
En la cálida planta baja del Espacio de Arte Manzana 1, se sentía que en el aire ya había preguntas urgentes, mientras allá afuera, Santa Cruz de la Sierra continuaba su vértigo cotidiano. Adentro, decenas de miradas se cruzaban con esculturas de trazos poéticos y pinturas que cargaban la selva en los lomos espléndidos de los lienzos. Eran las obras de los artistas visuales Leoni Antequera y Jim Mckeon, que días antes habían inaugurado la muestra Diálogos con el bosque, que estará en exposición hasta el 9 de agosto y que busca reactivar nuestra capacidad de escucha ecológica y espiritual, invitando a percibir los ecos que aún viven en los árboles, los colores, los caminos y en nosotros mismos. Así, el bosque, entendido como metáfora del planeta y del ser humano, se convierte en espejo de nuestras interdependencias.
Sentado en las primeras filas del auditorio, observaba cómo la luz tenue del salón envolvía al público y a los ponentes en una atmósfera de complicidad y expectativa. En el salón de Manzana 1, Leoni Antequera estaba listo para un debate medioambiental sobre la convivencia territorial mediante una analogía entre la migración humana y los árboles. El encuentro buscaba generar ideas y motivar acciones para la conservación. Junto a él, estaban el botánico Alejandro Angulo, Cecilia Iñiguez, representante de Guaytú Industrias madereras y la periodista ambiental Ericka Bayá, como moderadora.
«Nuestra conversación irá más allá del arte. Exploraremos la vida de los bosques, su valor fundamental y la relación vital que mantenemos con el entorno natural», dijo Érika Bayá, como una declaración de principios antes de dar paso al conversatorio Diálogos con el bosque.

Desde donde estaba, a solo unos metros, mi mirada se desviaba, momentos, inevitablemente hacia la sala contigua. Estaban allí las esculturas en madera con las figuras humanas que Leoni había esculpido con restos de troncos de la teca, (Tectona grandis), un árbol nativo llegado —hace mucho tiempo— desde los lejanos bosques de Asia y cuya madera exhibe un dibujo de vetas profundas y resistentes. Sentir el aroma a madera viva y ver de cerca la textura de los anillos en cada figura le daba una densidad palpable a lo que se estaba por conversar.
“Para entender a la teca hay que despojarse del romanticismo simplista”, dijo Alejandro Angulo, que tomó el micrófono con la rigurosidad de quien escudriña la vida celular de las plantas.
«Cuando un ser vivo está en un ecosistema para el cual no fue diseñado, pueden pasar muchas cosas. En biología, la palabra foráneo o exótico se refiere a un ser que no evolucionó en ese lugar, pero la cosa se complica cuando entra el concepto de una especie que logra introducirse y desarrollarse sin ayuda del hombre, compitiendo directamente por el espacio con las nativas», explicó el botánico.
Angulo sorprendió al auditorio al revelar que la teca comparte linaje y emparentamiento genético con especies aromáticas como el orégano, la lavanda, la albahaca nativa y, entre los árboles locales, el tarumá.
Para Leoni Antequera, la migración de los árboles no es un concepto abstracto de laboratorio; es un reflejo de su propia existencia. Paceño de nacimiento, trotamundos por vocación y artista de sensibilidad despierta, Antequera recordó las lecturas del neurobiólogo vegetativo Stefano Mancuso para hablar de cómo las plantas, aun sin pies, se desplazan a través de las semillas, el viento o el impulso humano.
«Cuando entro al bosque siento que estoy en una iglesia, que puedo hablar con una deidad. Esta vez entré a hablar sobre migración», confesó Antequera. Escucharlo hablar con esa devoción hizo que el silencio en la sala se profundizara; todos los presentes contuvimos el aliento ante la densidad de su testimonio. «Todos en esta sala tenemos algo de migrantes. Nuestras raíces vienen de algún otro lado. Al igual que la teca, que llega a un lugar y tiene que acomodarse y sobrevivir, nosotros buscamos ser útiles en el entorno donde estamos».

Aquellas palabras de Leoni resonaron en mí con la fuerza de una revelación compartida. En las coberturas periodísticas que emprendemos con Revista Nómadas, penetrar en las profundidades de la selva es siempre un rito de paso. Cruzar la franja verde implica despojarse del ruido del mundo y entrar, en efecto, en un templo vivo donde la naturaleza habla en un idioma de follaje, sombra y resistencia. Dentro de la selva es un espacio sagrado que exige respeto, contemplación y una escucha atenta.
En esos viajes al corazón del territorio, he aprendido que cada historia que recogemos lleva implícita esa misma lección de adaptación y permanencia. Moverse entre las ramas y los senderos de la Amazonía o la Chiquitania es atestiguar cómo la vida se abre paso a pesar de las cicatrices de la deforestación y el fuego, tal como lo hacen los seres humanos y las especies migrantes que buscan un hogar en tierra ajena. Entrar al monte con el equipo nos transforma; nos vuelve testigos de esa conversación silenciosa con lo sagrado de la cual Leoni hablaba en el escenario, recordándonos que el periodismo, cuando se hace con el alma, es también una herramienta para defender el bosque.
Leoni relató el origen ético de su obra. Durante años rechazó esculpir en madera para no promover la tala de árboles vivos. Fue en un encuentro casual con Guaytú donde descubrió pequeños sobrantes destinados a convertirse en leña.
«Cuando fui a recoger las piezas de descarte, el operario me dijo: ‘Estos son los corazones del árbol’. Ahí volvió la parte poética: estas esculturas están hechas con los corazones de muchos árboles que alguna vez estuvieron vivos. Juntarlos es darles una segunda oportunidad, convertirlos en los ‘Guardianes del bosque’».
Desde el ámbito industrial, Cecilia Iñíguez ofreció una perspectiva que desafía el estigma habitual de la industria maderera. Explicó que las plantaciones de teca de Guaytú —ubicadas en las cercanías de Amboró y Buenavista— abarcan más de 3.000 hectáreas, pero bajo un estricto compromiso, destinar el 50% a la producción y el otro 50% a la preservación absoluta del bosque nativo, funcionando como un escudo protector frente a la deforestación y la ganadería.
Iñíguez destacó cómo el manejo de estas plantaciones generó caminos, acceso a agua potable y empleo en comunidades rurales históricamente aisladas. «Mucha gente llega a Santa Cruz desde afuera y ama esta tierra, aportando a su crecimiento. La teca es igual: un árbol migrante que hoy protege el entorno del Amboró, una tierra ajena a la suya».
Como cronista que ha recorrido y atestiguado las cicatrices que dejan los incendios y la devastación en nuestro territorio, sentí el peso inevitable de la realidad irrumpiendo en el salón cuando la conversación derivó inevitablemente hacia las heridas abiertas del mapa boliviano. Bolivia ocupa el alarmante segundo lugar mundial en pérdida de bosques primarios, superada únicamente por Brasil.
Ante la pregunta de cómo encarar este desastre desde la comodidad de las ciudades, la respuesta de Angulo fue contundente: el problema de fondo no son solo los incendios, sino la antesala burocrática del «cambio de uso de suelo» y la expansión descontrolada de la frontera agrícola.
«El ciudadano urbano suele sentir que el problema está lejos. Se conforma con cosas que parecen mitigación, pero no son nada. Necesitamos comprender nuestro entorno, no solo conocerlo. Porque el que no sabe lo que pierde, no le duele», advirtió el botánico, instando a la sociedad a asumir una responsabilidad activa sobre el patrimonio natural. Sus palabras retumbaron en la sala con la contundencia de un diagnóstico urgente.
Por su parte, Leoni Antequera defendió el papel del arte como un vehículo de provocación y tender puentes con otras ciencias. «El arte es un gancho para abrir debates. Si no defendemos los bosques, llegará un día en que solo los podremos ver pintados o en fotografías».
Al cierre del encuentro, mientras los aplausos rompían la quietud y el público comenzaba a ponerse de pie, me quedé unos instantes observando las palabras que quedaban flotando entre las esculturas de teca y el arte que entrega las respuestas más sabias de este mundo.
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Sobre el autor
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Roberto Navia
Desde hace más de dos décadas transita por el mundo para intentar elevar a los anónimos del planeta al foco de lo visible. Sus crónicas emblemáticas: Tribus de la inquisición y Los Colmillos de la Mafia le han permitido ganar dos veces el Premio Rey de España (2014 y 2017); Esclavos Made in Bolivia, el premio Ortega y Gasset (2007); el documental Tribus de la Inquisición, la nominación a los Premios Goya (2018), Flechas contra el Asfalto y Los Piratas de la Madera desangran el Amboró, dos veces ganadores del Premio de Conservación Internacional, entre otros galardones nacionales e internacionales. Es docente universitario de postgrado, la cabeza de la Secretaría de Libertad de Expresión de la Asociación de Periodistas de Santa Cruz, miembro del Tribunal de Ética de la Asociación Nacional de la Prensa de Bolivia y de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).



