
El blanco del fuselaje ya no brilla. Ahora es una pátina de musgo y óxido que se mimetiza con el horizonte verde de la llanura beniana. Visto desde un dron, el avión ya no parece un objeto caído del cielo, sino, un arrecife de metal en medio de un océano de pastizales y agua. La naturaleza no ha tenido prisa, pero su avance es implacable. Las enredaderas suben por el cuerpo horizontal y las aves han hecho de la cola del avión su estación de descanso preferida.

El 1 de febrero de 2008, el Boeing 727-200 con matrícula CP-2429, del Lloyd Aéreo Boliviano (LAB) despegó de La Paz con destino a Cobija (Pando). Sin embargo, el mal tiempo en el norte del país impidió llegar a su destino, obligando a la tripulación a desviarse hacia Trinidad (Beni). Con el combustible al límite debido a la espera y las maniobras fallidas, los motores se apagaron antes de alcanzar la pista. El capitán de la nave logró la hazaña de aterrizar la mole de 45 toneladas en un humedal a pocos de kilómetros del aeropuerto, Teniente Jorge Henrich, de Trinidad. Los 159 ocupantes salieron ilesos, pero el avión jamás volvió a despegar.
Se quedó aquí, inmóvil, apaciguado. A pocos kilómetros de Trinidad. En una pampa húmeda donde la vegetación amazónica se mete por las rendijas de este avión monumental que no volvió a volar.
El abrazo de la Amazonía
Desde aquel 1 de febrero de 2008, el entorno comenzó un proceso de absorción silenciosa.
- La humedad del trópico ha convertido el interior de la aeronave en un ecosistema cerrado donde la vegetación brota entre los restos del avión.
- En las épocas de lluvia, el Boeing queda rodeado por espejos de agua que reflejan su estructura rota, mientras pequeños anfibios y caimanes encuentran refugio bajo la sombra de su cuerpo metálico.
- El avión, diseñado para resistir presiones a miles de pies de altura, hoy cede lentamente ante la persistencia de los insectos, el sol amazónico y las raíces que buscan grietas en su piel de metal.

Un monumento al silencio
Este rincón del Beni ha elegido el silencio. El avión es un componente más del paisaje. Las imágenes tomadas por Revista Nómadas, muestran cómo la selva ha ganado la partida: la nave, que alguna vez cortó el viento a 800 kilómetros por hora, hoy es simplemente es un puente para que la vida silvestre transite por encima del pantano.
El Boeing 727-200 se fusiona con el abrazo de la Amazonía beniana. Es una tregua eterna entre la tecnología y el bosque, donde el metal ha dejado de luchar para permitir que la naturaleza, finalmente, tome el control absoluto de la escena.
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Sobre el autor
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Roberto Navia
Desde hace más de dos décadas transita por el mundo para intentar elevar a los anónimos del planeta al foco de lo visible. Sus crónicas emblemáticas: Tribus de la inquisición y Los Colmillos de la Mafia le han permitido ganar dos veces el Premio Rey de España (2014 y 2017); Esclavos Made in Bolivia, el premio Ortega y Gasset (2007); el documental Tribus de la Inquisición, la nominación a los Premios Goya (2018), Flechas contra el Asfalto y Los Piratas de la Madera desangran el Amboró, dos veces ganadores del Premio de Conservación Internacional, entre otros galardones nacionales e internacionales. Es docente universitario de postgrado, la cabeza de la Secretaría de Libertad de Expresión de la Asociación de Periodistas de Santa Cruz, miembro del Tribunal de Ética de la Asociación Nacional de la Prensa de Bolivia y de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).



