
La noción de agotamiento del desarrollo incluye también a la modernidad, porque el desarrollo es uno de los grandes componentes de lo moderno y sus dinámicas y operaciones están asociadas unas con otras.
Entonces, el extractivismo depende de considerar la naturaleza como algo externo a lo social, para así aprovecharla y extraer de ella los recursos. Eso es propio de toda la estrategia de desarrollo, por izquierda y por derecha. Además, es propio de la modernidad.
En la base de esto —y por eso es importante la noción de excedente— hay una concepción y una sensibilidad sobre cómo se asignan valores. Entonces, en la modernidad el humano es el único sujeto de valor, y eso ha arrastrado toda esta estrategia de desarrollo.
—Y si el problema llega hasta esa forma de entender el desarrollo, la naturaleza e incluso cómo asignamos valor, ¿por dónde se empieza a pensar una alternativa?
—Para habalr de alternativas, remitamos nos a la discusión sobre transiciones, que son las más comunes ahora.
En la actualidad es muy frecuente que las diferentes opciones de cambio sean calificadas como transiciones. Siguiendo la discusión, lo que hemos conversado anteriormente, evocando las ideas o el espíritu de Prebisch, de Zavaleta Mercado o de otros, podríamos decir que hay transiciones cortas que son tránsitos, cambios, alternativas entre diferentes variedades de desarrollo, casi todas ellas capitalistas.
El caso más claro es la proliferación de transiciones en energía y en cambio climático que, por ejemplo, implican pasar de autos que queman combustibles fósiles a autos con baterías eléctricas. Pero eso no pone en jaque para nada a cómo funcionan los desarrollos capitalistas convencionales.
Después hay tránsitos desde variedades de desarrollo capitalistas hacia alguna variedad de estirpe socialista, pongamos por caso, que no se han implementado, que podrían incluir alguna reforma de derecho de propiedad o, en su terminología, de manejo de los medios de producción.
Pero todas estas son transiciones que podemos calificar de cortas. Son cortas porque todas ellas están dentro de distintas expresiones del desarrollo.
Entonces, hay una importante distinción entre transiciones cortas y largas que remiten a alternativas dentro de lo moderno o alternativas que tienen que estar en sus márgenes o más allá de la modernidad.
Siguiendo, sobre todo las experiencias sudamericanas, podemos hablar de transiciones largas en tanto están más allá de las nociones de desarrollo, más allá de la modernidad, que incluyen, por ejemplo, cruzar la frontera al reconocer los derechos de la naturaleza.
Entonces, estos son tránsitos largos que implican romper el blindaje de la idea de desarrollo, hacer una apertura a que hay otros órdenes, otras opciones posibles, imaginables y deseables más allá de las concepciones convencionales.
Si esto opera así, creo que una evidencia en su favor es que la proliferación, aceptación de propuestas, modelos y discursos sobre transiciones que van de las transiciones justas de la Unión Europea —¿quién puede estar en contra de lo justo?— o las transiciones para frenar el cambio climático; todas esas proliferan y son aceptadas porque ninguna ataca los basamentos de los desarrollos convencionales, ninguna de ellas pone en jaque lo que denomino ese nivel cero de conceptos y sensibilidades, no atacan sus cimientos y, por lo tanto, siempre son transiciones cortas.
—Te agradezco mucho esa distinción, porque devuelve una ambición que muchas veces se pierde cuando todo termina reducido a una transición técnica o a una mejora dentro del mismo esquema.
Pero ahí aparece otro probblema. En Bolivia existen resistencias, experiencias locales, organizaciones indígenas y campesinas, movimientos urbanos y distintos espacios de crítica, pero enfrente también hay estructuras estatales y privadas con muchísimos más recursos y capacidad de imponer su horizonte. Al mismo tiempo, la sociedad boliviana ha cambiado, se ha urbanizado y los sujetos políticos ya no son exactamente los mismos de hace algunas décadas.
Entonces, si hablamos de una transición larga, ¿cómo pensar hoy las fuerzas sociales, las formas de organización y también el pensamiento crítico capaces de sostener una transformación de ese tipo?
—Bien. En Bolivia, a mi modo de ver, hay muchos movimientos y muchos modos de organizarse y no pretendo que exista un único movimiento.
En segundo lugar, esto tiene factores positivos y factores negativos. Entre los negativos, varios han sido indicados en la pregunta porque, debido a esta situación de policrisis, en la que se suman diferentes crisis, se superponen y se articulan entre ellas, yo creo que ha ocurrido una deriva fundamental en las sociedades latinoamericanas y posiblemente a nivel global en los últimos años que puede describirse como una aceptación y resignación; en cierta manera, una naturalización del daño social, el daño ambiental e incluso de la muerte.
Entonces, aquel viejo balance que había, pongamos por caso, a finales del siglo pasado, donde sin duda había muchos problemas, pero había movimientos y organizaciones de resistencia que cada tanto tenían una victoria, a su vez estaban asociados con un humor social, un sentido común ciudadano que indicaba que algunas cuestiones, por ejemplo, la matanza de líderes indígenas o el asesinato de líderes campesinos o condiciones de trabajo esclavo en la fábrica, eran inaceptables.
Entonces, esa condición de lo inaceptable e intolerable desde el punto de vista moral se transformó. El umbral se corrió especialmente con la pandemia, donde, bueno, el que se moría se moría por el covid y el gobierno, la sociedad y el Estado no podían hacer nada. Y luego eso fue aprovechado para regresiones en el campo social que siguen presentes en nuestras sociedades y dentro de ese proceso está la emergencia de la extrema derecha.
Entonces, apelando a la idea de Achille Mbembe, el balance que antes mantenía rezagada la necropolítica cambió y ahora la necropolítica se expandió, creció y se fortaleció.
Entonces ocurren discursos y acciones gubernamentales como las de Milei o Jair Bolsonaro que en el pasado reciente eran inaceptables e incluso, al decirlas, hubieran recibido la condena de toda la sociedad, y ahora se dicen y se ejecutan. Por ejemplo, desmantelar programas de salud pública y no pasa nada, y eso se escuda en la idea de crisis económica, además de que no tenemos posibilidad de atender a los enfermos en la sociedad porque tenemos una crisis económica.
Entonces, frente a esta situación también hay elementos positivos que se mantienen en diferentes formas de organización y resistencia ciudadana.
Ahora, en este balance, yo creo que también hay que hacer una autocrítica del rol y de la calidad y la rigurosidad de la reflexión conceptual porque, volviendo a la idea de transiciones, hay que reconocer que muchos grupos ciudadanos apoyan transiciones que claramente son muy cortas o cortitas.
Después también hay plataformas de cambio que, cuando uno las lee, las analiza y las observa con rigurosidad, son contradictorias e incompletas o incluso refuerzan otros aspectos del desarrollo capitalista convencional.
Entonces, yo creo que necesitamos una renovación de la crítica. En esta renovación de la crítica no me refiero solamente al papel de la academia, porque la academia y las universidades, pongamos por caso, son uno de los grandes espacios de reproducción y blindaje de las ideas convencionales de desarrollo, pero siempre hubo grupos de pensamiento crítico.
Ese pensamiento crítico tiene que ser un pensamiento crítico independiente y comprometido.
Ahora también reconozcamos que dentro del pensamiento crítico, en una primera oleada, muchos, en casos por todos conocidos, terminaron asociados a los gobiernos progresistas defendiendo nuevas formas de extractivismo. Entonces su criticidad estaba limitada por su adhesión político-partidaria.
Entonces, me parece necesario ahora recuperar la independencia de eso en ese sentido y, a la vez, reforzar el compromiso en el otro sentido con la ciudadanía, la justicia social y con la naturaleza y con la justicia ecológica.
—Eduardo, muchísimas gracias. Creo que nos dejas varias ideas muy potentes y también bastantes incomodidades necesarias para seguir pensando. No sólo sobre el extractivismo, sino sobre la crisis, las transiciones y sobre qué tipo de horizonte estamos realmente dispuestos a imaginar. Te agradezco muchísimo el tiempo y la generosidad para esta conversación.
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Sobre el autor
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Stasiek Czaplicki
Economista ambiental especializado en cadenas de valor agropecuarias y forestales, con más de 10 años de experiencia. Investigador y activista boliviano enfocado en deforestación y en investigación corporativa y financiera. Cuenta con una amplia trayectoria en ONG nacionales e internacionales, organismos multilaterales y think tanks globales (WWF, FAO, Climate Focus, Oxfam, CIPCA). Actualmente forma parte del equipo de Revista Nómadas donde además de realizar investigaciones periodísticas, ejerce como gerente de proyectos y asesor técnico. Stasiek Czaplicki, junto a Iván Paredes, ha sido galardonado con el Premio al Periodismo de Investigación Franz Tamayo 2024 por el reportaje Bolivia no se baja del podio de países que más monte pierden en el mundo, en el que abordó la alarmante pérdida de bosques en Bolivia durante el 2023.



