
Pudo haber sido el hito que cambiara el rumbo de la especie humana, el momento en que un hombre, sin más motor que su voluntad, reclamara el cielo. Ebelio Gareca, nacido en 1962 bajo el sol de San Pedro de Tariquía, no buscaba la gloria vana. Su ingenio de muchacho promesa no estaba al servicio del espectáculo, sino de la urgencia. Quería burlar los ríos bravos y las sendas inexistentes que, en cada época de lluvia, condenaban a los enfermos a morir ante la imposibilidad de que una “ambulancia humana” atravesara el fango.
Cuando lo conocí el 2014, Ebelio recorría los ranchos de Tariquía con un caminar pausado y una voz musical que competía con el violín que sostenía entre sus manos. Tenía el rostro de un niño eterno atrapado en la madurez y unos ojos achinados que parecñian seguir buscando una corriente de aire favorable.
A los 18 años, mientras los demás miraban el suelo, Ebelio miraba las estelas de los aviones que surcaban el cielo de Tariquía. Decidió que sería un hombre cóndor. Cruzó fronteras hasta Tarija para rescatar materiales que para otros eran basura: plastoformo, plástico y alambres. De la selva profunda de Tariquía, recolectó plumas de pava del monte.
Con sus propias manos, forjó dos alas de dos metros de envergadura. Eran las llaves de la libertad para un pueblo olvidado.

El salto hacia la eternidad
Aquel sábado de fiesta en San Pedro, el aire estaba cargado de una tensión sagrada. Escolares y padres de familia contenían el aliento frente a un imponente árbol de Timboy. A ocho metros de altura, Ebelio se preparaba para el sacrificio.
Él sostiene, con la convicción de los poetas, que tras lanzarse al vacío logró surcar el aire por unos metros, sintiendo el abrazo del viento. Los testigos más pragmáticos cuentan que el descenso fue un estruendo seco, un impacto pesado que silenció las risas iniciales. Al ver el cuerpo maltrecho de Ebelio, la comunidad comprendió la magnitud de la tragedia. Aquel muchacho no había caído por torpeza, sino por exceso de amor a su tierra.

El precio de la osadía
El destino guardaba una ironía. Ebelio, que había construido alas para salvar a los enfermos de los caminos intransitables, quedó tan herido que no podía ser trasladado a un centro de salud. Durante dos meses, el pueblo se convirtió en su hospital. Sus vecinos se turnaron para cuidarlo, sabiendo que intentar sacarlo en una camilla por esas rutas que él quiso evitar, habría sido su sentencia de muerte.
Ahora, Ebelio García no es recordado por sus monturas de cuero ni por sus violines de bambú y pelo de cola de mula. Cuando el viento sopla fuerte sobre Tariquía, la gente susurra su verdadero nombre: Ebelio el volador, el hombre que, por un instante fugaz, tuvo la osadía de volar.
Sin embargo, ese cielo que Ebelio reclamó hoy se ve oscurecido por una amenaza que no proviene de las nubes. Tariquía ha dejado de ser solo un santuario de flora y fauna para convertirse en un campo de batalla socioambiental; el reingreso de empresas petroleras para proyectos como el pozo Domo Oso X3 ha desatado un clima de hostilidad donde los defensores de la reserva denuncian criminalización y ataques físicos. En este 2026, mientras se reportan procesos penales contra comunarios que resisten la intervención en sus tierras, agravada por un modelo extractivista que promete desarrollo a cambio de sacrificar el pulmón hídrico de Tarija. El sueño de libertad del Ebelio el volador se enfrenta ahora a la urgencia de un pueblo que ya no solo lucha contra la gravedad, sino contra la desaparición de su propio hogar.
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Sobre el autor
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Roberto Navia
Desde hace más de dos décadas transita por el mundo para intentar elevar a los anónimos del planeta al foco de lo visible. Sus crónicas emblemáticas: Tribus de la inquisición y Los Colmillos de la Mafia le han permitido ganar dos veces el Premio Rey de España (2014 y 2017); Esclavos Made in Bolivia, el premio Ortega y Gasset (2007); el documental Tribus de la Inquisición, la nominación a los Premios Goya (2018), Flechas contra el Asfalto y Los Piratas de la Madera desangran el Amboró, dos veces ganadores del Premio de Conservación Internacional, entre otros galardones nacionales e internacionales. Es docente universitario de postgrado, la cabeza de la Secretaría de Libertad de Expresión de la Asociación de Periodistas de Santa Cruz, miembro del Tribunal de Ética de la Asociación Nacional de la Prensa de Bolivia y de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).



