
Hoy día les quisiéramos contar un poco más sobre aquello, y sobre todo escuchar directamente de lxs protagonistas de esta increíble experiencia. Pero, antes de nada, contarles esta iniciativa que acabó, hace unos meses, de concluir su segunda fase, pero el compromiso de seguir contando una historia nueva. Para saber más al respecto se puede visitar su página de Facebook: ‘’ Revitalización Área Protegida Municipal de Auquisamaña’’
En medio de una ciudad que crece sobre sus laderas, quebradas y ecosistemas, un grupo principalmente joven de investigadores, muchas biólogas/os, dando mucho mas de si, que lo que el presupuesto sostiene, vecinas/os y voluntarias/os, empezó a trabajar sobre un espacio que arrastraba años de abandono, deterioro de infraestructura y presiones vinculadas al crecimiento urbano. La apuesta no fue simplemente recuperar senderos o instalar nueva señalética. La primera fase del proyecto de Revitalización del Área Protegida Municipal de Auquisamaña buscó producir conocimiento sobre el lugar, involucrar a la población en su conservación y reconstruir una relación entre ciudad y naturaleza que muchas veces parece haberse perdido.
El resultado fue mucho más amplio que una intervención física. Se levantó una línea base de biodiversidad, se desarrollaron actividades de ciencia ciudadana y monitoreo, se produjeron guías, materiales educativos, cómics, videos y herramientas para acercar el conocimiento científico a personas que posiblemente nunca se habían pensado a sí mismas como observadoras o cuidadoras de la biodiversidad. Hubo talleres, observación de aves, talleres de fotografía, actividades con niñas y niños y encuentros donde la conservación dejó de pertenecer exclusivamente al mundo de especialistas y empezó a pertenecerle a la ciudadanía. Aquello ocurrió entre septiembre del 2024 y septiembre del 2025
La segunda fase del proyecto consistió en profundizar ese trabajo y en ampliar el horizonte hacia los parches de ecosistemas aledaños como las de Los Pinos o el campus de la UMSA de Cota Cota, evaluando el potencial de la conectividad urbana potencial en la zona sur de la ciudad, evaluando las especies de plantas que comparten los sitios, las especies de animales vertebrados e invertebrados que podrían estar usando estos corredores. En esta segunda fase, además, se han formado monitores ciudadanos, realizando talleres para enseñar a la ciudadanía en general los protocolos para el registro de la biodiversidad con herramientas no invasivas.

Pero quizá lo más interesante de Auquisamaña no esté solamente en los resultados que pueden medirse.
En torno al área se fue formando una experiencia humana y colectiva, protagonizada en buena medida por jóvenes, Ciencia Molotov, quienes invitan a preguntarse qué puede significar la ecología en una ciudad. Para saber más al respecto de ese colectivo pueden visitar su página de Facebook, Ciencia Molotov. Porque conservar naturaleza urbana no consiste únicamente en mantener intacto un fragmento verde dentro del cemento. Puede significar conocer las especies con las que compartimos territorio, reconstruir vínculos con un ecosistema cotidiano y comprender que una quebrada, una ladera o un espacio aparentemente vacío también cumplen funciones que sostienen nuestra propia vida urbana. Y sobre todo un modelo que permita rol más activo y participativo de la ciudadanía interesada por aquello, un modelo en que los expertos se sientes junto a los vecinos y en un diálogo equitativo ambos podamos generar conocimiento.
Los acontecimientos recientes en el Area Protegida Municipal Bosquecillo y Serranías de Auquisamaña, vuelven esa reflexión todavía más urgente. Incendios y destrozos registrados dentro de Auquisamaña, incluso en sectores destinados a la recreación, muestran la fragilidad de aquello que se ha intentado recuperar y abren una pregunta incómoda. Después de años trabajando para acercar a la ciudadanía a este espacio, ¿cómo se consigue que ese acercamiento produzca también cuidado y atención de las autoridades?
No se trata necesariamente de elegir entre abrir o cerrar la naturaleza a las personas. La experiencia de Auquisamaña permite plantear una discusión mucho más interesante sobre qué tipo de acceso, apropiación ciudadana y relación con la naturaleza son compatibles con su conservación, qué responsabilidades corresponden a quienes visitamos estos lugares y cuáles siguen correspondiendo a las instituciones públicas encargadas de protegerlos.
Ahora que ha concluido una etapa importante del proyecto, Nómadas conversa con quienes estuvieron detrás de esta experiencia para mirar no solamente lo que se hizo, sino lo que Auquisamaña terminó enseñando sobre biodiversidad, ciudad, comunidad y nuestra propia manera de relacionarnos con aquello que todavía llamamos naturaleza.

—Cuando comenzaron a trabajar en Auquisamaña tenían objetivos relativamente concretos de recuperación, investigación, educación y participación ciudadana. Ahora que el proyecto ha concluido, ¿qué encontraron y qué terminó ocurriendo que ustedes mismos no habían imaginado al comenzar?
—Todo lo planteando en la propuesta del proyecto se fue cumpliendo, la forma en la que se han cumplido ha sido lo que no esperábamos. La elaboración de la línea base, los relevamientos de biodiversidad nos han dado sorpresas, como encontrar helechos o encontrar a la comadrejita, cuando nunca antes ha sido registrada en la zona
—Produjeron guías de aves, biodiversidad y otros materiales, además de herramientas pensadas para niñas, niños y personas sin formación científica. ¿Qué cambia cuando el conocimiento sobre un área protegida deja de estar concentrado en especialistas y empieza a circular entre vecinos, jóvenes y wawas? ¿Puede ese conocimiento transformar realmente la manera en que una ciudad se relaciona con su naturaleza?
—Lo cambia todo, la primera experiencia viendo ese cambio fue con una vecina, que, al principio de un recorrido por la zona, una vecina nos contó que tiene miedo a las arañas, al final del recorrido, encontramos una araña saltarina dentro de una cápsula de una flor, la vecina al verla perdió todo el miedo, le tomó fotos y tiempo después nos contó que ya no las mata. Esas pequeñas cosas lo cambian todo. El miedo de la gente o la ausencia del conocimiento sobre la biodiversidad, a veces, viene de que nosotros como científicos o como expertos no mostramos a la biodiversidad de forma amigable, sino como datos. Los talleres y eventos dentro del proyecto nos han mostrado eso, que la gente quiere aprender, pero que los espacios deben ser abiertos a la duda, al cuestionamiento y a la crítica, porque muchas veces por querer conservar no somos capaces de escuchar a la gente que vive en la zona y que sabe lo que quiere.
—Más allá de los resultados ecológicos, alrededor de Auquisamaña parece haberse construido una experiencia muy humana y colectiva, además protagonizada por un equipo bastante joven. ¿Qué les enseñó ese proceso sobre hacer conservación desde la comunidad y qué cambió en ustedes mismos después de trabajar durante estos años en el área?
—Ciencia Molotov nació desde la visión de llevar la ciencia a la gente, no al revés, esa visión nos ha permitido plasmar en el proyecto todo lo que hemos logrado hacer. En un principio, la propuesta parecía muy soñadora, parecía muy irreal, pero nosotros confiamos en la gente, en ese interés que veíamos en los eventos que teníamos antes del proyecto de Auquisamaña. Este proyecto nos ha enseñado la importancia de hacer conservación en equipo y no solo en ir a un lugar y decirles que o como conservar. Primero vimos a nuestro equipo entendimos nuestras fortalezas y debilidades, hicimos alianzas, escuchamos a las personas. El proyecto nos ha ayudado a confiar en nosotros y también confirmar que es posible hacer una ciencia diferente, menos elitista, menos privada, menos jerárquica y ese cambio es lo que realmente hace la diferencia. La ciencia deja de ser un recurso y se convierte en una oportunidad.

—Los incendios y destrozos recientes introducen una contradicción difícil. Durante años se trabajó para acercar este espacio a la ciudadanía y fortalecer su apropiación, pero una mayor presencia humana también puede generar nuevas presiones. ¿Qué les hace pensar esto sobre los límites del acceso público? ¿Cómo se diferencia una apropiación ciudadana que protege de otra que termina deteriorando aquello que quiere disfrutar?
Somos parte de la naturaleza, el restringir el acceso a los lugares protegidos es una forma de privatizar la ciencia. El problema es la carencia de la presencia en las Areas Protegidas, durante el proyecto la cantidad de denuncias de avasallamiento disminuyeron y casi desaparecieron. No fue porque hicimos magia, es porque la gente sabía que el área estaba con presencia, la presencia del gobierno municipal es importante para conservar los espacios. Los vecinos vienen haciendo un trabajo durante años, cuidan el bosquecillo cuando eso es responsabilidad del Gobierno Municipal, aquí el tema es que el Gobierno municipal haga su trabajo.
—Si Auquisamaña pudiera dejar una sola enseñanza para La Paz y para otras ciudades bolivianas, ¿cuál sería? ¿Qué tendríamos que empezar a entender de otra manera para dejar de considerar las áreas protegidas urbanas como simples espacios verdes o lugares de recreación y comenzar a verlas como ecosistemas que forman parte del funcionamiento mismo de la ciudad?
—Auquisamaña significa: Descanso de los abuelos, creo que auquisamaña nos ha enseñado eso, parar, parar un momento en nuestra vida acelerada. Al parar puede disfrutar y ver todo el trabajo que falta hacer y lo mucho que falta para conocer. Más allá de cambiar la percepción de que las áreas verdes son sitios de recreación, hay que repensar lo que consideramos como recreación. Uno puede ir a recrearse y conservar, cuidar esos espacios que resisten la urbanización, los incendios, la contaminación. Hay que sentirse parte de ese ecosistema, sentirnos parte de este todo que existe en la ciudad.
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Sobre el autor
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Stasiek Czaplicki
Economista ambiental especializado en cadenas de valor agropecuarias y forestales, con más de 10 años de experiencia. Investigador y activista boliviano enfocado en deforestación y en investigación corporativa y financiera. Cuenta con una amplia trayectoria en ONG nacionales e internacionales, organismos multilaterales y think tanks globales (WWF, FAO, Climate Focus, Oxfam, CIPCA). Actualmente forma parte del equipo de Revista Nómadas donde además de realizar investigaciones periodísticas, ejerce como gerente de proyectos y asesor técnico. Stasiek Czaplicki, junto a Iván Paredes, ha sido galardonado con el Premio al Periodismo de Investigación Franz Tamayo 2024 por el reportaje Bolivia no se baja del podio de países que más monte pierden en el mundo, en el que abordó la alarmante pérdida de bosques en Bolivia durante el 2023.



